Quizás sea porque no tengo coche y me muevo usando la bicicleta y el transporte público o quizás simplemente tenga suerte y funcione como una especie de imán pero lo cierto es que todo tipo de cosas mágicas y preciosas suceden a mi alrededor continuamente y siempre que puedo las fotografío para poder recordarlas más adelante.
Todas las mañanas cuando pedaleo camino a la oficina desde la estación paso junto a un enorme estanque lleno de patos y gansos que han decidido ahorrarse el esfuerzo de la migración hacia el sur y han logrado que todo el vecindario les proporcione la comida suficiente para sobrevivir al invierno. Ambas especies tienen sus rutas para aprovisionarse y la de los gansos cruza la carretera más o menos a la misma hora a la que yo llego al trabajo. Es siempre un espectáculo el verlos en formación de batalla yendo hacia las casas para comenzar la ronda. Los coches se detienen y todos los observamos mientras ellos nos ignoran y se mueven graciosamente hacia los jardines de las casas del barrio. Estarán toda la mañana ocupados y sobre las doce vuelven al estanque, volviendo a cortar el tráfico y momento que he inmortalizado en esta ocasión.
En ocasiones se acercan a nosotros para ver si hay suerte y les damos algo de comida. Es uno de esos instantes fascinantes en los que la sencilla y práctica mente colectiva de los gansos trata de determinar si merece la pena gritarnos y hacer algún tipo de alarde frente a nosotros para pillar algo. Cuando deciden que no lo valemos, se marchan y siguen su camino hacia el estanque en donde ya los esperan algunas ancianas y madres con niños pequeños cargadas de pan viejo que les lanzarán y se organizará una enorme algarabía entre los gansos, los patos y en ocasiones algunos cisnes. Cuando los veo así, en formación, siempre me acuerdo de la canción del Fary, apatrullando la ciudad y no me canso de tararearla.





