Encuentros en la tercera clase

Yo ya no dudo que a mí me suceden todo tipo de cosas absurdas. Ni siquiera me sorprendo. A veces me asusto un poco, pero eso es todo, he aprendido a vivir con ello. Al acabar el día de la reina tenía que volverme a Hilversum, el centro de mi universo y ese lugar al que llamo hogar. Por experiencias de años anteriores, me temía que lo del tren sería de miedo cerval. Lo primero era llegar a la estación Central de Amsterdam. Olvidarse de ir andando. Con tanta gente (en el orden de millones) se tardan horas. Así que cogí el metro sin pagar y me planté en la estación. Mi vagón iba medio vacío porque toda la parte delantera se había convertido en un inmenso meódromo y la orina campaba a sus anchas por allí. La gente entraba, enñurgaba el hocico, se iba a la parte de atrás y cuando estábamos en marcha, corría al encuentro de los efluvios úricos, aportaba su chorrito al bien común y en la siguiente parada se cambiaban de vagón. Desde casa del turco hasta mi destino hay 3 paradas, así que vi el espectáculo por triplicado.

Ya en la estación, lo primero era comprobar la normalidad de los trenes. En otras ediciones del Koninginnedag se montan convoyes especiales infinitamente largos y que paran en cualquier trozo de tierra en el que se pueda apear gente. Esta vez, o llegué tarde para ellos, o llegué pronto, o no los hubo. Mi tren estaba en su anden, listo para salir y sin retrasos o modificaciones de ninguna clase. Era uno de esos con dos alturas, en plan guagua inglesa. Caminando pude comprobar que el nivel inferior iba empaquetado de gente. La parte de arriba ni me planteé mirarla, porque todo el mundo sabe que las ventanas no se abren y en invierno es calentito y tal, pero en días como el que vivimos, es una sauna horrorosa. No tuve suerte, pero cerca del final encontré un sitio en una de las anomalías de estos trenes. Al final de cada vagón, cuando estás en la planta alta, hay unas escaleras que te llevan a las puertas. Justo al lado de esas escaleras quedaba un pequeño hueco y la compañía de trenes metió cuatro taburetes atornillados y montaron ?algo??. En el sistema ferroviario holandés hay sólo dos clases, la primera, con asientos individuales y más espacio, lugar aburrido donde los haya en el que casi nunca hay nadie, y la segunda clase, el lugar de la plebe, donde vamos todos, morisma, gentuza, gitanerío, pelanduscas y similares. El garito minúsculo que hay en las escaleras es supuestamente segunda clase, aunque es obvio que en realidad corresponde a la tercera clase. Con suerte caben dos personas y si se trata de un neerlandés de metro noventa y cinco, rubio y desgarbado, entonces ya no entra nadie más y el pobre parecerá un canario en su jaula.

Todo esto es para decir que me senté allí, en la pajarera de la tercera clase. Iba solo. El tren arrancó sin retrasos y todo iba viento en popa. En la primera parada, se subieron tres chochas que visto el panorama, se metieron en mi jaula. Uno que es de natural insensible y de concisión verbal escasa diría que allí olía a coño. Con seis tetas, tres papayos y dos arriolas, no había lugar para la intimidad. Una de las unidades femeninas, rubia por descontado, parecía un pelín tocada, afectada por alguna indisposición o lesión, al menos desde el punto de vista desde el que un psiquiatra observa el mundo, porque si nos referimos a la acepción de ?tocada?? que denota saber o conocer algo por experiencia, es obvio que ninguna era virgen a estas alturas y la que menos había sido ?tocada?? en múltiples ocasiones, que para eso la textura del cutis es definitiva y puede ser usada como prueba concluyente en cualquier juicio.

