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Algunas cosillas del fin de semana en Estambul

El relato comenzó en Regresando a Estambul

No voy a entrar en muchos detalles de lo que hice en Estambul durante el fin de semana porque esta es una de esas visitas que se pueden archivar como privadas. Hace ya multitud de visitas que dejé atrás el hacer turismo y ahora voy a ver a mi amigo el Turco y pasar tiempo con él. Sus padres vinieron a su casa el sábado, algo que yo aplaudí a rabiar porque su madre hace una comida fabulosa, como las albóndigas que no me dio tiempo a fotografier porque nos las jincamos al instante.

Pimientos y hojas de parra rellenos con carne y arroz

Una de las cosillas que voy a aprender a hacer próximamente son los pimientos rellenos de carne y arroz y las hojas de parra. Es comida que se puede hacer con antelación y resulta siempre épica. Por la tarde fuimos a un restaurante-bar-terraza que está en la planta alta del hotel St. Regis Istanbul, el Spago. Aparte de tomar unos cócteles, estábamos allí por la vista espectacular que hay y en la que en primer plano aparece el parque Macka que obviamente, yo ya había visitado en una visita anterior.

Parque Macka desde la terraza del Spago

La secuencia de imágenes épicas y legendarias que nos dejan sin habla de puro horror no tiene fin y por eso, hoy tenemos un documento exclusivo y terrorífico, una foto en la que aparece el sol cuando se pira para otro lado, el Turco y el Elegido, bajo el sol y junto al Turco. La foto fue hecha con el iFone seis de mi amigo, que hace unas fotos de las máximas calidades como se puede verificar a continuación:

El sol, el Turco y el Elegido

Con mi teléfono güindous de cien leuros, el teléfono de los pobres, hice la que viene a ser la foto anterior, pero sin julays obstaculizando la vista:

Puesta de sol desde Spago en Estambul

Por la noche se produjo un acontecimiento extremo y de vital importancia para la humanidad. El Turco quería que conozca a la candidata con más posibilidades de convertirse en la Segunda Esposa. Nos fuimos con ella al cine y a tomar unas copas. Nunca llegaré a entender la manía de mis amigos de buscar mi bendición a los potorros que eligen pero por si acaso, yo por supuesto le confirmé que me parece maravillosa y un ser que no hay que dejar escapar, sobre todo sabiendo que su padre es multimillonario, algo que para mí es muchísimo más importante que la belleza interior que no vi o la belleza exterior que le sobraba por todos lados, que la chocha estaba como para mojar pan. El domingo tuvimos otro día familiar y el único momento que voy a compartir del mismo es el siguiente:

Desde Europa a Asia por el segundo puente del Bósforo

En el vídeo anterior, tenemos el instante terrorífico en el que regresé a Asia desde Europa, cruzando el segundo puente sobre el Bósforo. La secuencia comienza en Europa y acaba en Asia y en la misma, además de ver lo que se puede ver desde el puente, tenemos hasta al Elegido, al cual se le puede ver claramente a través del espejo retrovisor del coche. En el vehículo iban también la Primera Esposa, hoy en día conocida como la Ex y la Primera Hija. A última hora de la tarde y una vez cubiertas las actividades del día, me dejaron en el aeropuerto, pasé los dos controles de seguridad, el control de pasaporte, embarcamos con veinte minutos de retraso y salimos de regreso a Holanda más o menos una hora más tarde de lo previsto. Al llegar a Schiphol, el control de pasaporte fue también de pesadilla, después tuve que ir en tren hasta la estación central de Amsterdam porque había algún tipo de obra en las vías y desde allí pillar otro tren hasta Utrecht y acabar el viaje en bicicleta. Vine llegando a mi casa unos cinco minutos después de la medianoche y así acabó la escapada a Estambul para ver a mi amigo el Turco. La próxima ya está prevista para febrero del año que viene.

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Regresando a Estambul

Nuevamente he pasado un fin de semana en la carretera. Como siempre, regreso agotado entre unas cosas y otras. El viernes, preparaba mi casa para la mucama, le dejaba unas magdalenas sobre la mesa y me iba a trabajar con mi mochila en modo de viaje pero más ligera que de costumbre, ya que me dejé la cámara atrás. Salí de mi casa a la hora habitual y me fui a trabajar, aunque solo medio día. A las doce de la mañana, pillé primero un tren a la estación principal de Hilversum y como tenía diez minutos de trasbordo entre trenes, aproveché para comprarme unas papillas fritas en el Smullers! de la estación:

