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Distorsiones

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    11 de mayo de 2020

    Uno de los pocos efectos positivos que ha tenido el virus este podemita-truscolán que nos está jodiendo la vida es que ha hecho que el Turco y el Elegido estén físicamente mucho más cerca. Somos amigos desde siempre y cualquiera que haya leído el mejor blog sin premios en castellano desde hace eones sabe que en los años que estuvo viviendo en Estambul yo fui una y otra vez a visitarlo, con un mínimo de dos por años a menos que él viniera a Amsterdam. Curiosamente, cuando le ofrecieron un trabajo en Holanda, pasé a verlo menos porque aunque físicamente estaba a tiro de piedra, el julay no paraba y al menos dos fines de semana al mes se iba a Estambul a ver a su hija y los otros dos, casi siempre, se iba a la keli de su novia, que trabaja en Alemania, con lo que nos quedaba únicamente los días entre semana y el chamo, hasta hace dos meses, es que no paraba, estaba en un congreso en las Vegas, después me decía que estaba en algún lugar del quinto coño europeo, o en San Francisco, o en Venecia, es que parecía estar haciendo una gira mundial de congresos. Todo eso se fue al traste con el virus truscolán, que lo puso en cuarentena en su casa en Amsterdam y tuvo las luces de decirle a su novia que se viniera y la han hecho juntos. Como él estuvo en las últimas semanas antes de la cuarentena en un montón de sitios, las dos primeras semanas hizo cuarentena a la española, encerradito en la casa, de las de verdad. Después de eso, como aquí se puede ir de visita si todos están sanos y la cantidad de visitantes es inferior a los tres julays y se guardan las distancias, quedamos para que vinieran a mi casa a cenar, lo cual hicieron y después ellos me invitaron a Amsterdam, en su centro turístico y que ahora es como un parque de atracciones cerrado. Como teóricamente el transporte público es solo para la gente que realmente lo necesita para llegar a su casa o a su trabajo, me vinieron a buscar y me trajeron tras la cena. Después de eso y según el buen tiempo, enganchamos un asadero en mi jardín y a ese le sucedió la celebración del cumpleaños de su novia en Amsterdam y este fin de semana, con el último día de buen tiempo y veintipico grados, volvieron para otro asadero y tarde de tomar el sol en mi casa, que ellos vive en un apartamento enorme en Herengracht, que es como la calle más exclusiva de Amsterdam, pero no tienen jardín, algo que yo sí que tengo y el que lo dude, seguramente jamás ha leído esto porque hay fotos con bastante frecuencia.

    Una cosa que quería hacer desde hace un tiempo era deshacerme de la mesa y las sillas del jardín, que allá por el 2006 cuando las compré estaban bien, pero que con los años, ese plástico se ha degradado mucho y estaban medio rotas o simplemente rotas, por no decir que el uso de mantel era obligatorio en la mesa de la mala pinta que tenía. Ya hace dos semanas quedamos de ir a Iquea y recoger una, pero en el último momento les dije que pasaba porque justo cinco días antes volvieron a abrir sus tiendas en los Países Bajos y fue el acabose, con unas colas brutales en las puertas por el límite del aforo y no quería arriesgarme a pillar el bicho ese truscolán por un puto mueble que encima tengo que montar yo. Cuando el jueves de la semana pasada apalabrábamos el asadero del sábado, le dije que en lugar de venir diréctamente a mi casa, que fueran a la tienda y me los encontraba en el aparcamiento con toda mi morralla ya comprada. De mi casa a Iquea hay veinte minutos a pata, caminando y diez minutos para los conocidos culocochistas cuando van en sus monturas. No sabía si seguían las colas en la puerta y era un sábado, así que acordamos que yo lo llamaba cuando ya fuera a entrar y ellos salían en ese momento, que les toma unos cuarenta minutos en venir y más o menos eso es lo que me debería tomar el recorrer los kilómetros y kilómetros de la tienda hasta llegar al lugar en el que estaban los muebles, coger las cajas, pagar y salir al aparcamiento.

