Vídeos de Manila, Puerto Princesa y la playa del Nido en Palawan

La división de documentos espeluznantes y horripilantes de Distorsiones, el blog reconocido por pocos como el mejor blog sin premios en castellano y el único que tiene clarísimo desde siempre que truscoluña no es nación comienza una nueva serie con los terribles vídeos realizados en mis vacaciones en las Filipinas. Estos vídeos pueden herir las insensibilidades y la verdad, la verdad te digo, que si tú entiendes, casi que mejor te vas a una de esas bitácoras del copiar+pegar porque los terribles vídeos que pondré por aquí tienen una calidad tan ínfima que asustan y estremecen. La culpa la tienen los lectores, que son rácanos como trusculán de pura sangre y se agarran tanto al leuro que nunca han hecho una colecta para dotarme de la herramienta adecuada con la que mejorar los vídeos y como yo paso un kilo o más de todo, pues tenemos lo que tenemos y al que le parezca poco, que se pague unas vacaciones y que vea las cosas con sus ojitos.

Hoy nos centraremos en los vídeos de Manila, ciudad por la que pasé velozmente pero que dejó unos cuantos vídeos en mi teléfono güindous de cien leuros. En el primero, estoy en un avión de Air Asia y nos acercamos al aeropuerto internacional de Clark para aterrizar. Eso que se puede ver por la ventana del avión es la primera tierra Filipina que vi de cerca en toda mi vida (si no puedes ver el vídeo, prueba aquí):

Llegando al aeropuerto internacional de Clark, al norte de Manila

Cuando aún nos sigue temblando el cuerpo, saltamos al mismísimo corazón de Intramuros, término que no creo que los filipinos sepan que significa pero que se quedó de la época colonial. Allí tenemos una plaza con la Catedral, el Ayuntamiento y el Palacio del Gobernador, todos llamados tal cual se dice en Español. En la plaza, una estatua de Carlos IV (palito-uve). El vídeo, si no lo puedes ver, está aquí:

Catedral de Manila, Carlos IV, Palacio del Gobernador y Ayuntamiento

Cerca de la plaza en donde hice el vídeo anterior está el Fuerte Santiago y en su interior el Baluarte de Santa Bárbara. Desde el mismo y mirando hacia el río Pásig hice el siguiente vídeo en el que se pueden escuchar gallos, ver la cutrez de la ciudad y creedme, aunque no hayan cuatro dimensiones, susosdigo que el agua hedía que no veas y se dice que está así desde que un truscolán se dio un baño en la misma. El vídeo también está aquí:

El río Pásig desde el Baluarte de Santa Bárbara

Por último, ya en Puerto Princesa, un tricycle me lleva desde el cutre-aeropuerto a la pensión y se pueden ver otros por la carretera, todos igual de cutres. Son motos tuneadas con un chasis adosado y que pueden llevar hasta ocho personas (al menos ese fue el número máximo que vi en una ocasión). Son vehículos ruidosos, incómodos pero extremadamente baratos y dentro de la ciudad, muy rápidos ya que sus conductores reinterpretan las reglas de circulación a su antojo. El vídeo está aquí:

En tricycle por Puerto Princesa

Y segundo por último y nueva propina, para que no se diga que soy tan rastrero como los que no quieren donar para regalarme una mini-cámara decente, un vídeo hecho al llegar al Nido y acercarme a la playa por la tarde, un rato antes de la puesta de sol. Hay marea vacía y se puede ver que la playa es una cutrada que no veas, aunque una vez te montas en un barquillo y te vas por las islas de los alrededores, el sitio es fabuloso. El vídeo está aquí:

Playa del Nido al atardecer

En la próxima entrega, fliparemos al meternos bajo las aguas de ese mar y ver lo que está por allí abajo.

En Vídeos por el Archipiélago Bacuit sigue esta saga visual sin parangón en la historia del universo conocido y por conocer

