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Mosteiro dos Jerónimos y caminando de vuelta a Lisboa

El relato comenzó en Llegando a Lisboa y quedándome en Belém

Yo sabiendo que dormía tan cerca de la fábrica de los Pastéis de Belém, yo me despertaba mucho antes que mi Mi Band me agite la mano con las tripas ya gritando para que las lleve a comer. Por supuesto, todo esto sucede una purriada de horas antes de la Hora Virtuditas, que hay dos que probablemente jamás han visto un amanecer y se creen que el sol aparece mágicamente en lo alto del cielo. En mi último día en Lisboa, algo era diferente y finalmente lo identifiqué, no había tranvías yendo a Belém y en la calle parecían acumularse los pollardones que les priva el ejercicio colectivo para una maratón. Por supuestísimo, me jinqué mis dos pastéis de Belém con mi cortado y además me compré dos cajas para llevar y también un Bolo de arroz que ha sido el descubrimiento más importante que le ha sucedido a la humanidad desde que se hicieron los primeros gallumbos. El día estaba nublado y según la previsión meteorológica, podía llover. Tras el desayuno me acerqué al Monumento aos Descobrimentos, que era justo el lugar por el que comenzaban todas las maratones y con la niebla, no se podía ver el puente 25 de abril. Volví a la pensión, pillé mis cosas y me fui al Monasterio dos Jerónimos ya que lo quería volver a visitar. Compré mi entrada y como la vez anterior, me maravillé con ese claustro espectacular que tiene:

Acababa de abrir así que en la foto faltan las doce mil personas que tenéis vosotros en las vuestras llegando un par de horas más tarde. En el cielo se puede ver la nube esa pegajosa que cubría el cielo. Desde una de los arcos con ventanas de la planta baja tenemos esta foto tan fastuosa y con tanto artisteo:

Estuve un rato largo por allí antes de salir e ir andando por Belém hacia el Maat, el museo de arte moderno, ese que te deja helado y que no quería visitar, pero al que le quería hacer fotos. De entrada lo vemos con una imagen del día anterior cuando pasé en barco, para que se pueda apreciar al completo su forma:

Nos olvidamos por el momento de ese edificio tan icónico junto al Tajo y justo a la izquierda de la imagen anterior está una central eléctrica que han transformado en museo, la Central Tejo:

Ese museo sí que me interesaba y entré a verlo, que mi padre trabajó hasta retirarse para cierta compañía eléctrica española que cayó en manos de italianos y la están desmantelando y mi primer trabajo con mi amigo Sergio también fue haciendo instalaciones en centrales eléctricas. El museo es flipante, tienen toda la maquinaria y aquello es una orgía mecánica. Flipé y flipé y flipé. Creo que la cantidad de visitantes en aquel momento éramos dos. Cuando salí, iba bien de tiempo y decidí que en lugar de coger el tren para volver al metro que me puede llevar al aeropuerto, podía ir andando hasta allí.

Antes de eso, tenemos un poco de artisteo desde el Maat con el puente en la neblina al fondo y también vemos la avenida junto a la orilla del río. El puente se merece una foto sin el mamotreto:

La nube se movía continuamente y el puente aparecía y desaparecía. Según me acercaba al puente, el zumbido aumentaba. La culpa es que en lugar de carretera asfaltada, el puente está hecho de unas rejillas metálicas y el ruido es tremendo. Parece ser que por seguridad los coches no pueden ir sobre el mismo a más de setenta kilómetros por hora. Por supuesto, tenemos un documento espeluznante y original para probar lo dicho:

