Resulta paradójico que la decadencia comenzara con la globalización y el acceso de las grandes masas. La informática en sus comienzos era algo para un pequeño grupo, muy limitado y de alguna forma elitista. Al principio todo fue bien. Surgieron un montón de compañías que competían entre ellas con productos variados e incompatibles. Teníamos Apple, Atari, Commodore, Amiga, Spectrum, Dragon, IBM, Amstrad y algunas más. Nadie soñaba con usar programas de una plataforma en las otras. Sencillamente no era posible y a ninguno nos parecía mal. Con el fin de la diversidad llegó el estancamiento. Y ahí seguimos. Una década más tarde y todo sigue igual. Entre los efectos colaterales estuvo la piratería y la mezquina actitud de los usuarios, que aplican reglas distintas a este mundo.
Hablemos de coches. ¿Alguien se imagina un único coche, el mismo para todos, en el que lo único que podemos elegir es el color y los extras que le queremos poner? Yo no. En el mercado automovilístico hay un montón de marcas, un montón de modelos y cuando quieres comprar un vehículo buscas según tu presupuesto y tus gustos aquello que quieres. Las empresas compiten entre ellas por conseguir que tú inviertas en uno de sus productos y ni de coña comparten sus secretos con la competencia. Toda su tecnología es propietaria. Los americanos llevaban la delantera hasta que japoneses y europeos los dejaron atrás porque se dedicaron a mirarse el ombligo y autocomplacerse. Es un mundo altamente competitivo.
En los videojuegos pasa algo parecido. Tenemos a Nintendo, Sony y Microsoft. Hay competencia y a nadie se le cruza por la cabeza que un juego comprado para una plataforma tenga que funcionar en las otras. Es sencillamente una idea estúpida. Cada una de estas empresas tienen sus seguidores y la gente que compra sus productos lo tiene muy claro y eligió sabiendo que existían las alternativas.
En el mundo informático no sucede eso. IBM abrió la arquitectura de sus ordenadores y Microsoft aniquiló la competencia y acabó con todos los fabricantes. En algún momento de 1986 recuerdo la excitación cuando comenzaban a popularizarse máquinas compatibles con el PC de IBM. Era lo más. El primero que tuve fue un Amstrad 1640 y en aquella época lo adoraba. El auge de los «PC» fue el declive del resto, salvo Apple, que de alguna manera se mantuvo en los Estados Unidos. En 1995 llegó Windows 95 y todos pensamos que por fin llegaba el futuro. Hablábamos de dar órdenes al ordenador por voz, de casas totalmente controladas, de coches que se conducirían solos y de aviones que no necesitarían pilotos para hacer su recorrido. Era algo excitante. Igual que vino se fue. En realidad cuando Microsoft lo conquistó todo se acabó la innovación. La arquitectura abierta, el sistema operativo único es lo más nefasto que nos ha sucedido en los últimos veinte años. Ha estancado nuestro progreso.
Antes uno podía comprar un Amiga, un Apple, un Atari, Commodore, Spectrum, Dragon, IBM, Amstrad y en aquella época avanzábamos a pasos agigantados porque el que se despistaba acababa fuera de la competición. Cuando los PCs se popularizaron la ola se llevó a casi todas estas compañías. Todos se prometían un futuro increíble, el advenimiento de la ciencia ficción a nuestro mundo y por desgracia nuestras ilusiones acabaron con el Windows 95. Microsoft acaparó el mercado, lo convirtió en vaca que ordeña con gusto y ahí nos quedamos. Cuando uno mira un ordenador funcionando con Vista es poco mejor que uno funcionando con Windows 95 y posiblemente si se adaptaran un par de tecnologías al Windows 98 este sería mucho mejor sistema operativo que los actuales. Estamos desde el punto de vista del hardware a dos generaciones de distancia pero el software quedó atascado en aquel año. Y así seguirá. Microsoft no tiene una competencia clara, no hay nadie que le pueda hacer frente y el software de código abierto no es la solución. Necesitamos más empresas como Apple, compañías con productos cerrados que sean capaces de innovar, que nos permitan hablar con nuestros ordenadores, conversar con ellos, o fabricar mundos virtuales en el salón de nuestra casa. Cosas que ya deberían estar aquí pero que el maldito Sistema Operativo secuestró porque sin competencia no hay necesidad de innovar. Ahora los fabricantes compiten para poner hardware que sea más potente, más ecológico, más hermoso pero lo que se ejecuta sobre ese hardware es siempre lo mismo. A rebufo tenemos la quinta del Linux, un grupo que en la mayor parte de los casos copia y complica aquello que debería ser sencillo. El otro grupo es el de los marginales de Apple, un grupúsculo que recibe una atención desmedida por parte de los demás, que los odian a conciencia porque su arquitectura es cerrada y su sistema operativo es un poquito más innovador. Yo tengo un Apple y llevo dos años escuchando que somos soberbios, que nuestro sistema operativo es peor, que no podemos ejecutar dos millones quinientas veintinueve mil cuatrocientas dieciocho aplicaciones que funcionan en los PCs y que si quiero algo tengo que comprárselo a Apple. Eso ya lo sabía cuando me compré mi ordenador y en realidad si Apple abriera su arquitectura estaría matando aquello que los vuelve únicos.
