Ayer mirábamos la parte desconocida de la ciudad y hoy estamos del otro lado del mirador para ver la parte que hemos etado conociendo en las últimas semanas. Tenemos el castillo de Bratislava a la izquierda, la catedral junto a la autovía e incluso se puede ver el memorial aquel comunista, si sabes en donde está (que yo lo sé). Debajo de nosotros, el río Danubio y algunos de los barcos que hacen cruceros por el mismo.
Yo asumí que me he tornado un neerlandés que no es rubio el día que me entró el frenesí por trabajar de nuevo en el jardín según hay un poquito de calor afuera. Eso era algo impensable y que en mi vida padecí cuando vivía en el África colonial pero fue venirme a la Europa bajo el mar y después de los meses obscuros y fríos, cuando sale el sol y hay más de quince grados de temperatura, a mí se me pone el cuerpo de empezar a hacerles cosillas a mis plantas, con la limitación tan grande que tengo de un solo contenedor de residuos vegetales a la semana, lo cual me limita mucho porque mi jardín tiene casi veinte metros de fondo. Por culpa de esto, tengo que elegir una sola tarea, llenar el contenedor y después esperar a que me lo vacíen el jueves siguiente para volver a trabajar. Este año, el primer contenedor fue para la catalpa:
Este árbol, desde que se despierta entre abril y mayo y hasta noviembre, produce una cantidad ingente de ramas, tantas que lleno un contenedor al podarlo y prepararlo para el año siguiente y para que entren en el contenedor tengo que cortar todas esas ramas en trocitos pequeños. Del muñón que vemos en la foto saldrá una bola que alcanzará los 3 metros de diámetro y que tendrá unas hojas del tamaño de folios que cuando se caigan, entre octubre y noviembre, llenarán un contenedor de reciclado ellas solitas. En esta misma foto y por detrás de la catalpa podemos ver mi pequeño guindo, que el año pasado produjo un montón de guindas que me jinqué con gusto y el del fondo es uno que está sentenciado a muerte, uno que debería dar albaricoques pero que prefiere darme disgustos. Lleva ahí unos años y jamás ha querido dar una fruta así que como esta primavera no se ponga las pilas, M-O-R-I-R-Á.
El mismísimo día que me vaciaron el contenedor de restos orgánicos, le pedí a mi vecino su escarificadora eléctrica y me curré el césped de pé a pá. Escarificar y airear el césped es primordial para que luzca flipante y alucinante. Por desgracia, tengo demasiados metros cuadrados de césped y el escarificado me volvió a llenar el contenedor. Como mi jardín y el de mi vecino son los últimos jardines que quedan con césped en nuestro barrio, este es un trabajo que solo realizamos nosotros. Después del escarificado vino el aireado, con otra máquina, esta no eléctrica, y finalmente, ponerle cal al césped, poner semillas para que cubran las calvas y regar un poco. La idea de hacerlo una semana antes fue para dar tiempo a todos esos restos de musgo y de hierba para que se descompongan un poco y se compacten en el contenedor y esta mañana, comprobé que tenía casi un tercio de capacidad del susodicho disponible para otra de las tareas, una puramente cosmética pero que marca la diferencia entre la banalidad de las casas de mis vecinos y la fastuosidad de la fachada de la mía.
Esta mañana saqué la escalera y dos podadoras y le he devuelto a mi árbol la forma de paraguas que en un par de semanas, cuando le empiecen a salir las hojas, lo convierte en la atracción de la calle. Mi ignorancia es muy conocida por aquí y por allá y no tengo ni puta idea de qué tipo de árbol puede ser este. Ojo al detalle porque a la izquierda de la imagen se ven un par de ramas que yo inicialmente corté pensando que eran malas hierbas y resulta que es un ramal nuevo del árbol, que se está expandiendo, así que este año voy a intentar crecer ahí un segundo y minúsculo paragüitas. Alrededor del árbol hay un montón de piedras que heredé del dueño anterior y malas hierbas y la razón de su presencia en el lugar es para que los putos gatos de los vecinos, esas bestias que yo agradecería enormemente a cualquier Dios que las exterminara, no se caguen en el lugar, algo que les gustaba mucho antes. Si en lugar de habernos tocado el universo de la pandemia truscolana-podemita me hubiese tocado vivir en el universo en el que exterminar gatos es socialmente aceptable, ya no habría ni uno solo en mi calle. En esta foto está asomando por delante de la puerta el contenedor, que llené con todas las ramas que corté y que troceé y que para cuando esto salga publicado, ya estará en el lugar en el que mañana lo vaciarán.
