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  • Día 3 – Fulidhoo – Miyaru Kan’du 2

    24 de enero de 2025

    Ya mirando la imagen fija vemos que esta segunda parte es un puro espectáculo de tiburones, que yo ahí cuento más de diez tiburones a nuestro lado, todos ellos tiburones grises de arrecife. Estamos en Miyaru Kan’du y esta es la segunda parte, de las tres que constan los vídeos de esta inmersión. La música que acompaña este  vídeo es la canción The Hardest Part de Coldplay.

    Comenzamos directamente con los tiburones, un montón de ellos, todos viniendo a aquel lugar porque les encantan las corrientes fuertes. Los vemos como si estar allí fuera fácil, pero si un julay submarinista se pone en su lugar, la corriente lo manda al recarajo, que nosotros estábamos trincados a las rocas con garfios. Es un privilegio el poder ver a estos animales tan cerca y tan relajados. La corriente está tras el borde de las rocas, por detrás, por donde nosotros nos pusimos, es manejable. Algunos de estos tiburones grises eran de más de dos metros. También podemos ver bancos de peces que están en la zona tan tranquilos, ninguno se siente amedrentado por los tiburones y casi que todos teníamos más miedo de un pez ballesta que apareció en la zona, que esos sí que son bichos malos. En el tramo final del vídeo un banco de peces se puso en el lugar en el que anteriormente estaban los tiburones, aunque vemos a dos de ellos nadando cerca de los peces, que procuraban respetar la distancia de seguridad, por si acaso, que nunca se sabe si el tiburón es truscolano, podemita o suciolista y esa gentuza no respeta nada ni a nadie.

  • Los saltos del primer semestre del 2025

    23 de enero de 2025

    Estaba yo tan feliz como una lombriz en una mielda de gran danés y desde la semana pasada me puse las pilas y comencé a comprar los billetes porque si no lo hago, después se ponen aún más prohibitivos. Una cosa previa, que llegó esta semana, fue una mochilita que compré en cierta tienda china y que tiene exactamente, exactamente las medidas del equipaje de mano del Raianer, o sea, 40x20x25cm y tiene una cantidad ingente de cremalleras y compartimientos y básicamente, es como un trolley, pero en versión minúscula, como se ve en la foto y con capacidad de 20 litros:

    Esa maravilla la estrenaré yendo a Málaga la semana que viene y la seguiré usando en el futuro. En marzo, ya tengo billetes para ir a Gran Canaria, en junio vuelvo a Málaga para la fiesta sorpresa de Sergio, que ya debe saber que se hará, pero yo igual tengo mi billete y en esa ocasión será con Isiyé y regreso el lunes y el viernes de esa misma semana vuelvo a Gran Canaria, lo que hace que ya haya llenado mi calendario de viajes para los primeros seis meses del año, aunque parece que serán todos a Málaga y Gran Canaria. Todavía existe la posibilidad que cuele algo en mayo para ir una semana a bucear, pero dependerá de que encuentre billetes a buen precio, que lo que he visto hasta ahora es un rescándalo, es un rescándalo. En los viajes a Gran Canaria pago para poder llevar también la bolsa grande de 40 litros y así poder traer papeo. Ambos viajes a Gran Canaria serán con transavia, compañía que el año pasado era muy cara pero este año parece que han ajustado los precios y son más baratos que las otras y tienen vuelos que regresan a horas normales, que puedo ahorrar veinte o treinta euros y volver de noche y llegar de madrugada al aeropuerto de Ámsterdam el sábado por la noche, pero prefiero volar en horas diurnas el domingo por la mañana y llegar a mi keli por la tarde. Ya he hecho un montón de esos palizones nocturnos en los que después aterrizas en el carajo y tardas media hora en llegar al aeropuerto, aparcan a veinte minutos de la estación de tren y para cuando llegas a la susodicha, el tren ya se fue y solo hay uno por hora, tienes que esperar allí en aquel desolado aeropuerto, durmiéndote y después viajar en un tren lleno de estudiantes borrachos como cucas que regresan a sus casas, procurando que nadie te vomite encima y con el hedor a vómito y una vez en la estación, ir en bicicleta a tu keli por calles desiertas llenas de más borrachos en bici y taxistas que desconocen las normas de circulación. Resumiendo, vuelvo el domingo por la mañana.

