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  • El puente de los carniceros

    7 de febrero de 2020

    Seguimos viendo puentes sobre el río Ljubljanica y hoy vemos el más joven de los mismos. En realidad hubo planes en los años treinta para poner un puente en el lugar pero se hizo finalmente en el 2010 y con un diesño distinto. El puente sin embargo mantuvo el nombre que le querían dar en los años treinta, el puente de los carniceros, aunque a mí me mola mucho más como suena en italiano, il ponte dei Macellai, que es mucho más musical que en la lengua aborigen del lugar, Mesarski most, que suena a maldición gitana. En la foto no se aprecia pero ese es el puente que eligieron los talibanes del falso amor para poner sus candados y proclamar su amor eterno que culmina en divorcio.

    Y mira tú por donde, por detrás y de zorrudo se nos cuela el castillo de Liubliana, que tanto gusta a algunos comentaristas.

  • Aquella ruta

    6 de febrero de 2020

    Ayer, como casi todos los miércoles de la temporada escolar, fui a clase de italiano por la tarde, operación que requiere un traslado en bicicleta que puede ser de seis mil novecientos metros o más, dependiendo de la ruta. Cuando acabó la clase, salí a desbloquear mi bici, mientras escuchaba un audiolibro y perfectamente vestidito para el viaje a cuatro grados. Salí del aparcamiento del colegio en el que recibimos las clases y cuando enfilaba la calle, escuchando el audiolibro y pedaleando y con cuatro grados sin viento ni lluvia, una parte de mi cerebro, supongo, decidió que volvíamos por la ruta de siete mil quinientos metros, la más larga, pero también la más espectacular y bonita, pedaleando junto a algunos de los canales más bonitos de la milenaria ciudad de Utrecht y que por la noche, en invierno y en días así, es un festival visual, un regalo a la vista y como recorrer el interior de una obra de arte.

    Iba por la ruta y seguramente la parte de mi cerebro que no había decidido el seguir aquel camino señaló algo importante, ese acto, el de elegir esa ruta que no tiene lógica porque toma más tiempo y más esfuerzo, eso es lo que hace que la inteligencia artificial consiga pensar como nosotros. En otros días, con las mismas condiciones, mi cerebro saldrá por otro lado, hará otra cosa distinta. Esto me llevó a pensar en el problema ese tan grande que GooglEvil no ha resuelto todavía con su falta de inteligencia artificial. Resulta que cinco días a la semana yo salgo de mi casa a la misma hora y voy en bicicleta a la misma estación en donde pillo el mismo tren, cambio a otro y al llegar a Hilversum hago el tramo final en otra bicicleta. Cuando expliqué al ente artificial de GooglEvil el trayecto de casa al trabajo, solo puedes indicar la dirección física del punto de partida y del de destino. Supuse que con la inteligencia que no tienen, ellos, tras unas iteraciones, captarían el concepto. Va a ser que NO. Han pasado años haciendo esa ruta cinco días a la semana y GooglEvil, cada mañana, me indica el horario de salida de la guagua que pasa más cerca de mi casa y que yo no uso porque voy en bici a la estación. Cientos y cientos de veces he hecho la misma ruta y ellos me siguen indicando la guagua, igual que en Hilversum e igual que al volver a casa. La inteligencia artificial, al menos en el 2020, no existe. Solo son capaces de resolver pequeñas tareas y en muchas ocasiones, de una manera chapucera. Al ritmo que van les queda décadas y aún así, jamás conseguirán emular a los humanos, que igual subimos pá’rriba que bajamos pá’bajo según nos salgaa de los mondongos, que la racionalidad la usamos en muy pocas ocasiones. Yo quiero ver a los expertos del tema el día que le tengan que explicar a una inteligencia artificial el concepto de la jubilación, que para la máquina, será un derroche total y tal y tal.

  • El puente de los dragones sobre el río Ljubljanica

    6 de febrero de 2020

    Ya vimos uno de los cuatro dragones del puente en la foto de hoy con el castillo al fondo y hoy nos centramos en el puente, que cumplió su primer centenerio en el 2001 y que ahí sigue. El puente fue uno de los primeros hechos con hormigón reforzado y la razón para elegir el villorrio este cuando el Emporio Austro-húngaro era enorme y tenía una capital fastuosa en Viena, fue que como la tecnología era desconocida, si aquello salía mal y la cosa se escoñaba no se iban a enterar muchos julays por falta de acceso a Internet. Hay una leyenda local que dice que cuando una virgen lo cruza, los cuatro dragones menean la cola pero aún no se ha podido demostrar por falta de hembras virtuosas. Otra leyenda dice que los dragones se emputan que no veas si un truscolán trata de cruzarlo y por eso, PuerKagón no ha visitado Eslovenia.

