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  • El ocaso en la playa Mae Haad

    1 de diciembre de 2021

    Esta foto la hice regresando al inicio de la playa, en la zona en la que hay rocas y que por la noche, con el sol que casi se ha pirado para Europa, crea un bonito contraste entre los colores del cielo, el agua, las rocas y la pava que se está bañando y que parece una roca y hay incluso una persona de pie sobre una de las rocas. Lo mejor del momento era la temperatura perfecta del agua, que te permite bañarte con o sin sol.

  • La llegada al matadero

    30 de noviembre de 2021

    Chacho, esto comenzó en Todo lo que sucedió, así que no me seas truscolán y podemita y si no lo hiciste, salta al inicio

    Nos quedamos en un retraso de cerca de cuatro semanas y en como lo aproveché para ir al Amsterdamse Bokkentocht 2021 con mi amigo el Moreno. Fueron pasando las semanas y la situación de la pandemia podemita y truscolana se fue empeorando y todos aquellos que se sorprendieron con el retraso no se cortaban para llamarme y asegurarme que cancelarían la operación pero de-que-sí, porque ahora sí que estábamos jodidos. Yo les confirmaba una y otra vez que el hospital no me había informado de nada y que habían quedado que el día antes de la operación me llamaría una enfermera para darme las últimas instrucciones. Mientras tanto, aprovisioné de paracetamol, como decían en las instrucciones y me compré un laxante, también según las instrucciones. Además, repartí el paracetamol por diferentes lugares de mi casa para tenerlo siempre a mano y en la semana de la operación cociné un par de cosillas para mantener mi congelador al mil por diez mil de capacidad y así tener una buena variedad de cosillas para desayunar y cenar. El martes, el día antes de la operación, se debía producir la llamada y mirando en la documentación, decían que sería entre las once de la mañana y las tres de la tarde.

    Pasaron las horas, las once, las doce, la una, las dos, las dos y media, las tres menos cuarto, las tres menos cinco y yo ya estaba buscando el teléfono para llamar y preguntar cuando, a falta de uno o quizás dos minutos para el límite, sonó mi teléfono. Eran los del hospital y me dijeron que tenía que entrar allí a las dos de la tarde, me dieron el número de departamento y la ruta que tenía que seguir por el hospital y me pidieron y me rogaron y hasta suplicaron que lo anotara, lo cual hice. Después me ordenaron no comer ningún sólido desde las ocho de la mañana del día de la operación, con lo que tenía que acabar el desayuno a esa hora y no podría beber agua desde las doce del mediodía. Ya yo conocía las otras movidas, así que nos despedimos.

    Una operación de tarde …. y yo con estos pelos … así que reservé entrada para ir a ver una peli al cine por la mañana, ya que quedarme en mi casa viendo pasar las horas no es lo mío. Hablando de los pelos, entre las instrucciones estaba que no me podía afeitar ni depilar la zona cercana a la hernia desde una semana antes, con lo que asumí que no se fían de ti y prefieren hacerlo ellos mismos. También decían que en el día de la operación no me pusiera cremas en la cara o el cuerpo y eso sí que es un drama, que yo sin mi crema Q10 de día parezco una fregona india o eso que ahora llaman nativos americanos o algo así. Tampoco se me permitía ponerme mi colonia Nenuco, que eso es maldad de la peor. Debido al desayuno tempranero, hice Magdalenas, que yo soy muy de comer ese desayuno los miércoles y los jueves, ya que he descubierto que es el día perfecto para regalar la mitad o más y no tener que comerme las doce. También me hice unos Mantecados de Gran Canaria, ya que como siete cada semana y aprovecho el día de las mencionadas para hacerlos.

