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Distorsiones

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  • Green Book

    9 de febrero de 2019

    No parece que esté teniendo mucha suerte este año con las películas nominadas a los Oscars y a la hora de hacer la quiniela, como esto siga así, tendré que votar usando el criterio del menos malo porque de lo que llevo visto en estas semanas previas, no acaba de gustarme ninguna película y de hecho, no he repetido con ninguna de ellas y prefiero no ir al cine a pasar dos horas allí sabiendo lo que está por venir. Hoy llegamos a Green Book, que creo que tiene una purriada de nominaciones y que se estrenó en España la semana pasada con el mismísimo título porque al distribuidor le dio pereza imprimir los más apropiados de truscoluña no es nación.

    Un julay julandrón con un color marrón obscuro casi mielda se va de paseo culocochista con un chuloputas.

    Resulta que un gorila de discoteca para viejunos tiene unos meses sin trabajo porque van a renovar el local y lo contrata un mariquita negro, o quizás sea más apropiado calificarlo como negro mariquita, pero vamos, que da igual el orden de las palabras, que le priva culiar y si lo ve un poli, lo primero que hace es llevarse la mano a la cartuchera para prepararse para matarlo. Resulta que el julandrón va a hacer una gira tocando el pi-ano por los estados del Sur de gringolandia y quiere un conductor que lo mueva y aspira a que también le mueva otra cosa más bien pa’dentro. El conductor es racista, misógino, homófobo, sociópata, sicópata y todo lo demás y en los meses que pasarán juntos se harán como más mejores amigos, eso sí, poniendo el culo contra la pared por si acaso el otro tiene alguna idea equivocada. En la gira, además de profundizar en la amistad (pero sin chicha), veremos la alegría y cosa buena de ese racismo que ellos dicen que no existe pero se puede ver perfectamente, muchísimo más fácil que a los ovnis y los fantasmas.

    Esto empieza con los gangster en Nueva York y la vidilla que había en los locales en los que se movían y de repente y sin saber ni como, estamos en la casa del julandrón que es como la chabola del príncipe de Zamunda, con cachos de animales colgados y el tío pretendiendo darse unos aires que ni pa qué, que es salir en pantalla y ya le tienes manía, por más que sepa aporrear el piano. Cuando por fin se ponen en carretera, básicamente tenemos de nuevo la película aquella de la vieja Miss Daisy a la que paseaba el negro aquel, pero del revés y y con la Miss Daisy equipada con aleta de tiburón, como la Veneno, aunque sin la gracia de aquella. Hasta que llegamos al segmento final, es iteración tras iteración de llegada a ciudad, problemas varios e impactar al populacho local con su virtuosismo. A mí terminó por aburrirme tantas dosis de más de lo mismo y habría cortado sin ningún problema media hora de película. Tras el último espectáculo, que fue el único que no salió como debería, regresan a casa y acaban todos juntitos y revueltos en una especie de final feliz definitivamente que no es como la vida misma.

    Tampoco ayuda que el protagonista es Viggo Mortensen y para mí, sobreactuó un rato largo y está totalmente fuera del control del director, aunque claro, después de hacerse truscolanista no me extraña nada y quiero que sepa que mi voto en la quiniela no lo tendrá porque yo soy así de generoso. Del otro, el finolis, un tal Mahershala Ali puedo jurar y juro que aunque aparece en varias películas que he visto, no me sonaba para nada.

    En fin, que esto provocará la somnolencia instantánea a los miembros del Clan de los Orcos. Quizás mole a algunos sub-intelectuales con GafaPasta pero en mi caso, no funcionó y se quedó como una película más bien modosita.

  • Honestidad

    8 de febrero de 2019

    Lo que voy a contar, por supuestísimo, es una realidad totalmente distorsionada de aquello que vi cuando estuve en Málaga hace un par de semanas. Para aquellos más agilipollados, mirar el título del blog a la hora de procesar mentalmente la información y si aún no lo tenéis claro, golpear ambos lados de la cabeza con dos lajas grandes de siempre se ha dicho que ayuda a los lerdos a encontrar su punto más óptimo.

    En las últimas visitas a Málaga, alguno de los días, normalmente el viernes, salimos a cenar y después mi amigo Sergio y su esposa me obligan a acudir a algún local con música en vivo y más concretamente, uno de dos posibles que les gustan mucho en Fuengirola y a los que estoy convencido que van todas las semanas porque hasta conocen a las bandas que tocan por allí y que supongo, en muchas ocasiones serán las mismas ya que no debe haber un mercado infinito de bandas que tocan viejos éxitos. Los niños, concepto que incluye a los hijos de Sergio y su mujer, consiguen más o menos escaquearse de esta tortura al poco de comenzar y en mi caso, aunque yo también me considero uno de los niños, me obligan a quedarme hasta el mismito momento en el que deciden volver a casa, momento que para mi siempre llega abismalmente tarde. Hemos cenado, es sábado por la noche y nos vamos a uno de esos locales a esperar que comience la gran actuación de la banda en vivo después de la medianoche. Aquello está petado de inglesas más pasadas que una uva, de gente borracha, de frikis, de raritos, de presuntos, de gente con un pelo tan falso que se podría denunciar al que fabricó ese peluquín que refleja tan mal las luces de la discoteca y como siempre, en algún lugar del local hay una máquina de tabaco con un interruptor para aprobar las compras sobre la misma con lo que no entiendo para qué se ha puesto esa regla si todos los clientes determinan que tienen la edad adecuada para matarse y joder al prójimo por sí mismos.

