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  • La mirada del amor – The Face of Love

    31 de mayo de 2014

    Hay dramas y dramones. Parece que últimamente en el mundillo del cine, si de lo que se trata es de llevar a la pantalla una historia dramática, entonces se eligen puretones y si es acción, comedia o algo más ligero, chochas impresionantes y pavos que parecen adolescentes. En fin, que gracias a esta regla al menos tenemos a un montón de actores y actrices que saben como hacer su trabajo en pantalla y podemos disfrutar con ellos, aunque sea yendo a la filmoteca, lugar al que están condenadas estas películas que no van a ser bombazos en taquilla. Hoy hablaré de The Face of Love, la cual se estrenó en octubre del año pasado en España con el título de La mirada del amor, supongo que porque el traductor faltó a clase el día que explicaron las palabras cara y mirada.

    A una julay pasada de hervor se le ponen los pezones como garfios cuando se encuentra con un chamo que parece el clon de su difunto marido

    Una mujer que está enamorada hasta las chacras cae en una profunda depresión cuando su marido muere. Después de unos años llorando y sin hacer mucho más, un día sin quererlo se tropieza en un museo con un chamo que es clavadito al maromo que la empalaba hasta diñarla. Sobre la marcha la colega empieza a lubricar y deja un charco allí mismo y a partir de ahí buscará la forma de camelárselo y llevárselo al catre para que se la jinque hasta los mismísimos güevos. Por supuesto no le dice que es algo morboso y cuando después de una hora de película el colega se entera al conocer a la hija de ella, se rebota todo y se va con su rabo a otra parte.

    Esta es una historia de amor curiosa, más bien es como de obsesión física, ya que a la colega no le preocupaba demasiado que el nuevo sea otra persona, para ella la cosa es que si se parece al otro, debe ser el otro y como todos sabemos que la belleza y todo lo demás es puramente exterior, ella dale que dale a enrollarse con el hombre. Está interpretada por Annette Bening, que consigue resultar creíble como esa viuda negra algo macabra. Su vecino y el chamo que la ama sin poder ponerle la pierna encima para que no levante cabeza es el fabuloso Robin Williams, un actor que de siempre me gustó pero que está envejeciendo muy mal, o se le ha ido la mano con las operaciones, porque cada vez se parece más al chino Kudeiro. El hombre que muere y reaparece es Ed Harris, un actor que de siempre ha tenido un gran aplomo en pantalla y aquí lo vuelve a demostrar.

    Sin ser un peliculón del copón, esto es más bien como un telefilm, entretenida y amena y que vale perfectamente para pasar el rato. Al final se les fue un poquito la mano, pero bueno, no sales del cine con mal sabor de boca. Por lo complicado del concepto, los miembros del Clan de los Orcos no tienen la suficiente capacidad neuronal para comprender algo así. Para los demás, espera a que la pongan en Antena Triste un domingo por la tarde.

  • Elephants World

    30 de mayo de 2014

    El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

    Aunque podía haber ido a visitar algún santuario de elefantes en Chiang Mai, a sugerencia de mi amigo el Rubio decidí posponer esa actividad hasta mi paso por Kanchanaburi. Él había estado allí el año anterior con su mujer y las tres unidades pequeñas y todos habían flipado en colores con Elephants World y me había pedido y rogado que fuera a ese lugar, que más que un parque es una especie de asilo para elefantes que han tenido una vida muy puta y que al hacerse viejos sus dueños se quieren deshacer de ellos.

    En Tailandia, los elefantes siempre han trabajado con los hombres. Ya hace un tiempo que se prohibió totalmente el uso de elefantes como animales de carga y para arrancar árboles y muchos de ellos fueron reconvertidos en animales para mendigar o para dar paseos a los turistas con unas sillas pesadísimas a su espalda. El elefante asiático solo puede cargar unos cien kilos y la silla pesa cincuenta, con lo que cuando le sumas a ese peso el de los dos hijoputas que se ponen encima, te puedes hacer una idea de lo que sufre el animal. Además, para domesticarlos los torturan hasta romper su voluntad.

    En Elephants World, los elefantes viven tranquilos y contentos los años que les queden. Un elefante en libertad suele tener una expectativa de vida de sesenta y cinco años y en cautividad puede llegar hasta los noventa, ya que cuando se le caen los dientes se le puede seguir dando comida blanda.

