Categorías
El Nido Filipinas Puerto Princesa Viajes

Viajando al Nido

Cuando yo esperaba lanzarme a explorar una de las nuevas maravillas del Universo, el destino me tenía reservado otro camino y ese día, salía de la habitación tres horas antes de la hora Virtuditas, desayunaba y me lanzaba a buscar banco para conseguir dinero en efectivo. Mi tarjeta no quiso funcionar en ninguno de los cinco en los que estuve y acabé usando esa que sirve para todo lo demás. La razón es que el Nido, es la última frontera, un lugar al que aún no han llegado los cajeros automáticos y hay que ir con la talega petada de pesos. Comentar también una curiosidad del desayuno. Como aquí la gente se encochina con salchichas y similares para desayunar, o pescado con arroz, en las pensiones te piden y te ruegan que les indiques lo que quieres desayunar y la hora a la que piensas aparecer para poder prepararlo.

Con mi cartera a punto de reventar, solo me quedaba esperar el micro, que llegó con veinte minutos de retraso porque había una procesión por la única calle de la ciudad. Manda güevos con la religión de los presuntos tocadores de niños. 

Cuando por fin llegó, cogí mi botella de agua grande, mis dos botellas de agua chicas, mi mochila y la sub-mochila con la cámara y el iPad y me senté en el micro, el cual estaba vacío. El colega me dijo que se llenaría y salimos y fuimos a buscar a una pareja de franceses, a dos filipinas y finalmente a un grupo con cinco julays, siendo uno un francés-español de nacionalidad suiza casado con filipina que estaba en el país con su hembra, su cuñada que también vive en Zurich y su marido para ver a la mamuchi, una señora de ochenta y cinco años seguramente vividos al completo sin dientes, pero con unas encías que probablemente cortan hasta láminas de acero esmaltado. Ese era el equipo al completo y después fuimos a un negocio porque según el conductor, el agua en el Nido es un bien tan preciado que lo mejor es llevarla y acabé con otra botella de litro y medio y una garrafa de 6,6 litros. Todo eso para tres días. 

El viaje nos demuestra que esta isla, conocida como la Última Frontera, sigue siendo mayormente virgen. Está totalmente cubierta por jungla, la carretera desaparece con las tormentas y se pasan la vida rehaciéndola y la velocidad es algo desconocido. Tardamos unas siete horas para doscientos treinta kilómetros con una sola parada de veinte minutos para comer y mear. El paisaje es flipante y en realidad, el viaje fue muy entretenido, hablando con el francés que casi ya no habla español, con su hembra y la hermana de la misma e incluso el conductor, que se animó a participar en la tertulia. La única que no dijo ni pío era la momia, digo la abuela,  por un momento pensé que llevaban el cadáver allá arriba como en cualquier película cubana y nos tenían a todos engañados, pero no, en una ocasión la vi soltar una burbuja creada entre las encías. 

Al llegar al Nido, no permiten a los vehículos de transporte dejar a la gente en sus establecimientos y desde la terminal de guaguas, concepto muy elaborado para referirnos a uno solar en el que paran los vehículos, tienes que tomar un tricycle, las motillas esas con sidecar. Por un leuro, uno me trajo a mi pensión, que en realidad era la primera ya que la que yo quería estaba llena y me colocaron en otra cercana llamada Mountain Side Inn. Semejante concepto sirve para cuatro habitaciones con su baño correspondiente, sin agua caliente pero con aire acondicionado y ventilador en el techo. Suficiente para lo que uno usa el cuarto y yo, mientras no haya tarántulas (e incluso con ellas … como quedó demostrado cuando estuve en Camboya …) hecho igual de bien el jiñote por la mañana, que so como una fábrica de la mierda. 

Tomé posesión de la habitación y me lancé a explorar el villorrio con la cámara. Lo que hay que ver es la playa, la iglesia y nada más. Hice mi ronda, tomé fotos a discreción y después al regresar veo una multitud en la calle y una panadería. El olor era espectacular y acabé comprándome un bollo que estaba de morirse, un pan de huevo que estaba para llorar de riquísimo y unas galletas del copón y me encochiné tanto que acabé por no ir a cenar. Toda la bollería me costó unos veinte céntimos de leuro, me pareció que les estaba robando pero voy a volver cada día e incluso alguna mañana porque me han dicho que a las siete ponen unos dónuts frescos que se te camban los pezones de gusto y te hacen el helicóptero. 

Estando inflado, pasé de hacer nada más y maté el resto de la velada escribiendo las anotaciones pertinentes y viendo episodios de las cosillas que me he traído. No se lo cuenten a nadie pero me he enviciado a una serie española que creo que se llama Bajo Compresa de dos julays picoletos que tienen que resolver un crimen en una familia de orcos y que pa’ mí que acaban cogiendo como perros en celo, pero aún no he llegado a ese episodio. 

El relato continúa en Saltando islotes por el archipiélago Bacuit