    En el momento en el que comienza la actuación, los flujos de la gente alrededor de la pista hacen que a la primera fila, es decir, a menos de cincuenta centímetros de la cada del cantante y directamente enfrente del grupo, aparezca una mongólica, término que era el único que yo conocía pero que según me han dicho, ya no lo acepta el diccionario por despectivo y ahora se dice que era una persona que padece síndrome de Down, aunque mi aislamiento en el extranjero, por más que me lo repitáis, no evita que en mi cabeza la palabra asociada con ella es la de mongólica. la chama se pone en primera fila y baila y se lo pasa bomba. No deja de pararse, está viviendo los mejores segundos de su vida y acaba la canción y el grupo comienza una nueva. No le gusta. No le gusta nada de nada. Lo que hago yo y cualquier otro julay es entrar en modo pausa y balancearnos sobre las pezuñas mientras esperamos tiempos musicales mejores, eso sí, manteniendo la fachada hipócrita y sonriendo y haciendo como que la diversión no tiene límites. Lo que hace aquella chama es quedarse completamente quieta, cruzar los brazos, poner cara de odio profundo e intenso y mirar hacia el suelo, a unos centímetros del cantante y esperar a que termine la canción. Si la siguiente tampoco le gusta, sigue amulada y si le gusta, se pone a bailar como si fuera la última vez en su vida. Eso es honestidad pura y dura. Al cantante y a los otros tres julays del grupo les tienen que dar calambres en los güevos cuando la chama esta los sentencia al desprecio por amulamiento, que es de lo peorcito, que yo lo he usado en ocasiones para manipular a mis colegas del instituto y de la universidad y es un arma de proporciones masivas, al que atacas lo desarmas y lo neutralizas de una manera efectiva. Esta es la segunda vez que me cruzo con esta mujer, aunque en diferentes locales y en el otro, tenía una silla un poco más atrás y cuando no le gustaba la canción, se sentaba, cruzaba los brazos y miraba al suelo amulada y enrabietada mientras yo me partía la polla de risa con la cara de los del grupo y de otra gente, que todos intentan hacer como que aquello no va con ellos. En lo que a mi respecta, aquel día, en aquel lugar y aquella hora, solo había una persona honesta, el resto estábamos todos allí aparentando, cada uno con su pose.

  • Burgtor

    8 de febrero de 2019

    A la entrada de la plaza de los Héroes, en donde Hitler proclamó la anexión a su emporio de Austria, tenemos la Burgtor, un pórtico construido en el siglo XIX (equis-palito-equis). Al parecer en esa parte del castillo había un bastión, una fortificación defensiva con murallas que ocupaban un montón de sitio y no eran muy prácticas. Mientras los austriacos hablaban y discutían sobre el tema, en una visita de Napoleón decidió dinamitar la zona y así se liberó un montón de espacio para museos y para este pórtico que vemos hoy.

  • Aquel drama de ayer y de hoy

    7 de febrero de 2019

    El martes por la mañana, a toda prisa, acabé con la matanza tan grande que hice a las casi noventa mil fotos que tenía en el flickr, el único servicio que he PAGADO religiosamente durante catorce años y que después de ver como el Judas truscolán que compró la empresa cambió las reglas y pretendió abusar, me ha hecho perder la fe en los servicios de pago y por lo que a mi respecta, yo me uno al equipo del gratis total y tal y tal. Con las nuevas limitaciones, te permiten tener gratis hasta mil fotos o vídeos, así quité todas mis fotos privadas y de las diez mil y pico públicas, dejé los trescientos y pico vídeos que había y todas las fotos (salvo por un álbum) holandesas, con lo que esas no las tengo que cambiar inmediatamente y como también están en el cutre-viejo-blog de información turística, me ahorro trabajo. La tarea titánica es subir las otras nueve mil, o una selección de las mismas, al servidor en el que está el blog y además, hacer los cambios en las páginas. Todavía estoy currándome los cartelitos de las películas en las anotaciones de cine, aunque ya casi veo la luz al final del tunel y estoy cerca de las dos mil hechas y creo que me faltan doscientas o poco más. Cuando llegue a ese punto, comenzaré a subir las fotos de comida y las de todos los álbumes con las imágenes de los sitios en los que he estado.

    Parece que la hiena pesetera y truscolana que comenzó esto contaba con más gente pagando después de recibir el mensaje chantajista y se ha llevado un sorpresón al ver como todos salimos por patas y encontramos nuevos hogares más coquetos y acogedores para nuestras fotos. Han dado una prórroga de treinta días y parece que no van a borrar todas aquellas que están por encima de ese número mágico de las mil pero en mi caso, esa prórroga llega muy tarde porque a base de pegarme unos empaches, yo ya estoy bajo la línea, en el número mágico de las novecientas noventa y nueve.

    Todo este ejercicio me ha servido para verificar que antes cargaba con la cámara a todos lados y hacía miles y miles de fotos al año y que ahora, solo la llevo en escapadas de fin de semana y vacaciones a Asia (que no a Gran Canaria o Málaga) y en realidad, debería vender gran parte del equipo porque no lo uso, deshacerme de la cámara y comprar una más pequeña y barata, algo que igual sucede en los próximos doce meses. También la realización de que todo lo que fotografío va del teléfono a las nubes y me despreocupo y después te pasa lo que te pasa me ha llevado a hacer un plan para copiar las fotos del teléfono a mi ordenador al menos una vez al mes para tenerlas también en la tierra, que las nubes están bien pero un golpe de viento se las lleva y te quedas sin nada.

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