La visita sorpresa del Turco

La semana pasada el jueves yo me las prometía felices. Pensaba ir al currelo como siempre, hacer mis ocho horas de presencia para el salario y después volver a casa, freírme una croquetas de esas que tengo con puerro y trocitos de jamón serrano y después ir al cine. El plan se escoñó cuando sobre las siete menos cuarto miré el teléfono y veo un güazap del Turco diciéndome que estaba de caminito y que si quería quedara para comer y chupar. La primera parte de mi plan, la de la presencia en el currelo la mantuve pero al salir del mismo me fui a casa y desde allí salí para Amsterdam, solo que en lugar de quedar en el centro nos juntamos en la zona del ArenA porque el Turco se queda por allí, tenemos un pedazo de cine de que te cambas y hay las suficientes opciones para comer, aunque todos sabemos cual es la que le mola a mi amigo. Decir que lo de chupar que mencionaba él no es que nos sorbemos los cipotes uno a otro sino que chupamos butaca y nos vemos una peli, algo que está en los cimientos de nuestra amistad ya que desde siempre hemos ido al cine juntos.

Si yo tuviera hachazo, pestañas largas y melena, el Turco me llevaba a un restaurante de fardar, me contaba unas trolas que no veas y durante todo el tiempo meneaba la cadera, meneaba la cintura buscando el momento para empetártela hasta los pelos de los güevos. Como soy su amigo y meo de pie, le sale el ramalazo VUELVE ELOMBRE y a menos que yo prefiera algo sofisticado, casi siempre me pide y me ruega que vayamos al Rey Hamburguesa, esa cadena de comida rápida que al parecer hace las hamburguesas con un lanzallamas o algo parecido. Juntos tenemos una LAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARGA historia yendo a estos locales y hasta en su momento hubo un rifirrafe con Samanta, suceso que tuvo lugar hace más de once años pero que sigue fresco en nuestras memorias e historia que no solo nos confirma que estamos en el mejor blog sin premios en castellano sino que además ya lo era hace la tira de tiempo. Para aquellos perezosos que no quieren pulsar el enlace os dejo las ocho palabras con las que comenzó aquella anotación: Samanta es mala porque Dios la hizo asín.

Si alguno cree que me siento culpable por comer comida basura con uno de mis tres más-mejores-amigos que se desengañe, igual que un día antes me encochiné con una empanada de mejillones hecha en casa y la disfruté enormemente, los conservantes, colorantes y anabolizantes que le ponen a la comida basura molan un montón. Después del ágape nos fuimos a la tienda francesa esa con nombre de diez pruebas físicas y a los pocos minutos estábamos en una terraza tomando cervezas y riéndonos del populacho. Mi amigo tenía claro la película que quería ver y tuve que repetir con Jason Bourne. Estuvimos juntos casi seis horas y cuando cada uno se fue por su lado comenzó mi odisea para volver a casa. En estos días, cuando la chusma, la miasma y la gentuza viene de vacaciones a los Países Bajos y pretende ver los tulipanes que no hay, en esta tierra se está trabajando un montón en los cambios en el sistema ferroviario y durante los primeros diez días de agosto el trayecto entre Utrecht (que es donde yo vivo) y el aeropuerto (que está en dirección a Amsterdam) está patas pa’rriba. Por eso, no había trenes Intercity y el regreso fue a base de piruetas. Primero tuve que ir en un tren Sprinter hasta Breukelen, villorrio en el medio de la nada. Por si nunca lo he explicado, un Intercity es un tren que para en las grandes ciudades y en zonas industriales y por ejemplo desde el centro de Amsterdam hasta Utrecht solo hace una parada, en la estación Amsterdam Amstel. Un Sprinter, aunque la palabra nos pueda crear el sentimiento de velocidad, es un tren que para hasta cuando alguien saluda al chófer y con tanta parada, tarda mucho más. Los quince minutos que me toman ir desde la estación Amsterdam Bijlmer Arena hasta Utrecht Centraal se convirtieron por la gracia de las obras veraniegas en cuarenta y no llegué a mi casa hasta casi la una de la mañana.

El Turco me sorprendió muy gratamente viniendo a verme y pese a todo, no me importa alterar mis planes para cosas tan importantes como esta, pero ya le he dicho que esta semana ni de coña lo veo el jueves, si es que regresa a Holanda porque desde hace más de un mes tengo mi entrada reservada para ir a ver en Amsterdam la última película de Almorranas, afamado director español que va de capa caída y que con algo de suerte nos regala una bazofia de película con la que me doy el gusto y despotrico todo lo que puedo y quiero.