  • Paranoia

    5 de febrero de 2020

    Seguramente la combinación más hermosa de vocales en español es cuando tenemos el trío -oia, que también puede aparecer como -oía y entre las treinta y pico palabras que tienen una de esas secuencias, está paranoia, que la RAE, en su gran sabiduría, define primero como truscoluña no es nación y en segundo lugar como perturbación mental fijada en una idea o en un orden de ideas y eso es más o menos lo que está sucediendo hoy en día. De repente, hay un virus porque un julay se jincó una sopa de no se qué bicho deleznable y ha cogido una enfermedad chunguísima que parece que se transmite por la chinería y ahora tenemos una tremenda paranoia a los amarillos, con el agravante que resulta muy difícil distinguir entre un chino, un japonés, un coreano(de mielda) o un vietnamita, por nombrar algunos de los de esas barriadas periféricas, aunque hay más. La regla más básica para distinguirlos es en el tamaño y forma de la testa. Si la cabeza es grande y redonda como un barreño, ese es koreano (de mielda), da igual que venga del norte o del sur de esa pocilga, estos son lo peorcito de la raza humana junto con los truscolanes, que no son nación. Si la cabeza es redonda pero te cabe en un recipiente menor que un barreño, entonces estamos hablando de chinos y si son más bien de cabeza no redonda y pequeña y se te doblan todo el tiempo, esos son los japoneses. Los vietnamitas tienden a tener cabeza de tamaño chino pero están más bronceados pero todos, todos, todos, tienen en común que a la hora de poner un tropezón en la sopa, es que no le hacen ascos a nada de nada.

    Como uno ha viajado por prácticamente todos esos países, salvo Laos, que no tiene playa, como Madrid y yo cuando aquí no hay playa, me da el vaya, vaya y me voy a otro lado y por eso no he visitado Laos. Pero sí que he estado en Birmania, Camboya, Tailandia, Vietnam, Malasia, Indonesia, Filipinas, Hong Kong, Macao y seguro que me estoy olvidando alguna tierra de la zona y he visto cosas flipantes. Por ejemplo, yo prefiero que me arranquen las uñas negras de los pies, que llevo dejando crecer dos años para poder agarrarme bien a los tubos si se me ocurre posarme en uno como un pajarraco, digo que prefiero eso a comer en un puesto callejero de Tailandia, o de Indonesia o Malasia y aún mucho más de Vietnam. He visto cosas que me han provocado arcadas en esos países. Todavía tengo pesadillas cuando un día vi el mercado de la capital de Camboya y al día siguiente, cuando iba en taxi al aeropuerto, pasé junto a ese mismo mercado y en el mismito lugar en el que estaban unas horas antes vendiendo mariscos, había una manada de ratas comiendo, no una, muchísimas, grandes como gatos y todas allí poniéndose las botas en el mismo suelo en el que al día siguiente ponían el marisco. Hablando de ratas, a día de hoy, jamás he visto una tan grande como la que se cruzó conmigo en Bali, en Indonesia, en la misma puerta del Hard Rock Café y que consiguió que los gorilas que controlan la puerta, corrieran al interior y cerraran el local e impedían que la gente que corría aterrada por la calle entrara. Aquella rata era de tamaño de caniche pero de los granditos y peluda que no veas. En las Filipinas, en el Nido, en uno de los restaurantes de la playa, una rata iba de un restaurante a otro aprovechando las vigas que sujetaban el techo y los empleados ni se inmutaban y ni te cuento la rata gigantesca que vi una vez en Londres, en Hyde Park.

    Volviendo a lo de la paranoia, a ver si nos relajamos un poco, que ahora la gente ve a un asiático en el tren y prácticamente se echan a correr y se atrincheran en el lado opuesto del mismo. Sólo porque creas que son seres inferiores, que seguramente tienes razón y ellos piensan lo mismo de ti, no quiere decir que transmitan ningún tipo de exótica enfermedad de reciente creación y más si ni han estado, ni estarán jamás en Asia, que muchos de ellos tienen un acento más cañizo que nosotros.

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