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  • Mao’s Last Dancer – El último bailarín de Mao

    24 de julio de 2010

    Entre tanta película comercial procuro intercalar cosillas más serias y raras. Por lo general voy a esas historias solo ya que mis amigos corren a esconderse cuando escuchan el título. Mi tarjeta de cine ilimitado me permite acceder a los cines de la cadena Pathé en los Países Bajos y por suerte uno de ellos funciona parcialmente como filmoteca y está a cien metros de distancia del que yo suelo acudir (se llama el Pathé Tuschinski y el edificio es de los más hermosos de la ciudad y objetivo de los turistas). Una de esas películas es Mao’s Last Dancer, una extraña historia sobre un bailarín de ballet que al parecer se estrenará en España en diciembre de este año con el título de El último bailarín de Mao.

    A un niño julay lo obligaban a amariconarse y bailar ballet por la gloria de la mierda del comunismo

    Ya sabemos que el comunismo es una cosa muy mala y en esta historia nos cuentan su lado más malvado. Un grupo de «expertos» llega a un villorrio chino para reclutar niños y enviarlos a la capital para formarlos como bailarines de ballet. Se llevan a un pequeño de una familia muy pobre con siete hijos y el chiquillo de repente se ve separado de su familia y con un montón de gente que le exige que lo de todo y sea un excelente bailarín. A base de esfuerzo y sacrificio irá mejorando aunque el ballet no termina de gustarle y más bien le pone una de sus compañeras. Años más tarde unos americanos llegan a la ciudad y se fijan en él y proponen darle una beca para que se vaya en verano a los Estados Unidos. Los chinos aceptan y cuando el joven descubre ese mundo malvado del que tanto le habían hablado, alucina en colores y se plantea no volver nunca jamás, lo cual provoca un gran revuelo e incluso un amago de secuestro por parte de los chinos. El joven se convertirá en un gran bailarín pero el precio a pagar es no volver a saber nunca más de su familia.

    Esta película es uno de esos dramas que se van cocinando poco a poco y te van enganchando como una perra en celo. La historia es muy interesante y está muy bien llevada aunque me queda la impresión que se exagera el lado malvado del comunismo y se beatifica el capitalismo. Sin tanto ballet como se puede esperar y más bien centrándose en la historia humana, los actores hacen un excelente trabajo excelente. La película está basada en la autobiografía de Li Cunxin, y eligieron como protagonista a un joven bailarín que nunca había hecho cine pero que le da más realismo a las pocas escenas en las que tiene que demostrar que baila. Todo el equipo de actores secundarios que lo rodean hacen un gran trabajo y si hay que mencionar alguno, decir que Kyle MacLachlan queda perfecto como el americano que lo descubre y se lo lleva a los Estados Unidos.

    Un detalle que me llamó la atención es que el bailarín, cuando hablaba con su madre (o cuando hablaban entre ellos), se refería a sus hermanos no por su nombre sino por el número, como tercer hermano, séptimo hermano y … Según me explicó una amiga es algo que se hacía por respeto en la China más tradicional.

    No es cine para descerebrados ni para gente que no soporte el drama. Es una historia fantástica, muy bien narrada y que disfrutaréis si os gusta el buen cine.

    07/10

  • Motos con sidecar

    23 de julio de 2010
    Sidecar

    , originally uploaded by sulaco_rm.

