Tomándomelo con calma en Ubud

El relato comenzó en Desde Utrecht a Kuala Lumpur pasando por Abu Dhabi

Estar rodeado de arrozales, en un entorno verde y relajado te hace reducir el ritmo y disfrutar del placer de no hacer nada. Mi segundo día en Ubud me lo tomé de relax total. Me levanté tarde, desayuné, me puse el bañador y me fui a la piscina a pasar el día. Escuchaba un audiolibro cuando tomaba el sol y cuando no, estaba de remojo. Yo era el único que había optado por este plan y los otros clientes habían salido a caminar por la ciudad o a hacer todo tipo de excursiones. Uno de los señores que cuidan el hotel flipaba conmigo porque soy como un girasol, voy rotando y porque milagrosamente, me voy tornando moreno sin que aparezcan las terribles quemaduras. Lo que él no sabe es que a estas alturas si corro el tour de Francia daría positivo por Beta-caroteno, ya que llevo como un mes tomándolo y tengo unas reservas en el cuerpo increíbles y que me proporcionan protección de +15 desde dentro a la que añado +10 desde fuera. El Rubio es lento pero aprende y en estas vacaciones en Tailandia se ha llevado también las vitaminas para él y su familia, ya que no quieren regresar a Holanda como gambas, sino como marroquíes. Al final le tuve que ceder uno de mis botes de pastillas, con lo que la próxima vez que mi tío se pase por Europa le encargaré un par de botes para tener reserva, ya que al menos en Holanda venden las pastillas de beta-caroteno a precio de mamada de puta con dientes y en Estados Unidos las compras por casi nada.

Sobre las tres y media de la tarde ya estaba cansado de freírme al sol y arrugarme como una pasa en la piscina y decidí dar otra vuelta por la ciudad. Mi idea principal era caminar por arrozales y cuando iba al lugar me acordé que al día siguiente tenía una excursión que pararía en al menos uno de esos sitios y opté por cambiar el rumbo e ir a visitar el Palacio Real, el cual estaba abierto y había un montón de operarios. La entrada es gratuita, lo cual mosquea porque te cobran en todos lados. Estaban haciendo máscaras, una especie de escalera de bambú gigantesca y otras cosas. El Palacio es muy sencillo y no creo que sea del gusto de Korrina, la putita real, más acostumbrada a mayores fastos. Yo en ese momento no lo sabía y cuando pregunté al día siguiente al guía no me supo dar una respuesta clara, pero dos días después (o sea, en el futuro que para mí fue ayer), una holandesa me dijo que todo aquello era para el funeral del hermano del rey, al que no creo que inviten a bomborones porque aquí tienen mucho aprecio a los elefantes. Lo mejor es que parece ser que el chamo murió hace seis meses y lo tienen bajo tierra, pero lo sacarán, le harán su juerga y después, vete a saber tú …

Después del Palacio Real me fui a ver el Mercado. Yo tengo muy poca fe en estos lugares en sitios turísticos y tenía razón. Es un zoco de recuerdos, sin un solo local y en el que todo está a precios disparatados porque tienes que regatear. Eso no es lo mío así que miré, hice alguna foto y seguí de largo. A las seis tenía una reserva para ir a cenar al Warung Saya, un pequeñísimo restaurante con un cocinero/camarero y lo que sea y tres mesas. Opté por un Opor Ayam que estaba riquísimo y un postre llamado Kolak Pisang que ya he decidido que quiero aprender a cocinar porque es una auténtica maravilla. Es una especie de sopa caliente con leche de coco y batata que está de morirse de rico. En una de las mesas había una extranjera y yo ocupaba otra. En eso que entra un tercer cliente que había llamado unos minutos antes, le sirve la comida y cuando ha acabado de comer lo llaman por teléfono. Se pone a hablar y resulta que es españó, españó, españó. Por casualidades del destino en ese momento el cocinero/dueño/camarero me pregunta por mi país y cuando digo Españislavia, el otro salta de la silla y se sentó conmigo. Resulta que es otro expatriado, que trabaja para una empresa que hace negocios con China y prefiere vivir en Bali y viajar a China cada tres meses. El hombre salió de España quemadísimo, después de perder una empresa con casi doscientos empleados gracias a las administraciones públicas y a que no pagan sus deudas. Ese, como otro que yo me sé, no regresa a España en su vida. Estuvimos hablando y discutiendo los intríngulis de la vida casi cuatro horas. Mira tú por donde, yo por más que lo intento, cada día acabo comiendo con alguien, charlando o saliendo de excursión y al final, el mito ese del viajero solitario solo se cumple en una de cada tres jornadas.