Para la semana que viene aún no sé en qué usaré mi contenedor vacío, pero mi vecino está emperrado en retocar mis parras y darles formas. Yo soy más de podar las hayas que forman un muro con el jardín de los vecinos por el lado que nunca vemos en las fotos.
El turismo de tres días y medio casi tres que hacíamos los seres humanos antes de que llegara la pandemia podemita-truscolana nos permitía visitar lugares específicos, centrarnos en lo interesante y ningunear el resto de la ciudad, que toda gran ciudad tiene siempre mucho más que el centro histórico en el que se arraciman casi todas las atracciones. En Bratislava, el río Danubio es el límite al que todos llegamos y lo cruzamos pero sin avanzar más. Por eso, vamos a ver esta panorámica hecha desde lo alto del puente Most SNP o más bien, hecha desde la terraza que está encima del OVNI. Puedo confirmar y confirmo que jamás fui a toda esa zona que se ve en la imagen.
La semana pasada en el mejor blog sin premios en castellano veíamos las anotaciones Regresando al pecio del Ifafa y Visitando el pecio del Ain Jemaa, dos vídeos que ya son clásicos, obviamente y en los que descendíamos hasta la frontera del buceo deportivo. Todos sabemos que yo no quiero ser obeso y culocochista como algunos otros que no vamos a mentar, así que el buceo sirve para recomprimir mis veintiún gramos de alma y asegurarnos que su volumen sea el menor posible, que a algunos se os está yendo la mano con el volumen de chicha en el que envolvéis los veintiún gramos de alma (y este es un momento tan bueno como otro cualquiera para recordar al populacho la película 21 gramos – 21 grams que ya deberíais haber visto todo ya que hablé de la susodicha en el año 2004, hace prácticamente DIECISIETE años). La razón de los buceos en los conocidos como los pecios del Narcóticos era sacarme la especialidad de buceo profundo tirando a profundísimo, que es el segmento que está entre los treinta y los cuarenta metros y en donde si gritas, es más que probable que nadie pueda oír tus gritos pero más bien porque se te llenará la boca de agua, totorota. La especialidad se consigue tras un examen teórico y cuatro inmersiones y hoy tenemos la tercera de las susodichas, que originalmente estaba planeada en otro pecio, el Arona, pero el capitán de la nave que nos llevaba modificó el plan porque las olas eran de las de toma-pan-y-moja y de hecho, hubo un pavo en la expedición que solo hizo la primera inmersión porque se mareó pa’l coño. Así, terminamos regresando al Ifafa, para hacer las dos inmersiones en el mismo lugar que la vez anterior, solo que con el orden trocado, así que esta vez comenzamos con el Pecio Ain Jemaa, que es el más profundo. Antes de que se me olvide, la música es la canción Leaving So Soon? del fabuloso grupo Keane y está escogida a propósito porque si hay algo que tienen estas inmersiones tan profundas es que se acaban en un pis pás, que en este caso duró veintisiete minutos. Comenzamos viendo el pecio al llegar y después bajamos al fondo marino del agua del mar y que por culpa de la marea altísima, estaba a cuarenta metros. Después pasamos por debajo del pecio y esta vez, en un momento determinado y terrorífico, apunto con la cámara hacia la parte de dentro del barco en la que se dice que hay cienes y cienes de ánimas. Bajo el barco hay un montón de vida. Esto es casi igualito que la película Titanic pero sin la pelandusca aquella agarrada a un trozo de madera y dejando morir al macho por no tener hachazo. Después vemos unos agujeros en el barco y miramos hacia dentro pero sin entrar, que sin la especialidad de pecios está prohibidísimo. Casi al final vemos el pecio del Ifafa, que es en donde está amarrado el cabo de la boya por la que se baja y sube. Decir que el vídeo está hospedado en el llutuve para que hasta esa que siempre se queja lo pueda ver.
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