    Pese a lo que parece ser que indicaban las apuestas de mis amigos, familiares y conocidos, yo dormí de puta madre, las siete horas y pico habituales y sin problemas y me desperté y bajé a desayunar. Después me duché y me fui al cine. Al salir del cine eran justamente las doce de la mañana así que me jinqué un buen vaso de agua. Pasé por la keli de mis vecinos para apalabrar el transporte, ya que el único punto en el que insisten con vehemencia es que después de la operación no te puedes ir solo, alguien te tiene que recoger y llevar a tu casa, por si te mueres por el camino o algo así. En una mochila metí unas zapatillas para el hospital, el cargador del telefonino, los auriculares y nada más y por comodidad y recomendación hospitalaria, me puse un chandal que lo mejor para los hospitales es ir vestido de jinameño o de miembro del Clan de los Orcos. El hospital está a unos quince minutos de mi keli así que sobre las dos menos cuarto salimos y llegué allí en hora. Al entrar descubrí que me olvidé una cosa, la única que puse sobre la mesa para no olvidarme, el papel con la sección del hospital a la que debía ir y la ruta. Por supuesto ya no me acordaba de nada porque cuando me dieron la información, como me obligaron a apuntarla, no la memoricé. Fui a la recepción y cuando me tocó el turno la pollardona me dijo que no tenía ni puta idea de donde se hacen esas cosas en el policlínico en el que ha trabajado toda su vida, seguramente porque tiene el síndrome del funcionario y aún no se lo han diagnosticado. Me dijo que le preguntara a la securata de la puerta que esa es una novelera de que te cagas y seguro que lo sabe todo y además, me tiene que dar una mascarilla limpia y nueva porque no quieren que la gente entre con las suyas. Fui a la chama y me dio la mascarilla y me dijo que mis opciones estaban entre la primera y la tercera planta de la zona B, así que fui en ascensor a la primera planta y aquello no tenía pinta de ser el lugar, ya que allí había quirófanos, pero estaban todos cerrados. Como el ascensor tarda eones en llegar, subí por las escaleras a la tercera planta y allí había habitaciones de hospital y en una de ellas, en la sala de los enfermeros, había una tertulia super-hiper-mega amena de gente vestiditos de enfermeros y una salió y me preguntó si estaba perdido o así. Le dije que supuestamente tenía una operación mortal de corazón abierto y luz al final del túnel pero que no tenía ni puta idea de adonde debía ir, ella miró en una lista y me dijo que era allí, me llevó a una habitación, me indicó una cama, me dio una bata de esas azules o quizás verde de hospital y una especie de gallumbos elásticos medio blancos y me dijo que me los pusiera y me quitara la ropa y guardara todo, todo, todo lo mío en el armario junto a la cama y lo cerrara con su cerradura por código y que no fuese a poner como código el 0000 que tanto les gusta como contraseña a algunos comentaristas y reconocidos culocochistas. Básicamente, me puse la bata esa azul o quizás verde al reves, ya que puse la abertura hacia delante y la enfermera me dijo que va por detrás, con lo que la tuve que cambiar. Después me obligó a meterme en la cama para transportarme a la sala en la que preparan a las víctimas para la carnicería o algo así, que el neerlandés es una lengua que a veces da unas descripciones muy espeluznantes de las cosas y como encima añaden preposiciones que jamás he comprendido, siempre hay la sombra de la duda. Eso sí, la pava confirmó preguntándome mi nombre, mi apellido y mi fecha de nacimiento, que tenían mal porque claro, al yo no cumplir más de treinta y dos tacos por el síndrome de Peter Pan, parece ser que se les olvidó cambiar el año y lo tuvieron que hacer en ese momento. Aunque lo intenté, no me dejó llevarme puesta mi pulsera mágica y maravillosa que controla mi sueño, mis pulsaciones cardíacas y otras movidas más, que yo quería tener un registro preciso de la operación para saber si soñé con ovejas eléctricas o con electrocutaciones de truscolanes y podemitas y también quería ver si mi corazón sufría algún daño durante el evento.

    Nuevamente, descubro con pánico y terror que he escrito una jartá y como este es un buen momento, lo dejamos aquí, a punto de partir vestido de marinero de luces en mi barca que no me han robao hacia el océano del pre-operatorio.