La playa de las Cabañas y regreso a Puerto Princesa

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi último día en Puerto Princesa era en realidad medio día. Tenía reservado mi asiento en una de las furgonetas que transportan gente para la una de la tarde. Como a las siete de la mañana estamos todos levantados (aquí no se respeta la hora Virtuditas), desayuné, hice mis ofrendas a Poseidón y sobre las ocho me iba en tricycle a la playa de Cabañas (que ellos escriben como Cabanas pero que pronuncian con su eñe). Está un par de kilómetros antes de llegar a el Nido por la carretera que viene desde Puerto Princesa y es una playa de arena blanca. Está dividida en dos partes, que seguramente hasta tienen nombres distintos. En la primera hay un montón de pequeños moteles, pensiones y demás, todo en plan cutre como son las cosas por aquí pero que dan a la playa. En el segundo tramo, el de las Cabañas, prácticamente no hay sitios en donde quedarte salvo por uno con el nombre de la playa y que no se ve desde la arena, así que desconozco si es de super-lujo o cutre. Lo cierto es que está junto a una playa de ensueño, con arena blanca, un agua cristalina y limpia que da envidia y una calma increíble, ya que por allí viene poca gente y tampoco hay vendedores. Llegué el primero y la tuve para mi solo al menos una hora y después, a mi alrededor, solo habían unas cinco personas. El agua no es muy profunda con lo que te pones a tomar el sol mientras estás en ella y solo escuchas las cigarras en el islote cercano (o los bichos que hacen ruido como grillos, creo que en mi primer viaje a Malasia averigüé el nombre, pero ya lo olvidé) y las olas al romper en la arena. No se oye más nada. 

Estuve allí algo más de tres horas, con ratos en el agua y ratos en la toballa y algunos momentos para hacer unas cuantas fotos. Después, con pena, recorrí toda la playa de vuelta al lugar en el que los conductores de tricycles esperan a los turistas y pillé uno que me llevó de vuelta a la pensión. Me duché, me vestí, acabé de empaquetar, aunque nunca deshago la maleta del todo, con lo que es algo rápido y me acerqué a la Midtown Bakery para gastarme la friolera de sesenta céntimos de leuro. Me compré dos donuts caseros, dos trocitos de pan de huevo (que está de morirse) y dos bollitos pequeños que estaban aún más ricos. En mi lista de panaderías del universo, la del Nido está en primera posición con diferencia. Me quedé al fresco en la recepción de la pensión hasta las doce  media y después pillé un tricycle hasta la estación de autobuses o el descampado desde el que sale el transporte. Fui al rincón de la compañía que me llevaba, les enseñé mi papel y me senté a esperar un rato. A la una de la tarde, entramos en el vehículo, el cual iba petado. Aparte del conductor teníamos, al Elegido, un julay europeo casado con filipina con dos niñas, otro julay ya senil casado con filipina que quiere heredar, una chama filipina sola, una pareja filipina que se quedaron en la misma pensión en el Nido que yo y dos filipinos que creo que eran del pueblo y bajaban a la ciudad, aparte de un occidental obeso que yo diría que era gringo por el tamaño de las lorzas. O sea, dos pasajeros junto al conductor, cuatro en la primera fila, tres en la segunda fila (en configuración 2+1, teniendo yo ese último asiento) y cuatro en la fila de atrás. El colega que conducía fue a la escuela de educación de Fiti y Paldi e hizo todo el trayecto en cinco horas, frente a las siente que tardamos en la ida. El tipo desconocía el concepto de frenado y si el objeto que estaba en la vía no se retiraba a tiempo, básicamente se lo lleva por delante. 

Llegamos a Puerto Princesa a las seis de la tarde y después de registrarme en la pensión, me acerqué a pillar dinero en un cajero automático cuando se fue la luz en toda la ciudad, algo que aquí sucede a diario y la gente ni lo nota. En seguida saltan los generadores y algunos negocios ni llegan a tener corte. De hecho, saqué dinero mientras no había energía eléctrica. Tras tanta comida Filipina, me apetecía algo insubstancial y vulgar y opté por una cadena de comida rápida. Luego caminé por la ciudad, sobre todo por la avenida frene al mar, que se pone muy animada y al regresar a la pensión me informaron que mi próxima aventura comenzará a las siete menos cuarto, que es cuando me recogerán y desayunaré a las seis y cuarto. 

Aunque soy terrible con la planificación, ya reservé hotel para mi próximo destino, que será Cebu, en donde solo estaré de pasada camino a Bohol, lugar en el que espero quedarme al menos tres días. 

El relato continúa en El río subterráneo y las luciérnagas

Otra ronda de islotes en el archipiélago Bacuit

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi segunda mañana en el Nido comenzó con el tradicional desayuno filipino, en este caso una carne de cochino curada y dulce con arroz, mango, sandía, café y zumo. Después me retiré a mi entorno con aire acondicionado a hacer mis ejercicios diarios de Duolingo y a la hora prevista vinieron a buscarme. En lugar de la broma de la motocicleta, hoy fuimos andando, que la distancia es de unos doscientos metros y yo no soy un culocoche o culomoto como alguna que yo me sé. 