Y así transcurrió este día, relajado, con mucho sol y piscina, poco turismo y una buena conversación. Al día siguiente iba de excursión con una pareja de holandeses por los alrededores de Ubud, pero ese será otro relato.

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Desde Denpasar a Ubud

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Después del ajetreado día anterior, la verdad que no tenía ganas de complicarme la vida. Me levanté sobre las ocho de la mañana en el hotel de Denpasar al que habíamos llegado casi a la una de la mañana.

Lo primero que hice fue buscar un lugar para alojarme en Ubud. Ya tenía preselecccionados unos cuantos y con la App de booking lo hice en un momento. Esta aplicación te permite exportar a PassBook tus reservas y en lugar de imprimirlas, llegas al sitio con tu dispositivo mágico y maravilloso, lo enseñas y ya está. Quería quedarme en la zona cero de Ubud, cerca de todo andando y mis únicos requisitos eran Wifi gratis y piscina en el complejo. Después de ducharme salí a desayunar y conocí a la dueña y encargada del hotel. Me estaba hospedando en el Nakula Familiar Inn y esta mujer me devolvió la fe en la gente de Bali. Me explicó todo, me contó las distintas alternativas que tenía para ir hasta Ubud, lo que me iban a costar, el tiempo que me iba a tomar y se portó como una auténtica anfitriona. Además me dieron a probar junto con el desayuno un dulce de Bali que estaba riquísimo y que supongo que habéis visto en las fotos de comida. Cuando estaba terminando de desayunar apareció la británica y me puse a hablar un rato con ella, ya que todos sabemos que soy asocial y paso de la gente. Ha estado viajando sola siete meses por toda Asia y comienza a añorar la lluvia y el frío Británico así que me dijo que en un mes se regresa a casa. Ella se iba hacia Lombok y la señora también le explicó lo que tenía que hacer. Las cuatro holandesas se levantaron las últimas y ellas se irían hacia la zona turística por excelencia de Bali, el lugar para las juergas, las borracheras, las playas llenas de contaminación y demás. La británica se fue la primera, en taxi hasta la estación de guagua y desde allí continuaba en transporte público. Yo y las holandesas salimos al mismo tiempo sobre las doce de la mañana. La mujer me dijo que un taxi (usando el taxímetro y siendo de la compañía Blue Bird, que al parecer es la única decente en Indonesia) me costaría alrededor de 150000 Rupias, o unos once leuros y pico El taxista conducía con una cortesía y una precaución que hasta me asustó, acostumbrado a los kamikaze de Java. Al parecer en Bali la gente sí que sabe conducir y no se practican las conductas suicidas de Java. Plácidamente y sin sobresaltos me llevó en unos tres cuartos de hora hasta Ubud. Al llegar a la zona, le di el teléfono del hotel, llamó, le explicaron en donde estaban y me dejó cerca del mismo, ya que está en un callejón que sale de la Monkey Forest Road, que es la arteria principal de Ubud. Desde donde te dejan, los últimos cincuenta metros hay que caminar porque no entran coches, pero vamos, sin ningún problema. El lugar que elegí se llama Pering Bungalow y mi habitación era enorme, con un baño oscuro pero grandísimo y una piscina fantástica. Lo primero que hice fue largarlo todo, ponerme el bañador e irme a la piscina a refrescarme.