Y al día siguiente con el Turco

El día después de que se produjo Otra conjunción me levanté temprano y después de ducharme, me puse directamente a trabajar. Sobre las diez de la mañana me llamó el Rubio y me puse casualmente a hablar en la puerta del dormitorio del Turco a grito pelado, siguiendo una gran tradición familiar ya que mi madre hace lo mismo. Funcionó. Al poco el Turco se levantó y mientras se preparaba, comencé a preparar el desayuno. Le di a elegir y optó por algo mundano y campechano sencillo y modesto, así que hice unos Huevos revueltos Masala, con beicon y pan de molde de harina integral con arándanos rojos y pipas de girasol y lo acompañé de unos cruasanes caseros, vamos, algo realmente sencillo. Entre que comimos y recogí la cocina nos dieron las once y salimos de mi casa. Nos fuimos al centro de Utrecht ya que aunque le ofrecí ir al cine, el prefirió disfrutar del buen tiempo en plan tranquilo. Una cosa que me distingue del Turco es que yo odio ir de compras y prefiero adquirirlo todo por Internet y a él le fascina entrar a las tiendas, hablar con los empleados, negociar un descuento y comprar. Así, en el camino desde la estación hasta el Oudegracht entramos en varias tiendas en las que compró un montón de boberías y se gastó ciento cincuenta leuros. Mi paciencia es limitada y después de la segunda ya ni me molestaba en entrar y me quedaba en la puerta practicando el italiano con el Duolingo, una APP que es de las más usadas en mi dispositivo mágico y maravilloso.

Cuando por fin logramos llegar al Oudegracht elegimos un café del lado opuesto al que nos sentamos el día anterior por ser el más adecuado para el sol. Mientras estábamos allí presenciamos una de esas actividades fascinantes que suceden mientras estoy trabajando, el avituallamiento de los bares y restaurantes del lugar, el cual no se hace por vehículo, sino por barco, dado lo complicada que es la zona y lo cómodo que es llegar a los mismos por el agua con una grúa. Tenemos prueba visual de este proceso en el siguiente vídeo que además contiene la voz del Turco, documento espeluznante y para el que aconsejo serenidad y calma:

También pasó el barco que recogía la basura de vídrio y el que recoge la de papel y nosotros flipando en colores. Mientras charlábamos y tomábamos cerveza llaman al Turco y él responde. Habla un rato, corta y se ríe. Me dice:

– No te lo vas a creer pero me acaba de llamar el presidente de uno de los bancos más grandes de Turquía y me ha ofrecido el puesto que tengo ahora pero en su banco. Le he dicho que no … ji ji ji

De mi amigo no me asombra nada pero aún así le pregunté:
– ¿Por qué no coges el puesto?
– Es un banco demasiado burocrático y no soportaría trabajar con gente que se creen funcionarios. A mí me gusta que las cosas se hagan bien y pronto y no tengo paciencia para las pendejadas

Cierto, confirmé. Al poco lo veo mandando mensajes y me dice:
– Le ofrecí buscarles tres candidatos. Así, ellos me deben un favor y al que elijan me debe otro. Uno nunca sabe si algún día te harán falta

Al poco le suena el teléfono:
– ¡Qué tu sabes!
– ¡Qué tu dices! – respondieron al otro lado de la línea, creando el canal de comunicación
– Que tengo una propuesta de trabajillo para ti, que recién me han propuesto que presente tres candidatos para un puesto de vicepresidente y que yo creo que tú lo vales, que recuerdo que en la universidad tú nunca me robaste las pavas porque te gustaban los maromos y siempre me pasaste los deberes. Además, me gusta lo que has hecho en tu empresa y creo que el puesto va a ser para ti
– Gracias, gracias, gracias, gracias … y así un minuto. Te beso y te lamo las uñas negras de los pies de tanto agradecimiento y quiero que sepas que se dijo y se habló que no te defraudaré y que seré el candidato que ellos se merecen y que tú quieres que sea y … bla bla bla
– Bueno, ya te llamarán para la entrevista. No se lo digas al que tiene el puesto ahora mismo que no sabe que lo van a poner en la puta calle

Cuando me explicó la conversación, le pregunté:
– ¿Lo conoces? ¿Al que van a echar?
– Pozí, todos estudiamos en la misma universidad y nos conocemos. El pobre desgraciado no sabe la que le tienen preparada. Ese una de estas mañanas verá que no lo viene a buscar el chófer y cuando llame se entera que le han dado la patada. No lo ayudaré a buscar otro trabajo. Es un cabrón de cuidado
– PoFale

y tuvo otras dos conversaciones similares en las que los otros dos que eligió le doraban la píldora y se ofrecían para lamerle lo que haga falta. Estábamos en ello cuando salta de un tema a otro y me dice:
– Tú siempre has sido el mejor de todos nosotros. El día que te de la gana, acabas de jefe

