Cada viaje desde mi keli en Utrecht a Gran Canaria es diferente, siempre por distintos motivos. El de el sábado pasado coincidió con una alerta meteorológica del copón en las Islas Canarias, aunque me estoy adelantando. En realidad comenzó cuando me levanté a las siete de la mañana para irme a correr y después de eso, desayuné mis pannenkoeken y visité a mis vecinos para despedirme, que ya lo tenía todo más o menos bien organizado y lo único que hice fue meter cada grupo en su contenedor, ya que llevando maleta facturada me podía permitir el lujo de ir ligero en cabina. Mi vuelo era con Tuifly, con los que ya he ido varias veces y que es la última aerolínea que te lleva desde los Países Bajos a Gran Canaria con el equipaje de cabina gratis total. En este caso, cuando compré los billetes, meses atrás, eran la opción más barata incluyendo la maleta facturada y además, que era la razón más importante para mí, no volaban a las seis o las siete de la mañana, porque con esos horarios y llevando maleta, me tengo que buscar un hotel en la cercanía del aeropuerto, que lo he hecho, pero solo cuando la suma de todo es inferior a la alternativa, que no era el caso. Así, después de programar la calefacción para que no arranque a menos que mi casa entre en un período glacial y de desenchufar absolutamente todo en mi keli, pillé la guagua a la estación de tren de Utrecht a las once y allí enganché con mi tren al aeropuerto, en un viaje sin incidencias.
Una vez en el aeropuerto, como mirando en el programa de la aerolínea me asignaban el asiento del medio, opté por no facturar ondeline para ver si había suerte y me ponían en ventana o en pasillo, pero no la hubo. Al menos no tuve que pasar por la pesadilla de las máquinas sin humanos para que seas tú mismo quien factura su maleta, que esas máquinas las ha creado alguien con una mente muy retorcida y son complicadas y caprichosas. Sin la maleta, pasé por el supermercado del aeropuerto a avituallarme y desde allí fui al control de inseguridad, para el que tenía reservado el acceso, con lo que me salté la cole y entré en menos de dos minutos. La máquina me eligió como el primo al que le hacen el chequeo corporal y el supuesto doctor y vigilante me lo tocó todo, todo, todo y el veredicto fue que no llevaba nada peligroso, que vamos, que manda güevos. Opté por el chándal, que así no llevo cinturón y voy más cómodo. Dentro de la zona supuestamente segura, fui directo al lugar desde el que salía mi avión y me senté allí a jugar con la tableta y esperar. Los de Tuifly tienen la cortesía de dejar entrar a los viejos, ancestrales y tullidos primero y después el resto, sobre todo porque saben que casi todo el mundo va con niños y por eso pasan de ofrecerles que se cuelen. Cuando llegué a mi fila, justo por delante de la salida de emergencia del medio, ya estaba una vieja en el pasillo, yo iba en el medio y más tarde llegó uno que hablaba en inglés y se puso en ventana. El avión estaba literalmente petado, ni un asiento libre.
Entramos todos, las camareras cerraron la puerta y el chófer agarró el micrófono y nos dijo que la cosa estaba muy malita pa’llá pa’bajo y que no le daban permiso para despegar hasta una hora más tarde de la prevista. Nos ofreció cafelito o vaso de agua gratis total y nos dijo que de suceder algún cambio, nos lo haría saber. Estabamos todavía en medio de la operación cafelito cuando anuncio que habría media hora más de retraso y que nos esperáramos un vuelo con unas turbulencias épicas y legendarias. A los cinco minutos una de las azafatas agarra el micrófono y dice toda seria que unos julays habían pedido abandonar el avión por tener miedo a las turbulencias y que las normas de seguridad obligaban a revisar la zona en la que estaban sentados en busca de bombas y otros artefactos podemitas, suciolistas o truscolanes.