En esta excursión, el conocido como Tour C, ya que quien quiera que se inventara los cuatro, les puso nombres de letras y ahora todos los llaman igual y hacen los mismos. Éramos entre seis y nueve, un grupo pequeño. En cualquier caso, nos tocó el barco grande, con capacidad para treinta y seis julays, con lo que íbamos tan cómodos. Los tres adicionales no se presentaron y al final éramos seis, el Elegido, una pareja filipina con su hijo de ocho o nueve años y que parecía acarajotado o era la impresión por ver por primera vez en su vida un barco así y dos gringas jóvenes, aunque una pienso que era filipina. También estoy casi convencido que eran bolleras, pero de vicio, vicio. La gringa no asiática era un cardo borriquero, tan fea que tuve que proteger el objetivo de mi cámara porque seguro que me rompe el vídrio del mismo con esa cara de Orca, pero no de las Tierras Medias, de las Tierras de Pa’dentro y más allá. Además, a base de pizza, hamburguesas y dónuts, tenía el cuerpo muy peor que muy estropeado y unas tetas que descansaban sobres las lorzas de la cintura y que parecían tener vida propia, ya que a una le gustaba ir por el lado derecho y a la otra por el izquierdo. Aún así, se de uno que estudió conmigo en la universidad, que la mira y te dice follable y bueno, mi amigo el Turco, una vez le comentas que perdió el camino y se desvió al frotamiento de potorros, ese también se sacrifica para volverla a meter en el armario y se la endiña sin escrúpulos. 

Volviendo al relato, salimos en nuestra barcaza con poquita gente y enfilamos hacia la isla de Dilumacad que para los turistas ha sido rebautizada como isla Helicóptero. Con algo de imaginación se le puede ver la forma, aunque yo veía a una hembra tumbada con la boca abierta, preñada y con las piernas amputadas. También veía la mitad del bicho aquel que volaba en la película la historia interminable y seguramente ambas opciones confirman que estoy fatá. En la isla, buceamos para ver los corales y eso. El sitio estaba mucho mejor que los que vi el día anterior. 

Desde allí seguimos a la isla de Mantiloc, en la que vimos varias cosas. La primera parada fue en la playa Escondida, la cual, ciertamente no se ve, porque justo delante de la misma hay una especie de telón de rocas volcánicas y que crean frente a la playa un pasillo de unos diez metros de ancho y después el acceso a la playa que parece un lago. Preciosa. 

La tercera parada fue en otra playa de la que no recuerdo el nombre y allí almorzamos. Lo mejor es que allí van como treinta o cuarenta barcos y la playa en sí no se usan. Un grupo de NiNis españoles, de vacaciones pagadas por sus papuchis, con sus iPhones 6 y sus pijotadas, pretendían bloquear una zona para ellos fumar y bañarse, por supuesto tirando las colillas allí porque educación, N-I-N-G-U-N-A. Los filipinos los mandaron educádamente a la mierda. En un pasado habría pasado vergüenza ajena pero ahora, yo soy el que les grita a los filipinos para que los troceen con la hélice del barco. En ese lugar, cada compañía tiene su barbacoa a bordo, hacen su comida y almuerza la gente, relajados, tirándote en la arena o bañándote entre los catamaranes. Buceé un poco pero el lugar no era muy bonito. Desde allí fuimos a Secret Beach o la playa Secreta, que se dice que fue la que inspiró el libro The Beach que después se rodó en una playa cerca de Koh Samui en la que ya he estado. Al parecer, el julay que escribió el libro estaba en el Nido mientras lo escribía. A la playa se entra por una pequeña abertura en las rocas y en el interior hay una playa grande y preciosa. Aquello sería idílico si vas solo, pero cuando hay cien personas o más, es un poco como una atracción turística en Europa. En cualquier caso, mereció la pena verla. Desde allí saltamos a la isla de Tapiutan y paramos en un lugar con los mejores corales que he visto en la zona. Para poner la guinda al conjunto, ninguno de los otros barcos vino con lo que tuvimos el lugar para nosotros solos. Estaba lleno de estrellas de mar, peces azules y preciosos corales en multitud de colores. Enfrente y muy cerca estaba el Mantiloc Shrine o Santuario de Mantiloc, el cual se terminó de construir en 1993 y ya lo han abandonado. Hay un edificio de puro lujo, una virgen bajo una cúpula en un templo abierto y un punto al que se sube para ver una vista espectacular. 

Esta era la última parada antes de regresar a el Nido, el cual está a unos cuarenta y cinco minutos en barco desde allí. Cuando bajé a tierra, de camino a la pensión pasé por la panadería para regalarme un dónut épico y un bollo y después regresé al hotel. Por la tarde me fui a cenar a uno de los restaurantes de la playa y después me retiré a descansar que el día siguiente era de esos complicados. 

