Un montón de material para pesadillas antes de ir a jiñar

Hoy comencé el día como cualquier jueves de un parao. Me levanté a las ocho, después de una noche horrenda porque se nos perdió el delicioso frío y la lluvia por baldes y estamos en una odiosa ola de calor que nos está hirviendo la sangre y caldea la casa a temperaturas espeluznantes. Eché el clásico jiñote en el trono, me pesé, que tras esa operación pesaba exactamente sesenta y cinco kilos, me puse la ropa para ir a correr, calenté un par de minutos, activé la pulsera, me puse a escuchar mis podcasts y salí a correr con diecinueve grados de temperatura a las ocho y media, algo increíble. Aunque tenía la sensación de ir lento y estar cansado (ayer también corrí mis seis kilómetros), al final hice el circuito en veintiséis minutos y cuarenta y un segundos, nuevo récord, con un segundo menos que el anterior. Al llegar a casa, más sudado que el conejo de LaLole hice mis ejercicios con la rueda de abdominales y tras eso, me duché y acabé con el minuto de agua fría, que ahora es casi agua maricona, porque podría hasta darme la ducha entera con ese agüita, que no impresiona como la de enero cuando estaba a menos de diez grados. Tras la ducha me volví a pesar y estaba en sesenta y cuatro kilos y cien gramos, algo que sigo sin comprender porque novecientos gramos en un intervalo de cuarenta y cinco minutos me sigue pareciendo algo raro, pero bueno, así es el universo y aunque a mí me gustaría, ningún Dios me ha permitido ser obeso mórbido como a dos comentaristas que no voy a mentar pero que están en los dos primeros puestos de la clasificación de comentaristas de este año. Tras esto, desayuné y me fui en bici al supermercado porque hoy era mi día de preparar comida para tener platos fríos para un par de días. Mi paso por el super fue, como siempre, eficiente y eficaz, que yo llego con mi lista ordenada en base a mi ruta y tengo todo lo que quiero en menos de cinco minutos, hago de cajero del super y paso todo por los escáneres yo solito, que desde que pusieron esas máquinas yo raramente busco una con un ser humano y después volví a mi bici para regresar a casa. La temperatura en ese momento ya debía ser de veintidós grados.

Comencé el regreso a mi keli, que me lleva bordeando un cementerio antes de enfilar hacia mi barrio, al que se entra pasando un puente sobre un canal. Llegué al punto mentado y frente a mi, una pava post-menopaúsica total, calculo que más cerca de los sesenta que de los cincuenta, viene en bicicleta en mi dirección. Llevaba un traje floreado, de esos que solo una holandesa que no sabe lo que es el verano se puede poner, calcetines blancos y sandalias, que es como lo más de lo más de la moda nórdica y año tras año lo puedo ver por las calles, lo de llevar calcetines blancos con sandalias esta gente lo tiene grabado en sus genes. La pava llevaba también una rebeca abierta y una chaqueta sobre la rebeca, porque claro, con veintipico grados, lo mejor es taparte como una presunta terrorista-musulmana de-mielda. Se paró en el extremo más alejado del puente o comenzó a pararse mientras yo entraba por el otro lado, a poca velocidad porque al puente se llega tras dos curvas de noventa grados, como las chicanes de fórmula uno para que los pollardones que van en motocicleta se maten y así esquilar el ADéeNe e ir eliminando a los que no valen para nada. Veo a la pava parándose, me maravillo con su traje horrendo y me aterrorizo con la chaqueta y la rebeca, que al parecer la estaban sobrecalentando y se paró para quitárselas, o al menos una de las prendas. Por razones desconocidas, al pararse hizo como si fuera una amazona montada en un jamelgo y levantó las piernas un montón para bajarse del sillín de la bicicleta. La maniobra provocó que la falda horrenda se abriera como un girasol cuando siente el sol y lo que quedó a la vista era un tanga blanco con marcas en ciertas zonas estrechas de ir necesitando un recambio. El tanga era tanga, tanga, minúsculo y cuando ella levantó las piernas de esa manera, el tanga fue incapaz de cubrir todo lo que debía cubrir y allí apareció un molusco, quizás una vieira, quizás una almeja, quizás un mejillón con pelo y todo y la chama fue plenamente consciente del garrafal error que había cometido y que yo en ese momento llegaba a su altura y las retinas de mis ojos quedaban grabadas a fuego con aquella estremecedora visión del potorro neerlandés, también conocido como chochus holandesis vulgaris. No puedo confirmar ni lo confirmo pero creo que no estaba afeitado, estaba más bien medio calvo, porque alguna pelambre aparecía por el lugar. La chama vio que mis ojos estaban enfocados en un único lugar de su anatomía, aquel que estaba mostrando y por su posición, con las patorras levantadas, la falda recogida y la mano sugetando la barandilla del puente, no podía hacer nada y para cuando comenzó las maniobras para tapar su chochus holandesis vulgaris, yo ya había pasado junto a ella y continuaba incrementando mi velocidad, consciente que aquello no se me olvidará y que esta noche y seguramente otras muchas noches, en mis pesadillas, veré aquel molusco una y otra vez, en pesadillas que seguro que serán repetitivas. Todos esperamos que el primer avistamiento del año sea de una pava de diecinueve años rubia y perfecta, pero va a ser que no, este año fue más bien algo para una película de terror.

Por sulaco

Maximus Julayus

3 comentarios

  1. Jajajajajaja, a Genín ya lo has matao! estaba esperando el pobre lo de la veinteañera tersa y resulta que describes con PELOS y señales una imagen espeluznante… pobre Genín!

  2. ¿Que no comento?
    Espera que me reponga de las carcajadas en serie que casi me parten la caja torácica!! 🙂 🙂
    No te lo vas a creer, cuando comencé a leer, pensé que me daba a mi que estaba al caer un avistamiento, lo que no podía suponer es que se trataría de un molusco con calvicie… 🙂
    Pero ha merecido la pena por la panzada de reir, cosa muy escasa en estos tiempos que corren de paro y pandemia… 🙁
    Esto gravado con tu voz, seria de Oscar…
    Salud

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