Smullers! Patatje speciaal

Me las comí en el segundo tren, el que me llevó al aeropuerto y en el que aproveché para hacer mi ración habitual de ejercicios de Duolingo. Llegué al aeropuerto alrededor de diez minutos antes de la una de la tarde y me fui directo a pasar el control de seguridad ya que tenía impresa mi tarjeta de embarque. Están haciendo algún tipo de movida en los controles para los países fuera de la Unión Europea y Truscoluña, la tierra esa que no es nación y ahora han movido el control de seguridad y de equipaje a una planta alta. El control de pasaporte lo hice con las máquinas que leen los pasaportes con chip y después mi mochila pasó sin problemas la inspección, más que nada porque iba prácticamente vacía. Busqué la puerta desde la que salía mi avión y la encontré.

Avión de Pegasus Air en Schiphol

El vídeo anterior, que podéis ver aquí, supone la bienvenida al mejor blog sin premios en castellano a mi cámara Eken H9 Ultra HD. Es un pequeño vídeo en el que se ve el avión de Pegasus Airlines en el que iba a viajar y a lo lejos se ve la zona desde la que salen los aviones de Easyjet en Amsterdam. Aunque el avión aterrizó en hora, anunciaron por megafonía que teníamos un retraso de cuarenta y cinco minutos porque el vuelo no tenía permiso para despegar desde Estambul. En el embarque, fui de los primeros en entrar al avión por estar sentado cerca del final del mismo y vi algo flipante. Esta aerolínea permite una pieza de equipaje de mano de menos de ocho kilos de peso. Cuando íbamos a comenzar a embarcar, apareció un holandés de como dos metros de alto con un dispositivo para pesar como el que yo me compré y al que se pasaba de los ocho kilos le decía que o apoquinaba la guita, o tenía que dejar el exceso allí mismo. Super-mega talibán el colega. Una vez en el avión, todos emocionados hasta las chacras y el piloto anuncia que no le dejan encender el motor en otros veinticinco minutos, que ahora son los del control de tráfico aéreo de Bruselas. Esperamos y esperamos y esperamos y finalmente ponen el avión en marcha.

Schiphol desde un avión de Pegasus Airlines

Entre pitos y flautas pasó otra media hora haciendo cola en el aeropuerto para despegar y mientras nos aburríamos, veía episodios de mis series favoritas a escondidas y hacía fotos, ya que al parecer, en los aviones turcos aún no se permite el usar los dispositivos con pantalla hasta que se apaga la luz del cinturón de seguridad.

La fama y la leyenda de Distorsiones no se consiguió a base de copiar y pegar sino con el mejor contenido original del universo conocido y por conocer, como saben a ciencia cierta mi comentarista oficial y los tres o cuatro lectores adicionales. Es por eso, que tenemos en exclusiva un documento fabuloso con el despegue.

Despegando en Schiphol con vista de Hoofdorp

En este documento en primicia (que está aquí) se puede ver al despegar una pista, que no es la deleznable Poderbaan, esa está casi en truscoluña. El poblacho que se ve al despegar debajo del avión es Hoofdorp y en uno de esos edificios que están tan cerca del aeropuerto trabaja el Rubio, aunque ese día trabajaba desde casa.

Ya en el aire, giramos hacia el este y como sé que hay uno al que le gustan un montón los vídeos, hice un par de ellos para que se regodee de gusto en los mismos.

Noordeindeerplas desde el aire

En primer lugar vemos un día precioso y allá en tierra, un montón de agua. Esa es la zona de Noordeindeerplas y por allí, en esa agua, he estado patinando sobre hielo con el Rubio y su Primera Esposa, ya que viven relativamente cerca de la misma (más allá del agua, desde este punto de vista).

Después tenemos un vídeo que hice un poquito más tarde en el que se puede ver un canal que parece una carretera y que es el legendario Amsterdam-Rijnkanaal, que pasa cerquita de mi casa. Debajo de las nubes está la ciudad de Utrecht y la superficie de agua enorme que hay al final del vídeo bajo el ala es Loosdrechtsche Plassen, otro lugar precioso para ir en bicicleta o patinar sobre hielo si hay suerte:

Amsterdam-Rijnkanaal y Utrecht desde el aire

El vídeo está aquí. El resto del vuelo transcurrió sin sobresaltos.

A 838 kilómetros en el cielo

Cuando alguno de los colegas me farfullea las virtudes de su teléfono de la manzana mordida, yo siempre les pregunto si en modo avión pueden usar los mapas o incluso mirar la altitud y velocidad, porque yo sí que lo puedo hacer con mi teléfono de cien leuros güindous, como queda demostrado en la imagen anterior en la que se puede ver que estaba moviéndome a ochocientos treinta y ocho kilómetros de velocidad y a unos doce kilómetros de altura. El más espabilado de los lectores puede poner en un mapa la latitud y la longitud que aparecen en el pantallazo y decirnos a todos en donde estaba cuando lo hice.

