El relato comenzó en El viaje secretísimo a Málaga
Entre El viaje secretísimo a Málaga y Volviendo a mi keli con cumbre de la Otan, en mi visita a Málaga, me salté la parte en la que celebrábamos el cumpleaños de mi amigo Sergio, que no sabía que había un grupo en el güazá llamado SECRETO con un montón de gente y que su mujer planeó y perpetró una cena+fiesta para celebrar su cambio de década o algo así. Mis mentiras comenzaron desde la semana anterior cuando le recordé que ya le había dicho en febrero que iría a Málaga en junio, que era mentira, pero como a mí nadie me presta atención cuando hablo, que es todo el tiempo, pues ni se enteró de la mentira. Tampoco le pareció sospechoso que su hijo volviera a Málaga desde la tierra en la que labura, que es al norte de Portugal, creo que en donde residía legalmente la digitalmente difunta Virtuditas, que en el tiqui-toque descanse. El principal problema era como convencerlo para salir e ir a ese local sin que sospechara y finalmente, su mujer decidió que su hija le diría al padre que por específicas circunstancias de la vida que no pondré aquí por culpa de las leyes europeas de protección de datos en vigor, quería celebrar algo de su chamba y nos INVITABA a todos a cenar en un antro específico y con platos vegetarianos, que ahora le dio por eso. Cuando le contó lo de la invitación, Sergio flipaba en todos los colores del espectro ultra-mega-violeta porque aquella no había pagado ná de ná en su vida, pero de nuevo, la trola coló y los demás nos quedamos alucinando porque suponíamos que lo pillaría. En un momento determinado se me acerca de tapadillo y me pregunta si yo también oí lo de que ella iba a pagar o si no, tenía que pedir hora para el estelero, el otorrino y el parapsicólogo porque estaba fatal. Le confirmé que yo también oí lo de que pagaba y te juro por las bragas más sucias de Mafalda que de ser un gato, perdí una vida del pasmo, quizás hasta dos. Obviamente, con todas las nominaciones a los Oscars que tengo, esa actuación la bordé.
Esa tarde estábamos rascándonos los tripotes sin muchos movimientos por los más de treinta grados a la sombra en su terraza, después de pasar la mañana en la playa, aunque más bien pasé la mañana en el agua en la playa, que con tanto calor, creo que nos bañamos más de diez veces en algo más de dos horas, aquello era un sinvivir, pa’bajo pa’l agua y pa’rriba pa’la toballa, una y otra vez y mientras hacía esto, recogiendo piedritas de la playa BONITA de Benalmádena para llevármelas, que ya se me estaba acabando la munición para mi tirachinas, munición que uso para educar, como se hacía en el pasado, con dolor, a los gatos del barrio que cuando entran a mi jardín, huyen aterrorizados tras la primera pedrada y pronto captan el concepto. Volviendo al asunto, cuando cerca de la hora el primogénito se vistió lindo y todo con camisa de vestir, le pareció normal y cuando yo también llevaba camisa, ni se inmutó y yo puedo confirmar y confirmo que en prácticamente tres décadas yendo a Málaga, hasta este viaje siempre había ido con camisetas, cuanto más cutres, pues mejor y en muchas ocasiones, agujereadas, demacradas y pa’tirar, que yo soy de viajar con la ropa vieja y tirarla para que entre más comida en mi bolso de viaje y por eso, si en un aeropuerto me dicen que me quite los zapatos, los agujeros del tamaño de países están garantizados en los calcetines y si me obligan a desnudarme, que recen para no haya uno o los dos güevos por fuera, que el jubileo a mi ropa le llega con una última lavadora y su paso a una estantería en el armario que la marca para el Último viaje. Que además llevara pantalones chinos y zapatos de vestir y que lo justificara porque llovía en Holanda antes de viajar a Málaga, le pareció super-hiper-mega normal. La angustia esa tarde también era tener los teléfoninos en modo silencio porque si alguien mandaba un güazá al grupo, había un montón de teléfonos en ese grupo y sería muy sospechoso que a todos nos mandaran un mensaje al mismísimo tiempo. Sergio eligió una camisa que no era del gusto de su esposa, que nos informó al primogénito y al Elegido y nos asignó una tarea, con lo que el peso de convencerlo y hacerle creer que parecía muy viejo recayó en su hijo y en el Elegido, así que lo amargamos hasta que cambió de opinión.
Llegada la hora, éramos demasiados para un coche así que íbamos en dos, en el principal con Sergio, esposa y Elegido y nosotros haciéndonos los tontos con el lugar al que íbamos. En un punto determinado llamamos al otro coche para preguntarles a qué aparcamiento debíamos ir y en lugar de indicar el que estaba al lado del restaurante, dijeron uno a más de un kilómetro, pero como teníamos que simular no saber nada, tuvimos que aceptar la respuesta como válida y añadimos más de diez minutos a la hora de llegada y bueno, la esposa de Sergio si puede acuchilla a sus hijos por tremenda cagada ya que íbamos con retraso. Encima el aparcamiento, que está bajo la plaza del centro de Fuengirola en la que hay una iglesia, estaba petadísimo y tuvimos que descender prácticamente hasta las puertas del infierno. Desde allí, carrerón casual al restaurante y las hembras pasándolas putas con los zapatos de tacón. Por el camino nos turnábamos para distraer a Sergio y que no se parara a pensar en la cantidad dantesca de detalles sospechosos. Al llegar a la puerta del restaurante, su mujer sacó una máscara y le dijo que se la tenía que poner y ahí fue cuando finalmente se dio cuenta que se la habíamos empetado enterita y doblada y ni se había enterado. Se negó a ponerse la máscara, juró cerrar los ojos, su mujer lo agarró por la banda derecha, yo por la izquierda y así entramos en el lugar y como esto ya se me hace muy largo, nos quedamos aquí y ya lo acabo otro día.
El relato continúa en Dime que no fue er Dani