Yo lo miro flipando y pienso que ha vuelto a esnifar las toballas sucias en mi casa y le digo:
– ¿Estas loco, pibe? Con lo a gustito que estoy haciendo lo mínimo y ganando lo suficiente para vivir y para conocer el mundo
– Por eso. Yo, el Rubio y todos los demás nos tenemos que dejar la piel a la hora de trabajar y tenemos que estar todo el tiempo actualizándonos y tú captas las cosas a la primera y siempre encuentras los puntos débiles. Nunca he visto a nadie que sepa resolver situaciones complejas con la gracia y la soltura que tú tienes. Lo que pasa es que no te sale de los güevillos y ganduleas en un trabajo que requiere el dos por ciento de tu capacidad o menos
– Pos Vale, sí tu lo dices, pero que sepas que no me vas a ver de jefe y que yo con pasear en tu Porsche tengo
– ¡Lo vendí!
– ¡QUÉ! – grité atrayendo la atención de la gente que estaba en la terraza.
– Se lo vendí a un julay y no he perdido ni un leuro ni una lira turca. Ya estoy mirando para comprarme un Porsche Carrera. Está claro que no podremos llevar a mi hembra cuando nos vayamos por Estambul a fardar pero con esa preciosidad, las gafas de sol y un buen rap sonando en el equipo de música, vamos a parecer chuloputas – me dijo.
– Pues no te dejes ir y vete encargándolo que estas cosas toman su tiempo. Yo no me veo paseando por Estambul en el Mercedes, eso es un coche de clase muy baja. Nadie te respeta, por más que nos llevemos al conductor del banco

Y seguimos así, desvariando y bebiendo cerveza y en cierto momento cambiamos de local y almorzamos y sobre las cuatro lo acompañé a la estación de tren de Utrecht y nuestros caminos se separaron. Él regresaba a Estambul y yo salía escopeteado para mi casa para hacer los deberes de italiano antes de la clase. Seguro que nos veremos mas veces este año.

Visitando otra vez al Turco

Todo el que me conoce de verdad o incluso de mentira sabe que lo mío con el Turco es un bromance de verdad. Para aquellos menos duchos en los palabrejos inventados por los gringos, esta viene de hermano (Bro) y romance y viene a ser una relación de cariño extremo no sexual, o concretando, sin que ningún orto sufra daño alguno. Bueno, con el Rubio también así que debo ser polibromancico, palabra que acabo de buscar y no existe así que la definimos ya mismo como el julay que tiene más de un bromance. Posiblemente fueron los años que cimentaron nuestra amistad en Hilversum o que estábamos genéticamente destinados a ellos. Sea lo que sea, el Turco es y será uno de mis mejores amigos y como vivimos a unos dos mil doscientos kilómetros de distancia, procuramos vernos al menos una vez al año. El tercer encuentro de este 2012 se produjo el fin de semana pasado y se gestó hace un montón de meses cuando un día en el que estábamos hablando me picó e inmediatamente me compré el billete para ir a verlo. Esta ha sido mi quinta visita a Estambul y a estas alturas, mi pasaporte está petado de visas turcas, alguna de Omán, Malasia y otros países terroristas musulmanes con lo que si se me ocurriese ir a Israel, me hacen el enema y el completo con una certeza absoluta. Mis dos visitas anteriores a Estambul fueron con Transavia y aunque ese fue el primer lugar en el que miré, descubrí que Turkish Airlines tenían billetes mucho más baratos. Dudé un montón porque estos son los mismos que no hace ni cuarenta y cinco lunas estamparon un avión a unos pocos kilómetros de Schiphol porque el piloto vio toda esa hierba verde y se pensó que Holanda entera es una pista de aterrizaje. Me convenció que tanto en el año 2011 como en el 2012 han ganado el premio a la mejor aerolínea del sur de Europa, aunque digo yo que para un país que no pertenece a Europa y ni siquiera está al sur, sino al este, manda güevos.

El viernes me levanté antes que el gandul del sol, hice mis abluciones, me encochiné con unos panqueques americanos y al salir de mi casa llevaba una pequeña mochila de treinta litros con dos camisetas, calzoncillos, calcetines, pantalón de pijama, cámara, objetivos, pilas de repuesto y memoria, iPad, cargador de iPad y iPhone y un montón de galletas y chocolate. Fui a lomos de la Mili o quizás la Vanili hasta la estación, allí la dejé aparcada y seguí hacia mi trabajo en tren, haciendo el tramo final caminando. Durante la mañana curré y al mediodía dejé la oficina y fui a la estación de Hilversum a tomar el tren. Como no sabía lo roñosos que son los turcos con la comida, me comí unas papas fritas oorlog en la estación de tren, siendo esta salsa una combinación de mayonesa, una salsa con maní y cebolla picada por encima. Si nunca la has probado, no sabes lo que te pierdes. Oorlog en neerlandés significa guerra.

