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  • Wat Phutthaisawan

    5 de noviembre de 2020

    Ayer ya vimos este prang de lejos y hoy pasamos cerca del Wat Phutthaisawan, el templo al que pertenece. Se dice que es uno de los monasterios budistas más antiguos de Ayutthaya, del siglo XIV (equis-palito-uve), aunque igual es un cuento o una de esas noticias truscolanas ya que la primera referencia al templo es de finales del siglo XVII (equis-uve, palito, palito) que son muchas letras más cercanas a nosotros. Tenga la edad que tenga, desde el río se ve lindo con ese símbolo fálico tan evidente.

  • Gominolas sin

    4 de noviembre de 2020

    En los días en los que se celebraba el NFF, el festival de cine neerlandés, en un par de ocasiones me monté una sesión doble ya que la peli que se estrenaba cada día de las del festival, era entre las siete y las ocho. En uno de esos días, el tiempo de espera entre películas era de cincuenta minuto y el cine era el multicines que está en el centro de la ciudad. Con casi una hora, tenía tiempo suficiente para ir al supermercado en bici, comprar lo que necesitaba y volver al cine para ver la segunda película. Con mi plan ya establecido, fui al centro, aparqué en el aparcamiento gratuito para bicicletas en el sótano de la antigua oficina de correos de la ciudad, fui al cine, que está a unos cien metros, me vi la primera película y al salir, regresé al aparcamiento a buscar mi bici y fui hasta el lidel, que queda a menos de diez minutos en bici. Una vez allí y bien enmascarado, entré en el supermercado y compré las cosas que había apuntado en mi lista. Iba caminando entre los pasillos buscando los productos cuando estoy junto a la sección de gominolas y veo unas sin azúcar, en paquetes de unos cien gramos. Tiro la casa por la ventana y decido comprarme uno de esos paquetes para probar, aunque yo soy de los que se las compran con azúcar y de esas que son un poco ácidas, que me encantan y que se venden en tiendas de gominolas donde tú rellenas una bolsa con la cantidad que quieres y de las que quieres. Regresé con la bici al aparcamiento subterráneo y un par de cosillas que requerían fresco se quedaron en la bolsa de la bicicleta, que allí debajo sin calefacción está bien fresco. Me aseguré de poner en mi mochila la bolsa de gominolas y regresé al cine. Entré para ver mi segunda película, la que correspondía al festival de cine neerlandés y cuando ya iba a comenzar, abrí mi paquete de gominolas y básicamente, me lo comí.

    Empezó la película y no creo que llevara ni cuarenta minutos cuando estoy inflándome a una velocidad pasmosa, estoy acercándome peligrosamente a la creación del mayor peote de la historia de la humanidad. La tripa se me está inflando y no puedo hacer nada porque con un tsunami como ese, si lo suelto, todo el cine y probablemente la gente en las dos otras salas se enterarían de lo ocurrido. Esa cosa sigue creciendo en mi interior, como un alien y yo temo empezar a flotar en cualquier momento y hasta sopeso si usar el cinturón para amarrar un brazo o una pata a la butaca y así al menos no llegar al techo. A partir de ese punto fue un tormento con retortijones que no paraban. Acabó la película y yo debía tener en mi barriga un volumen de aire similar al que había en la sala. Salí a la calle y cuando verifiqué que no había nadie en al menos cinco metros a la redonda, solte el mega-peote. Seguí andando al aparcamiento de bicicletas y cuando llegué allí ya tenía macerado uno nuevo. Me pregunté si era una reacción tardía a las judías con chorizo del día anterior, pero jamás en la vida me había sucedido algo así. El camino para mi casa fue entre mega-peotes, era soltar uno e inflarme a ojos vistas con el siguiente, como si el aire renunciara a entrar en los pulmones y se fuera por el otro lado. Los mega-peotes eran tan bravos que tuve que apagar el motor eléctrico de la bicicleta. Cuando llegué a mi casa tenía una sinfonía de un solo instrumento pero muy sonora, como si la acústica de la sala la hubieran diseñado los mayores expertos del universo. Soltaba mega-peote tras mega-peote y hasta me dolía la tripa. Así siguió la noche y para cuando me fui a la cama a meditar antes de dormir, estoy convencido que los mega-peotes los estaban oyendo en las casas adyacentes. Era una tormenta perfecta y yo alucinando porque hasta sin respirar acumulaba el suficiente aire en las tripas para pedorrear. Finalmente me quedé dormido y hubo alguna ocasión en la que me desperté por culpa de mis propios peos, que no paraban. Por la mañana, ya preocupado, miraba las fotos de toda la comida que había comido en las últimas cuarenta y ocho horas buscando el culpable de la situación. Todo era conocido y producido en cantidades considerables y ya había comido de esos lotes sin problema alguno. Lo único que se escapaba a las fotos era el paquete de gominolas sin azúcar.

