Otro de esos templos dentro de Chiang Mai que parecen hechos para una postal. En este caso vemos el viharn pequeño del templo, que como siempre, está compuesto de varios edificios y una estupa que se intuye a la izquierda por el fondo. Este es el templo más antiguo de Chiang Mai, de finales del siglo XIII (equis-palito-palito-palito). Dentro del templo de la foto hay dos estatuas pequeñas de buda que son ancestrales. Y no nos olvidemos que estos templos son de madera y son reconstruidos frecuentemente, así que ninguno saque conclusiones sobre lo bien que se conservan durante los siglos y siglos.
Con el cierre de los cines y la obligación del encierro, le he vuelto a coger gusto a lo de darme paseos en bici, sobre todo los fines de semana si hay buen tiempo. Hace unos años, cuando lo hacía, buscaba nuevas rutas todo el tiempo, lo quería ver todo en un radio determinado desde mi keli. Ahora lo tengo mucho más claro. Soy un privilegiado por la ubicación de mi keli, al sur de la ciudad de Utrecht. Cerquita de mi casa se unen el Amsterdamrijnkanaal y de Lek, ambos piezas del rompecabezas en el que se convierte el río Rín cuando se descompone en los Países Bajos. Entre estos dos ríos de nombre diferente pero del mismo padre y con las mismas aguas, hay una zona muy bonita para ir en bici y la ruta, completamente escénica, mil por mil billones en carriles bici, me permite hacer un circuito desde mi casa en unos treinta y siete kilómetros. Por lo general, hago el circuito en unas dos horas, sin prisas, parándome a hacer fotos cuando veo algo que me llama la atención, o simplemente a disfrutar de la belleza del entorno. Alrededor del río Lek hay un montón de zonas de recreo y playas y el carril bici va siempre por el lindero del río, sobre una duna que se hizo para evitar subidas del nivel del río Rín y que forman parte de la protección contra desbordamientos. La ruta me lleva a cruzar dos veces sobre el río, por puentes, algo que nunca deja de fascinarme porque lo de cruzar ese río gigantesco que recorre más de mil doscientos kilómetros en Europa es mágico, con esa agua que viene desde Suiza, Austria, Francia, Liechtenstein o Alemania.
Casi siempre voy primero hacia el río Lek y vuelvo junto al Amsterdamrijnkanaal, aunque dependiendo del viento, puedo cambiar el sentido, como hice el domingo pasado. Se me ocurrió usar mi pulsera mágica para seguir la ruta y al final obtuve la prueba visual de la ruta. Me paré tres veces y hasta eso quedó anotado. Las tres paradas están marcadas como puntos en el tramo derecho de la imagen, una en Het Goy y las otras dos del otro lado del río. Decir que el río Lek es también el borde con la provincia de Güeldres, que en neerlandés se conoce como Gelderland. Prácticamente en todo el paseo, o estoy junto al agua o junto a granjas con vacas, cabras, ovejas, caballos y gigantescas plantaciones de manzanos, que hace un par de semanas estaban todos en flor y le daban aún más alegría y cosa buena a esta ruta.
Esta ruta, en su práctica totalidad, forma parte de la red de carriles bicicleta de los Países Bajos y en las ocasiones en las que hay coches compartiendo la vía con las bicis, ellos son los invitados en esa carretera y han de respetar siempre las bicicletas.
En el centro de la zona amurallada de la ciudad de Chiang Mai y en el lugar en el que antiguamente estaba el palacio tenemos el monumento a los tres reyes, con el que fundó la ciudad y otros dos más. En ese lugar solía estar el palacio real. El edificio que está por detrás de las estatuas antiguamente era uno de gobierno de la provincia pero ahora es el centro cultural de Chiang Mai. La plaza no despertaba demasiado interés en los locales, aunque puedo asegurar y aseguro que las baldosas estaban tan calientes por culpa del sol que lo puedo entender. Si ponías un huevo en el suelo seguro que se freía y te envenenabas si te lo comías, salvo los truscolanes, que esos como las ratas y las cucarachas sobreviven a todo.
