Si te gusta la arquitectura colonial, Yangón es un paraíso. Está llena de edificios preciosos que añaden el encanto del tiempo, que parece haberlos olvidado y envejecen con su propio estilo. Encontrar el nombre de este edificio me costó un montón ya que no estaba en mi guía turística. Al final averigüé que se trata de la Custom House o la aduana (en su día) y el edificio se levantó en 1915. Desconozco si hoy en día se sigue usando con ese propósito o han encontrado una nueva función para el mismo.
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La visita a las cuatro islas
El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos
Después de llegar el día anterior a Ao Nang, me apunté a una excursión para ir a ver las cuatro islas (Four Islands Tour). Como siempre incluía el cutre-almuerzo, agua y tenía una parada en un lugar para ver el fondo marino con gafas y tubo.
Me recogían a las ocho y media con lo que me levanté temprano y después de desayunar los esperé un rato. Me recogieron en una furgoneta de esas pickup con la parte trasera convertida en autobús y estaba petadísima de hindúes. De siempre se ha dicho que en mi particular escala del universo, yo soy un racista de cojones con los fumadores y los que tienen CaraCuloLibro, gente a la que ninguneo y me da asco y después, mantengo las distancias con los truscolanes de mierda, los koreanos de mierda y los hindúes de mierda, tres sub-especies que no me gustan nada de nada. Mi problema con los hindúes es que son como la marabunta, no respetan tu espacio personal, se tiran encima tuyo y se te pegan con todas sus enfermedades visibles muy próximas a ti.
Al llegar al muelle de Ao Nang estaba claro que los europedos, los australianos y los gringos se apuntaban al tour en barco rápido y loa asiáticos y un servidor al tour en el Long Tail boat, los barcos títpicos tailandeses con un extraño motor en la parte de atrás y que so más lentos. Mi razón para apuntarme en uno de estos es que en el rápido no se pueden hacer fotos, te llevan como ganado sin ver nada a toda mecha y yo lo que quiero es fotografiar, no acabar con el culo más roto que el de Boris el venezolano. En mi barco íbamos unos cuarenta, de los que aparte de la tripulación, yo parecía ser uno de los pocos que sabía nadar.
Tras salir del embarcadero, el cual no es más que una extensión de arena que no queda sumergida en marea llena, enfilamos hacia la playa con cueva de Phra Nang, la cual está al sur de Ao Nang y no es una isla. Esta, según dicen, es una de las playas más hermosas de Tailandia. Aquello parecía un zoco, con unos veinte barcos llenos de turistas que descargan al mismo tiempo. A esta playa no se puede llegar en coche, solo por barco y en la misma hay un exclusivo resort, aunque vistas las excursiones que llegan todos los días, no sé si merecerá la pena pagar para tener esas hordas delante tuyo. La idea era estar allí unos cuarenta minutos, tiempo más que suficiente para hacer fotos, ver la cueva y bañarte. Todos regresamos al barco y cuando hacen la cuenta faltan dos. Cinco minutos de espera, cinco más, diez más y veinte minutos más tarde aparece un puto hindú de mierda con la zorrra a la que empala y a la que le había hecho quinientas fotos allí en poses de prostituta barata. No solo los otros hindúes se cagaron en la zorra que lo jiñó, los tailandeses le explicaron que un segundo de retraso en la próxima parada y se buscaba la vida para volver.
La segunda parda fue en la isla de Koh Poda, con una playa muy bonita y un atolón justo enfrente. Allí nos daban el almuerzo, que costaba de pollo con curry rojo, otro curry vegetariano, arroz y piña y sandía de postre. Tras comer, paseo por la playa, fotos y baño. Teóricamente íbamos a estar hora y media pero con el retraso nos quedamos solo una hora. A todas estas, cada vez que íbamos en el barco, uno de los hindúes llevaba una especie de altavoces portátiles con forma de balón de rugby y conectados a una memoria USB y ponía música hindú a todo meter y todos bailando y cantando como en una película de Bollywood. También iban chinos, que no ponían música pero hacían fotos sin descanso, cientos y cientos de fotos.
La tercera parada fue en Koh Gai, conocida en inglés como Chicken Island o como la Isla de la Gallina. La razón es que en uno de los extremos de la isla hay una formación rocosa que parece el cuello de una gallina. Después paramos en esa zona para que la gente se tirara al agua a ver el fondo con gafas y tubo. Fue un rescándalo porque todos usaban chalecos salvavidas. Los hindúes se agarraban a la escalera para bajar al agua y la bloqueaban. Los chinos saltaban de cabeza al agua con su chaleco salvavidas y las gafas de submarinear puestas. Yo me limité a bañarme, con las chinas flipando en colores porque sabía nadar. Una de las parejas hindúes estaba de luna de miel y el colega le hacía fotos sin descanso en poses de puta barata. La primera esposa del chamo debía ser pariente cercana de la Pantoja porque tenía el mismo bigotón.
La última parada fue entre dos islas, Koh Tub y Koh Mor, o más bien dos atolones. Lo especial, bonito y alucinante es que estas dos islas diminutas están unidas por un camino de arena en el agua y puedes andar de una a otra. El sitio tiene su encanto, es precioso y fascinante. Según me contó el guía, dos años atrás hubo un mono viviendo en una de ellas pero se marchó a la isla de la Gallina, ya que con mareas muy bajas surge un tercer camino que permite andar hasta ella en marea baja.
