El río Ljubljanica lo he mentado en varias ocasiones pero no lo hemos visto con claridad. Ya dije que al llegar a la ciudad se divide en dos y supongo que lo que vemos en el centro es la parte cutre del mismo, ya que como se puede ver en la foto, no es gran cosa. La imagen la hice al final del invierno con lo que imagino que en primavera lleva mucho más caudal. En Utrecht hay canales más anchos. El río tiene una cantidad ingente de puentes para conectar ambas orillas.
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La rampa
Desde que me compré la Stella Modena Night Blue FDST Comfort, mi bici eléctrica, yo vivo encantado de la vida y si me provocaran los vecinos hasta les cantaba el LaLaLá vestido con pantalones de campana que no tengo pero que seguro que en las tiendas estas de ropa de segunda mano se consiguen por dos perras gordas. En invierno la bicicleta es más latosa porque te recomiendan no dejar la batería en la misma si no está en un cuarto a más de quince grados y como su keli en el jardín no tiene calefacción, le tengo que quitar la batería cuando la acabo de usar y guardarla en mi casa, lo cual me da una pereza que no veas. Esto es malo, pero lo absolutamente peor, el drama de mi vida que me estaba quitando la ilusión y la fantasía es el escalón que tiene el susodicho cuarto y que para meter y sacar la bicicleta del mismo, requiere un esfuerzo sobrehumano porque la jodida, con batería pesa veinticinco kilos, es obesa como dos que yo me sé y si le añades la bolsa que le puse y la cadena que lleva dentro, debe rondar los veintisiete kilos y por la mañana cuando salgo o por la tarde cuando vuelvo o cuando voy al cine, sacarla y meterla es un ejercicio de halterofilia o necrofilia o como quiera que se llame la filia esa y todos sabemos que yo conseguí pasar la niñez, la adolescencia y la juventud sin haber puesto una pezuña en un gimnasio y me gustaría morirme sin entrar en uno pero me veía claudicando en este deseo tan puro y apuntándome al gimnasio para desarrollar los músculos atrofiados de los brazos y poder cargar la bici.
Mis vecinos, que son ancestrales como otro que yo me se, tienen una pequeña rampa de madera para entrar en el susodicho cuarto y tras una descarnada busca en GooglEvil probando cosas, descubrí que la palabra para referirse a la misma en la lengua bárbara de aquí es drempelhulp, que tiene en su raíz el truscoluña no es nación y que es una ayuda para subir una altura, o sea, una rampa de ayuda. Mirando en las tiendas, lo que tenían no me convencía, eran muy grandes y más bien pensadas para subir sillas de ruedas o carricoches y yo solo quería algo pequeño para encauzar la bicicleta a su keli o fuera de la misma. Decidí usar la manipulación y así, en una de las visitas a mis vecinos para tomar cafelito gratis y de paso revisar su ordenador, le comenté que yo desde que era pequeñito lo que más ilusión me hacía era tener una rampa en la keli de la bicicleta para no herniarme, que a base de cargar ese peso que es más que el de un saco de papas de veinticinco kilos, que yo nunca cargué, acabaría como Quasimodo, buscando colillas por el suelo. Me lamenté de mi mala fortuna y lo poco que me quería el Dios de los cristianos y dejé allí la semillita, que fue creciendo y creciendo y finalmente, la semana pasada, cuando volví a mi casa, me encontré esto en la puerta de la keli de las bicis:
Para que después me digan que mi vecino no es un manitas, que el viejo se puso ahí con unos trozos de madera, un taladro y unos tornillos y me ha hecho una rampa perfecta y que hasta deja pasar por debajo la manguera que suministra agua al sensor de movimiento contra los gatos, la conocida como defensa norte del perímetro y que mantiene a los gatos fuera de mi jardín en primavera, verano y otoño y al que entra, le da una ducha gratuita que les provoca un estrés pre y post-traumático que yo espero que conlleve la pronta muerte de la puta bestia asquerosa, sobre todo porque entran para jiñar en el césped, que el que me diga que los gatos no hacen eso, le escupo a la cara un lapo verde de resfriado y me quedo tan ancho. Al ver la rampa me vino a la cabeza aquella frase legendaria que dijo aquel julay:
Una pequeña rampa para la humanidad …
… y una gran rampa para el julay del Elegido
Ahora cuando llego a mi casa, subo la bici sin esfuerzo, vamos, que lo puedo hacer con la punta de la chorra, si quisiese o quisiere, que no quiero porque se me constipa.