Cerca de las cuatro me vestí y salí a pasear y en concreto a visitar el Sacred Monkey Forest Sanctuary o el Santuario Forestal de los Monos Sagrados (o algo parecido). Es un trocito de jungla llena de monos al comienzo de la Monkey Forest Road y que por eso le da nombre. En su interior hay tres templos y viven casi trescientos monos, o deberíamos decir macacos balineses de cola larga. Se ven bonitos y adorables pero como te vean comida se lanzan a por ti sin dudarlo un solo instante. La gente compra plátanos, entra al sitio y de repente se ven atacados por esas bestias y más de uno es mordido. Por ejemplo una chama que llegaba ocultando sus plátanos, pese a un cartel enorme que decía que es mejor no ocultarlos y darle uno a los monos cuando se acercan. Ella los escondió entre las manos y uno se le tiró a los hombros y empezó a buscar la forma de robárselos. Ella primero se reía pero después se estresó y tuvo que venir un vigilante a espantar a los monos. Como ella, dos tontos por minuto más o menos. Los monos son interesantes pero lo realmente bonito es uno de los templos que está escondido en la jungla y que te hace sentir como un Indiana Jones de pacotilla.

Tras la visita al lugar regresé paseando por Ubud y esquivando gracias a mis auriculares bluetooth y mis gafas de sol a todos los que querían ofrecerme un taxi o venderme servicios de Spa o similares. Por la noche fui a cenar al Nomad, un restaurante que la gente considera muy bueno pero que a mí me pareció más bien para turistas, con comida internacional y especializado en cócteles y bebidas alcohólicas a precio de discoteca de capital europea. Después de cenar encontré una heladería y aunque ya no tenía hambre, me pedí un helado de dos bolas. Esa noche, el cansancio acumulado de los días anteriores hizo efecto y me quedé dormido muy temprano.

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Desde Bali a Jogjakarta, en Java

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La jornada de sueño del día previo me sirvió para acumular horas y así levantarme a las 03:50 am, ya que tenía un vuelo de esos que salen antes del alba, a las 05:50 en dirección a Yogyakarta, ciudad que también escriben como Jogjakarta y a la que los locales llaman cariñosamente Yogya y que suena como el tío aquel de hace mil Gran Hermano que arreaba las susodichas Yogya cuando la penca a la que empalaba se le enrebiscaba (expresión canaria que no me voy a molestar en traducir al españó y que es posible y probable que se escriba como enreviscaba). A las cuatro y veinte estaba en la recepción del hotel y allí había una pareja que también iba temprano al aeropuerto, seguramente para mi vuelo u otro que salía diez minutos más tarde. El viaje sin tráfico no tomó más de cinco minutos. El aeropuerto de Denpasar lo están ampliando y la zona es un poco caótica. Además, desde el punto en el que te dejan hasta el punto en el que están los mostradores tienes que hacer el paseíllo y cruzar por delante de todos los restaurantes de comida rápida que puedas soñar o imaginar.

Yo llevaba la mochila de treinta litros con la bolsa de la cámara y el iPad dentro, la mochila grande con la ropa y todo lo demás (y que curiosamente es más ligera que la pequeña porque la cámara y los objetivos parece que los han hecho con plomo) y una bolsa con un bocadillo de pollo, zumo y una fruta que me dieron en el hotel para desayunar en el camino. Antes de llegar al mostrador tuvimos que pasar un último obstáculo, un primer control de seguridad en el que escaneaban las mochilas, aunque parece que todo les da igual y no paran a nadie. Me acerqué al mostrador para facturar el equipaje y el proceso que el día anterior me tomó casi una hora lo hicieron en menos de un minuto. Después me dijeron que tenía que ir a una ventanilla a pagar el impuesto revolucionario por usar el aeropuerto, el cual para vuelos domésticos es de 4 dólares. En estos países asiáticos, te cobran siempre en los aeropuertos (salvo Malasia y Tailandia, de los que he estado). El día que me vaya es cuando me levantarán 25 dólares como impuesto de salida, ya que te cobran hasta por largarte, como en Vietnam, Camboya o Myanmar. Solo espero que usen ese dinero para el pueblo y no para engordar políticos.