Al llegar al aeropuerto, subí a la terminal 3 y fui a pasar el control de pasaporte. Al no pertenecer Turquía a la Unión Europea, hay que mamarse una cola enorme y un montón de molestos controles a los que los truscolanes se tendrán que ir acostumbrando cuando tengan su nación tercermundista. Tras pasar por estos molestos previos, me acerqué a la puerta de embarque ya que hay que estar una hora antes, porque el sistema para países no comunitarios es distinto e implica un montón de molestias para disuadirte y que no vayas a esos lugares. Además de revisar mi equipaje me hicieron el escáner de cuerpo completo, así que discretamente me toqué un poquito pa’ que me saliera gorda y morcillona y la chama que miraba las imágenes me viera con otros ojos. Al pasar, como me miró, le sonreí y le puse mi mejor cara que dice es que como me gusta la fotografía también me llevo el trípode. Después tuvimos que esperar allí dentro, encerrados, casi treinta minutos hasta que pudimos ir al avión. Iba sentado cerca del final, en un lugar que estudié cuidadosamente para evitar tener alguien sentado a mi lado y efectivamente, el asiento del centro quedó vacío y lo ocupó mi iPad y el zueco de chocolate lleno de bombones y los tres chupachups de chocolate que le compré a la hija del Turco. Despegamos en hora o quizás incluso antes, aunque me lo perdí porque me dio el jamacullo y me dormí. Si yo tuviera problemas de insomnio, pondría un motor de avión junto a la cama. A mí ese ruido me duerme instantáneamente. Me despertó la azafata cuando pasaba dando bolsas con frutos secos y un papel con el menú. Lo flipé en colores. Podíamos hasta elegir la Comida. Yo opté por las albóndigas de carne de vaca. Me encochiné. No recuerdo un vuelo con tanta comida en este milenio, salvo por esos en los que haces más de siete horas en el avión. Que rico que estaba todo. Hasta con cubiertos de verdad y no las mierdas de plástico.

Al llegar a Estambul ya incluso reconozco las barriadas desde lo alto. Tomamos tierra, aparcamos y salí pitando a comprar mi visa para ponerme en la cola de control de pasaportes. Al salir me esperaba un señor con un cartel enorme del banco en el que el Turco es uno de los grandes jefes y mi nombre. Si lo llego a saber, me llevo las gafas Rocío-Jurado-Padecído con cristales panorámicos extra grandes para ese momento, porque las de rapero no causan la misma impresión y además, los cristales son muy obscuros y a las siete de la noche no ves ni torta. El hombre tenía la sagrada misión de llevarme a casa del Turco. Pagó el aparcamiento, me metió en el cochazo de puro lujo meri yeín y enfilamos a las salidas. Se fue a la barrera más a la izquierda, la octava, escanea la tarjeta y aquello no se abre. Tras unos cuantos intentos, retrocede un poco y se coloca en la séptima barrera. Lo mismo. Retrocede y vuelve a la octaba. Nada. Saltamos a la séptima. Nada. Elige la quinta. Nada, que no funciona. A todas estas, en la primera hay seres humanos pero él en sus trece. Vamos a la cuarta. Nada. Tercera. Nada. Segunda. Nada y finalmente, tras diez minutos saltando de barrera en barrera, llegamos a la primera, la chama con el trapo de limpiar el suelo cubriéndole la cabeza lo mira, lo pone y nos abre la puerta. No le di de cogotazos porque había un cristal separándome de ese ser inferior pero por supuesto que me chivé al Turco. En lugar de la ruta tradicional, eligió otra más exótica pero da igual la hora, Estambul un viernes es una pesadilla horrenda y el tráfico es lo peor. Tardamos más de una hora en llegar a su casa. En cierto momento, vamos paralelos a una avenida en la que caminan cuatro clones de Doña Rogelia, todas cogidas del brazo y con unos bigotes que ni el bigote Arrocet y las cabronas avanzaban más rápidas que el coche. De alguna manera, tras todo este sufrimiento conseguimos llegar al complejo en el que vive el Turco y él salió a recibirme, o más concretamente, a darme un abrazo que no veas y que por suerte nadie ha grabado. Cené ligeramente en su casa, estuvimos de tertulia con su mujer y por la noche nos fuimos al cine, más que nada porque necesitaba una excusa para sacarme de la casa y llevarme en su nuevo Porsche Cayenne. Le mandé un iMessage al Rubio para explicarle que si quiere seguir siendo mi más-mejor-amigo, o me manda limusina al aeropuerto y me pasea en un Porsche, o ya me la está chupando dos veces al mes porque si no le quito cien puntos de karma. El Rubio se quedó muy rascado porque yo le había ofrecido ir conmigo. El cine está en el centro comercial Kanyon y a la entrada está el servicio de aparcacoches, así que tuve que ponerme las gafas de sol pese a ser las once de la noche para salir del coche muy estiloso, con música de Metallica sonando desde el coche y avanzar hacia la entrada del centro comercial fastuosos y llenos de glamour. Nos tomamos una cerveza en uno de los bares de copas y entramos a ver Cloud Atlas, película de la que hablaré un día de estos pero que fue un poco mascosa. Volvimos a la casa cerca de las tres de la mañana.

