Ya comenté en su momento que entre tanto edificio grandioso, el Palacio Real de Milán se ve muy soso y parece más bien una chavola de jinameño residente en Vecindario, también conocida como Mordor, la capital de los Orcos. Por la noche el edificio mejora un poco pero sigue sin resaltar, sobre todo cuando te das la vuelta y tienes la espectacular catedral y la entrada a la Galleria Vittorio Emanuele. El edificio que se ve a la derecha de la imagen es el Palazzo dell’Arengario, el cual se comenzó a construir en 1936 y gracias a la Segunda Guerra Mundial se acabó en 1956, con lo que es bastante reciente. En este edificio está el Museo del Novecento
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La recuperación de la Lapoya
Esta semana mencionaba lo De bicicletas y sus dramas y mi vida continuaba por sus caminos tortuosos. El martes, al regresar a casa, la bicicleta no estaba en su casita del jardín, lo cual quería decir que seguía en la Unidad de Cuidados Intensivos y aún no se sabía si saldría de la misma como bici o como piezas de recambio para otras bicis, ya que una bicicleta cuando muere en Holanda es siempre donante de órganos.
Ayer, después de salir de trabajar, regresaba a mi casa a cenar antes de irme a clases de italiano y justo cuando entraba en el parque que hay por detrás de mi casa, me cruzaba con mi vecino, el cual también volvía a la suya. Cada uno nos fuimos a nuestros respectivos jardines y allí mantuvimos una pequeña conversación. Lo primero que noté fue que La Lapoya volvía a estar aparcada en su casita y que tenía un cilindro de marchas distinto. Mi vecino me dice:
– Dios mediante la han reparado
– ¿Hiji? ¿De cuánta guita hablamos? ¿30 leuros? ¿40 leuros? – le pregunto. El hombre me mira flipando y se empieza a reír.
– La reparación costó veinte leuros – decía mientras yo ya comenzaba a juntar billetes de diez leuros que extraía de mi cartera y me preparaba para dárselos.
– La cosa es que le pregunté al chamo manué que se arrimó a la paré y se llenó de cá, de cá, de cá si tenía dos años de garantía o quizás alguno más y si me lo podía poner en un papel por escrito y firmado con su huella dactilar, pero la de la mano buena y no la de los desfalcos y el hombre me miró asombradísimo y me dijo que pagara diez leuros y fuera de nuevo la semana que viene para ajustar los cambios porque aún están desajustados – me contó
– ¡Qué me dices! ¿DIEZ leuros la reparación? – le pregunté
– ¡Pozí! – respondió
– El mamón del fietsmaker, si soy yo el que le lleva la bici, me levanta fácilmente cuarenta leuros y hasta me hace sentir culpable porque me está haciendo un favor – le dije.
– Eso es porque no sabes negociar. Yo me hice un curso con un profesor truscolano que era tan miserable que se fumaba las colillas de los ceniceros para ahorrar en tabaco – me dijo
– Eso sí que me lo puedo creer. Una banda mafiosa que se inventa un país y educan a una generación con mentiras es capaz de cualquier cosaAsí que parece que La Lapoya seguirá formando parte de mi vida algún tiempo más. Ayer y para probarla fui con ella a la clase de italiano y efectivamente, los cambios necesitan algo de tuneado ya que ahora mismo, de las tres velocidades que tiene, solo funcionan dos. Mi vecino se encargará de ello y parece que esa segunda tarea no tendrá un coste adicional.
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Galleria Vittorio Emanuele de noche
Otro edificio precioso de noche es la Galleria Vittorio Emanuele. Vista desde fuera, mirando desde la Piazza del Duomo parece una enorme catedral petada de julays que acuden a consumir masivamente o a dejarse la vista mirando los escaparates con productos con precios prohibitivos. Todas los negocios que hay en la galería deben mentener el mismo estilo uniforme de cristaleras, lo cual le da un aspecto más fastuoso. Después de que largaron en el 2012 a McDonalds de la misma, en su interior solo hay tiendas de lujo o de puro-lujo-María.
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La maldita nueva hora
Para mí resulta más fácil entender un dogma de una fe que no tengo que las teorías que explican las ventajas maravillosas del cambio de hora. También me resulta mucho más fácil adaptarme a un cambio de hora de seis o siete, tanto yendo en dirección este (añadiendo horas) como oeste (perdiendo horas). La movida esta que se inventan del cambio de hora de primavera y de otoño a mí me deja descolocado una semana o más, estoy cansado todo el día, tengo sueño cuando no debería y me despierto a horas que no tendría que estar despierto. Encima y gracias al dichoso cambio de hora, tengo luz por la mañana cuando estoy en el trabajo y no la necesito y cuando salgo de la oficina y voy a mi casa básicamente estamos en pleno proceso de apagado del sol con lo que a menos que salga a caminar durante la hora del almuerzo, vivo de noche de lunes a viernes.
Estos días parece que no solo nos han robado la luz, la temperatura por fin se ha encontrado con la estación y las calefacciones comienzan a arrancar, salvo en mi empresa, en donde el aire acondicionado pretende convertir la oficina en un enorme congelador en el que se pueda almacenar carne y los viejos que tenemos en la empresa no sigan envejeciendo, ya que los conservamos a quince grados y frenamos el proceso de envejecimiento.
Con el súbito cambio de temperatura, los árboles han dejado atrás el aburrido verde y en un par de días se ha disparado el inventario de colores y ahora caminar por la calle es algo precioso, los bosques y las zonas ajardinadas muestran una gama infinita de colores otoñales, las hojas crean alfombras preciosas sobre las que pasamos con la bicicleta y todo tiene el bucólico aire del otoño. En fin, que de ahí a la nieve solo hay un paso y espero que tengamos más suerte que el año pasado.


