Saltando un océano en seis horas y media

Los grandes viajes comienzan con la tensión de revisar el equipaje una y otra vez y tratar de descubrir aquello que das por descontado que estás olvidando. Es una batalla contra uno mismo porque en algún lugar de tu cabeza un pequeño pajarito te sopla cosas con una voz muy baja y para cuando lo escuchas ya es muy tarde.

El día anterior a nuestro viaje ya estábamos con la casa regada de maletas y elegíamos aquello que queríamos. Nos íbamos con lo mínimo imprescindible porque los Estados Unidos es como un inmenso centro comercial de rebajas y saldos, gracias a la crisis y a la desgana de su moneda. Para que mi maleta llevara algo le puse dos abrigos que pensaba tirar y cogí la friolera cantidad de tres pares de calcetines, tres gallumbos y tres camisetas. Todo lo demás tendría que adquirirlo allí.

Pasaportes, tarjetas de embarque impresas, papeles con la reserva del apartamento, de la New York Pass y demás se apilaban entre mis cosas, junto con cargadores y toda la parafernalia de la cámara.

Salimos antes de las nueve hacia el aeropuerto, con un taxi que nos llevó a la estación de tren. Ese día estaba previsto la realización de obras en las vías cercanas al aeropuerto y por eso habíamos calculado algo más de tiempo. Tomamos el tren, el cual salió a su hora y nos habían dicho que nos dejaría en Amsterdam Zuid WTC, una parada antes del aeropuerto y allí tendríamos que transbordar a otro tren. Al llegar, salimos el par de cientos de personas que íbamos hacia el mismo destino y según los paneles teníamos que esperar diez minutos. A la hora a la que debía llegar el tren anuncian que lo han cancelado y que el siguiente llegará quince minutos más tarde. Todo el mundo se lo tomó a la tremenda pero yo a estas cosas les veo el lado positivo: por culpa del retraso, me devuelven el dinero de los billetes y hemos hecho un viaje gratis al aeropuerto. Con la alegría de saber que había recuperado el dinerillo esperamos al siguiente tren y di instrucciones precisas a mis padres porque sabía la que se montaría cuando apareciera. Los cinco minutos que nos separaban de la estación subterránea de Schiphol los hicimos en un vagón más lleno que los trenes de la India, con la gente y las maletas mezcladas sin orden ni concierto.

En el aeropuerto compramos un par de cajas de bombones Leonidas y fuimos a facturar. La gente se apelotona en los primeros mostradores y los últimos están casi vacíos. Gracias a que había llenado todos los datos desde mi casa esta operación no nos tomó mucho tiempo. Los despistados han de dar un montón de información que será usada por las autoridades americanas para detectar a hijosdeputa terroristas islámicos. Aún tuvimos tiempo de pasear por la terraza del aeropuerto y ver los aviones llegando y marchando, una hermosa danza que es vigilada atentamente por unos frikis que equipados con unos monoculares espectaculares apuntan las matrículas de todos los aviones que ven y lo registran todo en sus ordenadores. Supongo que cada loco disfruta con su tema y estos tienen pinta de ser de cuidado.

Tras el control de pasaportes, cambié algo de dinero en dólares y nos sentamos a tomar un café mientras esperábamos el embarque. Volábamos con Delta, una aerolínea nueva para mi. Además del vuelo sin escalas y del buen precio, los elegí porque prefiero un Boeing 767 a un 747 o un Airbus A340. Estos dos últimos aviones son sencillamente demasiado grandes y terminas en una fila como la de un cine solo que tienes que aguantar ahí un montón de horas. En el 767 teníamos los tres asientos del centro, con salidas a los pasillos por ambos lados, lo cual es perfecto. En este tipo de vuelos, cuando el destino es Estados Unidos, el control de seguridad se pasa junto a la puerta de embarque y a la vez hay también interrogatorios de todo tipo que se centran en esa obsesión que tienen con las baterías de tus aparatos electrónicos y la gentuza que las pueda haber tocado. Tras este rollo ya estábamos listos para entrar en el avión, cargados de equipaje porque Delta te deja llevar dieciocho kilos de equipaje de mano.