    Sobre las nueve y media de la mañana me recogieron en una pick-up que iba llena de gente. En total éramos unos diez. Me sorprendió ya que en los hoteles anuncian los parques de elefantes con silla para pasear y este lugar no es muy querido por ellos ya que no tienen comisión alguna. Después de unos cuarenta minutos en coche llegamos al parque, una finca inmensa junto al río Kwai. En la introducción nos explicaron cosillas sobre seguridad e íbamos a dar cestas de frutas a los elefantes. A mi me tocó una llamada Bo que había llegado al parque un mes antes muy débil y torturada y que tiene sesenta y cinco años. En el tiempo en el que ha estado allí ha recuperado algo de peso pero todavía está llena de heridas del hijo de la gran puta truscolana que le pegaba en Chiang Mai. El animal casi no podía coger la comida (piña y plátanos) y se los tenía que meter en la boca, con una lengua enorme. Además, está ciega de un ojo por algún golpe que se dio contra algún árbol o eso es lo que creen.

    En el parque ese día estaba un equipo del canal 7 tailandés para hacer un reportaje sobre esa organización no gubernamental que ayuda a los elefantes. Merece la pena comentar que el precio de un día en el parque es de 2000 Bahts tailandeses o casi cuarenta y cinco leuros a precio de hoy. Creo que en la tele me sacaron dándole de comer al elefante. Después los elefantes se fueron al río Kwai a darse el baño de la mañana y los acompañamos ara verlos en el agua. Allí me comentaron que Bo adora el baño ya que en el lugar en el que la tenían en Chiang Mai no había agua y no podía bañarse. La presentadora habló un rato subida al cuello de uno de los elefantes mientras todos cruzábamos los dedos para ver si la tiraba, pero no sucedió. Al salir cada uno se fue a su árbol favorito y es rascaban contra los mismos y después se desperdigaron por el lugar. El más viejo de los elefantes nació antes de la Segunda Guerra Mundial y el más joven es casi un niño, un elefante que rescataron después de que se lo arrebataran a su madre y antes de que lo empezaran a torturar.

    Mientras los elefantes estaban ocupados con sus tareas, nosotros cocinamos «arroz pegajoso«, el cual se hace como el risotto, revolviendo sin parar hasta que el arroz suelta suficiente almidón. Por la tarde les íbamos a dar bolas de arroz a los elefantes con las vitaminas y medicinas que tienen que tomar y para los más viejos que no tienen dientes, esta es una comida muy fácil.

    Así matamos la mañana y tras un almuerzo excelente nos dividimos en dos grupos. Unos se fueron a preparar las cestas con frutas para la tarde y otros (entre los que estaba yo) fuimos a cortar cañas en los campos de alrededor. No me quedó claro el uso que les dan pero igual se las comen los elefantes. Con treinta y seis grados, es un trabajo duro pero igualmente divertido. Antes de ir habíamos visto a los elefantes dándose baños de lodo y usando herramientas con su trompa para extender el lodo por todo su cuerpo. Los elefantes asiáticos se pueden quemar con el sol y por eso se cubren con el barro.

    Tras cortar y recoger las cañas, fuimos a preparar las bolas de arroz. El arroz lo habíamos cocinado con trozos de calabaza y al hacer las bolas les añadimos las medicinas y vitaminas. Con las cestas de bolas de arroz, los elefantes vinieron y se las dimos. Este es un momento que a todos les gusta, tanto a ellos como a nosotros. Cuando se acabó la comida era la hora del baño de la tarde y los elefantes salieron escopeteados con sus mahuts al agua.

    Cada elefante tiene un guardián / protector, un humano al que eligen. Cuando los elefantes llegan al parque, vienen mahuts de todos lados y hacen pruebas y es el elefante el que elige a la persona con la que quiere estar. Esos hombres (y una mujer) viven y trabajan allí, prácticamente sin un día de descanso y son a los que los elefantes hacen caso. Al parecer, les gustan las voces no agudas y por eso prefieren los hombres, aunque en el caso de un elefante totalmente ciego escogió a una mujer.

    Con los elefantes en el agua, entramos y nos repartimos entre los elefantes, para jugar y divertirnos con ellos. Ese fue el mejor momento del día sin lugar a dudas, una experiencia única, con elefantes juguetones que nos lanzaban al agua y que se lo pasaban tan bien como nosotros. Además, nos bañamos en el río Kwai, con lo que no solo lo he visto, he cruzado sobre el puente famoso, he ido en el tren sino que me he bañado en dicho río con elefantes.