Cuando regresé al barco aún faltaban unos cinco minutos y el barco estaba algo separado de la orilla, con lo que subir era algo complicado. Una pareja de lesbos asiáticas subieron, con la machorra elevando a la otra, que estaba un poquito encochinada y no conseguía subir y tras ellas llegó el patriarca de los hindúes. El colega se quedó encajado en la escalerilla y ni subía ni avanzaba. Yo desde el agua me partía la polla de risa mientras las bolleras no podían izarlo y los tailandeses se hacían los locos de lejos mientras ellos también se reían. Finalmente tuvieron que ir a empujarlo para que subiera. cuando entramos todos, comenzó el regreso, el cual desde allí tomaba algo más de media hora.
Al bajarnos nos fueron repartiendo en vehículos para dejarnos en nuestros hoteles. En esta ocasión me tocó en otra camioneta, sin hindúes. Vine llegando sobre las cinco y tras ducharme iba a salir a cenar pero comenzó el diluvio universal y tuve que esperar casi una hora a que parara. Cuando lo logré, salí, fui a un tailandés, cené y regresé al hotel. Para el día siguiente me apunté a una excursión de medio día para hacer kayaking en una zona que dicen que es muy bonita.
El relato continúa en Kayaking en Ao Thalen
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Edificio Rowe & Co.
Al lado del ayuntamiento está el que cuando se construyó en 1911 era el Edificio Rowe & Co., otro ejemplo de arquitectura colonial y un edificio que ahora parece sujetar en su fachada un andamio de bambú. En su momento, este fue uno de los centros comerciales más grande de Asia, era una tienda enorme en la que se podía conseguir de todo. Después se convirtió en la Oficina de Inmigración de Myanmar con lo que es probable que mi solicitud de visa fuera tramitada allí por la agencia a la que se la encargué, ya que en Myanmar estas cosas se han de hacer con antelación y a la vieja usanza, con mucho papeleo, fotos y demás. Forma parte del exotismo de visitar estos países fuera del circuito más comercial.
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De Bangkok a Ao Nang
El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos
Aunque inicialmente no tenía previsto volar en Tailandia, al cambiar mis planes acabé optando por este medio de transporte por la velocidad. Para llegar a Krabi, o te pegas un palizón en tren o en autobús, o tomas un vuelo de una hora. Hay cuatro compañías (que yo sepa) haciendo vuelos diarios desde Bangkok y en base a los precios de último momento, la mejor era Bangkok Air, aerolínea que ya había usado cuando estuve en Koh Samui y que se jactan de ser una boutique Airline porque dan comida y hasta tienen salas de espera en el aeropuerto con comida y bebida gratis para sus pasajeros.
El vuelo salía desde el aeropuerto principal de Bangkok y por eso reservé un hotel junto al AirLink, el tren que te lleva al aeropuerto. Me levanté temprano, me comí los donuts del Dunkin’ Donuts que había comprado la noche anterior y dejé el hotel acercándome a la estación, justo al lado del mismo. Compré mi billete para el tren de las 06.54 y llegó en hora. A las 07.15 llegábamos al aeropuerto y fui a facturar y recoger mi tarjeta de embarque. Después crucé el control de seguridad y fui de cabeza a la sala de Bangkok Air para encochinarme a base de bien con la comida gratis. Sobre las 08.45 comenzaba el embarque y entramos puntuales. Me ubiqué en mi asiento y a las 09.20 despegábamos. En la hora de vuelo se las apañaron para darnos una comida. Aterrizamos en hora y el aeropuerto de Krabi me sorprendió porque era más grande de lo que me imaginaba. Aunque el aeropuerto tiene dos pasarelas, aparcamos junto a la terminal y nos hicieron subirnos en un autobús para llevarnos a la misma. Cuando casi todos estábamos dentro, se cierran las puertas, el autobús se mueve VEINTE METROS en línea recta, se abren las puertas y ya estamos en la terminal. Tuvimos que descojonarnos de risa porque aquello era de chiste.
Esperé por mi mochila y cuando salió fui a contratar el autobús que te lleva a la zona turística por tres leuros. Entré en el mismo y al rato salimos para el poblacho. La guagua nos iba dejando en nuestros respectivos hoteles y pensiones y a mí me dejó en The Verandah, el lugar en el que me quedaba en Ao Nang. No me gustó la habitación que me dieron porque estaba en la planta alta y hacía demasiado calor y me cambiaron a la segunda planta, mucho más fresca.
Al rato de llegar me puse el bañador, cogí una toballa en la recepción y me fui a la playa a pasar la tarde. Me sorprendió porque la playa estaba muy limpia y el agua aparte de caliente como meados, estaba perfectamente limpia, algo que no siempre he visto en estos países asiáticos. Al ser temporada baja el lugar es muy relajado y tenemos playa para todos, con algo de distancia entre los turistas.
Por la tarde contraté una excursión para el día siguiente y fui a cenar a un restaurante hindú por cambiar un poco la dieta. Más o menos así transcurrió el día en el que salté de la parte norte de Tailandia a la sur.
El relato continúa en La visita a las cuatro islas


