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  • Una historia de verano – 8 –

    2 de septiembre de 2022

    Comenzó en Una historia de verano – 1

    Yola estaba frente a un ratón muerto por escobazos y un coro de mujeres de la familia gritando desde la ventana del comedor. Ella miró a su madre y a su abuela para ver si la dejaban salir de aquel lugar infernal pero no, la abuela no mostró absolutamente ninguna pena y volvió a gritarle y darle órdenes.

    – Yola, busca los otros, tú sigue buscando que seguro que hay más. Muévete que seguro que ya están buscando otro sitio para esconderse – dijo la abuela

    Yola no podía ocultar en su cara la decepción tan grande que tenía tanto con su madre, como con su tía y su abuela. Resignada, volvió a la zona en la que descubrió el ratón y por si acaso, movió de nuevo la maceta de la que salió y para su sorpresa, otro ratón salió corriendo de allí y ella brincó y comenzó a gritar y eso provocó que la abuela, en primer lugar y la tía y la madre, también gritaran, un coro de mujeres aterrorizadas por un roedor que tiene un tamaño que podemos considerar infinitesimal si lo comparamos con aquellas mujeres bien llenas de gofio canario.

    Yola decidió hacer lo que le funcionó la vez anterior y siguió el rastro del ratón y empezó a mirar, desde lejos, en los platos de las macetas para ver si lo localizaba. Esta vez no lo tenía tan fácil, no podía verlo, así que tuvo que ir una a una, dando toques a las macetas para ver si lo asustaba y corría, que ella también estaba que se cagaba por las patas pa’bajo. Pensó de nuevo en la mala suerte suya de querer ir a casa de la abuela tan pronto, que se podía haber quedado jugando en las Casas Baratas con las niñas de la calle y ahora estaría allí tan feliz.

    Con uno de los golpes, notó un ligero movimiento bajo la maceta y cuando la empujó, el ratón salió corriendo y ella reaccionó instantáneamente y empezó a darle cepillazos al suelo en su dirección hasta que de nuevo, por puro azar, golpeó al ratón y lo noqueó. El ratón soltaba unos pequeños gritos, aunque con los aullidos de la abuela, la madre y la tía, casi que no se oía. Era como un coro de gente en el Coliseo pidiendo la pena de muerte a grito pelado.

    Ahora Yola tenía dos ratones muertos, en el suelo del patio de las flores y según ella, ya le deberían dar el relevo y hasta las gracias, que una niña no se levanta una mañana de sábado pensando que acabará encerrada en un patio con un cepillo de barrer asesinando ratones. Su abuela fue implacable:

    – Sigue buscando, que a lo mejor hay más y tú no sales hasta que hayas mirado todas y cada una de las macetas y hasta en la jaula de los canarios – dijo la abuela

    Yola regresó a la esquina en la que estaba trabajando y siguió metódicamente mirando en todas y cada una de las macetas, hasta que hizo la ronda por todo el patio de las flores. Después se acercó a la jaula de los pájaros, que estaban asustados de ver a aquella chiquilla neurótica dando cepillazos al suelo y se habían agrupado en la parte superior de la jaula, todos juntos para darse apoyo emocional unos a otros. En la bandeja debajo de la jaula no había nada. Allí no había más ratones.

    – Mamá, aquí no hay más ratones, este fue el último – le dijo a su madre

    – Yola, vuelve a la maceta de la que salieron los dos ratones y ponla de lado, recostada en el suelo, que igual ahí hay un nido – le gritó la abuela

    Yola pensaba que la puta vieja se estaba pasando y que ya podía hacerle castañas asadas y tortillas de carnavales para los restos, que si no esto no se lo perdonaría en la vida. Como sabía que no valía la pena protestar, se acercó a la maceta y cuidadosamente, la puso recostada en el suelo, procurando no romper el cactus que vivía en esa maceta. Para su horror, al ponerla así, quedó claro que en la parte de abajo había un hueco por el que podían entrar y salir los ratones.

    – Rompe la maceta y busca en la tierra – el grito de la abuela seguramente se escuchó hasta en el espacio sideral, que la mujer bramó la orden usando todo el aire disponible en aquella parte del planeta.

    Yola comenzó a dar golpes con el cepillo a la maceta, que era de barro, pero no conseguía romperla y cada vez estaba más frustrada, hasta que su madre, por la ventana, le pasó un martillo. Lo cogió le dio un golpe a la maceta y se deshizo en trozos de cerámica, con la tierra desparramándose por las baldosas del patio y ahí fue cuando aparecieron un montón de ratoncitos pequeños, como recién nacidos, sin pelo y con unos bultos en el sitio en el que debían estar lo ojos.

