Un regreso a casa de madrugada

El relato comenzó en Y allá al este ?? Estambul

Como sucede con todos los viajes, el trayecto final era el de la vuelta a casa. Aunque me gusta viajar durante el día, no siempre es posible y en esta ocasión el vuelo salía a las cinco y pico de la mañana, lo cual suponía un palizón del quince. Además, como gran campeón que soy, llegaba a los Países Bajos y desde el aeropuerto me iba a mi casa a ducharme, poner la lavadora para que la señora de la limpieza se encargara del resto y directo al trabajo a dormir en la oficina, que un día de vacaciones es un bien preciado y no hay que desperdiciarlo en estúpidas recuperaciones.

Me despedí de mi amigo el Turco por la noche y también aproveché para ducharme y dejarlo todo preparado. Me levanté a las cuatro, me vestí y salí a tomar el taxi que me esperaba en la puerta.

El puente entre continentes en la madrugadaUna terminal en la noche

Justo antes de dejar la casa hice la foto del Puente del Bósforo que podéis ver. El trayecto hasta el aeropuerto tomó quince minutos en calles casi sin tráfico y en las que los únicos vehículos eran otros taxis que como el mío, corrían hacia el mismo destino. La ciudad dormía. El hombre me dejó en la terminal y fui directo a una de las terminales de auto-facturación para sacar mi tarjeta de embarque. Sigo sin comprender por qué la gente hace cola cuando las máquinas te ayudan de la misma forma que una persona e infinitamente más rápido. No tenía que facturar equipaje así que una vez completado el trámite me dirigí al control de seguridad. En la segunda foto se puede intuir el aspecto del aeropuerto a esas horas.

Todo un reloj y una hora absurda

Tras cruzar el control vi que las tiendas estaban ya abiertas y como me quedaba algo de moneda local y quería deshacerme de la misma, me dirigí hacia ellas, aunque primero me tropecé con un exótico reloj que marcaba la hora intempestiva en la que estaba por allí.

Nadie ama el Duty FreeUn avión para cruzar Europa

Un anuncio enorme que podéis ver en la primera foto afirmaba que Todo el mundo ama las tiendas libres de impuestos. Deberían modificarlo porque ese todo el mundo no me incluye a mí. Son caras, carísimas, hasta el punto que es preferible pagar los impuestos en otro lado porque aún así te ahorrarás dinero. Compré unos cuantos dulces para llevar a los compañeros de oficina y un par de recuerdos pequeños y después busqué la sala de espera de mi vuelo. Frente a mí estaba el pájaro de acero que se alza miles de metros y nos mueve a velocidades vertiginosas. Aún era noche cerrada.

Amanece en EstambulMenú de avión del siglo XXI

El embarque fue bastante rápido y para cuando estábamos a punto de despegar ya clareaba un poco, en esos minutos mágicos en que la noche pierde la batalla y el día se tiñe de luz. El nuestro fue el segundo vuelo en despegar en esa mañana y ya en el aire las azafatas nos dieron el desayuno frugal que se ha convertido en el símbolo de la aviación del siglo XXI, al menos de las compañías que siguen dando comida, que cada vez son menos. Un sandwich, café y zumo. Después me dormí durante un par de horas y para cuando me desperté, estábamos pasando por encima de la casa de mi amigo el Rubio en nuestro descenso hacia Schiphol.

En SchipholLas cintas infinitas de Schiphol

Al tomar tierra en el aeropuerto el día era perfecto y nuestro avión corrió buscando la puerta en la que nos tenía que dejar. Bajamos y me moví por los inmensos pasillos del aeropuerto, andando sobre las cintas continuas mientras revisaba mi correo usando mi teléfono y comprobaba los horarios de los trenes para saber si debía empezar a correr. No fue así y pronto estaba en la estación que está en el aeropuerto comprando mi billete y bajando a los andenes a esperar el tren, el cual llegó medio vacío porque a esas horas la gente todavía está quitándose las legañas y aún no han dejado sus hogares.

Estación Amsterdam Bijlmer ArenA

Al pasar junto a la estación Amsterdam Bijlmer ArenA fotografié a alguien que caminaba por el andén solitario, posiblemente el primero en llegar a la oficina. El tren siguió su camino y quince minutos más tarde llegaba a Utrecht en donde tomé el autobús y en diez minutos estaba en mi casa. Así terminaba el corto y fructífero viaje a Estambul, con una ducha y saliendo a la carrera hacia la oficina para dormitar unas cuantas horas en el trabajo.