El sábado nos levantamos tarde y nos fuimos a la zona de Caddebostan para desayunar en plan combinado con almuerzo. En ese lugar el mar Mediterráneo está delante de nosotros, las islas Príncipe se ven cerca y estamos en Asia. Como ya sabemos como son algunos por aquí, pongo un vídeo único y exclusivo, un documento espeluznante en el que se puede ver como estamos en tierra de nadie, dejando Europa a nuestra espalda y avanzando por el puente que nos llevará a Asia. También podéis ver que es un Porsche de verdad. Este es uno de esos momentos en los que podéis agradecer que no sea dosputocerolista y me guste viajar.

Después de encochinarnos en el House Café de esa zona, paseamos por la avenida, dejamos que la hija del Turco se canse y regresamos ya que por la tarde la niña y la madre que la parió tenían un cumpleaños y el Turco me usaba como excusa para saltárselo. En algún momento de nuestras negociaciones me preguntó si quería ir como VIP a un concierto de Jennifer Lopez. Yo ni sabía que sigue con vida, si debe tener más años que el tratado de Utrecht, así que educadamente le dije que no conozco ni una sola de sus canciones y que si hay que ir, pues se va, pero si no, también soy feliz. Al parecer él no quería ir así que me acusó a mí de no querer ir al concierto y su mujer se tuvo que joder. Nosotros pasamos la tarde juntos, no solo disfrutando de la compañía sino riéndonos sin parar como sucede siempre que nos vemos y sobre las siete nos encontramos con su parienta. Como no tenían a la mucama que les cuida la niña, no podían salir los dos conmigo, así que opté por una decisión salmanrusdiemónica y me fui con la mujer del Turco a ver La saga Crepúsculo: Amanecer Parte 2 ? The Twilight Saga: Breaking Dawn Part 2 ya que exáctamente un año antes fuimos a ver juntos la primera parte de esta cuarta parte. Llegamos con el Porsche al centro comercial, salimos con todo el glamour y un Orco reconoce a la Turca por haber sido presentadora de las noticias y le pide un autógrafo, mientras yo pongo cara de estar cansado de que esto suceda siempre. Antes de la peli nos comimos una hamburguesa ya que no teníamos tiempo para más y disfrutamos de la peli como bellacos. Al salir, volvimos a la casa y dejé a la mujer y me llevé al Turco. Regresamos al mismo centro comercial y como yo con el cine soy igual que las muñecas de Famosa cuando van hacia el portal, no tenía ningún problema en repetir con la película. Por supuesto hicimos el paseíllo con gafas de sol y los empleados del centro comercial mosqueados porque me ven llegar cada dos horas y media en el Porsche con una persona distinta y salir siempre igual de fabuloso. En las taquillas, íbamos a comprar las entradas para la sesión de la medianoche pero el empleado nos dice que a la sesión que empezó veinticinco minutos antes todavía se puede entrar porque la película empieza en dos minutos y tiene asientos VIP disponibles. Los compramos, nos aprovisionamos y entramos llegando a nuestras butacas justo cuando empieza la peli. Después de la misma, sesión de copas y tal y tal y otra vez a las tres y pico en la casa.

El domingo por la mañana, lo primero es lo primero y si vimos un vídeo sobre el puente, ahora vemos lo cerca que vive el Turco del mismo:

Delante del jardín hay unas ruinas arqueológicas de hace dos mil años que garantizan que no le van a poner un edificio tapándole la vista. También es el lugar favorito para potar, si es necesario ??