Se puede ver la forma de al menos tres coches. Por debajo de ellos está el tren, que si hubiese estado pasando también lo veríamos. La foto, a propósito, la hice el día anterior en el paseo en barco a la hora de la puesta de sol. Seguí caminando en dirección a la estación de trenes, metro y ferries de Cais do Sodré y me acordé que el primer día desde el tranvía había visto un sitio llamado A Merendeira que despertó mi curiosidad porque vendían Pão com Chouriço, que yo desde que lo descubrí en mi anterior visita a Lisboa me hice fans de esa maravilla culinaria portuguesa. Almorcé allí y después me fui a la Mantegaira para comprarme un pastel de nata y ya puestos, me pillé otra caja con seis para llevar. Ya era la hora de tirar para el aeropuerto así que hice la ruta inversa al viernes, con metro y cambio de metro hasta el aeropuerto. Allí, como no necesitaba la tarjeta de embarque pasé el control de inseguridad y busqué un rinconcito en la terminal para apalancarme. El avión llegó con casi una hora de retraso por culpa de un temporal de viento en Holanda y salimos con retraso porque no le daban permiso desde Schiphol, aunque el piloto recuperó gran parte del retraso con el viento. El aterrizaje fue de esos en los que todo el mundo está callado con los cojones empujando las amígdalas porque el avión daba unos bandazos brutales. Comentar como de pasada que volvieron a darme asiento de ventana, así que cierto comentarista ya sabe lo que viene a continuación. El despegue fue una porquería por la niebla, pero lo tenemos y el aterrizaje es mucho más lindo porque no había nubes y pasamos sobre la Haya primero y después por la parte del muelle de Amsterdam. Ambos vídeos están incluídos en este resumen especial y espectacular amenizado con la canción From Now On del musical The Greatest Showman que tanto le gusta a Virtuditas:

Tras aterrizar, como iba en la punta de atrás del avión y es enorme no salí a tiempo de pillar el tren de las diez y veinte de la noche y tuve que esperar hasta las once menos diez, ya que justo el que perdí era el último de los trenes cada quince minutos y a partir de ese había dos por hora. El tren salió con cinco minutos de retrasos que hicieron que perdiera la conexión con la guagua a mi casa y tuve que esperar por la siguiente quince minutos, con lo que tuve una sucesión de desastres por retrasos en el vuelo de regreso que hizo que viniera entrando en mi casa casi a la medianoche. Mi siguiente destino son las vacaciones navideñas en Gran Canaria y para llegar allí, volveré a pasar por el aeropuerto de Lisboa.

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Cruzando el Tajo dos veces y más

El relato comenzó en Llegando a Lisboa y quedándome en Belém

Yo siempre que le rezo al niñito Jesús le pregunto por qué no me hizo a mi también culocochista como a Genín y Virtuditas y así iba a todos lados con el coche. Como se ensañó conmigo y me puso a caminar, digamos, como si dijéramos, que la cantidad total de kilómetros caminada en este relato fueron veintisiete. Todo comenzó tempranito porque la fábrica de los Pastéis de Belém abre a las ocho, así que a esa hora fui a desayunar mis dos pasteles con cortado. Después pasé por delante del Mosteiro dos Jerónimos y hasta le hice alguna foto que no veremos hoy aunque quizás sí mañana y desde allí regresé al Padrão dos Descobrimentos, del que no me canso:

NO había nadie en el lugar, que es la ventaja de quedarte a dormir en Belém, que los turistas llegan después de las diez de la mañana y el cielo estaba precioso. A unos diez minutos andando está la estación del ferry para cruzar el río Tajo desde allí hasta Porto Brandão. Mi plan era ir al Santuário Nacional de Cristo Rei, con esa preciosa estatua en lo alto que ya vimos en el vídeo de ayer. Lo que hacía mi viaje especial es que en todas las internetes y por más que busqué, nadie lo había hecho desde Porto Brandão caminando, aunque GooglEvil da una ruta, así que debo ser un pionero y deberían renombrar algunas calles en la zona.

El ferry llegó puntualmente y éramos cuatro gatos, un coche y dos bicicletas. Desde la planta en la que aparcan los coches, que está abierta por detrás, hice esta foto del Padrão dos Descobrimentos desde el agua, con Magallanes encabezando al resto de la basca. El cruza son unos diez minutos y en Porto Brandão es una pequeña parada y de hecho, bajaron la rampa, salí, la subieron y se piraron porque allí no había nadie más. Había un micro de alguna línea de guaguas regular que esperó por mí pero le dije al chamo que yo no soy culocochista como los comentaristas habituales. Durante la siguiente hora, caminé primero por una zona como de campo, muy bucólica y bonita y después de arrabales de ciudad, que la ciudad de Lisboa se extiende a esta parte a través del puente. Hay hasta tranvías. Cuando por fin llegué al Santuário Nacional de Cristo Rei, admiré el monumento antes de entrar y comprar mi acceso al ascensor que te lleva a la parte de arriba y tras subir unas escaleras, llegas a una terraza con unas vistas espectaculares de Lisboa y del Ponte 25 de abril:

Una variante de la foto anterior es mi actual pantalla de bloqueo del telefonino. En la imagen se puede ver la sombra del santuario, yo estoy a los pies del Cristo ese tan grandes. El tráfico sobre el puente hace un montón de ruido y ya contaré por qué más tarde (o quizás me olvide):