El aeopuerto de destino era el de Sabiha Gökçen, el segundo de Estambul y el que está en el lado de Asia. A mí no me mola nada de nada y a mi amigo el Turco mucho menos pero bueno, es lo que tiene volar con líneas de bajo costo. Al llegar, el control de pasaporte era como una manifestación de malnacidos truscolanes, una multitud increíble. En total estuve casi una hora hasta que logré pasar. Había un montón de españoles y entre ellos, un par de sub-intelectuales acarajotados que compraron la visa por Internet, como hice yo y en lugar de imprimirla y llevarla en la mano, la metieron en la maleta que facturaron, con lo que tendrán que volver a pagar. Después de pasar el control de aduanas, salí a la terminal, en donde me esperaba el chófer del Turco con su Bemeta para llevarme a su casa.

Cruzando desde Asia a Europa de noche por el Primer Puente sobre el Bósforo

En el vídeo anterior, el momento estremecedor en el que cruzamos por el Primer puente sobre el Bósforo y en el que regreso a Europa desde Asia. El vídeo comienza en Asia y acaba en Europa. Al llegar a la casa del Turco, los abrazos de rigor, ir a visitar a su ex y a su Primera Unidad Pequeña y después nos fuimos a un restaurante junto al Bósforo a cenar y tomarnos unas copas y así fue como pasó el día del viaje.

El relato continúa y acaba en Algunas cosillas del fin de semana en Estambul

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El larguísimo regreso a casa

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

El regreso a Utrecht me llevaba desde Singapur a Kuala Lumpur, desde allí a Estambul y finalmente un último salto a los Países Bajos. Ese día me levanté tarde y preparé las mochilas. Pasé de salir a desayunar y sobre las once de la mañana bajé a la recepción, entregué la tarjeta que servía como mi llave y fui a la parada de la guagua. Fui hasta una estación de metro y allí conecté con el que llevaba al aeropuerto. Al llegar, facturé la mochila y recogí mi tarjeta de embarque y me acerqué a un Kaffe & toast para desayunar tostadas kaya. Después pasé el control de seguridad y tras dar un paseo y ver las tiendas, me puse cerca de la puerta de embarque de mi avión. Volaba con Tiger Air desde Singapur a Kuala Lumpur. El avión salió en hora y el vuelo era de unos cincuenta minutos. Aterrizamos y aparcamos en la nueva terminal, la KLIA2 y tras pasar el control de pasaporte, fui en el tren hasta la otra terminal, la KLIA y como tenía que esperar unas horas para facturar, dejé la mochila en la consigna y opté por ir a Putrajaya, la capital administrativa de Malasia y ciudad que está a medio camino de la capital. La parada del tren es también para Ciberjaya, otra ciudad que montaron en el lugar para las multinacionales. Fui en taxi hasta un centro comercial enorme en esa ciudad y mi idea original era ir al cine, pero los horarios de las películas no me cuajaban, así que paseé, cené y estuve allí un rato. A la hora de regresar al aeropuerto quería ir a la estación en taxi pero los taxistas estaban de tertulia y pasaron de mí, así que fui en la guagua con los locales. Después tomé el tren, llegué al aeropuerto, rescaté mi mochila, la facturé, pasé el control de seguridad y busqué un rinconcito para matar el rato.

El avión iba petadísimo y a mi lado sentaron a un julay. Despegamos en hora y el piloto nos dijo que el viaje iba a ser movidito por fuertes vientos en contra. Realmente, el avión vibraba como un tren viejo y cada cinco minutos dábamos un salto. Nos dieron la cena y entre meneos y más meneos vine a dormir unas seis horas. Desayunamos en el avión y sobre las cinco de la mañana aterrizamos en Estambul. Aparcaron el avión sin conectarlo al aeropuerto y tuvimos que esperar por las guaguas que nos llevaran al mismo, volver a pasar un control de seguridad y después subir a la terminal. El día anterior chateando con mi amigo el Turco me había dicho que volaba a Londres esa mañana y quedamos que nos veíamos en el aeropuerto. Mientras lo esperaba compré unas cajitas con delicias turcas para regalar en la oficina y cuando el Turco llegó, fuimos a tomar un café con algunos de sus empleados, los cuales me miraban flipando en colores y hasta en blanco y negro ya que no habían visto nunca a su jefe con uno de sus más-mejores amigos. Las puertas de salida de nuestros aviones estaban una al lado de la otra así que fuimos juntos y nos despedimos.