A la hora y media el avión empezó a recular y el chófer dijo que tirábamos pa’África y que recuperaríamos parte del retraso porque iríamos más rápido. Despegamos y enfilamos hacia el sur y las siguientes dos horas y media pasaron monótonamente. Después de ese tiempo el chófer dijo que en diez minutos empezarían las turbulencias y que mejor nos sentábamos. La cosa es que las turbulencias nunca empezaron, todo el mundo preparándose para lo peor y no llegaba, así que nos olvidamos. Cuando faltaba una media hora, el chófer dijo que comenzábamos el descenso, que la cosa estaba muy jodida por abajo y que ahora sí, habría turbulencias. También dijo algo muy peculiar, que aún nos permitían aterrizar en el aeropuerto de Gran Canaria. Siguió las maniobras y fuera del avión eran nubes negras y mucha lluvia y el avión se meneaba, aunque no demasiado. De repente, una luz infinita llegó de la nada directamente al motor del lado izquierdo que estaba junto al pavo que iba en la ventana y el Elegido. Un rayo golpeó el motor y al mismo tiempo, es decir, en simultáneo, en paralelo y en el mismo instante, un sonido atronador recorrió el avión, como si hubieran disparado un cañón. En los treinta segundos posteriores, no se oía una sola conversación, todo el mundo en silencio. El pavo a mi lado y de Uitverkorene íbamos en ese momento mirando por la ventana y lo vimos todo y empezamos a prestar más atención para ver si el motor daba señales de que se iba a tomar por culo. La señora a mi derecha se colocó en la posición esa nueva que hay en los panfletos de los aviones y que indican que es cuando hay colisión y ya se quedó así el resto del viaje, rezando acojonada. El avión daba bamboleos. Como al minuto de suceder, el chófer empezó a hablar sin parar en neerlandés y dijo que seguro que habríamos notado que casualmente un rayo había caído sobre el avión y definió, en neerlandés, el rayo, como een goede, uno bueno, que en su idioma sería una expresión que no indica bondad sino que fue un tremendo pepinazo. Después nos dio una lección de física y de jaulas de Faraday y de como allí dentro era el sitio más seguro para que te caiga un rayo, pero había muchos que no se lo creían y como mientras hablaba el avión se meneaba, más de uno rezaba para que cerrara la boca y se centrara en conducir.

Como hay mucho lenguaraza, además de Doverinto, añado el pantallazo de la ruta del vuelo según el programilla que uso para esas cosas. El rayo cayó en la zona del bucle que vemos en el pantallazo. En un vuelo normal, los aviones, cuando llegan a Vecindario capital de Mórdor, giran y van hacia la pista, pero en este caso y debido a las condiciones meteorológicas, la ruta la hicieron más larga, razón por la cual han desaparecido varios aviones de Raianer con poco combustible y ellos culpan al triángulo de las tetudas. La parte más fácil fue la de la aproximación y aterrizaje, el avión ya no tenía turbulencias y el aterrizaje fue bastante normal. Llegamos al sitio en el que el chófer aparcó y todo el mundo se levanta y eso y el chófer dijo que como nos había golpeado un rayo, que tenían que descargar el trasto ese y que tardaríamos en salir y nos indicó que miráramos por el lado izquierdo al siguiente avión, que también había recibido un chupinazo y aún estaban esperando. Después de veinte minutos o así, por fin abrieron las puertas y salimos, aunque ahí la azafata comenzó a decirle a la gente que no fueran tan güevones y que si no tienen el equipaje en las menos, que no bloqueen el pasillo porque si se vacía por delante y todo el peso está atrás, el avión hace el caballito. El chófer, en su último discurso nos dijo que él NI DE COÑA despegaba y regresaba a los Países Bajos y que el avión o lo llevaba otra tripulación o se quedaba en tierra. Solo le faltó llorar.
Salimos del avión y bajamos a recoger el equipaje y pasaron los minutos y la media hora y la hora entera y la hora y media y las dos horas y todo el mundo sentado en todas las cintas, con la terminal de recogida de equipajes PETADA y allí no salía una maleta. A eso se añadía que gente que estaba en salidas bajaba a otras cintas porque sus vuelos estaban cancelados y los iban a llevar a hoteles. Uno de los que se encarga de organizar al noventa por ciento de los pasajeros, que vienen con paquetes turísticos, entró y al rato volvió corriendo y nos dijo que todas las maletas, de todos los vuelos, iban a salir por la misma cinta y que las nuestras eran las primeras, así que allí había una multitud que no veas, hasta que vi mi preciosa maleta llegar, la cogí y me piré a buscar a mi hermana, dos horas y media despué? de haber aterrizado.
Dos días después, el lunes, se me ocurre mirar en el programa de control de vuelos y veo que el avión sigue en Gran Canaria y que fue ese día cuando regresó a los Países Bajos, con lo que el rayo bueno ese que lo golpeó tuvo que ser algo mucho mas serio de lo que pensaba el chófer. Como siempre y para que los lenguarazas no muevan esas lenguas viperinas, aquí está la prueba:

Y como siempre hay algún ignorante, uno de los datos que te da el programa es la matrícula del avión y en el mismo programa como se ve en el pantallazo, ese avión voló el día 13 desde Ámsterdam a Gran Canaria y su siguiente vuelo era el 15 hacia Ámsterdam. A mi aún ningún pasajero me lo ha agradecido, pero yo tengo bien claro que fue mi Ángel de la Guarda, que siempre hace un trabajo fabuloso y fastuoso porque es un buen profesional. De no estar yo allí de pasajero, todos esos habrían acabado en el más allá. Ahora, cuatro semanas en África, laburando en remoto y remotamente.