Hasta ese momento no había sacado dinero de un cajero y seguía sin tener la moneda local, las rupias indonesias y aunque busqué un cajero, no lo vi (aunque sé que en llegadas había algunos). Pasé el segundo control de seguridad, con mis líquidos y todo y me senté junto a la puerta de embarque, la número quince. Nos llamaron en hora y todos corrimos a la guagua que nos alcanzaba hasta el avión porque nuestros asientos numerados igual pierden la paciencia y se borran el número El embarque fue rápido. A mi lado se sentaba un asiático que no paraba de hacer fotos de todo con una Canon EOS 7D y una europea que estaba hasta la pipa del potorro del asiático, ya que hasta yo creo que en realidad todo eran excusas para hacerle fotos a ella y tener temilla para cuando se la casque.

Nos preparamos todos, explican la movida de seguridad y tal y tal y el piloto anuncia que no podemos despegar hasta cuarenta minutos más tarde porque las autoridades están trabajando en la pista y aún no han terminado. Hay que joderse. Cuando por fin nos dieron vía libre, encendió los motores y salimos a toda leche. El viaje duraba una hora y viajábamos atrás en el tiempo, también una hora, con lo que la hora local de salida y la de llegada eran las mismas. Todos nos sincronizamos y nos dormimos y solo comenzamos a despertarnos cuando anunciaron el aterrizaje. Por la ventana se podían ver varios volcanes en una imagen bellísima que no pude hacer por tener asiento de pasillo.

El aterrizaje fue interesante. Nunca había tomado tierra a tanta velocidad, parecía que el tío tenía prisa por llegar, caímos poco menos que en picado, entramos en la pista a toda mecha y se tuvo que dejar las pastillas de freno parando el avión. Aparcó, trajeron las escalerillas y nos echamos a correr alejándonos de aquel presunto criminal.

Mi mochila tardó un rato en salir (o más bien salió de las últimas) y cuando la pillé, me eché a correr y fui al encuentro de la persona que me venía a buscar del Delta Homestay, lugar que será mi casa durante los próximos tres días. Mi habitación no estaba lista pero no me importaba ya que quería echarme a la calle a patearme esa barriada periférica.

Mi guía Lonely Planet de Indonesia la cual compré hace unos años y ha usado previamente la Chinita cuando estuvo por el país, tenía una ruta caminando para ver los puntos más relevantes de la ciudad. En realidad acababa cerca de donde me hospedo, así que decidí hacer la ruta en orden inverso.

Pasé cerca del Taman Sari, un complejo que en el pasado servía como zona de descanso con piscinas y movidas acuáticas para el sultán y su familia. Decidí no entrar porque como está cerca, puedo volver en cualquier otro momento. El lugar por lo que parece ya no está en plena gloria. Ya veremos si voy a verlo más adelante.

Pasé junto al mercado de las aves (o de los pájaros), el cual me dio mucha grima ya que todos sabemos que todas las gripes chungas comienzan con esas bestias y allí olía a mierda de pájaro a destajo. Siguiendo entre calles con un tráfico endiablado llegué al Kratón, el Palacio de los sultanes de Yogya y lo más relevante de la ciudad. La entrada cuesta 12500 Rp y hay que pagar 1000 Rp adicionales para usar la cámara. Al parecer hay timadores profesionales que se te pegan y te intentan llevar a otro lugar. Por desgracia para ellos, yo uso mis auriculares bluetooth y tras años de vacaciones en Asia me he convertido en un maestro del ninguneo y ni respondo ni muevo algún músculo facial, como los grandes actores Matt Damon, Mark Whalberg o Swazennegger. Entré, compré mi entrada y comencé la visita a esa ciudad amurallada en la que hoy en día viven 25000 julays, de los que 1000 de ellos siguen trabajando para el sultán, ya que al parecer el chamo sigue allí. Son una serie de edificios, cada uno con un propósito determinado y los vas visitando por separado (los que se puede, ya que los de residencia del chamo no están abiertos al público). El recinto resulta muy interesante y aunque no hay tesoros del copón, tiene sus cosillas, incluyendo movidas raras como los calcetines que usó el sultán Hamengkubuwono IX cuando visitó Holanda. En otro tenían el árbol genealógico de esa familia que se remonta hasta el final del principio de los tiempos. En uno de los pabellones hay actuaciones y ese día tocaba tocar las campanas o algo parecido que creo que se llama gamelan y de lo que he subido uno o dos vídeos a ese sitio que todos sabéis.