    Estando en las Palmas me informaron que esas gominolas las hacen con algo llamado sorbitol y que entre sus efectos negativos, de los que tiene una jartá que no veas, que no comes azúcar pero no veas la mierda que te metes dentro, está la generación y ventilación masiva y escandalosa de peotes, efecto secundario que yo padecí de pé a pá. Le costó casi veinticuatro horas a mi cuerpo deshacerse de todo el sorbitol ese y volver al ritmo habitual de peos y ahora que conozco la causa de los mismos, por mí se pueden meter las gominolas sin azúcar por donde no entra la luz del sol, yo regreso a las naturalmente dulces y que le den por culo al sorbitol.

  • Navegando por el río Chao Phraya

    4 de noviembre de 2020

    Por aquello de descansar la vista de tanto templo budista y tanto Buda pedigüeño hoy tenemos una foto hecha mientras avanzábamos por el río Chao Phraya y aunque al fondo se ven dos Prangs grandes, lo interesante e la barcaza que arrastraba el barquillo enfrente a la derecha y que era bastante grande. También se puede ver un atracadero a la izquierda, que este río, al menos en esta zona del país, es navegable y muy usado y por el mismo se puede llegar hasta Bangkok y continuar hasta el golfo de Tailandia.

  • La vacuna

    3 de noviembre de 2020

    Una de las cosillas que saben los tres lectores del mejor blog sin premios en castellano es que cuando se trata de vacunas, el Elegido es el puto amo y tengo un libro de vacunas que me protege hasta del truscolanismo, que es una enfermedad cerebral muy mala. La única vacuna que he omitido durante un montón de años es la de la gripe, aunque de siempre me llega una carta de mi médico de cabecera informándome del día en el que puedo ir a que me la pongan. La razón es que me mantengo sano y evito a la gente con gripe como infectados y de hecho, desde el año 1998, yo no he tenido una gripe. Sí, han habido varios resfriados, pero ninguna gripe.

    La carta que me manda me provoca a responderle porque es super-directa y ruda y te dicen directamente que perteneces a un grupo de riesgo por ser viejo o ancestral o porque estás metido en un grupo de riesgo y la mayor parte de la carta es para hacerte sentir culpable por ser viejo o tener algún problema de pulmón, diabetes, riñones, o cualquier otra coña en lugar de limitarse a decirte el lugar y la hora de la cita.

    Este año, con el virus truscolán podemita suelto, he decidido ponerme la vacuna de la gripe, que con una desgracia al año vamos listos. La susodicha carta me llegó el viernes y la cita era para hoy, un poquito apurada, sobre todo comparada con la de mis vecinos, que la recibieron hace dos semanas y tienen la cita para la semana que viene. Desde que les llegó, un portavoz del ministerio de sanidad, el mismo que habla del virus truscolán y podemita todos los días y que seguramente es el equivalente al famosillo ese que dice chistes de putas y enfermeras en España, o eran chistes de putas enfermeras, que no me quedó claro porque al ser suciolisto, se pueden decir y hacer cosas que para el resto de los mortales están prohibidas. Bueno, el neerlandés salió hace una semana por la tele diciendo en el telediario que no compraron una cantidad suficiente de vacunas para la gripe y que lo mejor es que los viejos entre sesenta y setenta años que piensen o intuyen que están sanos que no se la pongan y así no hay que comprar más. No me explico como no pusieron una cuerda en la puerta de su ministerio y lo ahorcaron allí mismo pero esta es la grandeza de la democracia, que un gilipollas posiblemente corrupto es capaz de condenar a muerte a miles de personas y al resto le da igual. Regresando al tema, lo primero que hice fue ir a casa de mis vecinos y decirles que les romperé la tele si escuchan a ese tarugo y el día que les toca, ellos van y se la ponen y no es un tema que vamos a discutir. Lo segundo, si ya estaba convencido que me la iba a poner, gracias a ese chamo añadí determinación y cabezonería y esta mañana me levanté, corrí a encender el horno, subí a jiñar y ducharme, bajé a preparar Magdalenas y después a desayunar para salir por patas al lugar en el que ponían las vacunas, ya que mi turno, basado en la primera letra de tu apellido, era a las nueve y cuarto. Al llegar había unas quince personas en cola en la calle, guardando las distancias y varios hasta con mascarilla. De los quince y de los seis o siete que llegaron después que yo, dos viejos ancestrales y el resto era gente joven o de mediana edad, con lo que el susodicho ministro presuntamente asesino ha conseguido su objetivo de ahorrarse una guita y morirán más viejos este año.

    Cuando me tocó el turno, entregué la carta, me quité el abrigo en una mano, me acerqué a la pava, que me pinchó y según ella, sangraba como una bestia y se rió y me dijo que seguramente me pinchó una vena pequeña y yo le devolví la sonrisa con un toque de mal de ojos que espero que no llegue al fin de semana. Han pasado las horas y todavía me duele el brazo. Espero que no hayan ahorrado algo más de dinero comprando placebo en lugar de la vacuna, que de ese ministro de sanidad me lo espero y me lo creo todo.

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