Desde acá para allá o quizás sea de allá para acá

Puede que la razón esté en que lo hago prácticamente todos los meses pero lo cierto es que la rutina de preparación de los viajes la tengo muy trabajada y cada vez me sale mejor. Voy apilando todo lo que me quiero llevar en el dormitorio de invitados y a la hora de hacer la maleta, me toma menos de cinco minutos y no me suelo dejar nada atrás. En mayo fue Zaragoza, después vino Nueva York, que llegó hasta Junio y ahora Gran Canaria. Tres lugares distintos, tres compañías aéreas y tres viajes que requerían diferentes cosas. Lo que toma más trabajo es la preparación de la bitácora. Cuando en diciembre del año 2005 elegí tener cierta regularidad a la hora de escribir, mi mundo virtual salió ganando pero en las épocas que tengo vacaciones me obliga a un incremento de la actividad para prever posibles apagones o simplemente porque voy a desconectar completamente. Así que mi viaje a Gran Canaria comenzó escribiendo un par de horas el día antes y dejando al menos material para tres días, además de todas las fotos de la semana.

El domingo, desayuno copioso y variado para acabar con la comida que no va a sobrevivir toda una semana. Comencé con unos huevos revueltos con cilantro y seguí con fresas y un gran vaso de leche. Mi vecino recibió las instrucciones pertinentes ya que se ocupa de la casa y el jardín en mi ausencia y a la hora planeada me acerqué a la parada de autobús con la mochila y el trolley. El autobús llegó con dos minutos de retraso, algo prácticamente inaceptable y que por poco me arruina el buen humor del día. Recuperó el tiempo perdido en la ruta y nos dejó en la estación tres minutos antes de la hora de llegada. Compré mi billete para el tren y me acerqué a un cajero para sacar dinero. Podría hacerlo en Gran Canaria, en cualquier cajero, de cualquier red y en ninguno me cobrarían comisión alguna porque ese es el compromiso de mi banco, el poder sacar dinero en todos y cada uno de los países de la vieja Europa sin pagar comisión. Sin embargo, siempre estoy leyendo en la prensa española sobre movidas raras con cajeros y supongo que perdí la fe y prefiero llevar el dinero conmigo desde Holanda.

En el tren, un grupo de rusos celebraba la victoria de la selección de su país frente a la neerlandesa y la gente les lanzaba miradas cargadas de mal de ojo. Afuera hacía un montón de calor y las vacas agitaban las colas espantando a las moscas mientras comían para seguir produciendo leche. Holanda es un lugar maravilloso, lleno de lugares que parecen sacados de postales, con ese verde intenso de la hierba, el agua que forma una tela de araña inmensa que recorre todo el país y esa deliciosa sensación de dejadez que da el no tener montañas en el horizonte.

Cuando llegamos a Eindhoven recorrí la estación buscando algún lugar para comprar algo que me faltaba pero no hubo suerte. Me acerqué al autobús y en menos de cinco minutos ya estábamos en ruta hacia el aeropuerto de Eindhoven. Para aquellos que visitan Holanda a lomos de Ryanair o transavia y quieren ir desde este aeropuerto hasta Amsterdam o Utrecht hay dos posibilidades. Una es usando los medios de transporte público y la otra es con una compañía de autobuses que tiene un servicio directo desde el aeropuerto hasta Utrecht y Amsterdam. Yo prefiero el transporte público porque no me fío de la autopista A2, que es por la que ha de circular ese autobús y que ostenta todos los récords de atasco en este país. El autobús 401 te lleva por varios de los distintos campus que tiene la empresa Philips en Eindhoven. Además de pasar por delante del estadio, visitarás los distintos lugares en los que se diseñan muchos de los aparatos que te rodean.

Al llegar al aeropuerto tenía que esperar un rato para facturar y lo que hice fue conectarme a Internet y matar el rato. Cuando me dieron mi tarjeta de embarque le pedí a la chica que me pusiera en la última fila y así fue. Subí a la terraza para tomarme un capuchino mientras los aviones llegaban y se volvían a marchar y más tarde pasé el control de seguridad y me senté en la sala de espera.

A la hora de embarcar, entramos a la carrera en el avión porque al parecer todo el mundo tiene pánico de ver su asiento birlado por otros, algo que casi nunca sucede. Una mujer que rompía las barreras del concepto de obesa y las superaba tranquilamente se arrastraba por la pista en dirección al avión y terminó sentada delante de mi, en la penúltima fila, con dos asientos y uno de esos cinturones para bebé que usó para poder amarrarse. Resoplaba como un caballo viejo mientras su marido trabajaba de lacayo personal y traía y llevaba todo lo que ella pedía. Pensé que al despegar echarían el asiento hacia atrás y reducirían mi espacio vital (compuesto por tres asientos) pero no fue así, seguramente ni llegó a descubrir en donde estaba el botón para mover el respaldo.

Despegar en el aeropuerto de Eindhoven es una gozada. Cierran la puerta, encienden los motores, arrancan y despegan, casi sin que pase nada de tiempo. El piloto nos dijo que había un fuerte viento de morro y que por eso tardaríamos cuatro horas y cuarenta y cinco minutos, bastante más de lo que suele ser habitual. Una vez te obligan a apagar tu iPod y tu teléfono móvil estás en manos de esta gente así que te resignas y esperas. En esas hora aproveché para ver dos episodios de una de las series que sigo, escribir algo y escuchar un montón de Podcast que se apilaban en mi reproductor de mp3 desde que fui a Nueva York.

Estábamos pasando sobre Lisboa cuando me metí en el baño para la descompresión. Solté todo ese aire que acumulo desde que despegamos y que pugna desesperadamente por emigrar y buscar nuevos mundos. Gracias a Dios los ruidos del avión camuflan los estampidos subsónicos que se producen allí dentro.

Aterrizamos con casi tres cuartos de hora de retraso y mientras la gente se levantaba y se ponía histérica pensando que la isla se va a marchar y hay que salir cuanto antes, yo me dediqué a echarme una partidilla al juego al que estoy enganchado en el teléfono. Al salir, me acerqué a la cinta para recoger mi equipaje y tuve suerte ya que salió de las primeras. Mis padres ya estaban esperando y así, sin prisas y con alguna pausa puedo decir que ya estoy acá o quizás sea allá.

2 opiniones en “Desde acá para allá o quizás sea de allá para acá”

  1. Cagas en el avión despues de haber cagado en el aeropuerto? o es que en este viaje no te había dado tiempo a desquitarte las tasas antes? jajajajajaja

  2. No, el vaciado del tanque de substancias de desecho lo hago en el aeropuerto y en el avión es solo un reajuste de gases porque me inflo como los tamborines, esos peces que se ponen como globos.

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