Después de desayuntar tiramos hacia el Mar Negro. Primero fuimos a un picadero en el campo, un lugar idílico y precioso que al parecer es propiedad de uno que empezó paseando a la gente a lomos de su gran danés disfrazado de pony, después puso caballos, le fue bien, luego muy bien, puso una cadena de restaurantes por todo el país y ahora está podrido de dinero pero sigue manteniendo el negocio de los caballos. La hija del Turco lo flipó con los ponies. Cuando la agotamos lo suficiente, continuamos hacia la playa de Uzunya para almorzar allí. Es una pequeña cala en el mar Negro, preciosa y espectacular y seguramente un secreto de Estambul ya que a menos que tengas un coche y conozcas el país no llegas en la vida. El restaurante que hay en el lugar está especializado en pescado. Tuvimos unos entrantes, ensalada, bonito a la parrilla, Helva de postre y por supuesto un cafelito turco. Hubo otro postre pero por despiste se me pasó fotografiarlo. Las horas pasaron y como todo lo bueno se acaba, ya se hacía tarde para llevarme al aeropuerto. El Turco acercó a su mujer y su hija a un lugar desde el que cogieron un taxi, puso el Porsche en modo deportivo, me recordó que no hay cámaras de control de velocidad en la carretera y básicamente nos hicimos un Grand Theft Auto por Estambul y me llevó al aeropuerto en un tiempo récord. Tras el abrazo im-presionante de despedida y de prometer que nos veremos de nuevo en febrero porque parece que vendrá a Holanda en esa época y me visitará, pasé los molestos controles de seguridad, me acerqué a mi puerta de embarque y me dormí tan pronto entré en el avión y me volví a despertar cuando empezaron a dar comida. Como ya iba enconchinado, opté por el plato de pasta y me lo jinqué. Después vi unas cuantas series y al llegar a Holanda aterrizamos en el puto Polderbaan con lo que estuvimos veinte minutos de paseo por la pista hasta que el avión aparcó. Este fin de semana había mantenimiento de trenes y en su lugar pusieron autobuses hasta la estación donde está el estadio ArenA y desde allí tomé el tren a Utrecht, seguí en mi bici y a las diez y media de la noche estaba en casa. Fue un fin de semana fantástico y agotador.

Fin de semana con el Turco

Todo comenzó en Otro viaje de esos

Mientras íbamos en el coche, me puso al día de los grandes cambios en su vida. Sabía que estaba buscando trabajo ya que le aburre hacer lo que siempre ha hecho, que no es otra cosa que escabechinas en bancos, que por algo cuando el Turco llega a uno, la gente llora por los rincones porque saben que antes de marcharse, se lleva por delante a muchos de ellos. La paradoja es que el trabajo que le han ofrecido y que aún no sabe si aceptará es en un banco. ?l todavía no lo tiene claro, pero si acepta tendrá a TRES MIL personas trabajando para él. Este es un buen momento para volver a leer la frase previa. TRES MIL. Y pese a ello para mí seguirá siendo solo el Turco, uno de mis amigos y lo seguiré ninguneando siempre que me convenga sin remordimientos. En el lado negativo de la balanza, si trabaja para esa empresa, tendrá que dejar su idolatrado BeMeTa y le pondrán un Passat, que ni es lo mismo ni es igual. Ya le he dicho que tiene que luchar para mantener el coche, que a mí que me vayan a recoger al aeropuerto en un Passat no me motiva lo suficiente como para ir todos los años a Estambul …

Cuando llegamos a su casa llegaron los abrazos y los besos de rigor e incluso la Barbiturca me miraba con cariño. La Barbiturca es una de las tres personas que tienen contratadas para el funcionamiento de la unidad familiar. Vive con ellos seis días a la semana y trabaja cuidando a su hija, es la YaYa. Viene de una familia que emigró desde el Kurdistán o algo así y el nombre le viene porque con ella han fracasado el señor Guillette, el señor Wilkinson y el señor Braun. La hijaputa tiene más barba que todos nosotros. Es como Pedro Picapiedra pero con tetas y piporro. Para aquellos que tengan curiosidad, cobra novecientos leuros al mes y con ese dinero mantiene a sus padres y a siete hermanos, ya que quiere de suceder y sucede que entre algunas de las razas de ese lado del mundo, al macho le corresponde el meterse en guerras y demás y a las hembras les toca trabajar para mantener a la familia y como ella tiene hermanos y no hermanas, pues ella trabaja y los mantiene a todos. Yo es que lo flipo con las mierdas religiosas y culturales. La chica comienza a comprender que están abusando de ella y al parecer está estudiando y quiere trabajar en una oficina, con sueldo digno y miserable y que le den por culo a su familia, que casi que es mejor tener enemigos que esa chusma a tu lado.

