Un viaje tranquilo a Gran Canaria

El domingo en que viajaba a Gran Canaria me levanté bien temprano. La culpa fue de la lavadora. La había programado para que cumpliera con su cometido y acabara a las ocho de la mañana y eso hizo. A las siete y media la escandalera de los centrifugados ya no me dejó dormir. Después de tender la ropa continúe con los preparativos para la mujer de la limpieza, la cual se pasa este lunes por mi casa y en cinco minutos perdidos hice la maleta, asombrándome por las pocas cosas que llevo conmigo cuando voy a las Canarias por una semana. Básicamente son cinco mudas de camisetas, calzoncillos y calcetines, un bañador, un pantalón corto y el neceser con la máquina de afeitar y el cepillo de dientes.

Después vienen los regalos de mis sobrinas, los bombones Leonidas para regalar a algunos amigos, un tupperware lleno de uvas de mi jardín para mi madre y con un par de chorradas más ya no cabía nada en la maleta, la cual volverá llena con vino, jamón serrano, salchichón, chorizo, quesos canarios y otras delicias que compro para que me ayuden a sobrellevar el otoño.

Me pasé por casa de mis vecinos sobre las once de la mañana para despedirme y pedirles que se encarguen de echar un vistazo a mis dominios en mi ausencia, algo que ellos hacen encantados. Estuvimos un rato hablando y tras un café volví a mi casa, hice una inspección visual, traté de adivinar qué sería lo que me iba a dejar olvidado y con un par de minutos de tiempo me acerqué a la parada a tomar la guagua, la cual llegó con su precisión habitual. En la Estación de Utrecht la compañía ferroviaria, NS, ha montado un tremendo escenario con pantalla gigante, butacones y todo tipo de amenidades para que los viajeros vean los juegos olímpicos mientras esperan. Por desgracia yo solo pasaba por allí diez minutos y no me quedé a verlos, compré mi billete y bajé al andén en donde el tren apareció diez minutos antes de tiempo. Encontré un rincón tranquilo y durante el viaje estuve disfrutando de la conexión 3G y navegando con el iPhone. Se me ha olvidado comentar que cuando entré en la estación, subiendo por las escaleras mecánicas, las cuales iban llenas, iba una mujer que parecía un auténtico tanque de lo gorda que era y creedme, no exagero. A mitad de la ascensión la escalera hizo un ruido terrible, como de metales que están sometidos a una presión excesiva y tratan de liberarla de alguna forma. Todos nos temimos lo peor pero el sistema fue capaz de recuperarse y unos segundos más tarde nos iba depositando en una de las múltiples entradas que tiene la estación central de Utrecht.

Al llegar a Eindhoven fui a la parada del autobús que lleva al aeropuerto y allí había una multitud. La culpa es de Ryanair, que hace prácticamente todos sus vuelos en un intervalo de dos horas, posiblemente para ahorrarse el pagarles jornada completa a sus empleados de tierra. En la guagua íbamos como sardinas en lata, apiñados entre maletas, mochilas y otros enseres. Se escuchaba fundamentalmente el idioma español porque gran parte de los vuelos que salen desde ese aeropuerto van hacia Madrid, Valencia y Barcelona (o lo que ellos llaman Barcelona). En el trayecto pasamos junto a varios de los campus de la empresa Philips en Eindhoven y el estadio de la ciudad. Al llegar al aeropuerto, un noventa por ciento de esa gente corrió hacia el rincón de Ryanair para hacer la primera de múltiples colas, ya que lo habitual es que intenten pasar sin tener tarjeta de embarque o sin querer facturar una maleta y los eficientes empleados de esa compañía les terminan sacando la pasta.

En las colas de Transavia había mucha menos gente y predominaban los holandeses. De hecho, hasta dondde yo vi, era el único español que viajaba con ellos, algo que suele ser habitual ya que la gente no sabe donde comprar estos billetes para vuelos charter. En la cola paralela a la nuestra, una familia entera esperaba cargada de maletas con la ansiedad habitual de quienes no viajan a menudo. Pese a tener más de dos horas hasta la salida del vuelo decidieron que había que comer inmediatamente y mandaron emisarios a la cafetería. Al rato volvieron cargados de café y bocadillos y una de las chicas tropezó y lanzó el contenido del vaso de café sobre todas sus maletas. El resto de pasajeros nos reímos con disimulo mientras aquellos desgraciados se lamentaban de su suerte y veían como todo lo que llevaban se quedaba completamente pringado de café.

Después de facturar me acerqué a la cafetería del aeropuerto para comer algo y aprovechar para navegar un rato usando la red Wifi del lugar, la cual está incluida en mi contrato. Ahí fue donde descubrí que uno de los perdedores que conozco desde hace años había suplantado mi identidad y dejado un comentario en mi bitácora. Probablemente ese comemierda no contaba conque la tecnología de la manzana que tanto odia me permite estar conectado en todos lados. Después de borrar su zafio mensaje, el cual al mismo tiempo sirve para que todos aquellos que lo conocéis y lo leéis sepáis lo miserable y rencoroso que es, avisé a una amiga y le creé una cuenta de editora para que supervise y elimine todo aquello extraño que pueda aparecer en los próximos días. Pasé el control de seguridad con la eficiencia que da la costumbre. A mi alrededor la gente se olvidaba de quitarse cinturones, relojes, sacar líquidos y demás y convertían este proceso que debería ser muy rápido en una lenta pesadilla. Cuando llegué al otro lado, me acerqué a la puerta de embarque y caminé hasta el avión. Había pedido asiento en la última fila con la esperanza de tener una fila completa para mi pero el avión venía al completo y no hubo suerte.

Salimos en hora y los primeros cuarenta y cinco minutos fueron de intensas turbulencias, algo que no vivía desde hacía años. Entre sacudidas y meneos sobrevolamos París y pronto llegó la calma. El resto del viaje transcurrió sin nada especial que reseñar y al llegar a Gran Canaria, me senté a esperar tranquilamente hasta que todos los desesperados que viajaban conmigo salieran, ya que ellos ignoran que da igual cuánto corras, tendrán que esperar hasta que el último de ellos haya recogido su equipaje antes de salir para la zona turística del Sur de la isla.

5 opiniones en “Un viaje tranquilo a Gran Canaria”

  1. Hace tanto tiempo que no subo a un avión que ya ni me acuerdo, pero en el pasado viajaba bastante en avión,no tenia especial miedo, tampoco gusto, ni fu ni fa, excepto en los despegues y aterrizajes que me ponía bastante tenso, seguramente si me hubieran pinchado no hubiera salido ni una gota de sangre.
    Despues de tanto tiempo, el lunes me toca subir a un avión para visitar a mis hermanos en Bruselas, supongo que me volveré a poner tenso.
    Salud

  2. Me alegra escuchar esto. No pude evitar pensar en ti hace una semana.

    Lo de la suplantación me sigue dejando alucinada. Dedíquense a otras cosas señores!

  3. Lo de la gente desesperada para salir del avión es flipante, en el resto de Europa cuando llegas a la cinta ya estan las maletas dando vueltas pero en España, te da tiempo de irte a tomarte un café y todavía no estan las maletas listas.

  4. Hola fede, me alegra saber que sigues de viajes y esta a vez a tu tierra natal. Espero que lo hayas pasado chachi y que tus padres y hermana se encuentren bien.
    Muchos saludos y recuerdos desde Miami

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