Corriendo en un mundo helado

A mí cuando nieva y hace frío me mola mazo, pero claro, cuando no era un atleta consumado como soy ahora, llegaban esos días y lo único que tenía que hacer era disfrutarlos como un totorota. Ahora, sufro con el drama tan grande que supone el ir a correr con un clima relativamente hostil. El sábado fue mi última salida en condiciones normales de invierno, con un par de graditos bajo cero o así pero con el suelo seco. Esa tarde comenzó a nevar y continuó nevando todo el domingo y se fue el universo neerlandés al carajo, que aquí siempre se las apañan para cagarla y para cuando empezaron a echar sal, ya era muy tarde. El domingo además, como no paraba de nevar, las rutas que yo uso para correr (o cualquier otra ruta que hubiese querido hacer) estaban intransitables y con la nieve, no estaba seguro que mis zapatillas de correr, que están diseñadas pensando en llevarme volando de un punto de inicio a un punto de final sin más preocupaciones, me aislasen correctamente del frío. El lunes era mi siguiente día de correr, que mira que tuve mala suerte cuando decidí cambiar mi rutina en la semana en la que tuvimos invierno. Por la mañana nevaba y la calle estaba blanca, así que decidí salir para explorar las posibles rutas andando y ver si se puede o no correr. Cerca de mi casa era imposible porque en mi calle no ponen nunca sal, que ponen solo en las calles que forman parte de rutas para coches o bicis y en este caso, mi calle es solo para aparcar los coches aquellos culoCochistas como otros dos que yo me sé y para entrar en las casas. Cuando llegué al punto en el que engancho con el carril bici que sale de la ciudad de Utrecht en dirección al sur, allí comenzó a aparecer sal pero el hielo y la nieve aún no se habían disuelto, con lo que estaba más bien enfangado. Eso sí, recorrí la zona y opté por esperar al miércoles, mi siguiente día según la nueva rutina, que me llevará, Dios mediante, a correr los lunes, miércoles, jueves y sábados, seis kilómetros cada vez, para un total de veinticuatro por semana, porque no quiero ser obeso como otros que no nombraré y por remarcar el dato, esta mañana después de ducharme me pesé y estaba en la friolera cantidad de sesenta y cinco kilos y cien gramos, que es la cantidad justa para que no me lleve una ventolera. Regresando al miércoles, me levanté y el plan era ir a las ocho de la mañana, pero cuando miré el termómetro y decía que en la calle había diez grados bajo cero, decidí que lo mejorcito era primero hacer unas Magdalenas del carajo, mi receta y unos Mantecados de Gran Canaria y así darle al planeta y a mi Ángel de la Guarda un poco de tiempo para que subieran la temperatura. Efectivi-wonder, cuando salí sobre las nueve de la mañana, la temperatura era de unos cuatro grados bajo cero. Por supuesto, yo con mi ropa de correr habitual en invierno, que está más bien pensada para temperaturas entre cero y diez grados, así que estaba estirando el concepto un poco. Obviamente, con los guantes de correr y la cinta que me protege los orejones. La experiencia en sí no fue mal, hacía frío, lo notaba en los dedos gordos, que tuve que resconder entre los otros porque se me estaban quedando como témpanos de hielo y también bueno, como la cara estaba desprotegida, en los alrededores de la boca se notaba el frío. Como la zona en la que echaron sal es un pelín distinta de mis rutas clásicas de correr, pensadas para dejarme lo más cerca posible de mi casa exactamente en seis kilómetros, la alternativa era o hacer un kilómetro menos, o acabar mucho más lejos, a unos ochocientos metros, que fue la que elegí.

En el documento espeluznante anterior (que es un vídeo, aunque creo que hay que darle al triángulo para poder verlo) se puede seguir esa carrera y ver el lugar en el que me detuve. Pude mantener mi ritmo habitual y tal y tal y no hubo que lamentar ningún percance con hielo. El problema fue que me paré muy lejos de mi casa y mi ropa no está hecha para protegerte cuando caminas, sino para protegerte haciendo ejercicio y en ese punto ya estaba más sudado que el conejo de LaLole. Después de caminar unos segundos me di cuenta de mi error y tuve que empezar a correr hasta llegar al puente sobre la autopista para reducir la distancia o me muero de frío.

Hoy jueves me volvía a tocar salir y de nuevo, me esperé a las nueve de la mañana, aunque esta vez, la temperatura al salir era de siete grados bajo cero. Hice la misma ruta, pero en lugar de pararme en el sexto kilómetro, continué hasta el puente sobre la autopista, con lo que tenemos una carrera un pelín más larga de o habitual. Esos tres grados más bajos sí que afectaron a mi ritmo, combinados con el cansancio de ser el segundo día de deporte consecutivo, pero aún así, estoy muy contento con el tiempo que tardé. La parte que no llevo tan bien, ni ayer ni hoy, es el minuto final de la ducha, que lo hago con el agua FRÍA y esta semana, el agua fría está fría, fría, pero que fría y para aguantar el minuto hay que tener una voluntad de hierro. Mañana patinaré en hielo natural con un amigo, como no queremos reventarnos muchos, nos limitaremos a una ruta de veinte kilómetros o así.

Por sulaco

Maximus Julayus

5 comentarios

  1. Con esas temperaturas no deberían correr ni siquiera los alces, ni los pingüinos, o las focas, y mucho menos, un canario africano mas flaco que la radiografia de un suspiro… 🙂
    Salud

  2. Genín, me has leído el pensamiento.
    Pobrecillo, cada vez se queda en menos… vamos a tener que obligarlo a alimentarse, yo creo que las fotos de comida las pone para que su madre se quede tranquila al verlas, pero no se la come de verdad, Imposible.

  3. montse, debes tener algo que bloquea los vídeos en mi página porque a mí me funciona hasta en el iPá y en el androitotorota

    Virtuditas, el jiñote es el jiñote.

    Genín, estás requetequete-viejo

  4. Pero Sulaco, no te digo que yo no esté viejo, con 80 en Mayo, pero con las neuronas bien despiertas… 🙂
    Lo dicho, parecerás en pelotas, la radiografia de un suspiro 🙂
    Salud

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