    Al final del verano intentaré colar otra semana en Gran Canaria, pero ya se verá, que el año pasado estaba imposible, con billetes más baratos a Niu Yolc que a Gran Canaria, con todas las compañías abusando porque la mielda de verano que hubo por los Países Bajos y que estuvo pasado por agua hizo que todo el mundo escapara hacia las Canarias.

    Como no quiero volver a cagarla en el resumen de viajes del año que viene, ya lo tengo actualizado y muy actualizado con todo esto:

  • Día 3 – Fulidhoo – Miyaru Kan’du 1

    22 de enero de 2025

    No veas como echaba de menos el visitar el mejor blog sin premios en castellano y ver vídeos de buceo, así que hoy volvemos a retomarlo y nos lanzamos de cabeza a mi tercer día buceando y visitamos Miyaru Kan’du. De esta inmersión me salieron tres vídeos, con lo que hoy tenemos el primer tercio. Ese día sí que salimos al océano Índico a bucear e hicimos dos inmersiones seguidas sin regresar a Fulidhoo. La música que acompaña este  vídeo es la canción Just Got Paid de *NSYNC.

    Lo primero que me llamó la atención fue ese arenal blanco en el fondo, con corales negros repartidos por todos lados. Sobre el primer minuto pasó un tiburón por encima de nosotros y después aproveché para salir en el vídeo. Al llegar al minuto y medio vemos tres tiburones de punta de aleta blanca. En muchas de esas partes en las que solo se ven burbujas, había un montón de tiburones grises, pero la visibilidad era muy mala para la cámara, aunque a los dos minutos y medio del vídeo ya tenemos a varios tiburones a nuestro nivel, yo cuento unos diez. Estos son tiburones grises, más grandes y robustos que los otros. A los tres minutos y medio vemos un tiburón gris grandísimo, que daba la impresión de que lo habían empreñado y después de ese otro, giraban justo delante de nosotros y después se iban.

  • De 23 a -1 en el regreso

    21 de enero de 2025

    Hace ya once días que comencé una nueva emigración desde África hasta Utrecht y como siempre, es algo que siempre parece tener nuevos y fascinantes problemas. Al ser el regreso post-navideño, volvía con veinticinco kilos de equipaje facturado, que eran literalmente veinticinco kilos y medio en la maleta, que la pesé y la repesé y la volví a pesar y todo, todo, todo y todo era comida. Además, llevaba el bolso de mano con otros doce kilos  y la bolsita de debajo del asiento con un par de kilos más, con lo que arrastraba cerca de cuarenta kilos en mi vuelta a mi keli, que comenzó con un taxi hasta la estación de Guaguas porque mover todo eso un kilómetro es casi misión imposible.

    Allí pillé la guagua al aeropuerto, puse la maleta en el compartimiento de equipaje y así llegué al aeropuerto, exactamente tres horas antes del despegue de mi avión, un vuelo de Tuiflai que me movería desde Gran Canaria al aeropuerto de Róterdam. Tenía asiento con ventana y desde la guagua fui directamente al mostrador de facturación, rezando para llegar antes que la miasma que viene en las guaguas de turistas, algo que conseguí. Tenían cinco mostradores abiertos y me pude poner directamente en uno. Subí la maleta como buenamente pude para que la pesen y le pongan la pegatina, la señora se lo comenzó a currar, tecleando y tecleando y le pregunta a la compañera a su lado y esta le confirma que parece haber un problema y el sistema está bloqueado. Los otros tres confirman también sus sospechas y llaman a los de los equipos informáticos, los pitonisos y brujos esos, para que lo reparen y me dice que espere unos minutos. Estoy super-hiper-mega relajado porque tenemos tres horas y además, soy el primero en la cola.

    A partir de ahí todo comenzó a ir mal, pasaban los minutos y no conseguían arreglar el problema y llegaba gente y más gente y más gente y ninguno de los cinco empleados podía hacer su trabajo. Yo ya estaba de tertulia con la mujer, que daba por supuesto que se arreglaría en unos minutos, cuando le dije que ya solo faltaban dos horas para el despegue y aún no habían comenzado con la facturación. En las colas, la gente ya se movía inquieta.