    En mi rutina habitual a la hora de seleccionar el contenido para la bitácora intento que el conjunto vaya contando una historia, nunca se sabe si buena o mala, larga o corta pero siempre procurando que haya un tema subyacente. Como pongo bastantes fotos tengo una pequeña despensa en la que voy almacenando aquellas que creo que me pueden ser útiles. Después sucede lo de siempre y se me pasa la ventana en la que deberían aparecer y quedan ahí aparcadas para siempre o por un largo periodo de tiempo. Eso es lo que le pasó a esta imagen de un Sidecar. Debería haber aparecido junto con el relato del viaje a Malasia del año pasado pero al final no fue así y ahora que ando poniendo fotos de nuevo de ese país es el momento perfecto para ver esta moto con Sidecar. En Malasia y otros países de esa zona los sidecar siguen muy vigentes y se acoplan a motos grandes y más frecuentemente a otras más pequeñas. En Malasia si tienes una moto con sidecar eres un pequeño empresario y te mueves con ella por los pueblitos acudiendo a tus clientes. En la zona de Kota Baru vi varias de pescaderos, que llevaban su pequeña pescadería ambulante en la moto, con un montón de hielo y sobrellevaban de esa forma el bochorno. Sigo sin estar convencido de que el pescado se conserve en buenas condiciones si lo transportas así pero si la gente no muere, o se han adaptado y son resistentes al problema, o definitivamente el hielo es milagroso.

    Mi fascinación por esas motos quizás venga porque cuando era pequeño mi padre tuvo una y tengo grabados a fuego en mi memoria los recuerdos de aquellos viajes en la moto con el viento dándote en la cara. Eran fantásticos.

  • Cuevas Batu

    23 de julio de 2010
    Cuevas Batu

    Cuevas Batu, originally uploaded by sulaco_rm.

    A unos 13 kilómetros del centro de Kuala Lumpur están las Cuevas Batu. Se puede llegar con taxi o con la línea de autobuses 70 que sale desde Chinatown cada media hora. El viaje en guagua toma unos cuarenta y cinco minutos y cuesta 2.5 Ringitt. Si queréis volver en taxi, los taxistas que hay allí son unos ladrones y os intentarán pegar la clavada. Las Cuevas Batu son una estructura natural impresionante que por obra y gracia del hinduismo se han convertido en un templo. Los hindúes lo reclamaron desde finales del siglo XIX y construyeron las escaleras de acceso que con sus 272 escalones pone a prueba la condición física de cualquiera ya que añades temperaturas de treinta y pico grados y una humedad brutal y verás que no es tan sencillo como creías.

    Al pie de las escaleras está la estatua más alta de Murugan que hay en el universo, con unos cuarenta y dos metros.

  • Enseñando el piporro en bicicleta

    22 de julio de 2010

    Con una vidilla tan movida y con nuevas actividades llamando a mi puerta a cada instante, es normal que se me pasen historias que vivo y que quiero compartir pero que acaban en el baúl de mis recuerdos. Ayer hablaba con la Chinita y ella me decía que era imposible que te tropieces con una tía sin bragas en bicicleta y que vaya enseñando el potorro. Está muy equivocada y a las pruebas me remito: Todo comenzó en Las minifaldas no son para las bicicletas, una historia clásica de esta bitácora. En el año 2005 el momento dramático llegó con Los coños al sol y en el año 2006 fue El primer papayo maduro. En el año 2007 tuvimos El Primer Avistamiento primaveral y por culpa de un descuido no hubo anotación al respecto en el año 2008 aunque en el 2009 sí que la hubo con el simple título de El primer avistamiento.

    Con todas estas historias se confirma eso que todos ya sabemos: si hay algo claro es que muchas mujeres gustan de no ponerse ropa en los bajos y cuando pedalean en sus bicicletas se les ve hasta el infinito y más allá. Y la sencilla explicación de por qué otras mujeres no se dan cuenta es que ellas miran a los ojos o escanean el horizonte a la búsqueda de un paquetón de tamaño lata de Coca Cola con el que regodearse y nosotros miramos a la cueva oscura ubicada entre las piernas femeninas esperando encontrar el tesoro.