Al salir todo el mundo quería llevarme a algún lado o venderme algo y los ninguneé como siempre y fui hasta ele Museum Kareta Kraton en el que exhiben los carros y carretas que usaba (y usa) el sultán en las ceremonias y para impresionar al populacho. Habiendo visto el de Lisboa este es como de aprendices, pero bueno, no vale casi nada (3000 Rp + 1000 Rp por la cámara) y tienen unos caballos de madera con unos ojos increíblemente tenebrosos.

Desde allí pasé junto a la Gran Mezquita Mesjid Besar y seguí hasta el museo Sonobudoyo, al cual te cobran 5000 Rp por entrar y que tiene una bonita colección de arte de Java, con máscaras, marionetas, armas de guerra, trajes y demás.

Al salir seguí hasta el Benteng Vredeburg, un fuerte de la época colonial holandesa que ahora es un museo. La entrada vale 10000 Rp para los extranjeros. Tiene un montón de dioramas (no tengo ni idea de como se traduce pero son maquetas que explican algo) con escenas de la lucha contra los holandeses, contra los japoneses y la creación del país. Resulta muy interesante y el conjunto de edificios también es muy bonito. Al salir pasé por el mercado Pasar Beringharjo aunque no compré nada y después entré en la calle Jl Malioboro que es la calle mayor de la ciudad y un inmenso centro comercial. Paré en la oficina de información al turista en donde me dieron información y explicaron como usar las guaguas y cuando me cansé regresé al hotel usando la línea 3A del TransJogja, unos micros con la puerta elevadísima y a los que solo se entra por paradas. Tienen aire acondicionado (aunque como se pasan el rato con la puerta abierta no se nota) y el viaje cuesta 3000 Rp. El micro me dejó cerca del hotel y me acerqué a una agencia de viaje que me recomendó la Chinita para organizar el resto de la semana. Después me fui al hotel y pasé la tarde en la piscina, en remojo y por la noche salí a cenar antes de recogerme temprano para recuperarme después del palizón del día anterior.

Este se puede considerar como el primer día de turismo en Indonesia ??

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Desde Kuala Lumpur a Bali

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Creo que este es el primer viaje en el que me cuadra una jornada intermedia al principio. En realidad me ha servido para aclimatarme y adaptar mis ritmos vitales a una zona horaria totalmente distinta a la mía. También es el resultado de una gambada. Cuando decidí que iría a Indonesia, compré mi billete a Kuala Lumpur y sin pensarlo compré otro para ir desde allí a Bali (o más concretamente a Denpasar que es el nombre del aeropuerto). Después la Chinita, el Rubio y otros empezaron a lavarme el tarro porque esta zona de Bali es como Marbella o Playa del inglés en Gran Canaria y decidí salir por patas lo antes posible, solo que me quedó este día más o menos perdido.

Me levanté a las diez de la mañana, relajadísimo después de una noche de sueño brutal. Me duché, volví a empaquetar y a las once y pico salía del hotel. Tomé el monoraíl para ir de Chow Kit a Bukit Nanas, que está a dos paradas y allí me cambié al metro (o tren) del LRT, en la Kelana Jaya Line. Con este llegué a la estación de Kuala Lumpur Sentral en un momento y compré mi billete para ir al aeropuerto LCCT. En realidad es el mismo aeropuerto de Kuala Lumpur (KLIA), solo que la terminal para los pobres está separada del resto del aeropuerto y muy cerca de donde se hacen las carreras de Formula 1 en Malasia. Para llegar hay muchas maneras. Yo opté por tomar el tren, que me deja muy cerca y desde allí hay un servicio de autobuses que está incluido en el billete, el cual te sale por 12,5 Ringit. Casualmente este aeropuerto desaparecerá en cosa de un mes, ya que han construido una nueva terminal de puro lujo María y que han llamado KLIA2 y se inaugura en junio. Yo había pasado por esta terminal hace cuatro años y entonces era una gran nave con poquísimo. Ahora aquello es un centro comercial de pobres, sin aire acondicionado pero con su starbukkakke, sus restaurantes de comida rapida y demás. Primero me acerqué a dejar la maleta y tomó un montón de tiempo porque la gente o es mongólica o se entrena a conciencia para serlo. Cuando acabé, elegí el Taste of Asia para almorzar un Curry Noodle que seguramente habréis visto en esa otra bitácora en la que pongo las fotos de comida.

