Los espantapájaros


Allá por finales de marzo del año en curso o dos meses antes que se estrenara la mejor película del año, del lustro, de la década, del siglo y del milenio, que todos sabemos que es Top Gun: Maverick, comencé los preparativos para una guerra con múltiples batallas y que está por comenzar. Fue en aquella época cuando compré por las internetes desde la China, una docena de espantapájaros, o como se dice ahora que todos tenemos que ser buenistas y no queremos que nos cancelen sin piedad, reflectores repelentes de pájaros de mal agüero, podemitas y truscolanes. El año pasado, partiendo de unos veinte kilos de uvas, al final no llegué a coger más de tres porque los putos cuervos arrasaron, venían en bandas de diez o más y tiraban las uvas al suelo y no se las comían.

Este año se van a encontrar con dos niveles de protección. El primero lo conforman redes, una por encima de la parra y otra por debajo y el ochenta por ciento de las uvas están en ese emparedado de redes en las que, de posarse un cuervo, que empiece a rezar lo que corresponda porque le daré el finiquito, que aunque estén protegidos en los Países Bajos, justo detrás de mi casa hay un árbol en el que duermen cientos y ese árbol tiene el récord de denuncias de los vecinos que viven a su alrededor y que no pueden dormir porque las bestias esas graznan y graznan sin parar. Por encima de las parras están los espantapájaros, unas espirales reflectoras que cuelgan de una línea que puse con mi vecino y que se mueven con el aire y supuestamente asustan a los pájaros con sus reflexiones. Hay más espantapájaros junto a los manzanos, que ya han habido ataques de algunos pájaros a algunas de mis manzanas, que después de descubrir el secreto secretísimo de los granjeros, ese que ni juré ni prometí pero que no pienso decir para que no se me gafen y que me garantiza un suministro anual de manzanas y no cada dos años como hasta ahora y que funciona, que este es el año en el que yo no debería tener manzanas y entre los dos árboles tengo como cincuenta, asumiendo que todas sobrevivan que lo dudo. Me habían dicho que me comprara cosas de esas místicas que son como de trozos de bambú y que hacen ruido pero mis vecinos tienen uno de esos chismes colgando de su pérgola y el año pasado los pájaros estaban allí comiendo uvas sin problemas, que para mí que son sordos porque aquello hacía un montón de ruido. Si lo de este año no funciona y no puedo conseguir al menos cinco kilillos de uvas para hacer mermelada, que yo no quiero más y después de que tenga mi parte, quitaré las redes y los espantapájaros y dejaré que se las coman las aves, si esto no funciona, para el año que viene me compraré el águila gigante con sensor de movimientos y la pondré sobre la pérgola graznando para acojonar a todos los pájaros y gatos del barrio.

Los que parece que no han sobrevivido a este extraño verano con temperaturas infernales de día y diez grados de noche son los limoneros, uno está prácticamente muerto y el otro tampoco tiene pinta de llegar vivo al otoño. El césped, que no se ve en la foto, está amarillo en lugar de verde por la sequía, más o menos como todos los campos de césped de los parques alrededor de mi keli, que parece que el amarillo es el nuevo verde neerlandés y vamos a tener que acostumbrarnos a ese color por toda la campiña del país.

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Una respuesta a “Los espantapájaros”

  1. Si, vamos a tener que acostumbrarnos a muchas cosas nada agradables… 🙁
    Espero que los negros podemitas plumíferos respeten sin remedio tus uvas, aunque supongo que a pesar de la protección, mas de uno les caerá a perdigonadas, aunque supongo que si lo pillan, la multa será del carajo…
    Salud

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