Allá por la segunda mitad del año 2016 comencé a correr después de años sin hacerlo. Seguí un programa para coger el ritmo en doce semanas y lo seguí escrupulosamente. Ya en esa época descubrí que puedo correr, que soy bueno, pero es algo que me aburre. Todos mis amigos que corren como que tienen una obsesión por correr diez kilómetros o más y apuntarse a eventos masivos de esos en los que miles de julays se apelotonan para transferirse los virus más fácilmente mientras sudan. Yo empecé a correr, llegué a los cinco kilómetros del plan y a partir de ahí comencé a explorar mis límites y subí a seis kilómetros por salida, después a siete y creo que en alguna ocasión llegué a ocho o nueve pero pronto descubrí que mi tolerancia para un deporte que como casi todos me aburre estaba en la media hora, que vienen a ser seis kilómetros cuando estoy en forma, o menos, que según me mejora la forma, voy bajando a veintinueve, veintiocho, veintisiete, veintiséis minutos. En algún momento del final de ese año me compré mi primera Mi Band y ya pude tener algún tipo de estadísticas de ese ejercicio, como la distancia, el tiempo y en las dos últimas iteraciones, las pulsaciones cardíacas, aunque yo no les doy demasiada importancia a estas últimas porque no creo que sean muy precisas, al menos no las de mi pulsera anterior, que me ponía como un superatleta cuando salía a correr y yo sentía el corazón a punto de escupirlo por la boca y aquella me decía que tenía las mismas pulsaciones que un julandrón budista meditando. La Mi Band 4, que es la que tengo desde el año pasado, parece mucho más precisa pero como es del mismo fabricante, como que sigo sin creérmelo. En estos cuatro años, que se deben estar cumpliendo en estos días, tuve alguna lesión y dejé de correr durante un tiempo, o llegaba el invierno y a mí lo de correr de noche no me mola y lo de correr cuando llueve aún menos y se daban esas circunstancias tan a menudo que terminaba saliendo solo un día del fin de semana. La última de las lesiones fue por no calentar, al comenzar el año y estuve desde mediados de enero hasta cerca del final de marzo sin ir a correr. Cuando lo retomé, como siempre, comencé con cuatro kilómetros y tomándolo con pachorra y a partir de ahí ya dejo que el cuerpo encuentre su punto. Ahora caliento muy bien antes de salir, ya que lo combino con una tabla de ejercicios que decide un programilla muy chulo y aunque mi idea original era salir cada tercer día, que hasta ahora había sido el ritmo más fluido que había logrado, resultó que gracias a confinamiento el cuerpo me pedía más y he terminado corriendo cada dos días y con los habituales seis kilómetros. Lo único que puede acortar la distancia es la amenaza de lluvia, que ya me ha sucedido. Mi cuerpo busca su ritmo y durante el mes de abril ya me puse en veintinueve minutos y en mayo ya he hecho una carrera en los veintiocho.
Lo alterno con paseos en bici o caminar en los días que no corro por aquello de hacer algo de ejercicio físico. Así, mi mes de abril ha sido el más prolífico hasta ahora. Nunca antes había hecho tantos kilómetros corriendo en un mes, con más de setenta y tres. Sigue sin gustarme, pero con un buen audiolibro o un podcast y sabiendo que es media hora o menos, me puedo sacrificar. También ayuda que estoy siempre en casa con lo que puedo salir por la mañana, en cualquier momento y en lugar de hacer el paseo a las doce como en la oficina, lo cambio por esto. Tras tantos años, tengo el concepto de los kilómetros que hay al salir de mi casa muy controlado y puedo elegir fácilmente cuál de los circuitos quiero hacer, en función del tiempo y no siempre hago el largo de seis kilómetros, que en el peor de los casos y si lloviera me puede pillar a tres kilómetros de mi casa y en ocasiones, lo cambio por tres ciclos de dos en el circuito más cercano o un circuito que hace un ocho con dos ciclos de dos kilómetros en el tramo más alejado y los dos kilómetros del otro. Eso sí, en las ocasiones en que me cruzo con alguien, que no sucede a menudo, mantenemos la educación y nos saludamos. En la carrera de hoy, que no aparece contabilizada en la imagen anterior, me crucé con la friolera de dos corredores y dos moras que estaban caminando y de alguna manera todos conseguimos mantener el metro y medio de distancia. Es lo bueno de vivir en el borde literal de la ciudad, que mi calle es la última, que a partir de ahí y yendo al sur es todo campo y unos parques enormes que tienen los aparcamientos clausurados para que no se formen aglomeraciones y ahora tengo la suerte que se ha convertido en la zona de asueto, ejercicio y paseo de nuestro barrio, los únicos que lo tenemos tan lejos como cruzar un puente para bicis y peatones.
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