El pedazo de Cristo tiene veintisiete metros de largo, es gigantesco. Desde allí quería seguir hasta la terminal de ferry de Cacilhas y según las internetes, la ruta es más bien de interior hasta un ascensor. Sin embargo, GooglEvil daba una ruta peatonal por una carretera abandonada y bajando al nivel del río, que decidí seguir y en el peor de los casos tendría que retroceder. Resultó que la carretera lleva a la Quinta da Arealva, que está en ruinas y abandonada pero es flipante y me permitió bajar al nivel del mar y ya seguir siempre pegado al agua del río y el mar. El recorrido es precioso y finalmente llegué al dichoso ascensor y posteriormente a Cacilhas, en donde había un submarino y un velero a los que les hice fotos y una iglesia preciosa. En el lugar hay cienes y cienes de millardos de restaurantes de pescado y marisco, así que aproveché para almorzar y pedí pulpo, que los portugueses lo cocinan de otra forma pero también está rico.

Desde allí hay un ferry hacia Cais do Sodré cada veinte minutos o así y pillé el siguiente. Enfrente de la estación de ferries, de trenes y de metros y autobuses está el Mercado da Ribeira, que ahora en una de sus mitades son sitios para comer y aproveché y me jinqué dos pasteles de nata de Mantegaira. Después decidí subir al barrio alto, con esas calles superempinadas y sus ascensores y funiculares para que la gente pueda moverse, sobre todo los culocochistas como esos dos que todos sabemos:

Sobre las tres de la tarde salía un barco que te lleva durante setenta y cinco minutos por el río haciendo paradas, creo que es el barco amarillo o algo así y lo calculé para llegar al mismo. Cuando seguí la ruta hacia el lugar que indicaba su mapa, al llegar al sitio está en obras y allí no está el barco y me quedan menos de cinco minutos, así que con tremendo agobio fui a una cercana estación de ferries y en ella me indicaron que lo habían trasladado más al oeste. Gracias a Dios que yo entreno porque de no ser así no llego hasta el barco a tiempo, solo para descubrir, cuando estoy a punto de embarcar, que solo se puede pagar la entrada en efectivo y yo soy de los de tarjeta, con lo que no pude entrar. Estaba con tremendo cabreo cuando veo que un par de cientos metros más al oeste llega otro de otra empresa. Me acerco y veo que tienen el mismo crucero saliendo a las cuatro y con puesta de sol. Me dijeron que aceptaban tarjeta, así que compré mi entrada y me fui a jincarme un helado y después disfrutar del sol junto a los miles de personas que estaban por allí y que en su mayoría eran españoles.

A las cuatro salió nuestro paseo e hice cienes y cienes de fotos, como la que tenemos sobre este párrafo con el puente cuando se pone el sol. Aquello fue un acierto total y tal y tal y seguro que mi Ángel de la Guarda fue el que provocó que no me pudiese montar en el otro barco, que tiene una ruta muchísimo peor.

El punto más alejado al que fuimos fue la Torre de Belém que vemos aquí desde el agua cuando el sol ya se había puesto y la luz comenzaba a esfumarse. Después volvimos hacia el puerto de salida con otra tanda de imágenes espectaculares que quizás ponga algún día. Vine llegando a las seis menos diez al puerto y después fui a la estación de Cais do Sodré y elegí el tren para volver a Belém, ya que salía uno en ese instante. Desde la estación, ya de noche, fui paseando al Padrão dos Descobrimentos, para hacer fotos con la cámara grande, ya que el día anterior solo llevé el telefonino y también fui a la Torre de Belém, para hacer el mismo ejercicio y sin darme cuenta ya eran las siete menos diez y tenía reserva en un restaurante para las siete, con lo que trote de vuelta a la pensión, dejé la cámara y fui al restaurante, que estaba cerquita. La cena fue con bacalao, deliciosa y por supuesto, no quise postre para ir a la fábrica de los Pastéis de Belém y jincarme dos más. Después de cenar caminé un rato más y así fue como llegué a los veintisiete kilómetros en un día soleado y muy agradable en el que no visité mil cosas, pero todo lo que vi fue a un ritmo pausado y con gusto. Huelga decir que esa noche caí en la cama y dormí mis ocho horitas como un campeón.

