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  • El larguísimo regreso a casa

    18 de junio de 2014

    El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

    El regreso a Utrecht me llevaba desde Singapur a Kuala Lumpur, desde allí a Estambul y finalmente un último salto a los Países Bajos. Ese día me levanté tarde y preparé las mochilas. Pasé de salir a desayunar y sobre las once de la mañana bajé a la recepción, entregué la tarjeta que servía como mi llave y fui a la parada de la guagua. Fui hasta una estación de metro y allí conecté con el que llevaba al aeropuerto. Al llegar, facturé la mochila y recogí mi tarjeta de embarque y me acerqué a un Kaffe & toast para desayunar tostadas kaya. Después pasé el control de seguridad y tras dar un paseo y ver las tiendas, me puse cerca de la puerta de embarque de mi avión. Volaba con Tiger Air desde Singapur a Kuala Lumpur. El avión salió en hora y el vuelo era de unos cincuenta minutos. Aterrizamos y aparcamos en la nueva terminal, la KLIA2 y tras pasar el control de pasaporte, fui en el tren hasta la otra terminal, la KLIA y como tenía que esperar unas horas para facturar, dejé la mochila en la consigna y opté por ir a Putrajaya, la capital administrativa de Malasia y ciudad que está a medio camino de la capital. La parada del tren es también para Ciberjaya, otra ciudad que montaron en el lugar para las multinacionales. Fui en taxi hasta un centro comercial enorme en esa ciudad y mi idea original era ir al cine, pero los horarios de las películas no me cuajaban, así que paseé, cené y estuve allí un rato. A la hora de regresar al aeropuerto quería ir a la estación en taxi pero los taxistas estaban de tertulia y pasaron de mí, así que fui en la guagua con los locales. Después tomé el tren, llegué al aeropuerto, rescaté mi mochila, la facturé, pasé el control de seguridad y busqué un rinconcito para matar el rato.

    El avión iba petadísimo y a mi lado sentaron a un julay. Despegamos en hora y el piloto nos dijo que el viaje iba a ser movidito por fuertes vientos en contra. Realmente, el avión vibraba como un tren viejo y cada cinco minutos dábamos un salto. Nos dieron la cena y entre meneos y más meneos vine a dormir unas seis horas. Desayunamos en el avión y sobre las cinco de la mañana aterrizamos en Estambul. Aparcaron el avión sin conectarlo al aeropuerto y tuvimos que esperar por las guaguas que nos llevaran al mismo, volver a pasar un control de seguridad y después subir a la terminal. El día anterior chateando con mi amigo el Turco me había dicho que volaba a Londres esa mañana y quedamos que nos veíamos en el aeropuerto. Mientras lo esperaba compré unas cajitas con delicias turcas para regalar en la oficina y cuando el Turco llegó, fuimos a tomar un café con algunos de sus empleados, los cuales me miraban flipando en colores y hasta en blanco y negro ya que no habían visto nunca a su jefe con uno de sus más-mejores amigos. Las puertas de salida de nuestros aviones estaban una al lado de la otra así que fuimos juntos y nos despedimos.

    Entré en mi avión, el cual también iba petadísimo y despegamos en hora. Me dieron un segundo desayuno y pasé el vuelo viendo episodios de una de mis series favoritas. Al aterrizar en Amsterdam, nos hicieron un control de pasaportes en la puerta del avión y tuvimos un segundo control de pasaporte en el lugar habitual. Después tuve que esperar más de media hora por mi mochila y cuando apareció, la recogí, bajé a la estación de tren del aeropuerto y me subí en el que me llevó a Utrecht. Desde allí fui en guagua a casa. Ese día opté por trabajar desde mi casa y así aprovechar y lavar toda la ropa que traje, algo habitual en estos viajes, en los que siempre que llego todo va directo a la lavadora.

    Ese día lo pasé baldado, ya que entre pitos y flautas, el regreso fue un palizón de cuidado. Y así acabó el viaje que me llevó por Kuala Lumpur en Malasia, por Tailandia y por Singapur en este 2014.