Dejo de desbarrar y retorno a la vía. La chica simulaba ser una india arapahoe, con todo el maquillaje corrido por su cara debido a los desastrosos efectos de las lágrimas. No estaba en su mejor momento, eso era obvio. Yo, que no quería tener vela en el entierro, procuraba mirar por el ventanuco sin decir este pene es mío. Dadas las limitaciones espaciales, era una situación un poco violenta, porque allí nos chupábamos el aliento unos a otros. En esas que aquella incrementa sus sollozos y grita algo. Lo podría haber dicho susurrando y lo hubiese escuchado igual, pero como optó por el incremento de decibelios, posiblemente todo el tren lo escuchó. Básicamente lo que dijo, una vez procesado por mis neuronas holandesas fue que todos los hombres somos unos gilipollas (asumiendo que pueda traducir como tal la palabra klootzak). Pese a mi incultura y mi poco mundo, yo capté el concepto claramente y noté que allí era la minoría en peligro de extinción. Me lo volvió a gritar, a pesar de que intenté mantener la actitud de despiste casual manteniendo mi vista perdida en el horizonte de las vías.

No funcionó. Giré mi cabeza lentamente hacia ella, desplegando mi sonrisa perfecta que es el orgullo de mi dentista y le respondí en imperfecto inglés que no todos los hombres somos gilipollas (utilizando el término bastard para dicha palabra) y que algunos hasta somos buenas personas. Ahí entraron sus amigas en la conversación. Primero averiguaron de donde era, Gran Canaria >> Canarias >> España >> Europa >> Mundo, después quisieron saber que hacía en estas tierras herejes. Luego mientras aquella seguía gimoteando me trabajé a las adjuntas y las convencí de lo bella persona que soy y de como mi espíritu latino, que rebosa mis venas y me hace maravillosamente sensible y campechano, no me permite ser un gilipollas. Les hablé de lo románticos que somos nosotros, de lo que cuidamos a las hembras, de los maravillosos momentos que podríamos pasar juntos mirando una puesta de sol de mierda cogidos de la mano mientras espero que se aburra de una puta vez para hincársela hasta el fondo, claro que expliqué los conceptos de otra forma, más romántica, que es como la gente nos ve a los latinos.

No me costó mucho convencer a las adjuntas, que comenzaron a vaciar el tarro a su amiga y a explicarle que sólo por haber catado una uva podrida no vas a dejar de echarle mano al racimo. A través de la propia protagonista me enteré que su novio de los dos últimos dos años y medio la había dejado por una pelandusca que había conocido la noche anterior, que su cipote ya no entraría en su vagina, que ya no podría escuchar sus eructos al atardecer ni lavar los lamparones de los calzoncillos de este hombre. Era lo peor que le había sucedido a una mujer en el universo universal. Nunca hembra alguna sufrió tanto. Mandé callar a las adjuntas y le dije que estaba muy equivocada. Puede ser peor. Le conté el cuento de la amiga chicharrera que se compra el piso para casarse con su hombre de siempre y meses antes de la boda, un día que sale de marcha con sus amigas, decide dormir en el piso y no volver a casa en taxi y cuando entra en el mismo se topó con su hombre follando en la cama con otro macho. Le dije que eso era indudablemente lo peor que te puede suceder y que lo suyo, lo suyo era mala suerte y una pésima selección del esperma. La animé a mejorar sus criterios para la elección de compañero de cama y a no dejarse llevar por el primer instinto. En los quince minutos que estuvimos juntos en el tren, hablamos de muchas cosas.

Resultaron ser unas hembras despechadas, pero nada que uno no pueda manejar con gracia y estilo. Las otras la ayudaron a quitarse el maquillaje arapahoe de la cara y la maquillaron. Salimos todos del tren riendo. Ellas venían a Hilversum de juerga. La dolorida me agradeció infinitamente lo que había hecho por su autoestima. Según sus propias palabras, nunca pensó que iba a reírse esa noche. Me invitaron a unirme a su juerga y uno, que es de natural reservado y de poca voluntad propia, se apuntó, pero esa es otra historia y creo que me la voy a guardar para mí.

3 opiniones en “Encuentros en la tercera clase”

  1. Vaya, eres el primero que lo pone en el aire públicamente. Los demás me mandan correos y mensajes pidiendo los teléfonos. Por no contar que el turco me está acosando. Quiero que sepáis que no abriré la boca para delatar a esos ángeles tan tiernos.

  2. Pues es una pena que no cuentes los detalles, pero bueno. Por mi parte, debo comunicarte que el frente australiano ha caido, hemos conquistado Sidney! Banderita en las antípodas.

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