Tremendas inmersiones, cristiano


Yo tengo clarísimo que estoy en el espectro ese mágico y que si me diagnosticaran, saldría autístico pa’l coño, mayormente como todos mis amigos, que son siempre peculiares. En mi caso, se nota porque cada año procuro ir a ver al cine al menos doscientas películas, voy a correr todos los días de lunes a sábado, o casi todos los días y buceo con un frenesí como si se fuera a acabar el universo conocido y solo en el 2025, sumé setenta y tres inmersiones a mis diarios de buceo y el año ha terminado con TRESCIENTAS CINCUENTA Y NUEVE inmersiones. Al  menos se me quitó lo del duolingo.

Ya hablé de las dos primeras inmersiones que hice en mi primera salida, pero es que han habido varias más y creo que al volver voy a coger todos los vídeos que voy separando para el Istagrame y para el Güazá y haré un resumen al volver. Dos días después de ir a Mogán, fui a la playa de Tufia, recién reabierta al público después de cuarenta y pico días cerrada por un vertido. Fue fabuloso, había una cantidad ingente de pulpos, pequeños, pequeñísimos y grandes, los pulpos bebé son adorables y extremadamente curiosos. En un momento determinado vi un pulpo de tamaño mediano, que salió huyendo y yo me había sujetado a una roca del fondo y resultó que allí había otro, junto a la roca y hasta me soltó un chorro de tinta, mi bautizo con tinta de pulpo y un momento entrañable. En ambas inmersiones en Tufia vimos Angelotes.

Al día siguiente de Navidad fuimos al pecio del Arona, que siempre es espectacular y allí, un gallo moruno nos siguió en las dos inmersiones desde el principio hasta el fin, como controlándonos. También pude ver la fula sargento que hay en el lugar y que necesita pareja. Esa inmersión es siempre espectacular, pero cortísima por culpa de la profundidad. En el grupo venían tres gringos, padres e hijo, que paraban en la isla un día en un crucero, que por Gran Canaria en esta época, cada día, aparcan en el muelle de la Luz entre tres y cuatro cruceros gigantescos con miles de millones de julays. Los gringos pidieron una cantidad absurda de kilos de lastre, yo alucinaba en tres y hasta cuatro dimensiones y la Dive Master les dio menos, pero aún así, es que iban cargados de kilos para abajo y yo, que tenía la misma complexión que el hijo, bajaba con tres kilos y aquel y su madre, que era pequeñita, llevaban ocho. Cuando descendimos, ellos bajaron los treinta metros en el ascensor expreso y después es que para subir, llenaban su BCD al máximo de aire y aún así, tenían que aletear para subir. En la segunda inmersión pidieron que les quitaran un kilo a cada uno pero yo no vi ninguna mejora, esos necesitaban perder la mitad del peso que llevaban. El truco para la flotabilidad está en llevar el peso justo y necesario y por eso la gente cuando me ve buceando alucinan, yo puedo ir a centímetros del fondo sin tocarlo porque mi flotabilidad es legendaria, gracias al esfuerzo de todos los Dive Masters que me han ido dando consejos a lo largo de los años. Cuando estábamos en esa inmersión le pregunté al patrón del barco qué le habíamos hecho para que no vaya nunca a la Catedral, que es una de las inmersiones más fabulosas que hay por la geología del lugar y me dijo que casualmente, esta semana, el martes, las condiciones eran perfectas, así que los del club de buceo apalabraron ir allí después de mi negociación, pero antes de eso, el domingo, fui a Sardina del Norte, que tenía unas ganas locas de ir.

Como son las navidades y es temporada altísima de turismo en las Canarias, los grupos son gigantes y a Sardina íbamos con un adolescente británico super callado y tímido que me asignaron a mí porque hablo las lenguas bárbaras. El padre me lo entregó y me pidió que se lo cuidara bien. El chiquillo estaba fascinado con el fondo marino del agua del mar de las Canarias y en las dos inmersiones allí vimos mantelinas, un angelote, un caballito de mar, una cantidad brutal de barracudas y cosas raras y difíciles de ver como una porcelana, que es un molúsculo diminuto o dos busios juntos. Durante el día, el chiquillo fue soltándose y ya en el regreso hablaba sin parar y en la furgoneta iba mirando conmigo y con un belga el libro de buceo e identificando todo lo que habíamos visto y no sé qué mensajes le mandó a su viejo que cuando llegamos a las Palmas el hombre me vino a dar las gracias y a decirme que su hijo había pasado un día épico y legendario y que ya me había puesto en el altar, que yo le dije que me parece normal ya que por algo me llaman THE CHOSEN ONE.

El lunes, mientras laburaba, informé a mi jefe que el martes me tomaba el segundo de los tres días de vacaciones que reservé para ir a bucear. Fuimos al muelle para que nos recogiera el barco y salimos para la Catedral, con el mar alrededor de la Isleta totalmente plano, algo que sucede muy poco. Resultó, que en todo el año 2025, fueron a la catedral el tres de enero, cuando yo fui con ellos y esa era la siguiente vez, para que después me digan que mi Ángel de la Guarda no se lo curra. Yo como siempre aluciné en el lugar, con los arcos, los túneles y la magnificencia del lugar, además de grupos grandes de barracudas. Para la segunda inmersión yo pedir ir a un pecio que no había visitado nunca, el Ángela Pando, un barco de doscientos cincuenta metros de largo que encalló y se hundió cerca del puerto de las Palmas cargado de hierro, lo cual explica que allí las brújulas no funcionen. La inmersión fue un flipe total, es GIGANTESCO, ni siquiera pudimos verlo todo. Estaba lleno de vida y para completar el día, esa tarde teníamos la nocturna con la que siempre cerramos el año, así que algunos nos quedamos a almorzar por el club de buceo. La nocturna es un evento social, todos los que vuelven a las Canarias para la Navidad suelen ir y este año éramos once. Fue legendaria, vimos un montón de pulpos, incluyendo de los pequeñitos, varios chocos y yo y mi compañero nos encontramos con un calamar que se puso a hacer cosas flipantes y hasta soltó tinta y lo tengo todo en vídeo. También vimos un chucho negro grandísimo y por supuesto un Angelote, además de un montón de holoturias pegajosas, que solo se ven de noche y pingaburras. Entramos tarde al agua y salimos tarde pero valió la pena, eso sí, con tres inmersiones a lo largo de un día entero, más los seis kilómetros que corrí por la mañana a las siete de la mañana, cuando me acosté caí muerto hasta que me sonó la alarma para laburar y así cerré el año de buceo.

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