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Galería nacional de Eslovenia
Eslovenia, como micro-país que es y sin grandes artistas que conozcamos todos, no es un lugar que se identifique con las rutas de arte. En la ciudad y cerca de un parque está la Galería Nacional, un bonito edificio de 1896 y hospeda el museo desde el año 1919 y por eso, cuando yo pasé por allí, ya estaban precelebrando el primer siglo como el museo nacional del arte. La visita en sí es un poco de disgustos y desapego, pero claro, yo estoy super-mal educado y a mi si no me pones un puñado de Michelangelo, algunos Bernini o Velazquez, como que el lugar me deja indiferente.
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¡Esto que es!, ¿Sevilla?
A mí lo del cambio climático que dicen que no existe me va a matar, que después de entrenar durante diecinueve años mis chacras y programarlas para que reconozcan el invierno nórdico, nos lo han quitado y ahora no salgo de un catarro para meterme en otro porque o voy falto de ropa y me enfrío o voy sobrado de ropa y me enfrío con la mega-sudada. Esta mañana, hace unas horas, me sucedió uno de los susodichos o quizás los dos. Estaba por salir de mi casa a las seis y poco cuando se me ocurre mirar el termómetro que hay en la mesa de la cocina y que tiene un sensor en el jardín y aquello marcaba diez grados. Lo normal en esta época, por la noche, es estar alrededor del zerolo y en los buenos años hemos tenido rachas de diecinueve bajo cero, temperatura perfecta para descongelar el congelador de tu casa porque pones en la puerta de jardín las bandejas y cuando has terminado de descongelarlo, todo está tal cual. Pues bien, hoy con diez grados, eso es como si nos hubiésemos mudado a Andalucía y salí con la chaqueta de invierno sin la chaqueta interior, que me da mucho calor, abierta. Fue solo en el tramo entre la puerta trasera de mi casa y la del cuarto de las bicis pero fue más que suficiente para enfriarme, seguramente combinado con el sofocón que le sucedió cuando fui a la estación en bici y mi cuerpo empieza a macerar el calorcito ese interior que la chaqueta mantiene tan bien, lo cual provocó que me acalorara que no veas y para cuando aparqué la bicicleta en la estación, estaba más sudado que el coño de una profesora de gimnasio después de ocho horas de clases. Entre el frío y el calor, llegué a la oficina con la vela esa de agua chirria goteando sin parar por la nariz y que yo le decía a la gente que son lágrimas dosPUTOcero, que para no gastarme los ojos las echo por la nariz que es más difícil.
Al volver a casa por la tarde, en el tren, cada vez que estornudaba, todo el mundo me miraba y yo les devolvía la mirada con cara de virus CORONA y mira que a mí esa cerveza no me gusta pero que nada y me recuerda a los baños de bares llenos de meados y también me recuerda a los cigarrillos que fumaban en las Canarias mucha gente. Lo bueno de estornudar y moquear es que en el tren, todo el mundo se aleja y tienes donde sentarte sin más problemas. Aprovechando la soledad en el tren me tiré un bufo, o eso que en la península llaman pedo pero sin sonido, solo con el componente químico-neurológico y no sé si fueron los pimientos rellenos del viernes, o la sopa mexicana del sábado o el pollo marroquí del domingo pero cuando se expandieron los gases en el tren, aquello era un ataque químico en toda regla y el que no huyó por el riesgo del virus huyó por el pánico a quedarse sin aire, que era lo único que se podía hacer, dejar de respirar y esperar que el poco aire que tenías en los pulmones te sirva para sobrevivir.
Los tulipanes de mi barrio, que normalmente en un par de semanas es cuando deberían empezar a salir, ya están a puntito de sacar las flores, como esto siga así, el que pretenda visitar el Keukenhof en mayo se va a jartar de ver césped porque allí lo que no quedarán son tulipanes.