  • Franklin Delano Roosevelt Memorial en el club de las 500

    18 de junio de 2014
    Franklin Delano Roosevelt Memorial

    Franklin Delano Roosevelt Memorial, originally uploaded by sulaco_rm.

    El centro de la capital de los Estados Unidos es una especie de parque temático de museos y memoriales que recuerdan presidentes con una contribución significativa a la historia de ese país. Es lo que tiene no arrastrar unos milenios de historia como en Europa, en donde tenemos más variedad de movidas. Uno de los más curiosos es el Franklin Delano Roosevelt Memorial, en el que aparece su perro, Fala, el cual se convirtió en una estrella mediática en los años que pasó en la Casa Blanca. Esta imagen la vimos por primera en septiembre del año 2007 y hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.

  • Chinthes guardando la entrada de la Shwedagon Paya

    18 de junio de 2014
    Chinthes guardando la entrada de la Shwedagon Paya

    Chinthes guardando la entrada de la Shwedagon Paya, originally uploaded by sulaco_rm.

    Guardando la entrada de los templos budistas en Birmania suele haber una pareja de Chinthe, una criatura mística con pinta de león mezclado con otras cosas y en ocasiones la cara es más humana. Esta figura también aparece en los billetes birmanos. Al parecer todo comenzó cuando una princesa parió un chiquillo después de casarse con un león, al cual abandonó una vez descubrió las ventajas del pepino para satisfacer sus necesidades. El león se emputó que no veas al no poder ponerle la pierna encima y la princesa mandó a su hijo, ahora ya un macho cabrío, a matar al león sin decirle que era el padre, ya que la había chingado antes de los dolores. Cuando el hijo se enteró que en realidad mató a su papuchi, mandó construir una figura y ponerla a la puerta del templo como guardian y para que se le perdonara su pecado. En otros países del sudeste de Asia no hay la devoción que hay en Birmania por estas estatuas con leones. Allí las puedes ver por todos lados y por supuesto, en tu cartera.

  • Tres caminatas en Singapur

    17 de junio de 2014

    El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

    Para mi segundo día descubriendo Singapur opté por aventurarme en las zonas verdes de la ciudad-estado. Para ello, en la wikitravel sugerían un itinerario llamado Southern Ridges Walk y que yo traduciré pachangueramente y como si fuera un distribuidor de cine como La caminata por las crestas del Sur y truscoluña no es nación. En total es un pateo de nueve kilómetros por la jungla más domada del universo pero igualmente a treinta y pico grados y con una humedad diabólica. Salí temprano del hotel y fui en guagua hasta una parada de la línea circular del metro y desde allí fui a Kent Ridge MRT, lo cual me llevó unos cuarenta minutos en el metro. La estación está bajo un hospital o algo parecido y hay un pequeño centro comercial en el que encontré otra cafetería con desayunos típicos del lugar y así degusté de nuevo las tostadas kaya y el delicioso café fuerte dulce, que ellos llaman kopi y que recuerda al café del restaurante de Fefa la Jedionda, que ya te viene con el azúcar y revuelto. Las cafeterías que ponen ese tipo de desayuno son las Kopitiam y creedme, estoy hasta pensando en desarrollarlo en mi casa e incluirlo en mi rutina de desayunos porque las tostadas estaban deliciosas.

