Día 2. El castillo de Praga y un millón de escalones

Praga Julio 2005

Mis memorias de Praga comenzaron en Nos vemos en Praga. Forman parte de mi diario y de las cosas que me gustaría leer y recordar en el futuro. Al igual que otros viajes que he contado, son memorias sueltas de esos días contadas con muy poco orden.

El sábado nos despertamos temprano, aunque no mucho. Yo ya llevaba una hora escuchando un libro cuando Kike se decidió abandonar el mundo de las vivencias oníricas. Nuestro plan para ese día incluía el castillo de Praga. Tras las abluciones matutinas y lidiar con la hordada de chinos que habían llenado el hostal, salimos a la calle. Debo tener algún tipo de implante neuronal que atrae a los chinos, porque de todos los hostales de la ciudad, seguro que aquel era el único que tenía una banda de chinos, algo nuevo para mi amigo pero habitual para mí, acostumbrado como estoy a vivir entre asiáticos.

La guía Lonely Planet de la ciudad nos permitió encontrar la ruta más óptima al castillo. Fue un paseo por la parte alta de la ciudad, paseo correctamente señalizado y que nos dirigía hacia nuestro destino sin más problemas. Al llegar a las puertas del castillo te encuentras con una multitud. Aprovechamos para desayunar en una cafetería que estaba justo a la entrada. Después vimos un cambio de guardia en una de las puertas, rodeados por una multitud. Lo del cambio de guardia es siempre igual, sólo cambian los uniformes. En todos los países tienen la misma ceremonia y las mismas multitudes se apilan para disparar sus cámaras. Cuando acabó la ceremonia tratamos de encontrar el lugar en el que comprar las entradas. La oficina de información estaba cerrada, aunque en su puerta nos cruzamos con un grupillo de japonesas, algo que a mí me pierde. Les hice una foto. Después de recorrer plazas dentro del castillo encontramos el lugar en el que vendían las entradas, fácilmente reconocible por la cola kilométrica. No nos quedó más remedio que disfrutar de esos veinte minutos de pausa, con una sola empleada atendiendo a todo el mundo. La pobre mujer hacía lo que podía. Como curiosidad decir que además de la entrada hay que pagar un euro adicional si se quieren hacer fotos dentro del lugar, aunque sólo se controla en las puertas, con lo que os podéis ahorrar la pasta si algún día vais por allí.

Pražský Hrad - Castillo de PragaEl primer lugar al que entramos fue a la catedral de San Victor o Chrám Sv Víta. Como toda catedral que se precie, tiene espectaculares vidrieras, rincones de una belleza sobrecogedora y santos enterrados por todos lados. Para aquellos que deciden no pagar hay una parte que se puede visitar, aunque se pierden lo mejor. Una vez entras en la zona protegida, puedes ver frescos fascinantes, tumbas de hombres que lo dieron todo por la iglesia y similares. Detrás de nosotros venía un grupo de monjes italianos, varios de ellos bien jóvenes y bien alimentados. Traté de hacerles una foto, pero es difícil con el pedazo de cámara que tengo, al menos si no quieres que se den cuenta. En los sótanos de la catedral visitamos unas cuantas tumbas. Estas cosas a mí siempre me han producido una sensación extraña. Me pregunto que pensarán los muertos cuando ven que están como en un escaparate y que sus huesos vibran al son de los pasos de los visitantes durante todo el día.

Río Moldava desde la Gran TorreEl momento cumbre de la visita a la catedral fue cuando comenzamos a subir las escaleras de la gran torre. Aquello no parecía tener fin. Fueron 399 escalones, encerrados en un cilindro que apestaba al sudor de todos los que lo llenaban, con gente subiendo y bajando al mismo tiempo por aquellos escalones diminutos. De vez en cuando la lenta procesión que de la que formábamos parte se detenía sin razón aparente. Tras unos segundos de desconcierto volvíamos a arrancar y seguíamos la ascensión.

He de decir que mereció la pena. Las vistas desde allá arriba eran espectaculares. Todos esos tejados rojos, el río marcando el paisaje, las cúpulas, los puentes. Se puede rodear la torre y hay vistas hacia los cuatro puntos cardinales. Todas tienen algo hermoso, algo pintoresco y que te deja pensativo unos instantes. Allá arriba éramos legión.

Río Moldava y puente de San CarlosAntes de bajar estuvimos un rato mirando el mecanismo del reloj que se encuentra en la gran torre. Aparte del retraso que arrastraba, pensamos que no estaba funcionando ya que no se apreciaban partes móviles, pero de vez en cuando el trasto se activaba y se movía un poco. La bajada se me hizo tan pesada como la subida. Deshacer los 399 escalones, sumergidos de nuevo en ese hedor a sudor de otros no fue agradable. Llegamos a la salida desesperados por salir de allí.

Vladislavský sál - Salón de VladislavNuestra siguiente parada era en el Starý Královský Palác o Antiguo Palacio Real. También se necesita entrada para acceder a su interior. Lo mejor del edificio es el inmenso salón de justas y celebraciones. Se nota la grandeza del lugar y mientras caminas por él te imaginas como tuvo que ser cuando entre aquellas paredes los que vivían eran reyes y princesas. Hay unos balcones con unas vistas preciosas de la ciudad y varias salas con armas y armaduras medievales. Todo este paseo lo hicimos leyendo la guía Lonely Planet y alternando estas lecturas con conversaciones más mundanas. En algunos puntos nos quedamos un rato quietos, admirando las vistas.

