Los japoneses, que muchos se han olvidado y los ven como unos seres sabios y maravillosos y muy respetuosos pero que son lo peor de lo peor exceptuando koreanos, truscolanes y podemitas, sacaron su lado más vicioso en la Segunda Guerra Mundial. Para poder tener una línea regular de suministros con Myanmar, decidieron crear una línea de tren, que pasaba por Tailandia. En el cementerio de guerra de Kanchanaburi hay enterrados casi siete mil prisioneros de guerra que murieron en la construcción de la línea ferroviaria, entre los que hay casi mil novecientos holandeses. Murieron la mitad de los prisioneros que esclavizaron para construir la línea ferroviaria. El total de soldados aliados muertos en la línea al completo fue de unos doce mil y noventa mil civiles esclavizados para completar el proyecto. Merece la pena también señalar que Japón jamás compensó o reparó el daño hecho a las víctimas civiles.
Una de las cosas que ha angustiado a uno, a dos y quizás hasta a tre es el no saber qué sucedería cuando llegue el invierno al final del año en curso y nieve y la buhardilla de mi casa se vea sometida a unas temperaturas y unas condiciones muy hostiles. Bueno, no vamos a tener que esperar.
Esta mañana cuando abría los ojitos a las ocho de la mañana, nada me hacía pensar que mi entorno había cambiado significativamente. Mi casa estaba calentita, no se oían ruidos de la calle y todo iba bien hasta que miré el programa con el que controlo la lluvia y veo que debería estar nevando a piñón. Como quería ir a correr a primera hora, eso podía tener un efecto espeluznante en mis planes. Me levanté, abrí la cortina y efectivi-wonder, nevaba. Después fui al nuevo y expandido dormitorio del norte, el lugar en el que está mi nueva y fabulosa torre de control y lo flipé. Estaba clarísimo que no iba a ir a poder a correr y había quedado con mi vecino a las diez de la mañana para otros asuntillos que contaré algún día por aquí, así que los planes se transformaron y donde dije correr, digo ir en bicicleta al supermercado porque hoy y solo hoy tenían una especie de mercado de flores y artículos de jardín y por primera vez en diez meses, vendían un artilugio mágico y maravilloso para colgar utensilios con palo, como escobas, rastrillos, palas y similares y quería comprar dos de esos para la cabaña del jardín, conocida como la keli de las bicis. Obviamente, antes de salir al jardín me puse el condón de lluvia, los pantalones y el chubasquero y ya perfectamente equipado para cualquier tipo de inclemencia meteorológica, salí y en el suelo había como dos centímetros de algo que podría ser agua-nieve o granizo, o una mezcla de ambos. Al mirar hacia atrás vi la nueva buhardilla en ese entorno hostil. Se puede observar también que la regadera cuando descubrió la mierda de tiempo que tenemos, se subió a su lugar de descanso favorito. La mañana transcurrió entre lluvias, granizadas y nevadas que alternaban con cielos totalmente despejado, que los vientos fortísimos del polo norte es lo que tienen, que nieva durante dos minutos, quizás tres y para cuando se pasa, esa nube ya está a cinco kilómetros al sur. No pude ir a correr hasta las doce y media de la mañana, momento en el que el calor del suelo y la tierra había derretido toda la nieve y el granizo, eso sí, aún había riesgo de chubascos de lo que sea y de hecho, fue entrar en mi keli y a los cinco minutos cayó uno. El Turco, bendita sea su ignorancia, me mandaba un mensaje por el güazá diciendo que vuelve a la patria la semana que viene y que deberíamos ir a dar un paseo en bici. Le mandé la foto de esta anotación y la previsión del tiempo para los próximos quince días, que dentro de dos sábados no pinta nada bien, que un paseo en bici con temperaturas máximas de trece grados como que no mola nada.
Los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial construyeron una amplia red de ferrocarriles para mover sus tropas y suministros y la mano de obra eran los soldados presos, que morían en cantidades industriales sin que a ellos les importara un carajo. En Kanchanaburi hay varias locomotoras, algunas muy pintadas y restauradas pero esta está a pelo. En la parte de atrás hay un Mercedes porque los jefillos japoneses adoraban esos coches para fardar entre los suyos y los que estaban dominando.