    Mi sorpresa al llegar a Iquea fue que allí no había cola, tenían las líneas hechas con vallas para la marabunta, pero éramos literalmente cuatro gatos y el acceso inmediato. Las nuevas reglas son grupos de dos personas, los niños están totalmente prohibidos, como los truscolanes o los podemitas que viven de subvenciones y el cuento con casoplones, hay que guardar las distancias y el restaurante ha dejado de existir. Yo conozco todos los atajos de la tienda y podía llegar a cualquier punto en menos de ciento veinte segundos, pero como los han cerrado todos y te obligan a seguir un circuito, me tuve que dar el mega-rodeo. Antes de salir de mi casa, busqué en su página güé los productos que quería y le hice una foto a la ubicación en la tienda, pasillo y estantería, que lo tienen todo muy detallado. Sabiendo que era la ruta turística, aproveché para comprar velas pequeñas y servilletas, lo único en lo que me desvié del plan, que ir a Iquea es siempre un ejercicio arriesgado porque te ponen en la cara un montón de cosas que no sabías que necesitas pero te entra un ansia tremenda por comprarlas.

    Llegué, prácticamente a tres pasos de las cajas a la estantería en la que estaban la mesa y las sillas y al lado los cojines para las almorranas y lo puse todo en mi mega-carro, que tuve que desinfectar antes de usarlo y fui a las cajas de autoservicio, y como éramos cuatro comprando en un día que en otros mundos del multiverso allí pueden haber miles de personas, hasta había tres cajas de autoservicio disponibles, algo que no me había pasado en la vida. Pagué con la tarjeta y salí al aparcamiento y solo habían pasado treinta minutos, así que encontré un lugar accesible para que me recogieran.

    Por si alguno aún no se ha dado cuenta, una gran parte del encanto de estas tiendas es que son como juguetes Legho para adultos, comprar es solo la mitad de la diversión, después tienes que usar esas herramientas de risa que vienen en los mismos para ponerlo todo como debería ser siguiendo unos panfletos de instrucciones con una codificación muy sofisticada.

    El Turco llegó unos minutos más tarde, lo metimos todo en su carro y seguimos la ruta hacia mi casa, para montar todo aquello, pero el resultado lo veremos otro día.

  • La semana pasada en Distorsiones

    11 de mayo de 2020

    La semana pasada comentaba que en abril fui a correr Catorce veces, no solo recuperando el ritmo, creando toda una nueva categoría ya que estoy yendo cada segundo día, algo que ni jarto de gofio habría podido imaginar. Por supuesto en la anotación hay una prueba visual y hasta la cantidad de kilómetros que hice. Siguiendo con el deporte, en Entre dos ríos está mi ruta favorita para dar un paseo en bici, unos treinta y siete kilómetros de campiña, vacas, ovejas, cabras y hasta algún cabrón. El enclaustramiento me ha permitido andar Paisajeando el reino y estoy preparando una expansión del césped por la frontera del este, la que anteriormente tenía las zarzamoras. En Te digo que fue un sueño comento esos otros multiversos en los que esto no está sucediendo, que al menos nos queda la alegría de saber que otras versiones de nosotros viven en mundos muy distintos.

    En Chiang Mai vimos el Monumento a los tres reyes y centro cultural de Chiang Mai y después llegamos al templo Wat Chiang Man y vimos una preciosa estupa, la Chedi Chang Lom. Nos quedamos en el Castillo Dhamma del templo Wat Buppharam del que creo que veremos más fotos porque el edificio parece sacado de un parque temático.

    Esta vez, las series que comenté fueron la fabulosa serie de terror Marianne y el clásico televisivo y la mejor serie de ciencia ficción de la historia de la humanidad Galáctica – Battlestar Galactica.

    La comida, de nuevo sin nuevas fotos por aquí que ya las pongo por otros lados, fue la siguiente:

    • Lentejas con chorizo
    • Magdalenas del carajo, mi receta
    • Albóndigas en salsa
    • Rollitos de canela
    • Pastel de moras con suero de mantequilla y limón
    • Pan de suero de mantequilla

    Y así transcurrió la semana.

  • Galáctica – Battlestar Galactica

    10 de mayo de 2020

    Si hay un género al que las series de televisión le sientan bienísimo, ese es el de la Ciencia Ficción. Hay multitud de series fabulosas y cada año aparecen nuevas, como la reciente Devs, que te obliga a usar eso que está sobre el cuello para algo más que para hacerte un peinado. Casi todos los fans estamos de acuerdo en que la mejor serie de ciencia ficción de todos los tiempos pasados y presentes y muy probablemente la que pasará como la mejor de la historia de la humanidad es y será siempre Battlestar Galactica, que en España se estrenó como Galáctica.

