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  • En el Parque Nacional de Siem

    25 de junio de 2010

    El relato de este viaje comenzó en El comienzo de otro gran viaje

    Una vez más me tocaba madrugar para salir de excursión. Por suerte ya estoy tan acostumbrado que me despierto sin problemas desde bien temprano. Bajé a la recepción a las siete y media y al poco llegó la furgoneta que me venía a recoger. Me llevaron al mismo sitio al que fui el día anterior solo que antes paramos a recoger a una pareja de británicos y los tres juntos nos fuimos a desayunar nuestra barra de pan con mantequilla y mermelada con café. Después del desayuno nos pusimos en ruta y recogimos un montón de gente más con lo que yo me temía una nueva sauna gratis pero a la mayoría los dejaron en la playa para hacer la excursión a las islas y solo quedamos cinco para la visita al parque nacional de Siem. Para llegar a la entrada al mismo es media hora por carretera ya que está a unos veintitrés kilómetros de la ciudad. Allí dejamos el coche y nos montamos en uno de los barcos de los guardas del parque ya que el paseo se hace bajo su control.

    Nos dieron una charla en la que nos explicaron un poco la razón para la existencia de este sitio y el tamaño del lugar y cuando estábamos listos nos subimos al barco junto con nuestra comida y bebida. Después vino hora y media navegando por los manglares, disfrutando del exceso de vegetación y recorriendo unas aguas muy poco profundas en las que de cuando en cuando podíamos sentir como el barco tocaba el fondo. Pasamos junto a pescadores con red, a pescadores con sedal, y junto a redes que dejan puestas durante el día y las recogen al atardecer. Era marea baja y por ello también había un montón de mujeres y hombres recolectando almejas ya que el fondo del río está lleno. Van completamente vestidos y sacan del fondo las almejas, las extraen de su caparazón y se quedan solo con la carne. Según me contó el guía pueden hacer unos cinco kilos por persona los cuales casi no les dan dinero. En otra parte del parque otros cogían gambas del fondo con las manos y las iban echando en garrafones. Por todos lados se veían unas barquillas muy pequeñas y de pinta frágil que se mueven con remos y en las que prácticamente viven. Esta gente son de condición social muy pero que muy baja. En una de las barcas tenían un brasero y la mujer estaba preparando algo de comer mientras el marido pescaba. La vida de esta gente es trabajar en las mareas bajas ya que con la alta lo único que se puede hacer es pescar y no se pueden recoger ni almejas ni gambas.

    El guarda forestal nos explicó cosillas sobre el parque y así matamos el tiempo hasta que llegamos al lugar en el que comenzaba la caminata. La marea estaba muy baja y la barca no se podía aproximar así que tuvimos que saltar al agua a unos doscientos metros de la orilla y continuar andando. Como llevaba las botas de caminar, me las quité y de esa guisa fui andando por el barro, lodazal, agua en el que se convierte la zona. El guarda nos dijo que procuráramos no pisar una almeja abierta para no cortarnos y que tuviéramos cuidado con lagartos y serpientes de agua. Pura alegría y cosa buena. Llegué el primero a tierra y allí nos dijo que nos secáramos los pies en la hierba. Después trajo un trapo que estaba lleno de raña y que traía el sello que garantiza que al usarlo seguro que agarras metrosexualismo, tifus, difteria, polio, gilipollismo, lepra, cólera, dengue y marimandonismo y que no lo dude nadie, me limpié los pies con aquel trapo hediondo y me volví a poner los calcetines y los zapatos, aunque tenía la sensación que aquello era una ruleta rusa.

    Estábamos en una pequeña villa de pescadores y en el camino cruzamos por sus casas. En total viven en aquel lugar unas cincuenta familias, todas dedicadas a la pesca. Tienen una pequeña escuela patrocinada por un tal Jesús y espero sinceramente que el tipo que la lleva no sea católico o esos niños lo van a pasar muy mal cuando les empiecen los tocamientos y abusos que son la marca de la casa de la religión esa. En medio del pueblo tenían una especie de cocina comunal y estaban preparando una mega-sopa con substancia y recién les habían traído un cargamento de pollos que seguro que acaban más bien pronto en la olla.

