El camino hacia er Dani

Aquellos que sois constantes y mantenéis un ojo en esta versión pública de mi vida, recordaréis que en marzo estuve en Málaga, justo antes de visitar Omán. Desde entonces no he hablado nada de ese viaje, salvo menciones de pasada. Los lectores malagueños han permanecido pendientes de estas líneas esperando el día en el que mi retorcida verdad contara lo que allí sucedió. Aún tengo pesadillas y por eso no lo he hecho. Fueron las seis horas más extrañas de mi vida. Todo lo que pasó en ellas me atormentará mientras viva. Trataré de ser infiel a la realidad y me tomaré todas las licencias iletradas que considere oportunas. Esta es mi verdad y así os la voy a contar. Sin embargo, antes de entrar en materia me gustaría saldar una deuda de honor y de paso realizar una pequeña loa a un amigo.

Todo comenzó cuando me recogió mi amigo Sergio en el aeropuerto. Desde que nos conocimos en 1992, en el año del quinto centenario, siempre he sentido un afecto especial por él y su familia. Trabajamos juntos durante seis meses. Primero estuvimos en la nueva central eléctrica que se estaba construyendo en Juan Grande y después tres meses en Lanzarote, en la puesta en marcha de un grupo diesel. A partir de la primera vez que me ignoró supe que seríamos amigos toda la vida. Y ahí seguimos. A veces no hablamos durante unos meses y luego, tras diez segundos al teléfono el tiempo parece no haber pasado. Aún recuerdo las cenas de los lunes en su casa en la calle Cirilo Moreno cuando veíamos expediente X y al marcharme sacaba la bolsa de basura. Añoro nuestras caminatas en el centro de la isla de los sábados que solían acabar pasando por el Chumino, la casa de mis padres en Ariñez en donde nos tomábamos una cerveza antes de volver a la ciudad. Sonrío cuando recuerdo la acampada en Veneguera, donde estuvimos unos días comiendo lo que él cazaba con su fusil de pesca submarina y aquella deliciosa dorada que devoramos en un asadero legendario. Cuando dejaron las Canarias y volvieron a vivir a Málaga (él, su esposa y su primer hijo), entendí esa letra de canción que dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Por su culpa estuve años yendo a pasar el fin de año con los suyos, una familia que también considero la mía. Aún ahora, todos los años busco la forma de ir por Málaga unos días, si es posible alrededor de la noche de San Juan y si no, en cualquier otro momento del año. No dejo de invitarlos a que vengan a visitarme a los Países Bajos aunque hasta ahora no lo han hecho. Siempre que voy a Málaga es lo mismo. Toda la familia se junta en la casa que tienen en el campo y tenemos una comilona. Siempre que voy allí acabo colgado de un cable eléctrico ayudando con algo, o desbrozando en el campo o haciendo Dios sabe qué. Son todos esos pequeños momentos de calidad los que recordamos.

Este pequeño prólogo no tiene nada que ver con la historia que voy a contar, pero quería dejarlo escrito en mi diario. Como sé que ellos lo leen, es una forma bien impúdica de decirles que estoy aquí y que esta historia es para ellos. Me gustaría agradecerles todos estos años de abrazos, besos, palmadas en la espalda, conversaciones frente a la tele o en la playa o en cualquier bar. Quiero que sepan que sé apreciar el que las puertas de la casa de Benalmádena estén siempre abiertas y que siempre me reciban todos como uno más de la familia. Además de esto, hoy es el cumpleaños de Sergio y desde aquí quiero felicitarlo. ¡Feliz Cumpleaños, amigo!

Esta historia continúa en todos queremos ser como er Dani