    Sigue a El vacío que llegó para continuar con el relato

  • La palmera cambada

    30 de noviembre de 2021

    Vamos, que si lo de la palmera de la foto, que estaba en la playa Mae Haad, es natural, tiene que ser algo milagroso aunque yo, vista la perfección del ángulo, creo que es más bien algo provocado. Aún así, lo de esta palmera era increíble, llega al agua prácticamente horizontal y después gira y tira para el cielo. Seguimos en la playa Mae Haad, pero cerca del final, que la playa es bastante larga. En la zona que se ve al fondo con la montaña es por donde está el puertito de la isla, que no es muy grande.

  • Todo lo que sucedió

    29 de noviembre de 2021

    La semana pasada hubo un evento planeado con mucha antelación y que creo que salvo el Ancestral, que novelería en los estados de mi güazá y Luis, creo que nadie más se ha enterado, aunque no es algo que haya mantenido en secreto, que mi vida es un libro medio abierto y se sabe casi todo lo importante. Si voy a contar la historia, y creo que hasta habrá un Yo Nunca dedicado al tema, que no sé si será el siguiente, o el que viene detrás o aquel que debería llegar en enero, bueno, si la voy a contar, merece la pena volver a los orígenes, que creo que están en el año 2010 o 2011. Fue cuando estaba de vacaciones en Asia cuando noté que tenía un bulto en la ingle, no muy grande, pero bulto. Como yo no soy experto en estas cosas, al regresar de las vacaciones me pasé a saludar a mi médico de cabecera y este me dijo que efectivamente, era una hernia inguinal y por si alguno aquí es truscolán y podemita y ha tenido una educación muy deficiente, la hernia está definida como una protrusión o salida de parte de un órgano, como el intestino, de la estructura anatómica que normalmente la fija. Me dijo que no le diera más importancia y que de crecer, que volviera.

    Pasaron los años y los años y yo creo que han sido al menos diez, quizás más y de repente, este verano, se desató toda y comenzó a crecer, a aumentar el tamaño. Básicamente, pasé del paquetillo al PAKETÓN, que no veas como miraban las pavas en la playa de las Canteras aquella cosa que parecía sacada de otro mundo. Como no me dolía, como que me daba pereza y cuando estuve en Málaga a final de agosto, la mujer de mi amigo Sergio, que trabaja en un hospital y es sabido que una vez leyó un libro, con lo que nosotros la tenemos como una gran experta en temas varios, vio el bulto ese y cuando le conté lo que era me ordenó que tenía que ir al médico de cabecera pero que ya. Volví a los Países Bajos el último día de agosto y después entre pitos y flautas y la procrastinación habitual, no fue hasta tres semanas más tarde que llamé para pedir cita para mi médico. Su asistente, que igual que las hembras de la Isleta, considera que tiene uno o varios doctorados en medicina general, ya me dijo que me mandarían a operar, todo eso por teléfono y sin verla, igualito que mi madre y sus amigas cuando te diagnostican in corpore ausente. Unas horas después entraba en la consulta, el médico me llevaba a la habitación que tiene para hacer las coñas que no son sentado en su escritorio y cuando la vio, pese a las limitaciones y carencias de la lengua neerlandesa, básicamente lo que dijo se puede traducir perfectamente al canario como ÑÓS…

    Sobre la marcha me informó que eso hay que operarlo y que lsa operaciones en este siglo XXI (equis-equis-palito) son muy fáciles y se hacen con una endoscopia, que para aquellos nuevamente truscolanes y podemitas con sus muy deficientes educativos, son acciones hechas con una cámara que te jincan pa’dentro. Mientras me lo contaba, ya contactó con el hospital y les envió mi expediente y todo lo demás y me dijo que normalmente la lista de espera es de unas seis semanas. Solo quedaba una cosa por hacer y era llamar al hospital y apalabrar una cita. Como me conozco, la mañana siguiente, según me levanté de la cama y antes que mi cerebro pudiera crear un paraguas de actividades para distraerme, llamé y al dar el número de expediente, la operadora leyó la información que había allí y básicamente dijo ÑÓS… y en lugar de un montón de semanas, como mi médico había indicado que era grande, me dio hora para seis días más tarde.