El relato acaba en Mosteiro dos Jerónimos y caminando de vuelta a Lisboa

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Llegando a Lisboa y quedándome en Belém

Mira que últimamente como no paro, lo de escribir sobre los viajes o simplemente escribir se me pone cuesta arriba, así que hago de tripas peos de castañas y me pongo en el asunto o me voy a dejar ir y ya llegan las navidades. Todos ignoramos o sabemos que estuve en Lisboa la semana pasada para pasar el fin de semana y repito y tripito que esa ciudad debería ser la capital de Europa y no el lodazal facineroso de Bruselas, ciudad que se merece un bombardeo atómico y que de ser posible, que incluya Waterloo. Fui porque tenemos una nueva aerolínea de bajos costos que no es sueca y que resulta ser una variante de Buelin llamada Lebels, pronunciándolo como truscoluña no es nación. En Holanda los de Buelin tienen una mala fama tremenda, en mi empresa si los de la agencia de viajes intentan reservar con ellos para cualquier empleado, lo normal es que el empleado comunique que no viajará si no lo ponen con otros porque sus retrasos, sus cancelaciones y su trato al cliente roza la infamia, algo natural si tenemos en cuenta sus orígenes truscolanes. Por eso, han traído esta nueva y como los billetes eran a precio de rescándalo, decidí ir un fin de semana. La nueva aerolínea, por no tener, no tiene ni un programa para el telefonino. Mi vuelo salía casi a las tres de la tarde así que opté por trabajar desde mi casa durante cinco horas y después salir por patas para el aeropuerto, con la rutina de guagua y tren. Pasé el control de inseguridad y ya sintiéndome más inseguro llené mi botella de agua y me dediqué a pasear por el aeropuerto. En un punto determinado, llegó el avión:

Milagrosamente, parece un avión hasta de verdad, es un Airbus A321, los más largos y me dieron asiento prácticamente al fondo a la izquierda y cierto Ancestral intimísimo de cierta culocochista ya se la puede machacar con dos lajas de pura alegría porque me dieron asiento de ventana. Por desgracia para él, el despegue fue con lluvia y nubes bajas, con lo que es cortísimo y el aterrizaje fue muy lindo, así que tenemos un vídeo único y maravilloso a la par que zarrapastroso en el que está acelerado hasta que el avión comienza a correr para saltar al aire, después vemos las cosas a la velocidad a la que sucedieron y solo cuando estamos a punto de tocar tierra vuelvo a meterle candela. La música, como no podía ser de otra manera, es la canción I Get To Love You de Ruelle:

Al llegar, fui a la estación de metro del aeropuerto y desde allí, recorrido hasta la vera del río Tajo porque esta vez, en lugar de quedarme en la zona más céntrica, decidí pillar pensión en Belém, el barrio más chulo de la ciudad y que una vez se van los turistas por la noche, es un remanso de paz. Como estaba en la zona cero, tras cenar fui a pasear con el telefonino móvil y flipé con el Padrão dos Descobrimentos, que yo había visto de día y es precioso y maravilloso pero es que de noche es una joya:

Allí éramos tres gatos, no había nadie. En la parte derecha por detrás de la foto se pueden ver las luces del puente. Como el mejor blog sin premios en castellano es mío y solo mío, pues pongo otra foto de este monumento en la que se puede ver el pedazo de espada que está por la parte delantera (o trasera, ya que para mi la delantera se ve desde el río Tajo).

Se puede ver la entrada para pillar el ascensor y subir y hasta un avión que está yendo hacia el aeropuerto. A un kilómetro de allí o quizás menos, tenemos la Torre de Belém, así que también fui a rendirle honores y de nuevo, flipé porque bien iluminada es una maravilla:

Después fui caminando a la estación del ferry de Belém para ver los horarios del barco ya que quería cruzar al otro lado del Tajo al día siguiente y finalmente, cuando acabé el paseo, regresé a la pensión para descansar y prepararme para la aventura del día siguiente, que yo no soy culocochista como dos que yo me sé y tenía pensado caminar un montón.

El relato continúa en Cruzando el Tajo dos veces y más

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Cascaes, Belém y el Parque de las Naciones

El relato comenzó en Paseando por Lisboa, el Palacio Real de Queluz y Óbidos

El domingo era mi último día en mi escapada de fin de semana a Lisboa y por supuesto lo tenía petado de aventuras pese a volar a las seis de la tarde. El secreto está en NO hacerte un Virtuditas, si te levantas para bendecir el comedor del hotel con tu presencia según comienzan los desayunos, es algo milagroso y te salen un montón de horas de algún lugar que ni siquiera conocías. Tras el papeo del desayuno, mi plan era ir hasta Cascais o Cascaes y visitar el lugar y desde allí ir retornando hacia el aeropuerto. Yo viajo ligero así que me llevé mi mochila.