    Cuando salieron del agua se fueron escopeteados al lugar en el que les dan de comer porque sabían que era la hora de la fruta de la tarde. Nuevamente, me tocó la cesta de Bo, la cual estaba agotada (por lo débil que está) y tardó muchísimo más que los otros elefantes en comer, así que algunos de los cuidadores se quedaron charlando conmigo mientras le daba trozos de piña, su fruta favorita y plátanos. Cuando acabó de comer me uní al resto del grupo y tras tomar unos refrescos nos devolvían a Kanchanaburi.

    Este es el tipo de experiencia que hermana y de allí salimos todos encantados y habiendo compartido infinidad de consejos sobre los destinos de unos y otros. Después de lo que me contaron, opté por modificar mis planes y tirar para el sur del país. Ese día, por tercera y última vez, fui a cenar al Nut’s Restaurant y le pedí que me hiciera lo que le saliera de la pipa del guirre y me hizo un King Curry que no sé cual es pero que estaba de puta madre. En el restaurante había un joven europeo con un Lady Boy o eso que en la Isleta llamábamos un pedazo de maricón, aunque ahora que vivimos en una sociedad dominada por lo políticamente correcto, deberíamos denominarla como una tía con polla. Tengo clarísimo que el europeo sabía lo del rabo entre las piernas porque esa aquella no tenía una nuez de Adán, tenía el puto nogal en el cuello y unas manoplas enormes. Si vas a acostarte con un tío disfrazado de tía, al menos búscate uno que parezca una tía de verdad y no un mamarracho que no pasa por tía ni aunque te lo tropieces en carnavales y ya estés borracho.

    Al día siguiente quería ir a visitar Hellfire Pass y después tirar para Bangkok. Había pensado en hacer el viaje con transporte público ya que los taxis me intentaban levantar 1600 Bahts por el viaje. Mi Ángel de la guarda estaba al loro y me empujó a ir a visitar el mercado nocturno, uno que habitualmente no me interesa. En el camino paso por un callejón obscuro en el que hay un cartel de un taxi y el precio es de 1200 Bahts. Mientras lo miraba sin creérmelo, un hombre al otro lado de la calle me grita y resulta que es el taxista. Le explico que quiero ir a ese sitio a primera hora de la mañana, yo solo y el hombre me dice que me lo deja en 1000 Bahts. Casi me da un jamacuyo de la emoción tan grande. Si me dice que le tengo que hacer un final feliz, allí mismo le cojo el rabillo y se la casco. Le dejé 200 Bahts de anticipo y quedamos que al día siguiente me recogía a las siete y media. Estando en el mercado nocturno vi que algunos de los que tenían puestos recogían a toda prisa y decidí comenzar la retirada. A medio camino se abrió el cielo y cayó el diluvio universal y terminé refugiándome en un 7eleven durante casi tres cuartos de hora, ya que por supuesto, me dejé el paraguas en el hotel. Una vez regresé, empaqueté todo, reservé mi hotel para Bangkok y compré mi billete para volar a Krabi desde esa ciudad.

    El relato continúa en Hellfire Pass y viaje a Bangkok

  • Oficina de correos en Yangón

    30 de mayo de 2014
    Oficina de correos en Yangón

    Oficina de correos en Yangón, originally uploaded by sulaco_rm.

    Si hay un lugar fascinante en Rangón, es la oficina de correos. Montañas de cartas y paquetes, ni un solo ordenador, un ejército de empleados trabajando y algunos hasta sellando con cera cartas y paquetes. Parecía sacada de otro siglo. Desde aquí creo que mandé algunas postales y lo más increíble y asombroso es que llegaron a su destino, en España y Holanda. El edificio era de arquitectura colonial y los ventiladores, pese al calor infernal que no te hacía sudar, simplemente te mojaba de arriba a abajo, los tenían apagados.

  • El Parque Nacional de Erawan y el tren

    29 de mayo de 2014

    El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

    Tailandia es el país en el que son maestros a la hora de crear veinte tipos de excursiones a partir de una. En todos los sitios a los que voy tienes la excursión que quieres hacer y después las variantes, con paseo sobre elefante (torturado con una silla sobre su lomo), rafting en balsa, rafting en bote, caminata, sin caminata, es siempre una base con diversas variantes que se han de hacer en el mismo lugar, con lo que así llenan el coche con más gente.