    El primer avistamiento del 2010 llegó a finales de abril. En la primera andanada de temperaturas cálidas la gente se olvida de la ropa y sale a la calle con lo mínimo. Ese día recuerdo que a las ocho de la mañana la temperatura ya era de dieciséis grados, poco menos que una ola de calor para lo que suele ser habitual a esas horas de la mañana por aquí y que generalmente son diez grados menos. Salí de mi casa en camiseta y a lomos de La Dolorsi recorría los kilómetros que separan mi casa de la estación central de Utrecht escuchando un audiobook y manteniendo mi boca cerrada para que no entrara ningún mosquito, que a poco que sube la temperatura las nubes de mosquitos se multiplican.

    El trayecto transcurrió con normalidad hasta la zona cercana a la estación. En mi esfuerzo final antes de entrar en el túnel norte de la estación veo que en dirección contraria venía otra bici. Como siempre, del tipo Omafiets, esas sagradas bicicletas holandesas de linea adusta, altas y perfectas para enseñar los bajos. Sobre ella una chica de unos treinta años haciendo eso que está prohibido y penado con multa. Con una mano sujetaba el volante y con la otra sujetaba el teléfono con el que no dejaba de hablar. Si esta fuera una bitácora con talante y tal y tal diríamos que la chica es de color, pero como éste es el paraíso de la ordinariez y la vulgaridad, regresamos a los felices ochenta y diremos claramente que la chica era negra. Llevaba unos zapatos de taconazos de esos del coño que hacen que se tambaleen y estén a punto de caerse como las mariconas que desfilan en las galas de Drag Queen carnavaleras. Iba a pelo, sin medias u otro tipo de prenda para protegerle las extremidades inferiores y su micro-minifalda roja acababa en el ombligo (o casi) que casualmente era el mismo lugar en el que empezaba. Completaba el conjunto con una blusita floreada y un exceso de maquillaje facial a lo payaso de la tele a punto de comenzar el programa de circo semanal.

    En mi cabeza, mi pervertida imaginación añadió la banda sonora y mientras me acercaba escuchaba «Había una vez ….. un circo que alegraba siempre el corazón» mientras la escaneaba de arriba a abajo buscando algún punto de anclaje interesante. Ella hablaba con su teléfono sin prestar atención y cuando mis sofisticadas herramientas visuales llegaron a la zona en la que se encuentra el meollo de la cuestión tengo tanta suerte que el sol está de mi lado y por ser un sol bajo y propio de la primavera, ilumina allí en donde normalmente no llega su luz. Las complejas rutinas que identifican formas de mi cerebro supieron instantáneamente que había tomate y la canción subió en volumen «lleno de color … un mundo de ilusión … pleno de alegria y emoción». La distancia entre los dos se acortaba y yo reduje mi velocidad y frené para alargar el momento en el tiempo. Concentré mis ojos en una zona determinada y reduje la profundidad de campo de mis ojos para asegurarme que ningún elemento secundario me distraía mientras la chica se daba cuenta por primera vez de lo que estaba sucediendo pero como tenía ambas manos ocupadas, no podía hacer mucho. Trató de cerrar las piernas pero la bicicleta se balanceó y osciló peligrosamente así que desistió. Yo seguía atentamente sus movimientos «había una vez, un circo … que alegraba siempre el corazon» y pronto apareció aquel lugar legendario del que tanto se dice pero que muy pocos han llegado a ver sobre una bicicleta en los Países Bajos. Sus bajos estaban al aire y allí, espléndida, tumultuosa, una mata de pelo como no había visto desde los lejanos ochentas, cuando en el cine porno las tías no se esquilaban el potorro y tenían unos bigotones del copón guardando la entrada de sus cavernas. Esa mata de pelo capturaba la luz y brillaba y mi cerebro se afanaba en inmortalizar fotograma tras fotograma, guardando toda esa información en lugares recónditos para no olvidarla nunca.

    En esos momentos en los que el potorro se hacía imagen y deleitaba mi vista, en esos mismos momentos sentí la ola de odio profundo que me enviaba la chama desembragada pero sabéis qué, no me importó en absoluto porque ya lo dicen las sagradas escrituras: ¡Si no te pones bragas, al menos tápate guarra!

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