Con la angustia tan grande que da saber que los hospitalizados por el virus truscolán y podemita siguen subiendo, el lunes, a falta de nuevas películas en la ciudad de Utrecht, escapé a Ámsterdam para saquear la filmoteca y también uno de los multicines de allí en el que están poniendo una comedia romántica que parece que jamás llegará a Utrecht. El día era un tanto raro porque estábamos en alerta amarilla por vientos truscolanes fortísimos y por lluvia, con lo que pese a ser día de salir a correr por la mañana, lo tuve que postergar porque habría sido una locura salir a la calle a recibir baldes de agua helada y luchar contra el viento. Como el viento iba hacia el norte, cuando salí de mi casa en bici para ir a la estación, mayormente no tuve problemas porque me empujaba por detrás y no fue hasta llegar a Ámsterdam cuando por fin lo pude sentir en toda su gloria.
En las más de dos décadas que llevo viviendo en los Países Bajos, no recuerdo haber visto la ciudad de Ámsterdam tan vacía (sin contar el 2020 cuando las tiendas estaban cerradas). Creo que en ningún momento me crucé con un turista, que aunque un lunes es un día malo para verlos, en el pasado siempre estaban ahí, los siete días de la semana. También encontré un montón de las tiendas que vivían de los turistas cerradas, han desaparecido y en su lugar han quedado locales vacíos. Recuerdo que en la zona en la que está el Hard Rock Café había una tira entera de esas tiendas y no ha quedado una abierta y en otros lugares, otros negocios, sobre todos los que pertenecen a multinacionales, están temporalmente cerrados y te dan las indicaciones para ir al que ha quedado «de guardia«, el que sigue abierto. Lo que sigo sin comprender es como el turismo ha caído estrepitosamente y sin embargo, la burbuja inmobiliaria está más inflada que nunca, con un incremento del precio de la vivienda el año pasado de cerca del treinta por ciento, no solo en Ámsterdam, también en Utrecht y prácticamente en todo el país. En mi barrio, que es el que está más al sur de la ciudad y que muchos de mis amigos decían que aquello no era ni Utrecht, ahora las casas están a precios prohibitivos y como son más grandes y más nuevas que en los barrios más cercanos al centro, ahora resulta que es más caro porque más gente se quiere mudar allí y tener una casa en la que no escuchas los peos del vecino ni puedes seguir sus paseos sonámbulos porque cuando tienen los suelos de madera, esas casas lo transmiten todo, estás conectado a dos de las tres autopistas que rodean la ciudad y tienes una cantidad ingente de parques a tiro de piedra para ir a caminar, correr o pasear en bici. Gracias a la página de venta de casas holandesas he descubierto que mi barriada periférica tiene once mil julays y el reparto estadístico de esa población está muy equilibrado.