Entré en mi avión, el cual también iba petadísimo y despegamos en hora. Me dieron un segundo desayuno y pasé el vuelo viendo episodios de una de mis series favoritas. Al aterrizar en Amsterdam, nos hicieron un control de pasaportes en la puerta del avión y tuvimos un segundo control de pasaporte en el lugar habitual. Después tuve que esperar más de media hora por mi mochila y cuando apareció, la recogí, bajé a la estación de tren del aeropuerto y me subí en el que me llevó a Utrecht. Desde allí fui en guagua a casa. Ese día opté por trabajar desde mi casa y así aprovechar y lavar toda la ropa que traje, algo habitual en estos viajes, en los que siempre que llego todo va directo a la lavadora.

Ese día lo pasé baldado, ya que entre pitos y flautas, el regreso fue un palizón de cuidado. Y así acabó el viaje que me llevó por Kuala Lumpur en Malasia, por Tailandia y por Singapur en este 2014.

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Otro de esos saltos gigantescos

Toda gran aventura que comienza con un gran viaje requiere un gran salto. En todas mis visitas al suroeste de Asia salvo en una ocasión, Kuala Lumpur fue el punto de entrada elegido y en este ocasión se ha vuelto a convertir en la puerta que traspaso antes de visitar algún otro país. Me gusta porque es una ciudad moderna y porque desde su aeropuerto hay más conexiones con los países circundantes con AirAsia que desde ningún otro y no os engañéis, si queréis viajar barato por el suroeste de Asia, AirAsia es una de las alternativas más seguras, tanto porque tienen una flota gigantesca como porque sus aviones ni siquiera están vetados en Europa, como le pasa a algunos de sus competidores.

El billete a Kuala Lumpur lo compré desde el verano del año pasado y de esa forma me ahorré un montón de pasta. Después, no fue hasta febrero de este año en que decidí cual sería mi destino. En el tramo final, Filipinas competía con Tailandia y con Malasia (la parte de Sabah) y me acabé decantando por Tailandia por el tifón filipino y las noticias sobre asesinatos de turistas e inseguridad en el otro lado. Una vez elegido el lugar, quedaba montar un esqueleto básico y para ello, opté por entrar por el norte del país y desde allí ir bajando hasta cerca de Bangkok. En esta ocasión no iré a las islas más al sur y me quedaré por el norte. Finalmente, para los últimos días opté por ir a Singapore y así ver la ciudad estado de una vez, que el año pasado estuve a punto de hacerlo y al final lo deseché y después lo lamenté.

Con todo decidido y los billetes para los vuelos comprados (uno con AirAsia y dos con Tiger Air, la línea de bajo costo propiedad de Singapore Airlines), pasó el tiempo y el viernes me tocaba volar.

Salí de mi casa sobre las tres de la tarde, una vez acabé de trabajar y fui en tren a Schiphol. Allí facturé mi mochila de cuarenta litros con siete mil trescientos gramos, es decir, he logrado reducir en una barbaridad el peso de lo que me llevo. Tras la facturación, pasé el control de pasaportes y me acerqué a la zona en la que debía esperar el avión. Me puse en una de las mesas con conexiones eléctricas para mantener mis dispositivos mágicos y maravillosos bien llenos de jugo de la vida y ahí esperé. Lo voy a volver a repetir por si algún día algún comemielda en el poder lo lee. Conseguir que los pasajeros voten a un aeropuerto como el mejor de Europa no se logra contratando al arquitecto más maricón o famoso para que haga unas nuevas pirámides de Egipto. No tienes ni que hacer un edificio bonito. Puede ser horrible, horripilante y horroroso. Lo único que has de hacer es dotarlo con las cosas que necesitan los viajeros, con un buen y rápido sistema de control de seguridad, con salas de embarque amplias y cómodas, con baños en su interior y en donde haya abundante espacio para sentarse, con un sistema simple y sencillo que hasta un lerdo truscolán puede entender sin perderse y con muchas tiendas, muchos bares y lo más importante, con muchísimos lugares en los que sentarte a descansar o a esperar y en donde hayan puntos de electricidad a mansalva porque en el siglo XXI (equis-equis-palito), las cosas más imprescindibles en nuestra vida necesitan recargar sus baterías con cierta frecuencia. Schiphol lo tiene todo y por eso es el mejor aeropuerto de Europa.