    Una vez salimos del pueblo nos topamos con unos cuantos búfalos disfrutando del barro y después con una planta carnívora que al tocarla cerraba las hojas para atrapar insectos. Más allá nos esperaba la jungla por la que cruzamos esquivando ciempiés enormes y otros bichos de los que prefiero no acordarme. La caminata no se hizo muy larga y al terminar llegamos a una preciosa playa de arena blanca en la que estábamos totalmente solos. Los alemanes no se quisieron bañar así que la pareja británica y yo fuimos los únicos que nos lanzamos hacia el agua. Estuvimos en remojo hasta que parecíamos pasas viejas y al salir nos secamos al sol y después aprovechamos unas rocas para lavarnos los pies y ponernos los zapatos. Todo un alivio el volver a tener los pies limpios.

    Hicimos la caminata de vuelta más relajados  y al llegar al pueblo fuimos a la cabaña-oficina de los guardas del parque en donde nos tenían el almuerzo preparado. Consistía en filete de barracuda con ensalada y una barra de pan, un refresco de Cola de marca conocida y de postre plátano y piña. Estaba delicioso. Después de comer les dimos las sobras a tres perros que estaban en la zona y que se comían con la misma alegría un trozo de pan que un trozo de plátano. Supongo que los animales están tan acostumbrados a pasar hambre que no le hacen ascos a nada. Un niño se llevó dos barras de pan que sobraron.

    Estuvimos una hora por la zona, paseando y disfrutando de la brisa marina y al mismo tiempo esperando que subiera la marea lo suficiente para poder navegar. Cuando se dieron las condiciones adecuadas, nos montamos y comenzamos el viaje de vuelta en el que los pescadores de ostras y gambas se afanaban en remar y en volver con sus barquillos ya que con la marea llena no pueden hacer nada.

    A medio camino paramos en un lugar en el que hay una pasarela de unos cien metros de largo que se adentra en el manglar y conduce a una torre de observación de unos doce metros de alto. Subimos al lugar para admirar la zona y hacer unas cuantas fotos y después de bajar regresamos al barco y continuamos nuestro camino hacia las oficinas del parque en donde nos esperaba nuestro conductor.

    A mí me dejó primero en el viaje de regreso ya que mi hotel está en la ruta que hicimos. Aproveché para echarme una siesta y por la tarde me organizaron el viaje para ir en motocicleta a la playa de Serendipity en donde puedes comer un plato de barbacoa por tres dólares. Encontré un sitio que estaba bastante lleno y en el que la comida parecía fresco y me pedí una barbacoa de marisco. Me la zampé con gusto y la acompañé con dos latas de refresco, los cuales son más caros que el alcohol. Con todas las historias de movidas que me han contado del lugar, ni me planteo el tomarme una cerveza.

    Al terminar traté de encontrar al motorista que me había traído, el cual me dijo que se esperaría para llevarme de vuelta pero obviamente, se cansó o no lo vi. Da igual, un turista buscando transporte es como un caramelo en la puerta de un colegio y se acercaron un montón a ofrecerme sus servicios. Un par de ellos pretendían levantarme una pasta gansa pero los ninguneé y en esas apareció otro que aceptó mi oferta y me alcanzó al hotel. Así acabó mi estancia en Sihanoukville ya que a la mañana siguiente salía para Phnom Penh y los del hotel se habían comprometido a acercarme a la estación a las ocho de la mañana.

    El relato continúa en Tránsito de Sihanoukville a Phnom Penh

  • La torre Menara Kuala Lumpur

    25 de junio de 2010
    La torre Menara Kuala Lumpur

    La torre Menara Kuala Lumpur, originally uploaded by sulaco_rm.

    Después de haber puesto algunas fotos desde el mirador de la torre Menara KL hoy la podemos ver en esta vista general tomada cerca de Chinatown. Las torres Petronas no aparecen porque las oculta el edificio que aparece a la derecha de la torre Menara KL.

  • Noche de agua

    24 de junio de 2010

    Este relato comenzó en Un nuevo viaje a Gran Canaria

    Para mí la noche de San Juan es una noche de agua. Sé que hay hogueras y que el fuego forma parte esencial pero lo que la hace especial y única es el agua. Hace diez años me marché de España y en ese tiempo solo he fallado en dos ocasiones para volver a celebrar esa noche única. O en Málaga o en Gran Canaria, siempre regreso con mi toballa, mi bañador y unas ganas tremendas por saltar al agua de una playa que recién estrena verano y bañarme acompañado de una multitud.