    Salí de la estación por la salida B, que como todos sabemos es la que te pone en la Science Park Dr.. Desde ahí comienzas bajando por una carretera en medio de la jungla, aunque hay poco o ningún tráfico en la zona. La carretera bordea los dominios de la Universidad Nacional de Singapur. Sin quererlo entras en el parque Kentr Ridge y comencé a subir una colina de esas que con la humedad y el calor sacan lo mejor de tu sudor. En el camino vi un par de serpientes y unos mosquitos del tamaño de nueces, lo típico y no se si las serpientes estaban más asustadas que yo pero lo cierto es que corríamos en direcciones opuestas. En lo alto de este parque hay un pequeño museo que conmemora al regimiento Malayo que luchó allí antes de que cayera Singapur pero pasé de entrar. En su lugar, tomé el canopy walk, un sendero hecho con puentes a varios metros del suelo, en las copas de los árboles y que te permite descubrir la flora y la fauna que habita allá arriba. El que hay en este lugar es casi de trescientos metros y como digo, te permite pasear por una parte de la jungla que normalmente no ves. Desde allí seguí hasta el HortPark, una especie de parque de horticultura en el que se pueden ver jardines creados por gente y movidas de cultivo de verduras. El lugar es muy agradable pero de transición y en el centro hay un restaurante tailandés muy pijo y carero y en el que se celebran bodas. Desde allí seguí por el puente Alexandra Arch, una estructura impresionante y que te permite salvar el paso de una autovía y al mismo tiempo subir a las alturas. El puente es larguísimo, o más bien el camino aéreo. tiene unos mil trescientos metros de largo y alguna de las secciones son espectaculares, sobre la jungla. Hay momentos en los que estás a dieciocho metros de altura y a medio camino pasa por un lugar conocido como Preston Road que es una barriada pija. Acaba en una colina con una cuesta de que te cagas y ahí comienza la caminata Hilltop, en la que hay unos jardines terraza con unas vistas espectaculares de Singapur y que cubren prácticamente los trescientos sesenta grados. Para saltar al siguiente parque la conección es a través de un puente llamado Henderson Waves, que avanza a treinta y seis metros de altura sobre la vegetación y con forma de ondas. Realmente espectacular. Ese puente me llevó hasta el monte Faber. Al parecer por la noche la iluminación del puente es preciosa pero dudo que compense el ataque de los mosquitos, que ya de día eran insidiosos y parecían truscolanes. El monte Faber es el parque más antiguo de Singapur y en el está el Faber Point, el lugar al que suben las guaguas de los gandules como vosotros para hacer las fotos y bajar de nuevo a la ciudad. Allí está el tercer Merlion de Singapur, más pequeño que los otros dos y hay unas vistas muy bonitas de Sentosa y de otras partes de la isla. Bajando un poco te encuentras con el Jewel Box, el lugar en el que termina el teleférico que lleva a la isla de Sentosa. Pasé de subirme porque ya he ido en tantos que no me llama la atención y además las fotos no quedan bonitas y opté por bajar hacia la costa enfrente a la isla de Sentosa por el Marang Trail, un sendero incrustado en la jungla con muchas escaleras y que te garantiza una nueva ración de sudores. A esas alturas ya me había bebido el litro de agua con el que partí y por suerte al llegar al Harbourfront habían centros comerciales y lugares en los que reponer. Hice fotos de Sentosa desde lejos pero en este viaje pasé de visitar la isla. La caminata me tomó casi dos horas y media y desde allí fui en metro a Chinatown en donde iba a hacer otra caminata. Salí por la salida A de la estación la cual te deja directamente en la Pagoda Street, en el corazón de Chinatown y en una calle petada de negocios vendiendo recuerdos. Aproveché para comprar por primera y única vez los recuerdos que me traje y que fueron muy pocos. En el lugar hay un local llamado Bee cheng Hiang en el que venden cerdo asado a la barbacoa con salsa dulce que tenía unas colas que no veas y que a mi no me llamaba nada pero nada la atención. Evité el museo con la herencia de Chinatown porque me pareció que el precio era excesivo y seguí callejeando entre tiendas y miles y miles de turistas hasta el templo Sri Mariamman, un templo hindú en pleno barrio chino. Lo vi desde fuera ya que pasé de quitarme los zapatos y caminar descalzo por ese suelo en el que se arrastraba un colega que pedía y que tenía las enfermedades más repulsivas del universo y que amenazaba con lanzarse a por ti si no le dabas guita. Lo dicho, los hindúes me parecen rastreros a más no poder y supongo que se han inspirado siempre en la gran nación truscolana, esa que no existe, ni ha existido jamás. En la siguiente zona del barrio estaban los negocios con hierbas medicinales y los olores ponían a prueba tus fosas nasales. Algunos de los ingredientes expuestos en los escaparates me pusieron los pelos de punta. Finalmente llegué al Templo de la reliquia dental de Buda en traducción pachanguera o el Buddha Tooth Relic Temple en el original. Resulta que en una estupa abandonada y rota en Birmania encontraron un diente y claro, tiene que ser y seguramente hasta fue del mismísimo Buda, así que nada, pedazo de templo de varias plantas en su honor. En la última planta del templo tienen una colección de diez mil Budas en miniatura, por aquello de que la cantidad hace a los dioses más reales. En la cuarta planta está el Buda, aunque solo lo puedes ver a través de monitores. O sea, a mi lista de pelos y pendejos de Buda ahora se une al menos un diente, aunque creo que he estado en la proximidad de más de cien, ya que el hombre era un virtuoso de los dientes de leche y le crecían como granos a un adolescente pajero. Arriba en la última planta también había una rueda de rezos de estilo tibetano, algo que no había visto nunca pero que básicamente permite a un acarajotado dar vueltas mientras reza a un Dios que ni existe ni existió. En religiones inferiores como esta eso es lo que hacen, la mía, la católica, es mucho más avanzada y el presunto tocador se deja de vainas y aprovecha mejor el tiempo tocando menores, algo mucho más apreciado por los dioses.