Como el vuelo era a un destino fuera de la Unión Europea, los controles de equipaje eran en la misma puerta de embarque, algo a lo que se tendrán que acostumbrar los truscolanes en su momento, ya que no ser ciudadanos de la Unión tiene esas cosas. En el avión, yo había seleccionado un asiento casi al final del mismo, ya que estaba seguro de que así no se sentaría nadie a mi lado y así fue.

Embarcamos y despegamos en hora. Turkish Airline fue la mejor aerolínea europea en el 2013 y el premio se lo dieron por algo. El espacio entre filas es espectacular. Hasta una persona con muñones en vez de piernas lo nota. Además, tienen un espectacular sistema de audio y vídeo y según despegan pasan las azafatas regalando dulces y dándote el menú para que elijas tu plato principal. La cena fue de rescándalo y en menos que nada llegué a Estambul. Esta vez el aeropuerto era el de Ataturk y por eso, el avión dio una vuelta por encima de la ciudad e identifiqué el chabolo de mi amigo el Turco desde el aire, los centros comerciales a los que vamos al cine y muchos otros lugares. Cualquiera diría que he pasado por Estambul con frecuencia … coño, si creo que esta es la octava o la novena vez que paso por allí …

En el aeropuerto, como tenía el tripazo lleno, busqué un baño y me eché una jiñada turca y así vacié la recámara de aire porque a mí volar me infla como a un pez tamborín. En el retrete parecía que estaba ensayando alguien de la sección de viento de una filarmónica. Mi segundo vuelo salía a la una de la mañana, hora turca y el embarque comenzó casi una hora antes. Fue muy rápido y de nuevo elegí un asiento casi al final de avión, también porque si hay algo que se es que la parte delantera está petada y en la trasera, con suerte no se sienta nadie a tu lado y tienes dos asientos como así fue. A mi alrededor, las cosillas que iba a necesitar. El flotador para el cuello, el antifaz para dormir, el iPad y una vez me quité los zapatos y me acomodé tapándome con la manta que te dan, estaba listo.

El primer avión era un Airbus A321 y el segundo un A330. Tras despegar, nos volvieron a dar dulces y también una cajita de metal fastuosa que en su interior lleva unos calcetines largos y cómodos, un antifaz, tapones para los oídos, crema hidratante para los labios y un cepillo de dientes con un poco de pasta. Estos detallitos son muy de agradecer y los terroristas musulmanes malayos que iban en el vuelo lo guardaron para regalar. Se me ha olvidado comentar que tuve un momento de pánico mientras esperaba porque el vuelo tenía código compartido con Malaysia Airlines. Pensé que igual era uno de sus aviones y con mi suerte y todos los males de ojo que me han deseado últimamente, pilotaba el primo-hermano del julay que desapareció el otro avión y éste repetía la hazaña. Cuando vi a la tripulación venir y comprobé que ninguno era asiático y todos parecían terroristas musulmanes pero de las cercanías de Europa, respiré tranquilo.

Fui al baño para vaciarme de líquidos y al poco nos dieron la cena, apabullante. Me encochiné nuevamente y cuando acabé me puse la almohada del cuello, el antifaz y así sin más caí muerto. Dormí entre seis y siete horas con un par de minutos despierto de cuando en cuando. Casi que prefiero estos viajes larguísimos, yo en los aviones duermo como un bellaco truscolán. Aterrizamos en Kuala Lumpur sobre las cinco de la tarde hora local. Yo me conozco el aeropuerto así que salí y fui directo al tren que te lleva desde la terminal satélite a la principal y después pasé el control de pasaportes, recogí mi maleta, bajé a la estación de tren y compré mi billete para Kuala Lumpur. Tuve que esperar diez minutos por el tren y tras media hora en el mismo llegamos a la ciudad.

En todos mis viajes anteriores (salvo una noche cuando fui a Taman Negara), elijo el triángulo de oro para quedarme pero esta vez pasé, la zona la tengo muy vista y lo único que quería era algo cerca de la estación de tren. Encontré un hotel muy barato y que estaba muy bien y fue salir del tren y en menos de cinco minutos estaba en mi habitación. Tras una purriada de años, han inaugurado un centro comercial enorme junto a la estación de tren y conectado con la misma y con el Monorrail. Más tarde fui por allí y encontré un sitio para cenar antes de retirarme a la habitación. Conseguí dormirme a las once y dormir de un tirón hasta las siete de la mañana. Así acabó la primera etapa de mi salto a Asia. Al día siguiente seguía camino y por la mañana iba a ser un poco de turismo por la zona antigua de Kuala Lumpur.

El relato continúa en De Kuala Lumpur a Chiang Mai