    Eran un montón y fue verlos y comenzar los aullidos de la abuela, de la madre, de la tía y hasta de la vecina, que regresó para poder informar al resto del barrio del luctuoso suceso. Yola se echó a llorar, que una cosa era defenderse de un ratón que corría y posiblemente la podía atacar y comerle una mano, pero esto es asesinato, estos bichos son inocentes. A su abuela estaba claro que se la sudaba ….

    – Mátalos, mátalos ya, Yola – gritaba la abuela

    La chiquilla dio un par de cepillazos y allí salían chorretones de sangre y el cactus definitivamente no se iba a recuperar de esta debacle. La abuela salió corriendo y volvió a la ventana del comedor con la pala y el cubo de la basura y se los dio a la madre para que se los pasara a la niña, que llorando desconsoladamente tuvo que recoger el fruto de su asesinato y hasta la tierra que estaba en el suelo y solo después de haber acabado, la abuela la hizo cerrar la bolsa con doble nudo, meterla dentro de otra bolsa que cerró también con doble nudo, meterla dentro de una tercera bolsa con más nudos y después de todo eso, fue a la puerta del patio de las flores y la abrió.

    Yola salió despavorida y se fue corriendo a su casa, jurándose a sí misma que pasarían años antes de volver a ver a la abuela …

  • Llegando al Gran Palacio

    2 de septiembre de 2022

    El Gran Palacio en sí creo que no se puede visitar por dentro, pero sí nos dejaban dar vueltas alrededor y es muy europeo y bonito, así que le hice unas cuantas fotos. Aquí se puede ver el masivo interés que tenía la gente en el edificio y lo lleno de turistas que estaba la zona, que creo que yo fui uno de los pocos que mostró algo de interés por este edificio, el resto de la gente estaba allí por el templo del Buda Esmeralda.

  • Una historia de verano – 7 –

    1 de septiembre de 2022

    Comenzó en Una historia de verano – 1

    A Yola le encantaba ir a la casa de su abuela, que también vivía en la Isleta, pero en la zona digna, donde las casas terreras, concepto usado en las Canarias para definir las casas familiares generalmente de una sola planta. Yola solía almorzar al menos dos o tres veces por semana allí, con la abuela, el abuelo y el resto de la familia y la abuela les preparaba comidas increíbles.

    Los fines de semana iba a veces y un día, al llegar, se encuentra allí a su abuela, su madre, su tía y una vecina, todas histéricas pa’l coño. Todas aquellas mujeres estaban gritando, alteradas y agitando los brazos sin control y todo eso, delante de la puerta del baño grande, en el pasillo junto a la puerta del patio de las flores, que estaba cerrada. Todas miraban hacia el patio.

    Yola supuso que miraban la jaula de los canarios de la abuela, pero no, miraban por todos lados pero por el cristal de la puerta. Su abuela la vio.

    – Yola, entra al patio y mata los ratones – le dijo

    – ¿Qué ratones? – preguntó Yola

    – Los que se me metieron en la casa en el saco de papas que mandó el tío Salvador – dijo la abuela – Chacha – gritándole a la madre de Yola – mete a la chiquilla en el patio y que los mate, dale el cepillo de barrer y que no salga hasta que los mate

    – Pero abuela – d ijo Yola

    – Ni abuela ni ná. Entra ya en el patio.

    La madre de Yola fue a abrir la puerta mientras la chiquilla miraba aprensivamente y se preguntaba por qué, entre todas esas viejas, habían decidido que ella era la única que no le tenía miedo a los ratones, que ella estaba igual de aterrorizada que ellas.

    – Pero qué haces, subnormal – gritó la abuela

    – Voy a abrir la puerta para que entre la chiquilla – dijo la madre

    – Estás loca. Si la abres se escapan. Abre la ventana del dormitorio y mete a tu hija en el patio por ahí y después cierra la ventana, que aquí no se abre nada hasta que los ratones estén muertos – dijo la abuela

    Yola estaba por comenzar a llorar y ya se cagaba en el momento en el que decidió ir a casa de la abuela para ver si le daba dinero para golosinas. La madre la trincó del brazo y la arrastró al dormitorio, abrió la ventana, la aupó y le dijo que bajara al patio. Como siempre, el patio estaba lleno de macetas, con muchísimas flores y en el medio de todo aquel vergel, una jaula gigantesca llena de canarios, algunos cantando, otros piando y todos excitados porque la presencia de la niña igual significaba que les limpiaban la jaula, que los papeles de periódico de la bandeja ya estaban llenos de mierda y de restos de la comida, que ellos tenían sus comederos y sus bebederos.