El relato continúa en La playa de las Cabañas y regreso a Puerto Princesa

Saltando islotes por el archipiélago Bacuit

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Uno no viene al Nido para ver la ciudad sin calles asfaltadas y que parece el lejano oeste o flipar con la playa que tiene. Uno viene para apuntarse a una o varias excursiones y visitar el Archipiélago Bacuit, saltando entre algunas de las cuarenta y cinco que lo forman (yo los llamaría atolones o islotes, pero bueno, no soy un sub-intelectual de GafaPasta ;-))

Me recogían sobre las nueve menos cuarto así que pedí mi desayuno para las ocho y me lo trajeron a las ocho y media. Después de encochinarme con longanissa, arroz frito, café, zumo, mango y sandía, saqué mi mochila y mi arsenal acuífero de la habitación y lo dejé en un cuarto que tienen en el Lolo oyang, la cual sería mi pensión las siguientes dos noches. Me vinieron a recoger en motocicleta y como siempre, agarrado para no caerte con los baches ni los frenazos. He visto a gente que van como príncipes sin cogerse a nada y también los he visto caer. Fuimos a la agencia de viajes, desde allí andamos a la playa que estaba a veinte metros y el barco delante de nosotros. Éramos en total dieciséis julays, con dos suecos, dos franceses, dos británicos, el Elegido, uno de Zimbabwe (que seguramente he escrito mal) y el resto filipinos. Nos dieron un chaleco salvavidas a cada uno y hasta pretendían que nos los pusiéramos. Salimos y tardamos una media hora en llegar a la isla Miniloc. Allí fuimos en primer lugar al lago pequeño, al cual se llega nadando con las gafas y tubo. Muy emocionante y bonito pero el fondo no tiene nada interesante, creo que en algún lado leí que los pescadores, como no sabían que el turismo es un negocio mejor que la pesca, dinamitaban el lugar para pillar el pescado y acabaron con los corales y todo lo demás. 

La segunda parada en esa misma isla fue para ver el lago grande, tan grande que se puede entrar con el barco y hacer una gira por el mismo. A la salida, paramos en un lugar cercano para bucear y ver corales y peces. Como yo quería probar la innovación de la grabación de vídeos con mi funda a prueba de agua de dos leuros comprada en mi tienda china favorita, tardé algo más que los demás. Al parecer eso me salvó de cruzar por en medio de una banda de crías de agua-vivas que atacaron al resto. Yo de feliz haciendo mis vídeos despacito y aislado de los demás sin enterarme de nada. Al regresar al barco, uno de los marineros había capturado una tortuga y la sujetaba para que la gente la viera  por supuesto, tengo vídeo de ese cruel momento para la posteridad. 

Después fuimos a la isla de Shimizu, llamada así por los dos julays nipones que se mataron allí explorando una caverna submarina. Tras bucear un poco, almorzamos en el lugar y se produjo ese fenómeno antológico llamado el encochinamiento, que fue el resultado de poner en la mesa dos platos llenos de gambas, uno de calamares y una bandeja de mejillones. Creo que para cuando los filipinos se enteraron que había calamares, yo me había comido el setenta por ciento y como estaba del lado de los europedos y tampoco comían gambas o mejillones, sudé para bajar sus raciones, la mía y las de todos los demás. Acabé pujando como mula de parto y me tumbé en la proa mientras nos llevaban al lago secreto, el cual está totalmente escondido y se entra por una pequeña abertura entre las rocas. Como no tiene profundidad, pasé de llevar el telefonino naranja y fui con la cámara de hombres y pese a que el agua llegaba por los hombros, yo como un campeón con la cámara en el aire y fui el único que hizo unas fotos decentes en el lugar. En Asia siempre buscan parecidos en las rocas y allí tenían el pájaro, el cocodrilo y la última cena. Es un decir, yo solo veía rocas. 

Después tuvimos un viaje en barco de media hora que pasé tomando el sol para llegar a la playa de los Seven Commandos, llamada así por los siete comandos japoneses que vivieron allí como malamente pudieron después de que los dejaran abandonados sus tropas en la Segunda Guerra Mundial. La playa tiene arena blanca, palmeras y es muy agradable. Estuvimos allí algo más de una hora antes de regresar. 

Al volver, tomé posesión de mi nueva habitación (reconozco que me gustaba más la anterior), me duché y salí a comprarme más bollos y chucherías en la Midtown bakkery  y después cené un plato de pasta boloñesa en un sitio llamado V and V. La acompañé de una cerveza San Miguel, la marca más popular del país y que desconozco si está aún emparentada con la española, pero vamos, el logo es clavadito. 

Cuando se hizo de noche, los mosquitos aparecieron por millones y salí por patas a refugiarme. Desde las cuatro de la tarde no había luz en el Nido, algo que al parecer sucede continuamente y aquí nadie le da importancia. 

El relato continúa en Otra ronda de islotes en el archipiélago Bacuit