    Yo quería hacer una que se llamaba Erawan & Train combo y que tenía la mañana en el Parque Nacional de Erawan nadando y caminando entre los siete niveles de cascadas que hay en el mismo y por la tarde un paseo en tren en la famosa vía que se construyó en la Segunda Guerra Mundial usando presos holandeses, británicos, australianos y americanos (en menor medida). Me recogían a las ocho menos diez, así que a las siete y cuarto estaba desayunando. Éramos en total diez turistas, el conductor, la guía y una aprendiz de guía. Lo primero fue una hora y algo de coche hasta el Parque Nacional, por «la» carretera de la zona. Paramos antes de entrar al parque ya que dos julays iban a hacer la excursión a lomos de los elefantes por la jungla. Para aquellos que creáis que eso es fascinante, los elefantes sobre su lomo solo pueden llevar unos cien kilos de peso y las sillas que les ponen encima para cargar dos turistas pesan cincuenta kilos. Además, esos elefantes son separados de sus madres a los dos años y la manera de entrenarlos es a base de torturarlos hasta que se someten completamente y pierden toda ilusión. Recordad esto si algún día se os ocurre hacer una excursión de ese tipo. Nosotros seguimos y al llegar al parque nos pusieron un pequeño vídeo y la guía caminó con nosotros hasta el lugar en el que estaba la primera cascada (o la séptima, si contamos de arriba a abajo). Yo miraba a la chama, encochinada que no veas y pensaba que no debe ser tan duro cuando esa bosta lo hace varias veces semanalmente, pero allí mismo nos explicó que ella se quedaba esperando por nosotros abajo y teníamos cuatro horas para subir hasta donde quisiéramos, bañarnos y relajarnos. El lugar es muy popular entre los tailandeses, que vienen allí sobre todo los fines de semana. También nos explicó que para evitar que la gente deje basura, no se puede llevar comida y la bebida, has de pagar una fianza de cinco leuros por botella que quieras subir y que te devolverán si la enseñas al regresar. Nos marcaron las botellas y cobraron la fianza y cada uno se fue por su lado. Yo opté por ir de un tirón hasta la séptima haciendo fotos y después bajar bañándome en todas y cada una. A esa hora el calor ya apretaba, con unos treinta y dos grados y más tarde iba a alcanzar los treinta y seis. En los alrededores de la primera catarata había monos.

    La segunda estaba cerca y lo mismo sucedió con la tercera, aunque ya para entonces yo iba en cabeza y los demás se habían quedado algo rezagados. El sendero para ir de una a otra estaba en buenas condiciones y al ser el final de la temporada seca, no había demasiada agua y no había demasiadas zonas con peligro de hostia al resbalar. La tercera catarata fue la primera de las espectaculares, con una caída de agua preciosa y un pequeño lago con islote en el lugar, algo que seguramente algunos ya lo habrán visto en cierto vídeo. Desde la tercera a la cuarta había que caminar algo más de un kilómetro, o más bien ascender por la montaña, esquivando escorpiones,, mosquitos, lagartos venenosos y demás bichos locales, pero mereció la pena porque la cuarta desde que la vi se convirtió en mi favorita. En la catarata había un tobogán natural, al que podías acceder para lanzarte después de jugarte la vida y no tenía demasiados peces en el lago, ya que alguien pensó que molaría mazo poner los peces esos que te comen la carne de los pies y que la gente paga por meter las pezuñas en piscinas llenas de los mismos para que te devoren (eufemísticamente llamado masaje). Desde esta piscina a la quinta fue otra tirada, con el camino volviéndose más arisco y duro y con los mosquitos más insidiosos. A partir de esta y para llegar a las dos últimas, es prácticamente una escalada, con algunos tramos con escaleras de madera y en la que vas sin resuello alguno y sudando por todos y cada uno de los poros del cuerpo. La sexta no me pareció gran cosa y hasta ese punto y desde la tercera no me había cruzado con nadie, con lo que me temía que igual iba a llegar allá arriba y estar solo. Al alcanzar la séptima, había un grupo de jóvenes tailandeses y una pareja que cuando los oí hablar supe que eran mexicanos. Ella posaba en todos los rincones y el venga a hacerle fotos en plan modelo, solo que celulítica y bigotuda. Después de hacer las fotos, hice un pequeño vídeo y me bañé, aunque duré poco en el agua porque estaba lleno de peces y eran como pirañas, picoteándote para arrancarte la piel muerta, según los asiáticos. Ya de regreso, bajé a la sexta y me bañé, ya que allí había zonas libres de peces, después seguí a la quinta y me bañé un rato largo y pasé aún más tiempo en la cuarta, sin lugar a duda mi favorita y una en la que no molestaban los peces. De alguna otra excursión había un chamo que casi no hablaba inglés con dos pavas americanas. Una al parecer no sabía nadar mucho y no paraba de decir Oh My God. Consideré seriamente el ahogarla. Por suerte se fueron al rato y me quedé yo con otra gente que no hacía ruido. Según había ido pasando el tiempo el parque se había ido llenando poco a poco con turistas y locales y daba la impresión que cuanto más me acercaba al primer nivel, más gente.