Después pasé el control de seguridad y fui a las puertas de salida. Aquello es como un zoco, la gente corre, grita, se desplaza sin rumbo fijo y de repente se abre una puerta y un montón de julays se van a la pista del aeropuerto de Kuala Lumpur y se echan a caminar por la misma buscando su avión. Estando allí el concepto de seguridad paranoica de los aeropuertos europeos y americanos adquiere un nuevo sentido. Obviamente, desde esta terminal no sale ni un solo vuelo con esos destinos. Hice un vídeo caótico que he puesto en alguno de los rincones que uso y si doy con la manera, lo enlazaré aquí.

Nuestro vuelo salía con un poco de retraso y para cuando anunciaron el embarque, todos corríamos por la pista, llegando a encrucijadas en las que tenías que tomar decisiones, ya que nuestro avión estaba en la rampa 066 y para llegar allí hay que pasar por al menos dos cruces en los que si coges la ruta incorrecta, acabas en otro avión. Curiosamente tengo otro vídeo mientras andaba por la pista pero está boca abajo. Lo tenéis aquí.

Al llegar la escalera para subir al avión no estaba pegada al mismo y tuvimos que esperar mientras los operarios lo hacían un minuto o así. Me apalanqué en el avión y me quedé dormido antes del despegue. Se me ha olvidado comentar que del calor, el aire acondicionado provoca condensación y al principio sale humo en plan discoteca de pelleja despendolada que busca rabo para matar esa picazón tan grande que tiene por debajo. Al aterrizar volvió a suceder y aproveché para hacer otro minúsculo y cutre vídeo que está aquí.

El aeropuerto de Bali yo me lo imaginaba pequeño y en plan gitano pero aquello es un mundo. No sé como coño se salió de pista el otro día el pollaboba de Lion Air porque la pista es enorme y allí habían aviones enormes de KLM, Garuda Indonesia, Virgin Australia, TUI y por supuesto, los normales de Air Asia y líneas aéreas similares. Me da que se les olvidó indicar a nuestro piloto el lugar de aparcamiento y para cuando se dieron cuenta era demasiado tarde, así que tuvimos que entrar de nuevo en pista y regresar al final para una segunda pasada. Esto sería algo normal si no fuera porque lo hicimos en los dos minutos que hay entre vuelos, sabiendo que venía un pájaro por detrás y de no quitarnos nos iba a dar por culo. Resultó ser un avión de KLM, ya habría sido irónico morir a manos de un avión holandés. Al desembarcar compré mi visa por 25 USD y pasé una cola que ni en el paro hasta que crucé la aduana, después recogí mi mochila, la tuve que volver a pasar por seguridad y algo no les gustó porque me pidieron verla. El tipo lo sacó todo y no encontró nada. Su cara cuando metió la mano en una bolsa y le dije que esos eran mis gallumbos más sudados que el coño de la Veneno no tuvo precio. Les fascinó el teclado bluetooth con el que escribo en el iPad y gracias al cual puedo hacer estas anotaciones. Al salir, un julay tenía mi nombre en un papel y me llevó al hotel, muy cerca del aeropuerto porque aunque parezca mentira, aún no he acabado de viajar. Mañana a primerísima hora salgo para Yogjakarta y allí ya comenzaré las jornadas de turismo intensivo habituales.

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