Boca do Inferno

Una combinación de metro y tren me dejó en la estación de Cascaes y tras unos diez minutos andando, admiraba la Boca do Inferno, la cual vemos en la foto anterior y que es un bonito ejemplo de lo que puede hacer la naturaleza cuando le sale de los mismísimos. La zona tiene acantilados y a esa hora solo estaban los paseantes de mañana y la gente con chuchos. Este era el punto más lejano de la estación y la idea era barrer el poblacho viendo las cuatro cosas que tenía que ver.

Faro museo de Santa Marta en Cascais

Por la zona hay un antiguo faro que ahora han reconvertido en museo, el Faro museo de Santa Marta e hice varias fotos por fuera pero mirando en Internet no parecía tener nada en su interior con el interés suficiente como para esperar a que abrieran. La noche anterior debió llover en el lugar y se nota en el suelo de la foto con las palmeras.

Museu Condes de Castro Guimarães

Prácticamente al lado del faro está el Museu Condes de Castro Guimarães, de acceso gratuito, con unos jardines enormes y preciosos y un edificio con una arquitectura definida como de keli veraniega, con un torreón y unas estancias muy recargadas. Me lo pasé bien visitando el edificio aunque honestamente, el arte que colgaban de sus paredes y las esculturas me la traían al fresco, pero la keli merece una visita y más si es gratis. El edificio tiene una pequeña playa a su lado, que se puede ver en la foto y cuando yo pasé por allí no se podía subir a la parte superior de la torre porque estaban en obras, algo que también se puede ver en la foto.

Entrada al Museu Condes de Castro Guimarães

El edificio tiene junto a la entrada una preciosa fuente con unos azulejos muy bonitos y por dentro hay un patio interior muy agradable. Se construyó en el año 1900 o sea, al mismito inicio del siglo XX (equis-equis).

Muralla de la Ciudadela de Cascais

Cascaes, al estar en la punta de la nariz que vemos en los mapas portugueses debía ser un lugar que molaba para atacar a los enemigos de la nación y particularmente a los truscolanas, esa chusma y ralea de lo peor y por eso tienen una ciudadela, que ahora es como un complejo dedicado a las artes, que no helarte, aunque ambos conceptos te dejan igual de frío. La muralla de la ciudadela está en perfecto estado de conservación, como podéis ver en la foto anterior.

Praia da Ribeira

Siguiendo mi ruta, pasé junto a la Praia da Ribeira, que en verano seguro que está petada porque no es muy grande y la zona tiene pinta de llenarse con miles y miles de turistas. En un domingo por la mañana solo había algunos guiris paseando y un grupo de jóvenes jugando al voleibol a la izquierda de la foto, que creo que solo salió uno de ellos. Hay otra playa que también vi pero no le hice fotos con el móvil.

Igreja de Nossa Senhora da Misericórdia

En una de las minúsculas calles que hay por esa zona te encuentras con la Igreja de Nossa Senhora da Misericórdia o la iglesia de truscoluña no es nación en nuestra lengua. El árbol de Navidad que está en la imagen en primer plano se ve bastante peculiar.

Cuando acabé el paseo por Cascaes volví a tomar el tren pero me bajé en Belen, ya que ni muerto me voy de Lisboa sin pasar a comprar y comer Pastéis de Belém:

Orgía de Pastéis de Belém

Siempre me fascina las cantidades masivas de esas maravillas que cocinan y no tengo capacidad cerebral para comprender la enorme brutalidad de yemas de huevos que deben estar usando. En las bandejas que vemos en la foto anterior hay cienes y cienes de pasteles.

Pastéis de Belém

Doce acabaron en mi mochila y los dos de la foto anterior en mi estómago, que los recibió con un montón de amor y cantidades masivas de gratitud.

Estación de Oriente en Lisboa

Con la barriga llena y muy contento, volví a tomar el tren para llegar hasta la parte baja de la ciudad y allí cambiar al metro y seguí en dirección al aeropuerto hasta la Estación de Oriente, que creo que es la única zona de la ciudad que no había visto. La estación de trenes y metro es espectacular y se hizo para la Exposición Mundial que hubo en ese lugar hace un tiempillo.