Hicieron un embarque por zonas y así no hay tanto follón. Ya dentro tomamos posesión de nuestros asientos y nos preparamos para un viaje interminable. En realidad las noticias fueron excelentes y gracias al fuerte viento nos comunicaron que llegaríamos en seis horas y media. Salimos con retraso pero la llegada fue en hora. En el aire, el avión se comportó maravillosamente y disfrutamos con la comida, las películas y de cuando en cuando me eché una pequeña siesta. Al ir hacia América desde Europa viajas con el tiempo y llegamos a nuestro destino dos horas después de haber salido, según la hora local. En Nueva York el clima era excelente. Tras salir nos metieron en uno de los sótanos en los que se pasa el control aduanero. No sé por qué en los Estados Unidos siempre hacen esto en sótanos. Eran unas colas enormes y la gente se pone nerviosa con sus formularios en los que siempre te queda la duda de haberla cagado y haber puesto algo mal. Cuando nos tocó la vez, nos hicieron las fotos que engrosarán las bases de datos de posibles terroristas, nos tomaron las huellas dactilares y el hombre nos deseó una buena estancia en el país. Casi estábamos dentro. Solo nos faltaba recoger el equipaje y salir a la calle. Lo primero fue fácil y después buscamos la salida. Un hombre se acerca a nosotros y nos ofrece un taxi para llevarnos a la ciudad. Yo ya sabía que la tarifa para ir del aeropuerto JFK a Manhattan es plana y vale cuarenta y cinco dólares más peajes y propina y me sorprendió que el tipo no estuviera en su taxi. Cuando intentó llevarnos a un aparcamiento me detuve y vi que la parada estaba cerca. Le dijimos que se fuera con viento fresco y nos acercamos al lugar en el que tras diez minutos de espera llegó nuestro taxi amarillo y comenzaron nuestras vacaciones en Nueva York.

La historia continúa en Dos primeros días para disfrutar con la familia.

5 opiniones en “Saltando un océano en seis horas y media”

  1. Por curiosidad ¿Cuanto fué la factura total del taxi?  45 + peajes + propina. ¿que porcentaje se deja en los taxis?

    El verano pasado lo que yo hice fué coger un shuttle, pero no recuero exáctamente el precio. Un amigo irá a finales de agosto o principios de septiembre, y así podemos ver la diferencia. Gracias.

  2. El precio total fue de 57 dólares incluyendo propina. Creo que salió por 50 dólares con los peajes y le dejamos 7 de propina. Si van tres personas a la ciudad ya compensa porque creo que el shuttle es 17 dólares por persona y de esta forma no esperamos y nos llevaron a donde queríamos. Cuando pasas ese dinero a euros, salen unos 37 euros, lo cual es una ganga.

  3. Me alegro de que hayas tenido un buen viaje a la city. Yo también he volado con Delta sin ningún problema. Lo de los sotanos es tal cómo lo cuentas, con su moqueta y decoración de los 70.

    Al llegar nos recogieron unos amigos y de vuelta al aeropuerto fuimos en un autobús que salía del hotel y te dejaba en el JFK, al ir dos compensó económicamente, pero se tarde un poquito más, ya que suelen recoger a gente de otros hoteles.

    De todas formas los taxis en NY me parecen bastante baratillos. Ay, qué envidia! Qué materialista me estoy volviendo… pero es oír Nueva York, ver el precio del dólar y entrarme un cosquilleo.

    Hala, ahora a pasarlo bien en tu tierra!

  4. ale, yo ya estoy pensando en volver en otoño/invierno para comprarme un abrigo a precio de carcajada y volver con más ropa y cachivaches electrónico. Aquello es un baratillo. La línea en la que compensa coger el taxi está en las 3 personas. Tuvimos suerte y nos tocó una ranchera enorme en la que cada uno iba en un asiento como de avión. Y sí, en Nueva York los taxis son baratísimos. En Holanda nos pegan unas levantadas de cuidado e incluso en Las Palmas de Gran Canaria son más caros que allí, que manda huevos.

    Luis, de nada.

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