    Llegó el día y fui a la cita con la doctora, no en el hospital principal, sino en una especie de policlínico al que han movido un montón de acciones médicas que antes estaban en el hospital grande y que así no se retrasan o cancelan por culpa de cierto virus truscolán y podemita. En la cita, además de mirar la coña y confirmar que había que operar, me explicó la tarea, en la que te hacen tres agujeros, en uno meten la cámara güé para transmitirlo todo por el istagrame y por los otros dos agujeros meten dos pinzas o cucharones soperos y empujan las tripas de vuelta a su sitio y después ponen una red pesquera de esas para que no se salga. El tiempo efectivo de la operación es de unos veinticinco minutos y te echan a la puta calle o más bien a tu casa en el mismo día. Me informó que tenía que ir a una pava que está en un sitio especial y ella me daría hora. Fui a la mentada y tenía algo rarísimo aunque no sabía lo que era, pero había algo definitivamente extraño en aquella reunión. Me costó un rato darme cuenta que la tía era bizca pa’l coño, pero en una cantidad increíble y ella me hacía un ABBA y miraba como para otro lado y en realidad me estaba mirando a mi, que aquello me daba un mal rollo de que te cagas porque trabaja en un hospital, que seguro qeu eso se puede arreglar o le sacan los ojos y la ponen a vender el cuponcito en la puerta. Además, que todos somos conscientes de los malos augurios que te pueden caer por culpa de un visco. Me fijó el tema para dos semanas más tardes y aquí estuvo quizás la maldición que me echó, porque no me di cuenta que era en la semana de las vacaciones de otoño del centro de los Países Bajos.

    Me piré para mi casa y sabía que el día antes me llamarían para hablar con las enfermeras y con el anestesista y además me dirían la hora a la que tenía que estar en el hospital, la planta y todo lo demás.

    El domingo previo, por la tarde, en pleno comienzo de la semana de vacaciones, me llega un mensaje del hospital anunciando que mi operación la han pospuesto hasta principios de diciembre y como ahora siempre se dan explicaciones, como en los aeropuertos con los aviones, la razón fue por imposibilidad de cubrir bajas médicas debido a las vacaciones de gran parte del personal. Llamé al día siguiente, en las horas indicadas y les expliqué que estaba muy pero que muy cerca de mi traslado a España para las Navidades y que preferiría que me la pusieran antes y después de una serie de sofisticadas operaciones informáticas de la operadora, acabaron en el martes de la semana pasada, fecha que al final solicité que movieran al miércoles por pura logística, aunque el cambio de fecha suponía un cambio de médico, algo que particularmente no me preocupaba en absoluto. Lo que sí que me dijeron que harían esa semana sería mantener las llamadas con las enfermeras y el anestesista y así tenía todo preparado.

    Las dos llamadas sucedieron y me explicaron cosas, me resolvieron dudas y por ejemplo me enteré que la anestesia era general y que te la inyectan, algo que me flipó porque como le dije a la experta, yo me veo más de doscientas películas al año en años sin pandemia y en todas las pelis en las que hay anestesia, te ponen una mascarilla y te dicen que cuentes hacia atrás y tal y tal y es todo como que muy emocionante y lo del pinchazo no es lo mismo ni es igual. Aparte de eso, no hubo grandes sorpresas y con el retraso del evento, se me abrieron de golpe fechas para otros que ahora sí que podía atender, como el Amsterdamse Bokkentocht 2021, que inicialmente estaba en la semana en la que sucedería la coña esa.

    Como veo que estoy escribiendo mucho y después se me acostumbran a las anotaciones largas, voy a parar aquí y seguiremos en algún futuro cercano.

    Ha llegado el momento de saltar a La llegada al matadero para continuar con la historia.

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