    Tuvo cuatro temporadas y setenta y pico episodios y creó una legión de devotos seguidores. Yo recuerdo esperar al día siguiente en el que ponían el episodio en los Estados Unidos para poder descargarlo y verlo, era la prioridad más absoluta y recuerdo que cuando acabó, en el episodio final, lo pasé llorando de pena por perder aquella familia adoptada. También es la única serie de la que me he comprado los DéuVeDé, hasta ahí llega mi adoración. La trama es sencilla, unos extraterrestres dañinos y truscolanes llamados los Cylons (pronunciese truscoluña no es nación), atacan y destruyen las doce colonias y la flotilla de naves que sobrevive, escoltada por la vieja nave Galáctica, huirán para salvar lo que queda de la humanidad y viajar a la decimotercera colonia, llamada Tierra. Pese a que acabó en el 2009, mantiene un 8,7 en IMDb y un 95% en Rotten Tomatoes, es así de buena. Lo que la diferencia de otras series es que es intensa, que hay un montón de debates filosóficos y que cada uno de sus episodios es como un mandamiento que tenemos que seguir. Cada temporada nos llevó a un punto más alto, más complejo, más tenso y cuando acaba, en su momento más glorioso, nos rompe porque obviamente, podrían haber seguido con cinco o seis temporadas más en declive pero prefirieron poner el punto final en el instante en el que estaban en su mejor momento. Las actuaciones son fabulosas, sobre todo Edward James Olmos, que para mí era un nombre conocido pero poco más y que en esta serie aprendí a respetarlo y adorarlo como se merece.

    Es una rara conjunción de guiones excelentes, actores fabulosos y un resultado fantástico, toda una oda al género de la ciencia ficción bien llevada y hecha con amor. Me he prohibido volver a verla hasta al menos el año 2024, cuando se cumplan veinte años de su estreno, porque tengo claro que si veo los tres primeros minutos del episodio piloto, ya no podré parar de verla.

  • Marianne

    9 de mayo de 2020

    Si el cine de terror es prácticamente como un unicornio, algo imposible de ver porque la mayor parte del género es morralla de lo peor o basura impredecible que lo único seguro es que no da miedo y muchas veces produce la risa, cuando llegamos a las series televisivas de terror, ahí prácticamente es un erial sin candidatos reseñables. Ya es difícil hacer una hora y media de terror y tener que fabricar la historia durante un montón de episodios manteniendo la calidad es sencillamente, una epopeya. Una de las honrosas excepciones es la serie francesa Marianne, de cierto canal televisivo por Internet y que se estrenó el año pasado, con sus ocho episodios.

    Una pava franchute que es escritora de terror y ha creado el personaje de Marianne, decide volver al poblacho en el que creció y al que dijo no querer regresar y es llegar ella de vuelta y aquello convertirse en una especie de infierno con múltiples niveles, con brujas y movidas raras y una trama que nos lleva de disgusto malo a disgusto peor y a ser muy cuidadosos y mantener nuestras espaldas protegidas por si algo nos ataca.

    Esto no lo podrían haber hecho los gringos, tenía que ser europeo. Desde el primer episodio pasas un miedo genuino pero es que hay algunos momentos en los que desearías haber tenido puesto uno de los pañales del Ancestral para cagarte por las patas pa’bajo tan a gustito. Hay escenas que por sí mismas serían una obra maestra si les ponen unos títulos de crédito y las estrenan en el cine, hay momentos brutales en los que el miedo lo puedes paladear. La serie se va diluyendo según avanza hacia su final en el octavo episodio pero su comienzo fue tan brutal, con los dos primeros episodios que son directamente obra maestra, que se les perdona todo lo demás. Cualquier amante del género del auténtico cine de terror se lo pasará bien (o mal, según se entienda el disfrute). Al parecer ya la han cancelado con lo que no podrán arruinarla en una segunda temporada en la que sería imposible superar lo que ya habían hecho. Un soplo de aire fresco en un género muy maltratado.

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