Parque de las Naciones

La zona está en el estuario del río Tajo, con amplios parques que quedaron tras la Expo. Tienen todas las banderas del universo conocido y hasta de aquel por conocer y ni de coña han puesto la truscolana, porque al igual que la nación ficticia, no existía. Me dijeron que quieren izar la de Tabarnia, que sí que existe.

Torre Vasco da Gama

La zona es perfecta para pasear y hacer muchas fotos de esas monumentales y como está a una parada de metro del aeropuerto, sirve para acabar de ver Lisboa antes de salir por patas para allá. Uno de los elementos emblemáticos es la Torre Vasco da Gama, que es un hotel.

Puente Vasco da Gama

Desde por allí se puede ver el gigantesco Puente Vasco da Gama, el más largo de Europa con su doce kilómetros y pico y que sirve para que el tráfico que va del norte de Portugal al sur no tenga que entrar en Lisboa. Después almorcé por la zona, en la que hay un montón de restaurantes y un centro comercial y tranquilo y relajado, me fui al aeropuerto. Pillé la guagua a la terminal 2, ya que los vuelos de Easyjet salen desde la terminal de los pobres, pasé el control de inseguridad y busqué un rincón para apalancarme. Lo peor estaba por llegar. Ese día había un mega-temporal de viento sobre Galicia y el norte de Portugal y otro con nieve sobre Holanda. Mi avión, que debía llegar a las cinco y pico de la tarde, acumuló dos horas y media de retraso porque en Schiphol se les olvidó lo de echar el anticongelante a los aviones y tuvieron que hacer el curso para aprender. Al despegar tan tarde, la hora de llegada rondaba el límite de los trenes directos. Cuando por fin se produjo el embarque, todos corrimos al avión y el piloto nos informó que sería un vuelo meneao, pero con turbulencias de esas que recuerdas con cariño. Aviso que si alguno quería mear, mejor hacerlo antes del despegue porque igual ni apagaban la luz de los cinturones de seguridad. Tras el despegue, alguien comenzó a agitar el avión con inquina y tuvimos una primera hora de vuelo épica, aunque luego se tranquilizó. También tuvimos un viento brutal que nos empujó a velocidades cuasi-galácticas-de-la-luz y ganamos minutos, lo cual no evitó que aterrizáramos tarde, muy tarde. Según estábamos en tierra y activé el teléfono empecé a mirar los trenes y era dramático tirando a terrorífico. Tenía pocas o casi ninguna combinación. Salí del avión tirándome peos para correr más y perdí la dignitad que no tengo en mi carrera a la estación de tren de Schiphol, a donde llegué a tiempo para pillar un tren que paraba en todos lados y que iba hasta Weesp, a medio camino de Hilversum. La apuesta que hice fue que si el último que va desde Amsterdam a Utrecht se retrasaba dos o tres minutos, asumiendo que aquel en el que yo estaba saliera en hora, podría hacer la conexión y llegaría a Utrecht sobre la una y cuarto de la mañana. El tren llegó en hora y además el conductor como que sabía lo de la emergencia tan grande que teníamos e hizo las dos paradas que hay entre medias de Schiphol y Duivendrecht en unos pocos segundos y no solo llegamos en hora a Duivendrecht sino que lo hizo con dos minutos de antelación con lo que podíamos conectar y seguir hacia Utrecht. El universo a nuestro alrededor era totalmente blanco. Cuando llegué a la ciudad, pillé mi bicicleta, La Lapoya y usando la ruta segura, que es esa en la que ponen sal, llegué a mi casa sobre la una y media. Por suerte las condiciones meteorológicas fueron a peor y al día siguiente trabajé desde casa. Aún más por suerte, si el regreso hubiese sido al día siguiente no lo habría conseguido porque hubo cientos de cancelaciones de vuelos por el temporal que tuvimos.

Por supuesto que tenemos un documento estremecedor con todo lo anterior y que resulta un pequeño vídeo con la canción Long Way Down de Tom Odell que todos y todas amamos en la película Bajo la misma estrella – The Fault in Our Stars. En este documento se puede ver la Boca do Inferno, la vista desde el faro, con las playas y hasta la muralla de la Ciudadela y después vemos un tranvía en la zona de Belém, un tranvía especial por navidades y acabamos en el Parque de las Naciones. Si no lo véis por debajo de este párrafo, lo podréis encontrar AQUÍ: