El día de la bilonga

Lo de bucear es un deporte de riesgo y no porque te pueda pasar algo debajo del agua sino más bien porque a poco que te descuides, te puedes quemar las retinas con las cosas que uno ve, que son muchas y variadas. Hoy nos tocaba de nuevo salir temprano, a las seis y cuarto, o sea, una cantidad dantesca de minutos antes de la hora Virtuditas que parece ser el inicio oficial del día para muchos de vosotros. La razón del madrugón es que íbamos más lejos y así, salimos del pantalán y comenzamos sin prisa pero sin pausa a desayunar y después me subí a la cubierta terraza a tomar el sol en la hora de ruta. Nuestra primera inmersión era en Sebayur Kecil, súper conocido por Genín al ser tan ancestral. Era una inmersión fácil, de tirarnos al agua y bucear en arenales buscando bichos pequeños, esos que llaman macro que más bien deberían llamar mínimos. O sea, una hora rastreando el suelo para encontrar un cangrejo minúsculo, o una babosa de dos centímetros super-hiper-mega-especial y similares. Creo que lo más especial que vimos fue un bicho que emitía unas pulsaciones eléctricas o así y no le hice ni vídeo ni foto y después al salir el Dive Master me preguntaba y le dije que yo soy de macro, macro, igualito que las Jinameñas con las trancas de sus novios, cuanto más grande el bicho, más hermoso. Durante esa inmersión tuve un problema super-raro porque tenía como una bolsa de aire en el BCD, que es el chaleco ese tan chulo que nos ponemos para parecer más fastuosos y que igual hasta tiene alguna utilidad y por más que usé las trés válvulas de vaciado, no logré sacar el aire y como que me iba todo el tiempo para arriba, con lo que me pasé una hora como si fuera una pelota de goma, rebotando, algo muy molesto. En un momento determinado nos acercamos a una pareja canadiense, muy amenos y agradables, que eso sí que tienen los canadienses comparados con los gringos y cuando los veo, se me empiezan a fundir las retinas de los ojos porque el chamo estaba buceando con la chimichanga al aire, llevaba la bilona al fresco, como si dijéramos. Esto es por culpa de una leyenda urbana que siguen muchos acarajotaos que dice que al hacer la inmersión número CIEN, tienes que bucear en pelotas y hay tanto tonto en el mundo que se lo cree y lo hace. Yo espero recuperar la vista antes de la próxima inmersión con mantas.

Para la segunda inmersión regresamos a Crystal Rock y de nuevo, bajamos a todo meter para poner el gancho y después a flotar y esta vez vimos además de los tiburones de punta blanca, al menos dos tiburones grises, uno de ellos E-NOR-ME. Después en la parte superior, más cerca de la superficie, vimos un montón de corales y cosillas así, unos tiburones bambú escondidos debajo de una roca durmiendo y cienes y cienes de millones de trillones de peces. Después de la segunda inmersión almorzamos y tuvimos que esperar como dos horas hasta que comenzó la marea baja, ya que la tercera inmersión era de nuevo en el Calderón y solo se puede hacer con marea bajando porque cambia el sentido de la corriente entre las dos islas. De nuevo, esta comienza como un garbeíllo con los colegas y poco a poco te vas acercando al Calderón y después lo sobrevuelas como un helicóptero y finalmente llegamos al final y ahí se lanzó nuestro Dive Master a coger la posición y clavar los garfios y después, nos ponemos de culo, porque hay que llegar de culo para poder aletear hacia abajo y salirte de la corriente, entramos reculando y a toda máquina, nos agarramos a los garfios y uno de ellos se soltó. En milisegundos, yo me agarré a la pezuña del Dive Master, la japonesa se le cogió de los pelos de los güevos y él consiguió mantener un garfio, que nos sostenía a los tres y después puso el otro y finalmente, nos colocamos en posición. La corriente era menos fuerte que dos días antes cuando lo hice por primera vez y me permitió hacer vídeos en los que se puede ver a toda la gente. Me pude poner más elevado y disfrutar más de la corriente y delante de mi, dos tiburones de punta blanca buscando pez tonto para comérselo.

Cuando nos soltamos salimos disparados y al llegar al recodo de la izquierda nos pusimos a rondar la zona y en nuestro caso encontramos una sepia escondida en un alga super-chula y un pulpo que yo quería llevarme para adoptarlo pero que estaba super-empatado porque lo acosábamos laboralmente. Al final, entre el cachondeo de la montaña rusa del Calderón y lo del pulpo y la sepia nos lo pasamos muy bien. Estábamos en el quinto coño así que el regreso nos tomó como dos horas. Al volver, primero un aperitivo, después ducha y después bajar a cenar y la tertulia, conocer a los nuevos, reírnos de los viejos y hacer llorar a los otros con mis vídeos de mantas, que son, y lo digo yo, que no hace falta que me lo diga nadie, ES-PECTA-CULARES. En total fue un día muy ameno, aunque sin mantas.

El Julay de las Mantas

Si todavía queda algún julay en el universo conocido o por conocer que duda que tengo un Ángel de la Guarda excepcional, quiero que esa o esas personas se laven los ojos con lejía para que no vuelvan a ver nunca más la luz del día porque es lo que realmente se merecen. Hoy llegamos a mi segundo día de buceo en el Parque Nacional de Komodo y el plan era salir más tarde, o sea, a las siete, varias horas antes de la hora Virtuditas por la que se rigen los comentaristas y nuestra primera parada era para ir a un lugar a ver tiburones, los de la punta de la aleta o como se llame esa cosa que tienen por arriba de color blanco o negro. Hasta ahí todo bien, salimos, fuimos al lugar y nos preparamos para la inmersión. Hoy a mi grupo, que somos yo y una japonesa, nos dijeron que saltábamos los últimos, algo difícil de entender porque somos los que más tiempo aguantamos con las botellas de aire y al final todos los demás tienen que esperar por nosotros. En el barco había cuatro nuevos y se había marchado uno, casualmente mi compañero del día anterior. Saltamos para la primera inmersión, que era siguiendo la corriente, todo como muy lolailo y vimos tiburones y particularmente uno de aleta negra que estaba como descansando, posado en rocas y que casi ni se inmutó cuando nos vio. Después pasamos como veinte minutos en un arenal buscando un puto pez rana, que es como una cosa de dos centímetros verde, que yo si paso ni lo miro si no me lo señalan. Salimos y nos informan que ha cambiado el plan y que por culpa de las mareas lunares, vamos a ir a otro sitio, uno llamado Mawan y en el que hay dos estaciones de limpieza de mantas. Preguntando a la basca y sobre todo a la japonesa, que ya llevaba quince días buceando en este sitio, me dijo que en total había visto diez mantas, en seis ocasiones, o sea, una o como mucho dos y uno de los Dive Masters me juró por las bragas más sucias de la madre que lo parió que fuera de la época de apareamiento, que no es ahora, las mantas son animales solitarios y que se ve una o como mucho dos en las estaciones de limpieza y eso, con muchísima suerte.

Nos tiramos al agua y sabíamos que habían dos en la estación de limpieza del inicio, algo especial. Bajamos y las vemos, una Ninja, que son totalmente negras, por arriba y por abajo y una manta de arrecife, blanca por la barriga. Espectacular y yo ya flipando y mi Dive Master me dejó un gancho para agarrarme y que la corriente no me llevara. Hice vídeos y flipé y finalmente, nos soltamos para que nos llevara la corriente, que era bastante fuerte, a la segunda estación de limpieza, supuestamente pasando por unos corales muy bonitos con tortugas y tiburones bambú durmiendo bajo las rocas. El tiburón lo vimos porque nos seguía pero es que como veíamos más mantas por delante, a tomar por culo con lo demás y de hecho pasé por encima de una tortuga que se había colocado para posar y le hice un vídeo de dos segundos y la ninguneé. Llegamos a la segunda zona y hay tres mantas, prácticamente pasando sobre mí, dando vueltas, jugando entre ellas, girándose, comiendo, limpiándose contra los corales, con los peces, se van y llegan dos más y aún más flipante y una ninja y una de arrecife que parecía que querían follar y todo delante de mis ojitos, que casi me salían lágrimas de la emoción y después vienen cinco mantas y tres mantas y una manta y dos mantas y así y así y así y seguía y seguía y los otros equipos se fueron y las mantas seguían con nosotros y estamos a tres metros de profundidad, ya hemos hecho la parada de seguridad por bucear tan bajo y nos quedaba aire y hasta el Dive Master se pone a nadar como una manta siguiendo a una ninja y vienen dos más y yo ya no puedo ni me acuerdo de contar y como todo el mundo me dice que soy exagerado, decidí decir que vimos como diez. Estuvimos sesenta y ocho minutos en el agua y salí con 50 bares y yo me habría quedado quince minutos más y vaciaba la botella, que estábamos a tres metros y se podía salir en segundos. Salí del agua temblando de la emoción, gritando, me abracé al Dive Master, a la japonesa, los tres juntos, corríamos de popa a proa y todo el mundo mirándonos como bichos raros porque ellos vieron cuatro o cinco y ya era épico, así que lo nuestro era L-E-G-E-N-D-A-R-I-O. Yo ya por mí me podían castigar a no bucear más, puede venir un tifón y yo ya estoy satisfecho. Al Dive Master que me dijo que no son animales sociales, fui y le dije que es un trolero, truscolán y que se merece todo lo peor, siempre, como el Marico Hechicero de Ginebra.

Después almorzamos, que yo no hice ni la foto de la comida de lo enrolado que estaba, es que saltaba muchísimo más que la compresa de una coja, es que pensaban en llamar a un exorcista porque no paraba. La tercera inmersión era en un sitio llamado Siaba Kecil y le dicen el Súper-man porque es una corriente endiablada y vas de un lado de la isla al otro extremo en ocho minutos a una velocidad de vértigo, volando, pasando corales duros, corales flojos, peces y más peces y tortugas y tiburones pero todo volando y al final se llega a una zona menos profunda y allí puedes ver con calma los corales y al parecer hay vacas marinas o algo así (Sea Cow), que son unos bichos enormes, pero no lo vimos y realmente, me la S-U-D-A-B-A totalmente. El agua estaba helada, a veinticuatro grados y mi Dive Master me obligó a quedarme cincuenta y seis minutos. En mi cabeza lo que seguía era las mantas y la experiencia vivida. Volvimos al complejo, llegamos, nos dieron tiempo para echar una meada y volvimos a salir quince minutos más tarde para ir en barco a una isla cercana en la que hay como un mangral y desde donde, tras la puesta de sol, salen miles y miles de murciélagos gigantes, todos juntos, durante unos veinte minutos en los que ves cientos en el aire y se van hacia las islas grandes a comer durante la noche. El espectáculo es épico, pero no son mantas. Lo disfrutamos como bellacos y volvimos y corriendo a ducharme en cinco minutos para no perderme la cena y tras la cena, la japonesa comenzó a revisar todos sus vídeos uno a uno, tomar notas y llegó a la conclusión de que en realidad vimos QUINCE mantas diferentes, al menos tres ninja. Yo pensaba que fueron más pero es que según el Dive Master, ella no llegó a hacer vídeos de al menos cinco que teníamos siempre en la periferia, con lo que el total es más cercano a las VEINTE y eso sin haber mirado mís vídeos ni comprobar cuantas eras, que al parecer las marcas de la tripa son únicas. Y aquí volvemos al inicio del relato del día. Llega el ELEGIDO, the Chosen One, de Uitverkorene, il Scelto, con su Ángel de la Guarda y lo que vivimos hoy en Mawan fue un milagro, porque ni siquiera íbamos a ir allí, porque ni siquiera había otros barcos y así, con alguien que cambia los planes porque le tiene miedo a la corriente que quizás sea muy fuerte para los seres inferiores que iban conmigo, acabo viviendo sesenta y ocho minutos que fueron milagrosos. En el complejo todo el mundo lo tiene claro, soy el Julay de las Mantas.

Hijo de las mareas

Ya lo cantaba la pava aquella con un chamo al que le molaba la luna. Yo soy parecido, pero en lo relativo a las mareas. Hoy era mi primer día de buceo en el Parque Nacional de Komodo y comenzábamos a las seis y cuarto de la mañana, con lo que todos sabemos de una que no podría hacerlo. Yo me levanté hasta cinco minutos antes que la alarma, me afeité, me eché el jiñote, que en estos lares es de esos en los que el papel se lo dejas de recuerdo en una papelera para la pava que limpia porque si no se les tupe el pozo negro y dicen que son siete años de mala suerte de la peor, con descubrimiento de familiares truscolanes de por medio. Antes de salir no comí nada porque me habían dicho que nos tenían el desayuno preparado en el barco, que es de esos de puro lujo María y efectivamente, crepes, huevos revueltos, pan, fruta y más cosillas.

Salíamos temprano porque íbamos a un lugar más alejado y como nosotros ya estamos a mitad de camino, llegamos antes que la gente que va desde Labuan Bajo y pillamos los lugares tranquilos. Nuestro primer punto de buceo era un lugar para ver mantas, también conocido en indonesio por Karang Makasar, que todos sabemos que se puede traducir al español perfectamente por truscoluña no es nación. Esta era una inmersión dejándote llevar por la corriente, que es bastante intensa y con el fondo más o menos plano. Vas pasando las cosas y no hay muchas oportunidades de detenerte pero en el camino vimos un tiburón de punta blanca, un delfín, una manta, meros, peces ballesta, peces araña, escorpión, rana y mil millones más que no me se el nombre. Al llevarte la corriente para mi es muy relajado y salí con una hartada de aire. Buceaba con un francés y el guía indonesio. Después de una hora de tomar el sol y un tentempié, llegamos al segundo lugar, llamado Crystal Rock y que es una roca sumergida, en inglés suena a pináculo, así que Genín que estudió las lenguas me puede corregir y le echamos la culpa de mi ignorancia a Virtuditas por Culocochista. Esta es, según me dijeron, una inmersión muy difícil y solo al alcance de seres obviamente superiores, como el Elegido, la cosa es que alrededor de la roca sumergida hay una corriente brutal y hay que saltar del barco y bajar disparados hasta veinte metros de profundidad y allí ponen un gancho, te agarras y a disfrutar con el espectáculo, con miles y miles y trillones de peces en aquel lugar, con unos cinco tiburones de cola blanca, peces ballesta y de todo, de todo y mucho más. Es como ver un documental de la National Geographic pero en un cine con IMAX y dolby épico, aquello es una orgía visual y tengo vídeo. Despúes el Dive Master iba moviendo nuestros ganchos a menos profundidad y tras una media hora, soltamos y con muchísimo cuidado para evitar una corriente horrenda que hay allí y que te lleva al fondo, seguimos pegados a los corales. Claro, como yo soy como la Sirenita pero en bello, yo me muevo sin problemas. Salí del agua requeteflipando y afuera nos esperaba el almuerzo, algo tan necesario en la vida del atleta de élite. Después me fui a tomar el sol y adelantaron la tercera inmersión porque nos dijeron que al ser las mareas después de la luna llena o nueva, que no lo sé muy bien cual, son fortísimas y la tercera inmersión era la guinda en nuestro currículum de élite total y tal y tal. El lugar se llama la Caldera, está entre dos islotes en los que por la corrientes fortísimas, se ha hecho una caldera en el medio. Según la marea, la corriente va en un sentido o en otro. Ahí, cuando estás sobre la caldera a punto de salir, el Dive Master se engancha con un garfio y te espera, tu te agarras al garfio, exactamente en el borde, y que sea lo que Dios quiera porque en ese lugar el agua sale con una potencia brutal y es más bien como una montaña rusa o un caballo desbocado. El agua era tan fuerte que no puedes girar la cabeza, casi no puedes mover las manos, sobre todo si te despegas del fondo del borde exterior de la caldera. Delante de nosotros un tiburón esperando que pasara un pez en apuros para comérselo. Fue alucinante y cuando lo dejamos, depués de unos veinte minutos, la corriente nos llevó casi un kilómetro hasta que nos salimos de la misma en una bahía. y durante todo ese tiempo, básicamente buceas como si fueras Súper-man volando, vas a una velocidad que si te tiras un peíto, lo güelen los que van dos kilómetros más adelante. En el tramo de salida, ya más relajados, vimos otra cantidad brutal de peces.

Como estábamos bastante lejos la vuelta nos tomó unas dos horas que aprovechamos para tomar el sol y comer galletitas. Al regresar, yo quería y una pareja de españoles subir a la montaña detrás del complejo, pero faltaba una hora para la puesta de sol. Salí por patas por allí pa’rriba con las cholas Moisés y la cámara de fotos y el telefónico y una botella de agua y el agua se quedó a medio camino porque aquello era una escalada brutal a más de treinta grados y sin camino. Llegúe hasta el punto más interesante para hacer la foto y después bajé. Los españoles llevaban zapatos de montaña pero solo subieron cinco minutos más porque se arriesgaban a quedarse sin luz en la bajada. Llegué a la habitación muerto (encontré y recuperé mi botella de agua) y en la habitación de al lado había una pava en el suelo, con una vela encendida metida en el orejón, algo que me han dicho que es para sacarte la cera de la oreja. Gracias a Dios yo soy de tierras más avanzados y usamos unos palillos con unas bolas de algodón. Después de ducharme, lavé mis gallumbos y camisetas sucias para que la otra no se deje la lengua negra a criticarme y bajé al comedor y sala común, en donde llené mi diario de buceo y participé en la tertulia antes de cenar y después de cenar. A las ocho ya estábamos todos tan cansados que nos habíamos ido a nuestras habitaciones.

Y así transcurrió mi primer día de bueo en el Parque Nacional de Komodo

Desde Bali hasta el centro de buceo en Komodo

Aunque parezca imposible, para mi el jetlag es siempre al volver, no tengo ningún problema yendo hacia el este y el día que llegué me acosté a las diez de la noche y me levanté hoy a las seis de la mañana, ocho horas más tarde y perfectamente descansado. El día anterior me habían mandado un mensaje informándome que mi vuelo lo adelantaron media hora, con lo que por si acaso, decidí llegar bastante antes al aeropuerto. Sabiendo que el hotel está a unos cientos de metros del aeropuerto, pasé de pedir que me llevaran. Cuando fui a la recepción, el empleado estaba allí durmiendo tan plácidamente y cuando se enteró que me iba, llamó a otro para controlar mi habitación y el teléfono del otro sonaba básicamente por detrás de nosotros. Lo despertó y el chamo dio un rodeo que obviamente vimos para subir a la planta y confirmar que la habitación estaba en perfectas condiciones. Esto lo hacen porque algunos literalmente destrozan las habitaciones, roban mandos de la tele o del aire acondicionado o dejan las sábanas ensangrentadas y todo eso lo tienen que pagar. Unos muy de ese estilo son los británicos y los truscolanes, que tienen unas reputaciones terribles. Desde el hotel fui al aeropuerto y cuando llegué buscaba la terminal doméstica, algo que resultó aventurero. Según un pavo, tenía que seguir una ruta y en el transcurso de la misma, dando vueltas y más vueltas, llegué a un control de seguridad super-cutre, que pasé y como era un vuelo doméstico, puedes llevar líquidos y explosivos, a condición que los uses. Lo raro es que después de pasar ese control ya estaba en salidas, sin haber facturado, así que tuve que seguir el camino inverso hasta que encontré el lugar en el que estaban de verdad los mostradores de facturación y allí pillé mi tarjeta de embarque y pasé de nuevo el control de seguridad en el sitio en el que lo debería haber pasado.

Mientras esperaba el despegue, me dediqué a caminar en la terminal, ya que una vez empiezas a bucear, como que se acaba cualquier otro ejercicio físico. Yo compré mi billete para viajar con Sriwijaya air (pronúnciese como truscoluña no es nación) pero al parecer, el vuelo era de Nam air que pertenece al mismo grupo y cuando ya estábamos en el avión dijeron que forman parte del grupo Garuda Indonesia, con lo que al final descubrirán que ahorran si dejan un solo nombre y todo se unificará en Garuda Indonesia pero les doy unos años para ello. El avión era un Boeing 737-500, de los más o menos viejos, pero al menos no de los que tienen prohibido volar, que de esos hay varios en indonesia y ya al aterrizar el día antes los vi aparcados en el aeropuerto con los motores cubiertos.

Despegamos en hora y el vuelo fue de sesenta minutos y pasamos junto a Lombok y otras islas con espectaculares volcanes. Cierto Ancestral está en racha y me dieron asiento de ventana, así que tengo vídeos del despegue en Bali y del aterrizaje en Labuan Bajo, en la isla de Flores, que es el punto de entrada para ir al parque nacional de Komodo. Decir que Labuan Bajo se pronuncia con la primera b como si fueras retardado, como la b de vaca pero no la de burro o la b de joputa-criminal-fugado de la justicia y residente en Güaerlú o truscolán. Desde el aeropuerto me llevaron a la oficina del centro de buceo y allí tenía que esperar un par de horas, así que me dediqué a recorrer el pueblo, que es como del oeste, con calle única y todo en ella. Aproveché para almorzar y después salimos de allí a las dos de la tarde en barco para viajar hasta donde tienen el complejo de buceo, en un lugar recóndito y perdido del mundo, sin carreteras de acceso. El viaje toma una hora. En la llegada, nos informaron de todo, nos planearon el día siguiente, nos tomaron las medidas y después vivimos una puesta de sol épica. La cena fue a las siete y como las excursiones son temprano, allí a las nueve está todo el mundo en la camita y unos, más afortunados que otros, en las tres habitaciones con aire acondicionado, que yo ya me veo muy mayor para sufrir con ventilador.

Y así transcurrió el día en el que llegué al primer escenario, al lugar en el que estaré buceando los próximos cinco días.