Día 1. Nos vemos en Praga

Praga Julio 2005
Mis memorias de Praga comienzan entre tinieblas y sueño. Levantarse a las cinco de la mañana es algo que no sienta nada bien. Ya he hablado del viaje así que iré directamente al grano. Digamos que he llegado al aeropuerto de la ciudad y que gracias a mi guía Lonely Planet, estoy muy puesto en todo lo relativo al villorrio. Busco el mostrador de la empresa de transporte público y me compro un bono para tres días de transporte ilimitado. Mientras hacía la cola pude ver como un montón de españoles eran timados miserablemente. Hay dos compañías vendiendo esos billetes. La buena es la empresa que regula el transporte en autobús, metro y tranvía. La mala es una que sólo te vende un servicio de autobús al centro. No sólo vale más caro sino que una vez estés allí tendrás que usar el transporte público y por tanto pagar. Eso lo sabíamos todos salvo los de la piel de toro, que demostraban una ignorancia que rozaba el escándalo.

Cogí la guagua que me llevaría al metro junto con otro montón de turistas. Fuimos apelotonados hasta la puerta del metro y allí nos lanzamos escaleras abajo. En estos casos lo mejor es seguir a la plebe, aunque como la línea terminaba allí, era algo bastante sencillo. Me llamó la atención lo limpios y nuevos que se veían los vagones, sin grafittis, sin suciedad aparente. Lo mismo he de decir de las estaciones. En un punto tenía que hacer transbordo a otra línea. Salí, encontré los nuevos andenes y después de un estudio profundo del tema averigüé cual era el sentido que debía tomar. Esa segunda línea me llevó a la estación central de trenes, llamada Hlavní Nádraží. Allí debía coger un tranvía que me llevaría junto al hostal.

Mi capacidad para orientarme es legendaria. Todos mis amigos saben que si yo soy el guía, al menos caminaremos como cabras y conoceremos el sitio porque estaremos perdidos todo el tiempo, o medianamente perdidos. El tranvía debía encontrarse cerca de la estación, pero por supuesto, cogí la ruta equivocada y tras andar medio kilómetro decidí volver al punto de partida. Me fijé en la gente y al seguirlas, encontré la dichosa parada, la cual tendría que haber visto cuando salí. Una vez allí tenía que decidir cual era el sentido correcto. No es fácil. Estuve tentado de preguntar pero los gitanos rumanos no me inspiraban confianza. En mi guía ya hablaban de ellos, pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Los españoles tienden a quejarse mucho de los gitanos, pero los nuestros son limpios y educados en comparación con los de aquella ciudad. La raña parecía haberse convertido en parte de su piel y sus dientes negros y amarillos intimidaban a cualquiera. Fijándome bien encontré la pauta al sistema de indicaciones y me encaminé hacia el hostal. Encontrarlo no fue difícil. Me habían enviado un correo explicándome el camino y con esas instrucciones fue suficiente. Yo me esperaba ser recibido por una checa espectacular, una diosa de facciones hermosas y manos de ángel, que para algo decían que la dueña del lugar daba masajes tailandeses. La que me recibió era una prima del muñeco michelín, redonda, sudorosa y carnosa. Ella misma me contó que los dueños no estaban en la ciudad ese fin de semana y que por ser amiga les estaba haciendo el favor y encargándose del lugar. Me llevó a la habitación y me tanteó sobre cuantos y de qué sexo. Cuando le dije que éramos dos amigos retrocedió y me asignó una nueva habitación. Por lo que se ve pretendía meternos en una cama de matrimonio, a pesar de que en la reserva elegí una habitación con dos camas. Tras marcharse, me organicé, dejé la mochila, agarré la cámara y el libro y me fui al centro.

Starom?stské nám?stí - Plaza del casco viejoTenía poco más de dos horas hasta que Kike llegara a la ciudad, tiempo más que suficiente para encontrar los caminos a los lugares más relevantes. Armado de mi guía hice la ruta inversa y conseguí encontrar la estación Starom?stská, la cual me debía dejar bastante cerca del centro. Seguí las indicaciones que encontré en la estación y casi sin problemas fui a parar a Starom?stské nám?stí, o la vieja plaza del casco antiguo. Después de deambular un rato por el lugar y disfrutar del solito que Dios nos ha negado en Holanda este verano, viendo que aún tenía tiempo decidí ir hacia el puente de San Carlos. Miré mi mapa y basándome en mis soberbias dotes de orientación me eché a andar. Supuestamente estaba como a medio kilómetro, así que cuando llevaba andados dos kilómetros decidí que había cometido un error.

Como estas cosas me suceden todos los días no me asusto ni pierdo los papeles. Encontré una esquina con nombre, busqué en el plano y descubrí el punto en el que había terminado. Karl?v most - Puente de San CarlosComo estaba cerca del río Moldava aunque bastante más al norte de donde debía haber ido opté por seguir la rambla que delimita dicho río y de esta forma no jugármela de nuevo. Tras una señora caminata acabé llegando al puente de San Carlos o Karlúv most. Paseé por el mismo, me paré a escuchar la música que varias bandas tocaban, admiré las vistas del castillo desde allí y al mirar la hora vi que ya tenía que ir hacia la estación.

