Una historia de verano – 5 –


Comenzó en Una historia de verano – 1

Aunque resulte difícil de creer, después de la batalla de las vírgenes, aún quedaba tela en la saga de la Virgen del Carmen. La oficial tenía unos días más tarde otra procesión, la marítima, pero esa no era del agrado de las marujas isleteras porque iba por el muelle de las Palmas de Gran Canaria, que es enorme y allí no sucede nada.

Su atención se giraba hacia la playa de las Canteras, en donde teníamos que aparecían dos nuevas vírgenes del Carmen, y si no he perdido la cuenta, ya van seis. Estas no se enfrentaban y tenían su sarao en días distintos.

La primera se montaba con la pequeña imagen que hay en la mismísima playa de las Canteras, al final de la misma, en la Puntilla, en donde se puede ver esa virgen del Carmen en el muro de la playa, siempre con flores frescas y junto a las barquillas de los pescadores.

Para esa se organiza una pseudo-romería y Yola, su madre, las vecinas y todas las demás del barrio, bajaron a la playa de las Canteras para ver el evento, vestidas totalmente de blanco. En la arena, cogían a la virgen y la paseaban, con la gente cantando y gritando sus vivas a la virgen, mientras a los turistas se les salían los ojos de las órbitas con aquel espectáculo que se formaba en un instante y que sucedía junto a sus toballas, con un montón de viejas y viejos vestidos de blanco, con gorros y pamelas, cantando y bailando, en un ritual que más bien parecía sacado de algún lugar de Sudamérica, todo como muy colonial y uno con un megáfono arengando a los romeros.

A Yola lo de disfrazarse ya hacía que le gustara y después caminar por la arena de la playa, pisotear la toballa de algún turista y reírse de los que estaban en las hamacas, todo eso era algo impagable. Después del espectáculo, con banda de música incluida, que tocaba en la plaza de Saulo Torón mientras la gente se rechiflaba y bailaba al son de esas canciones de siempre, de banda de pueblo y las viejas perdían la vergüenza que seguramente nunca tuvieron y saltaban y bailaban como reposeídas por algún espíritu.

Al día siguiente volvían a la playa al mediodía para ver la procesión marítima de la otra virgen del Carmen, otra que se decía que era la del Confital, pero que era diferente a la otra del Confital. Esta era de los pescadores, que engalanaban sus barquillas y se vestían como para ir a un entierro y subían a la virgen en una de las barcas y la llevaban por gran parte de la playa de las Canteras.

Yola y la banda que la acompañaba se ponían a la altura del hotel Cristina para verla pasar, cerca de la orilla, en una playa llena de turistas que no se podían creer que de repente aparecieran una flotilla de barquillas, con sus propios altavoces y música enlatada y encabezados por una barca con una imagen de una virgen con su hijo y la barquilla hacía amagos de acercarse a la orilla y la gente se desgañitaba gritándole vivas a la virgen. Los extranjeros de repente se sentían como extraterrestres llegando a otro mundo, uno en el que rituales como este eran normales.

Con el calor del mediodía en julio, bajar a la playa con un traje era un poco excesivo pero no consiguió convencer a su madre para que le dejara ponerse el bañador, le dio la tradicional excusa del corte de digestión, aunque para cuando llegaron a la playa, ya hacía horas que había desayunado. La vecina del primero, más que en la virgen, estaba interesada en los turistas alemanes que estaban en la playa y que se veían rodeados por esa banda de hembras autóctonas, que en manada se envalentonan y resultan hasta agresivas y como no hablaban el canario, no entendían nada de lo que aquella panda de mujeres les gritaban, pero por el tono y el volumen de voz, debía ser algo malo y muchos recogían sus toballas y ponían arena de por medio.

Este era un encuentro más corto, ya que según la virgen seguía su ruta, con todas las barquillas tras ella, se acababa la juerga, pero lo divertido era gritar y gritar cuando venía la virgen y el pescador que la traía, animado por el fervor religioso, acercaba la barca peligrosamente a la orilla, cerca de donde rompen las olas y todas las isleteras esperaban que en ese momento una buena ola volcara la barca para que se montara allí un buen escándalo y echarse unas risas.

Ellas no iban por devoción, iban para no perderse la desgracia el día que sucediera. La barquilla se fue acercando a la orilla y cuando se empezó a bambolear peligrosamente en ese punto en el que las olas aún no están rotas pero casi, todas las hembras incrementaron sus gritos y sus aplausos y sus vivas para distraer al pescador, pero el hombre supo parar a tiempo, meter la marcha atrás al motor de la barquilla y recular, con el consiguiente disgusto de la banda.
Tras esta última procesión del Carmen, Yola buscaba la manera de conseguir que su madre o alguna de las vecinas le comprara un polo de leche o mejor aún, un flás de a cinco.

Y hasta ahí llegaban las incursiones de su madre y sus vecinas por el barrio, ya que en ninguna de las otras parroquias de la Isleta había fiestas dignas de mención o procesiones y tras esto, había que esperar hasta el año siguiente para una nueva ronda.

Continúa en Una historia de verano – 6 –


3 respuestas a “Una historia de verano – 5 –”

  1. En mi tierra a la Virgen del Carmen la sacan en un barco pesquero que tiene el «honor» de que le toque ese año, y todos los demás le siguen, hacen un recorrido por la ría, echan una corona al mar y vuelven a puerto. Para ese día se engalanan los barcos con banderillas, flores y toda la parafernalia, y se solicitan permisos para poder llevar gente no-del-mar. Por lo que me enteré este año, tienen que pedir además un seguro especial, porque claro, los barcos están pensados para trabajar, no para pasear gente que no tiene ni puta idea de como moverse en un barco de faena, y los dichosos seguros le salen en un pico y tienen que pagarlos los armadores de los propios barcos, con lo que, entre la pasta y la responsabilidad de tener que andar cuidando gente a porrillo, niños corriendo y recoger enseres de trabajo para luego tener que volverlos a cargar, cada año son menos barcos los que se deciden a salir en procesión.
    Eso sí, van con las bocinas a tope todo el tiempo, si estás en tierra viéndolo, mola mucho.

  2. Genín, no, San Pedro no hace fiestas, las del Salvador son patéticas, San Pío tampoco es reseñable y la Luz está en la zona del muelle y tampoco es de fiestotes, así que todo en la Isleta se centra en el Carmen y un poco en San Juan, patrón de la ciudad.

    Virtuditas, está claro que no te has leído otros capítulos de las movidas del Carmen, que son más espectaculares.

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