    Yola comenzó a mirar por las macetas, con muchísimo cuidado, sujetando el cepillo que la madre le tiró por la ventana antes de cerrar, pero allí no se veía nada. Afuera, en el pasillo, la abuela, la madre, la tía y la vecina, le gritaban dándole órdenes, pero con la puerta cerrada lo único que se oía era el barullo.

    Junto a la jaula había una maceta grandísima con cuatro patas y miró debajo de esa pero tampoco había nada. Hizo una ronda por el patio y por ningún lado había ratones. Miró hacia la ventana de la puerta del patio y les gritó que allí no había ratones. La abuela fue al dormitorio, abrió la ventana y le gritó:

    – Mueve las macetas, totorota, que seguro que están debajo de alguna – dijo la abuela – Y hazlo rápido, que yo con esta angustia no puedo preparar el almuerzo y como tu abuelo entre de la partida de cartas de la calle y no lo tenga listo, ya verás la que se monta.

    Si Yola antes tenía miedo, ahora era pánico, pánico a que uno de los ratones le saltara y la mordiera, pánico a morir allí, en el patio de las flores y a que nunca jamás sacaran su cuerpo, que su abuela prefiere el pestazo de un muerto a un ratón.

    Decidió comenzar por la zona pegada a la puerta del patio. Movió la primera maceta y no había nada. Siguió con las otras, una a una, mientras por la ventana, intentaban controlarla, aunque tenían un ángulo de visión muy escaso, así que todas las mujeres se movieron al comedor y la miraban desde la ventana de allí. Cada maceta que movía y en la que no había ratón le daba confianza, la hacía creer más y más que su abuela se había equivocado y allí no tenían ratones. Poco a poco iría avanzando y finalmente podría salir y marcharse.

    Movió la siguiente maceta y un ratón salió corriendo despavorido. Yola comenzó a gritar a pleno pulmón. La abuela comenzó a gritar. La madre comenzó a gritar. La tía comenzó a gritar y a darle golpes a la ventana y la vecina comenzó a gritar y a correr en dirección a la calle para ir a la tienda de Lucianito y contarle a todo el mundo quién tenía ratones en su casa.

    Cuando Yola por fin se calmó, siguió la ruta del ratón y descubrió que estaba intentando esconderse por debajo del lateral de un plato que había bajo una maceta. Con el cepillo en la mano, puso la mayor distancia posible entre ella y la maceta con el ratón y con el palo del cepillo, empujó la maceta y cuando el ratón comenzó a correr, la chiquilla reaccionó dando cepillazos en el suelo intentando pillarlo.

    El ratón hasta gritaba mientras corría y ella también gritaba y todas las mujeres, salvo la vecina que se fue a criticar, gritaban y Yola intentaba seguir al ratón mientras daba palos con el cepillo, sin saber muy bien lo que estaba haciendo hasta que de alguna manera, consiguió darle al pobre bicho, que se quedó quieto, moviéndose ligeramente y todas las mujeres desde el pasillo comenzaron a gritar aún más ordenándole que lo golpeara, que le diera y le diera y le diera hasta asegurarse que había muerto.

    Yola no podía pensar, aquello era como una pesadilla y esperaba despertarse en cualquier momento con la cara pegada a la tabla que le pusieron en su cama para que dejara de caerse por la noche, que la chiquilla es que no ganaba para hostias al caerse de la cama y su padre estaba hasta los güevos de los gritos y los lloros de madrugada, bueno, él y todos los vecinos, que con los ladrillos de papel de las casas baratas los gritos los podían oír todos. Finalmente el ratón dejó de moverse.

    Continúa en Una historia de verano – 8 –

  • Las donaciones a los monjes budistas

    1 de septiembre de 2022

    En uno de los accesos del templo y monasterio budista tenían la zona en la que recogían las donaciones de papeo para los monjes, que la gente venía con comida para darles y si no había suficiente, los monjes salen por la mañana a hacer las redadas puerta a puerta y como si no les das, te envían a truscoluña, que no es nación, en el portabultos de un coche, todos les donan. Los monjes se pegan unas sentadas de comer que no están ni escritas y la obesidad entre ellos era habitual, igual que los teléfonos más caros del mercado, que al parecer Buda dejó escrito que el voto de pobreza no se aplicaba a los dispositivos electrónicos. Mi primera experiencia con un panoli haciendo turismo y fotos con un aipá fue con un monje budista y aquel era de los caros, de los que tenían tarjeta de telefonino dentro.

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