El problema es también de los usuarios y de su falta de educación. Imagina que tienes una tienda de ropa y que la gente entra y se lleva las cosas sin pagar. Simplemente pasan por tu puerta, les gusta lo que ven, lo cogen y se van. Está mal. No se debe hacer y todos conocemos las reglas y nos parece justo que así sea. Ahora piensa en una empresa que gasta un montón de dinero en preparar un programa. Lo pone a la venta. Un colega que pertenece a una banda lo «libera» y tú y yo y toda la gente que conocemos lo instala y lo usa gratuitamente y encima queremos tener incluso derecho a quejarnos y a que lo mejoren de la forma en que a nosotros nos gusta. Eso es lo que sucede con el software, en gran parte por culpa de Microsoft y de su cultura mono-plataforma. Un daño colateral es que las empresas no gastarán dinero en crear nuevos programas porque saben que alguien les matará sus ganancias. No hay innovación. Estamos en un círculo que parece no tener salida.
De los tres contendientes (si podemos considerar un único luchador a las tropecientas mil distribuciones de Linux prácticamente iguales) solo Apple parece entender que el centro es el Usuario. Si todos ofrecen lo mismo lo que importa es como debe usar el usuario aquello que quiere usar. Los de la manzana siempre tratan que tu experiencia al trabajar con el equipo sea lo más transparente posible, que no te des cuenta que hay algo ahí detrás que se llama Sistema Operativo y que te diviertas usando aquello por lo que has pagado. En algunas de las distribuciones Linux recién se están dando cuenta de esto pero siguen a cuatro años de distancia, han llegado al punto del Windows XP, lo podemos instalar, lo podemos usar, sabemos como hacerlo pero el Sistema Operativo sigue siendo un corsé opresivo que siempre tienes presente y que intimida al usuario y a poco que te salgas de la línea te sientes impotente porque tendrás que echar mano de algo maléfico llamado la Línea de Comando para enderezar el tema. De Microsoft no merece la pena hablar porque todos sabemos que cada nueva versión es más de lo mismo, con nuevos colores, iconos más o menos redondeados pero sin nada nuevo que merezca la pena.
Lo triste es que todos sabemos que ese futuro que creíamos ver llegar nos fue robado y ahora se sigue retrasando a menos que China o la India hagan algo al respecto. Microsoft podría enderezar el rumbo fácilmente y fulminar a Apple. Solo les costaría contratar a veinte expertos en diseño de interfaz de usuario y devolver a los sótanos de sus edificios a los miles de informáticos de ceja única que tienen, obligarlos a hacer aquello que les piden los expertos en interfaz y construir un sistema operativo más amigable, sin tanta función estúpida que el noventa y nueve por ciento de los usuarios jamás se verán motivados a usar y con cosas que faciliten la vida al usuario. Para Linux haría falta un milagro, conseguir cinco personas normales que trabajen con ellos, que les descubran el mundo real y les expliquen que yo como usuario no quiero mil funciones específicas y configurables. Me conformo con una que pueda entender y usar sin más problemas. La informática es un mundo de «hombres». Quizás tendrían que obligar a que durante los próximos diez años solo estudien «mujeres» y observar lo que ellas pueden hacer. Estoy seguro que serían cosas más simples, prácticas y fáciles de usar que lo que tenemos hoy en día.