    Vino uno de los informáticos y dijo que iban a mover todos los datos desde una plataforma a otra más chachi y molona y que así se podría hacer el embarque, con el pequeño detalle, casi minúsculo, que la migración esa de datos seguramente tomaría una hora, que fue más. Para cuando comenzaron la facturación, el avión ya había aterrizado y quedaban cuarenta minutos para el despegue. Todo el mundo estaba ya con pánico. Avisaron a los que recogen las maletas en los sótanos del aeropuerto para que fueran inconscientes del problema y que fueran llevando las maletas al avión según aparecían. Como uno de los primeros en facturar, me fui a hacer el control de Inseguridad y tras esto, me compré una botella de agua, eché una meada y ya era la hora de embarcar y allí éramos cuatro gatos.

    Entré al avión y la tripulación ya sabía que existía un problema. La gente iba llegando con cuentagotas y por la ventana podía ver que las maletas llegaban igual, en pequeños grupos. Fueron pasando los minutos y diez minutos después de la hora del despegue, avisaron que el embarque estaba completo, cerraron la puerta, el chófer quitó el freno de mano y pisó el acelerador. Me dijeron que abrieron en total diez mostradores de facturación en paralelo y que así, procesando diez a la vez, consiguieron hacer en un rato lo que normalmente toma unas dos horas. Muchos se subieron al avión convencidos que sus maletas no llegarían con ellos porque literalmente caminaron desde la facturación al avión sin tiempo a pararse.

    Una vez despegamos, la rutina habitual de venta de comida y bebida, más ventas y más ventas y la gente, que no tuvo tiempo de comprar nada en el aeropuerto, arrasando, salvo los precavidos, que yo me vine con mi bocadillo de pata de cerdo asada con queso tierno y mojo canario envuelto en platina y mis gominolas. El piloto dijo que llegaríamos cinco minutos antes de la hora oficial de llegada y cumplió con su promesa. Al ser el aeropuerto de Róterdam uno pequeño y muy cerca de la ciudad, el aterrizaje fue espectacular, además con el cielo despejado, de noche y con todas las luces de la ciudad. Fue increíble y algún día muy lejano veremos el (o los) vídeos. Al aterrizar el piloto nos dijo que la temperatura afuera era de un grado bajo cero y que no podíamos salir del avión hasta que mandaran la guagua porque no se arriesgan a que se caiga gente en el hielo. La guagua era una pequeña, con capacidad para unos treinta y hacía un recorrido de cien metros hasta la terminal, dejaba a la gente y regresaba para coger otra tanda. La distancia era ridícula, pero bueno.

    Mientras sacaban a la gente, las maletas también salían y pronto comenzó a aparecer el equipaje, que la ventaja de ese aeropuerto minúsculo es que estas cosas suceden rápido. Cuando vi mi maleta, le di la bienvenida, puse sobre ella el bolso y salí arrastrando aquella cantidad monstruosa de comida.

    Fuera del aeropuerto, a menos de cien metros, está la parada de la guagua y para llegar a la susodicha sí que había que tener cuidado con el hielo, aunque vamos, con el peso de mi maleta, no creo que quedara mucho hielo por donde pasaron sus ruedas. El frío era traumático. Después vino la operación para subir todo aquello a la guagua, que es prácticamente izar mi propio peso, que yo no soy mórbido como algunos comentaristas. La guagua me llevó a la estación central de Róterdam y allí pillé un tren para Utrecht, que al no ser hora punta, solo hay uno cada media hora y tuve que esperar unos quince minutos. Una vez en Utrecht, usé los ascensores para moverme verticalmente y desplazarme desde el andén del tren, al andén de las guaguas, en donde pillé la que me llevaba a mi keli. Salí de la keli en las Palmas a las once de la mañana, hora Canaria y llegué a mi keli a las diez de la noche, hora neerlandesa, con lo que fue un ejercicio de diez horas. Por suerte avisé a mi vecino por la mañana y encendió mi calefacción y la casa ya estaba calentita cuando entré.

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