    Al salir fui a comprarme pasteles de huevo al Tong Heng, una especie de dulcería China. Te lo digo y te lo repito merillein, mis Pastéis de nata están a milenios luz de los que hacen esa gente, pura mediocridad y eso que estaban recomendadísimos. El hojaldre chicloso y soso y el relleno de sabor triste. Ya me dice mi amigo el Rubio siempre que los míos son los más-mejores.

    Con eso más o menos acabé la visita al barrio Chino y decidí enlazar la tercera caminata del día con la que te lleva junto al río. Fui en metro hasta Raffles Place y tomé la salida H, la cual sabemos que nos deja junto a la orilla del rio de Singapur. En la zona está el puente Cavenagh, el más antiguo de la ciudad y que tiene un cartel prohibiendo el cruce con ganado o truscolanes. No lo crucé (aún) y fui hasta la mole del Fullerton Hotel, uno de puro lujo que se hizo en la antigua oficina de correos y que está en un lugar estratégico, justo enfrente de Marina Bay y al lado del Merlion principal de la ciudad, el gallifante ese que es un león con cuerpo de pescado. El lugar está siempre lleno de turistas por ser muy fotogénico. Retrocedí, crucé el puente y aproveché para comprar agua y un helado junto al Museo de las civilizaciones asiáticas, el cual pasé de ver porque afrontémoslo, estoy ya muy culturizado con la de museos en los que he entrado. Al lado del museo está Sir Stamford Raffles, el chamo que fundó la ciudad. Después seguí avanzando a la vera del río, crucé puentes y entré en algún centro comercial antes de regresar a la zona de Marina Bay y hacer la misma caminata en el lugar que hice el día anterior, solo que en sentido opuesto, para una segunda ronda de fotos, aunque estas con luz y no con la iluminación nocturna. Sobre las siete vine llegando al Rasapura Masters así que aproveché para cenar y después de pasear un rato por la zona, opté por regresar al hotel, ya que el exceso de caminatas del día a temperaturas brutales me había dejado baldado. En lugar de coger la guagua fui en metro y tuve que caminar el último kilómetro y medio, con lo que vi otra parte de Singapur, aunque sin nada turístico digno de reseñar.

    Al día siguiente era el final de esta aventura y el regreso a casa.

    El relato continúa en El larguísimo regreso a casa

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