La madre del Turco me dejó un caldero lleno de albóndigas, un plato que me pierde con la versión turca de las mismas. La hija del Turco es una monería, un querubín que en febrero cumplirá dos años y que casi entra en coma cuando descubrió que no podía entender una palabra de lo que decían sus padres ya que hasta ese momento de su existencia solo había escuchado el idioma turco y no sabía que existen otros como el inglés. Nos bajamos al House Cafe para almorzar y seguir charlando con la gloriosa vista del Puente del Bósforo, Asia y Europa a nuestros pies. Más tarde paseamos por Ortaköy y encontramos un parque en el que la niña se dedicó a quemar energía. Por la noche fuimos a cenar. No teníamos reserva para el sitio al que íbamos pero tampoco fue necesario. Tras la cena nos fuimos al cine y después de la película seguimos de copas hasta casi las dos de la mañana.

El sábado por la mañana planeamos visitar un mercado local e ir a un bosque. Originalmente mi amigo quería llevarme a las Islas Príncipe pero en otoño/invierno no hay muchos transbordadores y tendríamos que pegarnos allí demasiado tiempo y esto hizo que por tercera vez, me quede sin ir a las islas Príncipe. ?l se lo toma más a pecho que yo. Visité Estambul para verlo a él y a su esposa e hija y personalmente, si nos encerramos en la casa durante el tiempo que yo estoy por allí, me lo pasaría igual de bien.

El mercado era de productos orgánicos, que a mí me podéis decir lo que os de la gana pero esas mandarinas escuálidas y esas verduras quemadas no me resultan demasiado apetitosas y que coño, donde haya un buen puñado de conservante E-XXX que se quite lo demás. En el mercado comimos unas tortas enormes rellenas de carne (orgánica, puesto que vino del órgano de algún animal) y nos tomamos unos cafelitos. Usaban harina integral, una que al Turco no le hace demasiada gracia pero que a un servidor sí que le gusta más que la otra (y de hecho, mis Pannenkoeken los hago con harina integral).

Desde el mercado nos fuimos a un parque a las afueras de Estambul o concretando un poco, a las afueras de Estambul en el lado Europeo de la ciudad. En el bosque nos dedicamos a caminar, rodeados de los colores del otoño, mientras la chiquilla del Turco flipaba con todo lo que veía a su alrededor y se enamoraba de dos caballos. En el lugar había un parque para niños y en el mismo jugaba un chiquillo con su padre. Cuando nosotros estábamos por allí noté que los entendía y tras unas micromilésimas de esfuerzo deduje que hablaban español entre ellos. Regresamos a la casa para el almuerzo y nos pusimos tibios con las albóndigas que nos dejó la madre de mi amigo. Gracias a Dios yo tengo un buen metabolismo y puedo absorber todas esas delicias sin abandonar el número mágico, 64. Es bueno saber que si algo falla, todavía tengo la carta de la maravillosa y siempre eficaz dieta Leididí también conocida como la Dieta DosDedos. Fue tanto lo que almorzamos que al final optamos por saltarnos la cena. Por la noche, comenzamos con una nueva película en el cine. Cuando llegas al centro comercial en el que se encuentra el multicines, hay tres tipos de personas. Primero están los pobres, que usan el transporte público. Después están los Wannabe, que llegan con su coche y lo aparcan personalmente. El tercer grupo es el V.I.P., largas el coche a un mozo que te lo aparca y cuando estás saliendo los llamas y para cuando llegas a la entrada lo tienes en la puerta. El servicio te cuesta cinco leuros y solo por la envidia del populacho merece la pena. Al cine fuimos con la Turca, que se empeñó en ver La saga crepúsculo: Amanecer (Parte I) ? The Twilight Saga: Breaking Dawn ? Part 1 y aunque mi amigo intentó hacerla cambiar de idea, se tuvo que joder. Tras la película, ella estaba cansada y la dejamos en su casa y nosotros nos fuimos a un club de Jazz para ver un concierto de una cantante brasileña. Después me enteré que el Turco pagó cien leuros por nuestras entradas. Que nadie se preocupe, que le di un fuerte abrazo y las gracias. Con esa mala suerte tan característica que me acompaña siempre, nos tocó al lado de dos tías. Si hay una verdad cierta en el mundo es que cada uno de mis amigos tiene un punto débil y es mejor no tocárselo. Por ejemplo, nunca, nunca, nunca has de poner cerca de Waiting un mojito porque le entra el frenesí. Tampoco has de dejar que el Niño flirtee cuando ha bebido porque acaba con unos callos de escándalo y después te jura por Mafalda que era un pibón. En el caso del Turco, pase lo que pase, no lo acerques a unas lesbianas porque se cree que tiene los mismos poderes o más que Santa Teresa de Raticulín y cree que las va a curar. Fue ver a la camionera y empezar a agitarse como perro en celo tratando de llamar la atención de la modosita, esa que todos nos preguntamos siempre como pudo ser que acabó en manos de la otra. El concierto fue fantástico y según pasaban los minutos, se podía apreciar como la silla del Turco se iba moviendo ligeramente en la dirección correcta. La camionera se dio cuenta y comenzó a chulear pero la pobre debe haber visto muchos Spaghetti Western y no daba pie con bola ni marcaba el suficiente paquete con el piporro como para impresionarnos. Cuando acabó el concierto nos quedamos en el lugar tomándonos unas copas mientras la cantante se paseaba por el lugar y hablaba con todos los que decidimos no marcharnos y la machorra se llevaba a su hembra a un lugar más seguro.