Bazilika sv Ji?í - Basílica de San JorgeCuando acabamos con el palacio real nos fuimos a la Basílica de San Jorge o Bazilika sv Ji?í, una pequeña iglesia preciosa tanto por fuera como por dentro. A su lado hay un convento convertido en parte de la Galería Nacional. Pasamos por las exposiciones que allí habían como un suspiro. Es lo bueno que tiene la incultura, que sólo aspiras a cruzar las salas y te importa un pimiento el contenido. En una de ellas, había uno de esos cuadros horrorosos que a mí no me dicen absolutamente nada pero que más de uno y de una contemplan extasiados durante minutos. Estábamos Kike, una mujer y Yo. Hice mi típico comentario inapropiado para demostrar lo limpio e inmaculado que tengo mi cerebro y resultó que la mujer era española y lo entendió todo. Os podréis imaginar la gama de colores que alcancé.

Zlatá Uli?ka - Callejón del oroYa nos faltaban solo un par de puntos por visitar del castillo, que más que eso es un complejo de edificios detrás de una muralla. Paseamos por el Callejón del oro o Zlatá Uli?ka e hicimos las fotos de rigor frente al número 22, en donde vivió Franz Kafka. Si el hombre viera en lo que se ha convertido aquello, seguro que vuelve a caer muerto del susto. En una de las tiendas tienen una colección increíble de armaduras y armas medievales. Esta parte del castillo aunque está camuflada es básicamente un montón de tiendas para turistas.

Tras esta pausa vimos la torre del polvorín o Prašná V?ž. Nada del otro mundo, sólo más escaleras que subir y un par de muñecos vestidos con trajes de época. Con esto completábamos la visita al castillo. Nos quedamos un rato sentados en uno de los patios recuperándonos del empache cultural entre las multitudes.

En ese punto elegimos hacernos una caminata de unos cuatro kilómetros que nos llevaría hasta la torre Pet?ín o Pet?ínská rozhledna. Bueno, para ser honestos lo elegí Yo, que Kike no dijo ni esta boca es mía. En este paseo de un par de horas vimos jardines y parques muy bonitos, como la isla de Kampa. Estuvimos junto a la escalinata que aparece en Misión: Imposible y recorrimos rincones que no son muy visitados por los turistas. Hay un momento en el que comienza la ascensión hacia la torre Pet?ín. Al principio pasas junto a las embajadas de varios países, entre ellos los Estados Unidos, con sus estúpidas y extremas medidas de seguridad habituales. Tras dejar las embajadas atrás, la calle se empina de mala manera y cuando crees que no puede ser peor, se convierte en unas escalinatas interminables. Pensé que me moría, pero por orgullo y porque el otro cabrón parecía más fresco que una rosa no dije nada. Llegamos a los pies de la torre reventados. Nos compramos las entradas, yo feliz pensando que habían ascensores y me llevé el palo del milenio cuando me entero que hay que subir a pata. Otros 299 escalones. Los músculos de las piernas ya ni respondían. Subí porque Dios es grande y me quiere. Al menos las vistas fueron muy buenas y la bajada ni la noté de lo reventado que estaba. Volvimos a la civilización en un funicular cercano, que es lo que usa toda la gentuza que sube hasta allá arriba para hacer sus fotos.

Después del palizón, estuvimos por la zona del puente de San Carlos haciendo las típicas compras de turista, particularmente aquello que mi madre siempre me obliga a comprarle y más tarde volvimos al hostal. Tras la ducha de rigor y recuperarnos un poco, volvimos al casco antiguo para la cena. Pražský Hrad - Castillo de Praga de nocheIntentamos ir a un sitio que según la guía estaba muy bien, pero nos lo encontramos cerrado y liquidado. Mirando los lugares que tenían música Jazz en vivo, terminamos en el Red, Hot & Blues, en donde además de disfrutar de una cena con comida estilo Cajún pudimos escuchar música en vivo. Ya entrada la noche volvimos al puente para las fotos nocturnas de rigor. Nos lo encontramos igual de animado que durante el día. Terminamos en uno de los bares que están en la plaza del casco antiguo.

Ya tarde, cuando queríamos volver al hostal tratamos de buscar los tranvías que funcionan por la noche. Por supuesto elegí el camino equivocado y acabamos andando un huevo para tener que deshacer el camino. Preguntamos a un taxista pero el hijoputa intentó estafarnos y poco después encontramos la parada del tranvía. Por suerte pasan cada media hora así que no tuvimos que esperar mucho. Esa noche caí muerto, aún más cansado que la anterior.

Este relato continúa en Día 3. El fin del viaje.

2 opiniones en “Día 2. El castillo de Praga y un millón de escalones”

  1. Cariño, hay un “bueno” con “V”, cuando decides hacer la caminata de 4 km… Se me han subido los calores a pesar de la temperatura de verlo!!!!

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