No seas truscolán y empieza a leer esto por donde se debe, que no es otro lugar que La buhardilla
En el capítulo anterior nos habíamos quedado en el estucado de los paneles laterales de la buhardilla y del techo de la misma y del resto de la habitación, aunque algunos se habían montado unas teorías rarísimas sobre un techo verde que todavía me tiene flipando, que está claro que si tengo que buscar el mal gusto, ya hay varias pistas que puedo seguir fácilmente. Entre el día del estucado y el día de lo que vamos a ver hoy pasó exactamente una semana. En nuestro plan inicial, el panelado de madera lo iba a hacer de Uitverkorene junto con mi vecino porque no es algo excesivamente complicado, pero había un proyecto intermedio, el del poyo de la ventana que no podíamos hacer nosotros. Hablando con los pavos que hicieron el primer trabajo, me hicieron un presupuesto y la diferencia entre hacerlo nosotros y comprar el poyo y que me lo instalaran era mínima, así que opté por pedirles que lo hicieran ellos todo junto y el tiempo entre ambas tareas fue porque gracias al virus truscolán y podemita, aquí arriba cuando quieres comprar algo es un suplicio y les tomó varios días conseguir el poyo de cuatro metros de largo, que son los metros que tiene la serie de cuatro ventanas.
El poyo yo lo quería corto, de unos quince centímetros, suficiente para poner ahí expuesta la cabeza disecada de mi caimán y quizás mi muñeca de vudú, ambos recuerdos preciosos de mi viaje a Nueva Orleans en el 2004, o quizás mi segundo planta de albahaca y la de tomillo, que se han juntado con las de menta y albahaca que tengo en la ventana que está justo debajo y están todas creciendo que no veas, que una vez descubrí el secreto del regado de estas plantas, las tengo gloriosas. El trabajo lo hicieron en cuatro horillas y de paso, lijaron y le dieron un repaso al estucado. En la foto anterior ya se puede ver el poyo, que lo venden con un ancho de treinta centímetros o quizás algo más y ellos lo cortaron al tamaño que yo quería y la parte que sobró la pusieron por debajo. Después vemos los paneles que cierran ese agujero horrendo y hay una pequeña abertura, con cuatro tornillos, que jamás será abierta, pero que estará ahí por si en algún futuro muy lejano que yo creo que no sucederá hay que trabajar en las tuberías de la calefacción que van hacia la parte trasera de la planta baja. Por la ventana se pueden ver las dos buhardillas, la nueva con los ventanucos tipo gruta y la otra con ventanas de tamaño normal. Al marcharse les pedí que dejaran los cartones que cubren el suelo porque las siguientes fases, que son muchas, las haré yo ayudado por mi vecino y el suelo tiene que estar cubierto. En este punto de la historia no lo sabíamos y nosotros pensábamos que el estucado se secaba en cinco días, pero unos días más tarde en la mega-ferretería a la que acudimos a comprar la pintura y los materiales nos dijeron y redijeron que lo mejor es dejar secar el estucado al menos cuatro semanas, con lo que el trabajo en esta parte blanca que se ve en la foto, se ha pospuesto un tiempo. Lo que sí puedo explicar es que la pared de color amarillo tendrá un color, ya comprado y elegido y por supuesto, que ninguno ha acertado y la pared blanca de la buhardilla y los paneles de madera debajo del poyo tendrán otro color, ya comprado y elegido. En esta foto también se ve que al ganar espacio la habitación, hay un trozo de pared con el hormigón expuesto que tendremos que arreglar, entre otras cosas. Para un futuro algo lejano también está el ir a la tienda en la que compré y me instalaron el laminado para ver lo que se puede hacer con esa banda de suelo que ahora está a hormigón descubierto.
Y hasta aquí hemos llegado, se acabaron las empresas que vienen a mi keli a trabajar y comienza mi parte, junto con mi vecino retirado y que hasta me da las gracias por permitirle pasar unas horas en mi casa en lugar de en su keli con su mujer con la que lleva casado cincuenta años y la tiene más vista que un truscolán un referéndum ilegal.
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