Al salir, vimos cerca de una discoteca una pelea de Lobas. Dos chamas turcas se trataban de sacar los ojos y arrancarse los pelos sin que supiésemos muy bien la razón aunque intuimos que una de ellas seguramente le pisó el macho a la otra y claro, por un quítame allá esa polla se puede armar el Belén en un instante. Cuando quedó claro que la sangre no iba a llegar al río entramos en un pub y seguimos bebiendo y charlando animadamente con música chill-out de fondo. A altas horas de la noche regresamos paseando a su casa.

El domingo yo madrugué y a las ocho ya estaba en la ducha. Después me encerré en la cocina y preparé Pannenkoeken ya que igual que a mí me molan las albóndigas de la madre del Turco a él le mola mi comida y quería que le hiciera algo. Nos pusimos ciegos a comer y cerca de las diez de la mañana me despedía de su mujer y su hija para ir al aeropuerto. Ella me pidió que me mude a Turquía y si es necesario hasta se casa conmigo. El Turco parece coincidir con ella en que me tengo que mudar pero que ya. Camino del aeropuerto recapitulamos y repasamos esta corta estancia por allí. El Turco solo me reprochó una cosa. Me ha dicho que nunca más vuelva por menos de dos días. Que la próxima vez me quede al menos tres.

En el aeropuerto, una cola que no veas para entrar en el mismo por los controles de seguridad así que el Turco me llevó a la sección V.I.P., le dio dos gritos a los que estaban allí y pasé sin más problemas. Nos despedimos y nuestros caminos se separaron. Yo recogí mi tarjeta de embarque, pasé el control de pasaporte y después de comprar un par de chucherías, me dirigí a la puerta de embarque. A la hora debida no nos llamaron y tuvimos que esperar como veinte minutos. Cuando por fin llegamos al avión y entramos, nos anunciaron que por culpa de la niebla no permitían el despegue del avión y teníamos que esperar unos cuarenta minutos. Aproveché para echarme una cabezadita. Me desperté al despegar y durante el vuelo vi un par de episodios de mis series favoritas, escuché música y jugué con el iPad mientras los que iban sentados a mi lado me miraban con envidia. En el momento en que debíamos comenzar el aterrizaje el piloto agarró el micrófono y se puso a echarnos un discurso sobre la niebla y tal y tal y que se resumía en que no nos dejaban aterrizar y si en una hora no daban luz verde, acabaríamos en Bruselas. Mas tarde nos dijo que en lugar de Bruselas sería el aeropuerto de Lelystad (una cutre pista en el medio de la nada) y luego dijo que quizás sería Eindhoven, aunque después confirmó que estos dos últimos estaban llenos y sin espacio para recibir más aviones así que o era Amsterdam o Bruselas.

A mí más que lo de aterrizar aquí o allí, lo que me preocupa es que hayan calculado mal la cantidad de combustible. Decidí echar mano de mis influencias y contacté con mi Ángel de la Guarda. En unos minutos el piloto anunció que nos dieron luz verde y comenzamos las maniobras para aterrizar. A unos quince metros (de altura) de la pista entramos en la bruma y aterrizamos a ciegas en el puto Polderbaan, con lo que veinte minutos de rodadura hasta llegar al aeropuerto. Allí, hora y media después de la hora prevista, pisé territorio neerlandés. El tramo final fue en tren hasta Utrecht y en bicicleta hasta mi casa, a dos grados sobre cero y con una niebla tan cerrada que no permitía ver nada más allá de unos veinte metros. Y así acabó mi fin de semana en Estambul, del que me quedo con una frase del correo que me mandó el Turco después de marcharme: Siempre es un placer tenerte alrededor de mi familia. Vuelve pronto.