Busqué mi teléfono y ¡mierda! Me lo había dejado. Empecé a recordar el punto exacto en el que lo había usado por última vez. De alguna forma no tenía conciencia de haberlo tocado en todo el día, así que era posible que lo hubiera dejado en Holanda. Se me hizo un nudo del tamaño de una manzana en la garganta. Por desidia, dejadez y gandulismo no había apuntado el teléfono de Kike. Con todas las señales de alarma sonando me fui a la estación de tren. Supuestamente él llegaba a las tres menos cuarto. Lo primero que hice fue tratar de averiguar el anden por el que llegaba. Fue imposible. Los paneles sólo indicaban las salidas y no las llegadas. Al final, en uno de los andenes encontré un papel que indicaba horarios de llegadas. La siguiente mala noticia es que a la misma hora llegaban tres trenes. No tenía ni idea de cual debía ser. Para hacerlo más difícil, cada anden tenía tres bajadas hacia los pasadizos subterráneos y estos tenían salidas por ambos lados. O sea, un desastre. Me puse en el punto de encuentro cruzando los dedos. A las tres decidí que o bien había llegado y estaba en otro lado o había perdido el tren. Como una hora más tarde volvían a llegar tres trenes de los mismos sitios, me quedé esperando. Paseé por la estación mirando por si me lo encontraba, aunque sin suerte. Habían cuatro policías equipados para repeler un ataque terrorista que patrullaban tanto como yo y que estaban medio mosqueados por verme rastreando anden tras anden, pasadizo tras pasadizo, en busca de algo desconocido. La verdad es que lo pasé un poco mal.

Maquiné un plan alternativo buscando un ciber café y enviando un correo a Kike, aunque decidí llevarlo a cabo más tarde. cuando llegaron los siguientes trenes volví a apostarme en el punto de encuentro y de nuevo no apareció. El pánico recorría las paredes del estómago a velocidad crucero. Mi monstruoso cabezón seguía dándole vueltas al asunto y finalmente me acordé que había dejado el móvil en la chaqueta, en el hostal. Salí corriendo para allá y nada más entrar, encendí el puto trasto diabólico. Me llegaron inmediatamente dos mensajes avisándome que llegaría dos horas tardes por haber perdido el tren. Mi suspiro de alivio se pudo escuchar con claridad en toda la ciudad. Como faltaban quince minutos, volví a la estación. En esta ocasión tuve suerte y sólo llegaba un tren a esa hora. Esperé en el anden y finalmente nos encontramos.

Hasta ese instante nuestra amistad había circulado siempre por las líneas de banda ancha. Era la primera vez que nos veíamos. Nos dimos el abrazo de rigor y de esa forma sellamos nuestra amistad. Ni tuve ni tengo ninguna duda de que Kike y Yo seríamos y seremos grandes amigos. Salimos de la estación contándonos nuestras respectivas aventuras hasta ese momento y respirando aliviados. Al contrario que Yo, que viajaba con una mochila pequeña, el hombre parecía más cargado que una mula, aunque claro, estaba recorriendo Europa y hay que ir equipado. Fuimos al hostal y dejamos los bártulos. Después decidimos volver al centro y pasear por la zona, algo fácil y que no pondría en evidencia mis facultades para la orientación.

Starom?stská radnice - Reloj astronómicoEn la Plaza del casco viejo vimos al reloj astronómico dar la hora. Deambulamos sin rumbo fijo, buscamos el puente de San Carlos, algo trivial ahora que sabía por done no ir y por la tarde acabamos paseando por las calles del barrio judío. Para cenar optamos por un restaurante de comida checa llamado Kolkovna. Ambos nos pedimos un plato que parecía ser un popurrí de lo más típico del país. Una hora más tarde seguíamos esperando por la comida mientras la gente a nuestro alrededor que había llegado más tarde ya estaba terminando de comer. Nunca supimos la razón, pero cuando llegó la comida, eran unos pedazos de fuentes con una animalada de comida para cada uno. Visto que Kike llevaba ya diez días cruzando Europa, al menos esos tres días me aseguré de que comiera decentemente. Salimos de allí en plan naranjito, redondos como bolas de billar de tanta pitanza. La comida fueron más de dos horas creo yo, entre la espera por el plato, la operación para engullir todo aquello y la espera para pagar y marcharnos, que también les tomó lo suyo a los camareros.

Después creo que nos tomamos una cerveza y acabamos volviendo temprano al hostal, que ambos estábamos en planta desde las cinco y tampoco era plan. Todo el tiempo que pasamos desde que nos encontramos lo pasamos hablando, poniéndonos al día de nuestras respectivas vidas. Así fue el primer día en Praga.

Este relato continúa en Día 2 – El Castillo de Praga y un millón de escalones.