    También pasé un gran rato en la tercera cascada y decidí saltarme el baño en la segunda y la primera. Diez minutos antes de la hora a la que nos habían dicho que teníamos que regresar (en total teníamos cuatro horas en el parque), regresé haciendo algunas fotos en la segunda y la primera y enseñando las botellas para que me devolvieran el dinero de la fianza. Después me acerqué al restaurante en el que nos daban el almuerzo y me junté con los otros. Con lo de las excursiones es siempre una lotería. Te puede tocar un grupo en el que hay buena onda y todos acabamos de amigos para siempre (hasta que acabe la excursión) o te toca un grupo indiferente y no hay trato. Esto último fue lo que sucedió ese día. Cada loco iba con su tema. Comí fideos tailandeses con verduras y pollo (Pad Thai, creo que lo llaman) y desde allí salimos hacia la estación de tren de Kra Sae. Como casi todos los demás, con la barriga llena y la calor tan grande, me dio un jamacullo y me pegué la hora de viaje durmiendo una siesta. Al llegar a la estación, hay un montón de puestos para compra de chorradas, recuerdos y baratijas, o lo que la guía llamaba irnos de compra. Primero nos llevó al lugar en el que está el puente de madera, una estructura fascinante e igual que las que se hicieron en la Segunda Guerra Mundial (aunque algo me dice que es más reciente) y en la zona hay también una cueva que ahora es un templo Budista y durante la construcción del tren fue campamento y hospital de los presos. Fui el único que pasó de lo de las copras y caminé sobre el puente casi un kilómetro. Al regresar, esperamos la llegada del tren. El lugar se comenzaba a animar ya que todos los grupos hacen el mismo viaje. El tren apareció sobre las cuatro y diez de la tarde y nos subimos para cruza el puente de madera en el mismo.

    No sé, creo que todos pensábamos que iba a ser algo aburrido pero lo cierto es que cuando aquel tren viejísimo empezó a moverse y a menearnos y vimos que nos dejaban abrir las puertas en marcha y salir, correr junto al tren y subir (como en Divergent) y alongarnos por las ventanas, nos rechiflamos todos y empezamos a hacernos fotos y vídeos mientras el tren traqueteaba. Cuando cogió velocidad parecía que en cualquier momento iba a saltar de las vías y nos matábamos allí mismo pero nos reíamos más y más y hacíamos locuras aún más grandes. Los tailandeses nos miraban flipando porque mientras ellos permanecían en el tren, nosotros andábamos con el cuerpo por fuera y de repente venía una rama enorme y nos metíamos para dentro, esperábamos unos segundos y volvíamos a comenzar a coger confianza y salir. Hicimos un recorrido de tres paradas, fantástico. Cuando nos bajamos, el maquinista se hinchó a tocarnos la pita (o como quiera que se llame eso en los trenes) y nosotros aullábamos en respuesta. Desde allí fuimos en la furgoneta hasta el Puente sobre el río Kwai y pasamos en el mismo veinte minutos antes de regresar cada uno a sus pensiones sobre las cinco y media.

    Fue un día muy completo y divertido. Esa noche volví a cenar en el Nut’s Restaurant en donde probé su curry de calabaza con cerdo y lo flipé en colores y tres o cuatro dimensiones. Este invierno aprendo a cocinar curry de calabazas, es lo más de lo más. Me acosté temprano de puro agotamiento.

    El relato continúa en Elephants World

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