Regalo de boda II

Sería conveniente que te leas la primera parte de esta historia, regalo de bodas, antes de continuar.

Cuando avistamos a la parejita se estaban haciendo carantoñas frente al palacio real, en el Dam. Nuestro gozo en un pozo. La primera señal enviada para mostrar el enfado por no invitarnos a la boda y no fueron capaces de captarla. La segunda la recibieron claramente. Nada más verlos les dimos aquella caja mostruosamente grande envuelta en papel de regalo para que la cargaran durante todo el día, que teníamos pensado pasar el día juntos. Como no teníamos ni idea de adonde ir (mentira, lo sabíamos perfectamente pero siempre es bueno cansar al enemigo) nos echamos a andar sin rumbo fijo. Nos separamos en grupos. El chino con la flamante esposa, el indonesio con su hermana y yo con el sueco. De las otras conversaciones no puedo contar mucho, pero la mía fue productiva. En primer lugar confirmar que el sueco por fin se la ha follado. Cuando lo dijo se pudieron ver los fuegos artificiales que el ayuntamiento de Amsterdam lanzó para celebrar el evento. Por darle, hasta le di una palmadita en la espalda, alqo que para alguien tan nórdico y criado sin ningún tipo de afecto materno, le produjo un escalofrío de horror. Lo segundo que me contó fue que su boda fue por la iglesia católica y que para ello se tuvo que convertir. Le di la bienvenida a la fe auténtica y le recordé que en esta religión hay categorías y que ya pueden pasar lustros hasta que sea bienvenido en la liga de Campeones, que es a la que yo pertenezco como campeón de la fe y santo en ciernes. No quiero que piense que cualquier protestante de mierda se hace dos cursos y llega a primera división sin más. No estoy muy seguro que el eslavo este capte los conceptos de nuestras creencias al completo, pero seguro que al menos lo intenta. Lo que ha comprendido perfectamente y sin fisuras es que la indonesia no usa anticonceptivos porque van en contra de la palabra del señor y que como no tenga cuidado, se le acaba la juerga bien pronto y tendrá que volver a sacar músculos en los brazos. El colega muestra una gran preocupación por dicho asunto y me confesó en la intimidad y el incógnito que da el hablarle a alguien en quien no confías que puesto que no puede usar protecciones no homologadas por la iglesia, se pone un sello de la reina de Holanda en la punta de la polla y así cuando se corre los espermatozoides se mueren del susto al ver semejante vieja fea. Como erudito de la ignorancia no puedo confirmar si este método es moralmente aceptable, pero como no supone envolver el cipote en plásticos ni la ingestación de espermicidas, supongo que el hombre se puede arrallar un par de millos y continuar con su sistema. Hasta ahora le ha ido bien. Parece que los sellos de sesenta céntimos funcionan mejor que los de veinte. La hembra ponedora aún no se ha dado cuenta y eso que ahora, cuando ovula, lanza cien gramos de celulosa, por no decir que si pones las compresas en un buzón y les escribes una dirección, llegarán a su destino por estar certificadas. ?l se está dejando el sueldo en sellos, pero debe aprender bien pronto que quien algo quiere algo le cuesta.

Con semejantes temas de tertulia casi ni me di cuenta que habíamos cruzado la ciudad. El chino nos había llevado hasta un cine para coger el programa y ver si después de comer podíamos ver algo. Después de arduas negociaciones la ganadora fue Robots. Deshicimos el camino andado ya que el lugar en el que íbamos a comer no estaba en aquella zona (parte de nuestra estrategia, obviamente). Elegimos un restaurante bastante famosillo, el Dim Sun Palace, especializado en la primera parte de su nombre. El chino como siempre estableció la comunicación, al utilizar el mismo tipo de señal portadora que los empleados del lugar. Nos trajeron una gran selección de Dim Sun y semejantes y como regalo especial a la novia, un plato de patas de gallina fritas, plato que ni probé ni permití que pusieran cerca de mí, que a mí me dan mucha grima las patas de pato o de gallina, como todos sabemos perfectamente. La comida fue soberbia. Durante la misma nos enteramos que la reciente esposa se pensaba que el indonesio se había echado novia, así que le tuvimos que explicar que son hermanos, algo obvio cuando uno mira el tamaño de los cabezones, que parecen globos de lo grande que son. Tras la comida, paseito para hacer la digestión y terminamos en The Three Sisters Pub, uno de mis favoritos y un lugar al que acudo muy a menudo con el turco por ser un punto en el que se pueden realizar avistamientos fácilmente. Como aún era invierno no hubo carne fresca, pero una cerveza es una cerveza, así que no me quejo.

De la película ya he hablado, así que nos saltamos esa parte y continuamos tras el espectáculo cinematográfico. Teníamos planeado cenar juntos y como siempre, acabamos en un chino. En esta ocasión nos fuimos al barrio de los susodichos y cenamos en uno de los restaurantes que frecuentamos. Cometimos el error de pedir comida para cinco (aunque éramos seis) y nos sobró un montón. Ya veníamos requintados del almuerzo y los estómagos, por más que tengan paredes flexibles tienen un límite. De todo lo que nos trajeron yo hubiera prescindido del pato a la pekinesa, que sigo repitiendo que no me gusta comer pato con palillos, que te lo ponen con los huesos y yo no tengo la suficiente soltura dental para separar carne y masa calcárea, por no decir que me da un asco terrible lo de escupir el hueso en el platito que tenemos a nuestro lado.

A estas alturas del día el sueco y su esposa indonesia aún no habían abierto el regalo, así que tras la comida llegó la hora de ver su cara de decepción. Merecieron la pena todos y cada uno de los euros que pusimos para comprar la cafetera sólo por las caras que pusieron. Huelga decir que esperamos que nos inviten a su casa para poder probar el café sublime que hace dicha máquina.

Tras la apertura del apreciado presente, levantamos el campamento y nos fuimos juntos a la estación, que unos íbamos a Hilversum, otros a la Haya y el último grupo a Eindhoven. Seguro que pasará bastante tiempo antes de que volvamos a estar todos juntos.