    Este año la noche de San Juan la he vivido acompañado de uno de mis amigos holandeses. Cuando me decía y me repetía que quería venir a este país conmigo, yo le aconsejaba la época de junio como la mejor del año. ?l quería ver algo diferente de España y no hay nada más extraño y ajeno a los europeos que la noche de San Juan. Se lo he explicado una y otra vez pero siempre he tenido la sospecha que no terminaba de creérselo y cuando le decía que una multitud ingente ocupa la playa y corre hacia el agua a la vez.

    Anoche llegábamos a la zona cerca de las once. Como en ocasiones anteriores, pasé de ponerme a dar vueltas y más vueltas con el coche buscando un aparcamiento gratuito y opté por una de las empresas que tiene uno en la zona y en la que por un poco de dinero, estás a dos pasos. Después caminamos hacia la playa y como estábamos por una parte de la ciudad que mi amigo no había visto, lo llevaba por el parque Santa Catalina y otros rincones que acumulan buena parte de mi historia en esta ciudad. Elegí cuidadosamente la calle por la que entrábamos a la playa para que el hombre alucinara y de hecho, cuando lo vio se quedo flipando. Un río humano avanzaba por todos lados, por la avenida, por la arena, por las calles circundantes. Gente en la arena con toballas, mesas, sillas, cenando, bebiendo, bailando, gritando y más y más gente que se movía por todos lados. Nos acercamos a la zona de la Playa Chica y desde el extremo miramos la parte de la Cícer antes de volver y acercarnos hacia la puntilla. Como en años anteriores elegí para ver los fuegos artificiales y bañarme los alrededores del hotel Cristina, el cual creo que hasta ha cambiado de nombre aunque para muchos seguro que llevará el antiguo mientras tengamos memoria. En una tienda de la zona compramos cervezas y refrescos y mi amigo casi se cae muerto cuando el hombre nos las vendía a setenta y cinco céntimos por lata. En la arena nos rodeaban las niñas estas de once años que parece que toman leche super-vitaminada y super-mineralizada que les transforma el cuerpo en uno de yogur. Por supuesto que también estaban las Orcas, esas que en cada muslo llevan una persona y media y cuyas tetas son como embalses y que como la crisis les está apretando, han dejado atrás los doscientos metros de tela de un bañador o los cinco metros de tela de un bikini y han optado por dos metros y medio de cuerda que no tapa nada pero que les quita la sensación de estar desnudas.

    Disfrutamos del ambiente hasta las once y cincuenta y nueve minutos. En ese momento le dejamos nuestras mochilas a una cristiana que estaba apalancada en la zona con su butacón y que se ofreció a cuidárnoslas y corrimos hacia el agua con una multitud. Entramos rápidamente y cuando chapoteábamos y gritábamos con la gente comenzaron los Fuegos Artificiales, los mejores del año en el municipio de las Palmas de Gran Canaria y como en ocasiones anteriores, espectaculares. Salimos del agua y continuamos viendo el festival de explosiones sobre nuestras cabezas, los diseños efímeros que se pintan en el cielo durante unos instantes y que en algún momento tendré que fotografiar con un trípode y sin posibilidad de bañarme.

    Aunque el tiempo parece detenerse, lo cierto es que fueron únicamente trece minutos y una vez transcurridos, la traca final anunció que terminaban los fuegos y por la megafonía comenzaron a recordar a la gente que la playa es de todos y al marcharse deberían llevarse su basura. Nos quedamos por la zona un rato largo, bebiendo y viendo a la marabunta correr sin rumbo fijo y cerca de la una volvimos al coche y regresamos a la playa de la Garita.

    El año que viene regresaré de nuevo para continuar con la tradición.

    El relato continúa en Cruzando la isla de Gran Canarias

  • El triángulo de Oro de Kuala Lumpur

    24 de junio de 2010
    El triángulo de Oro de Kuala Lumpur

    El triángulo de Oro de Kuala Lumpur, originally uploaded by sulaco_rm.

    No todo son las torres Petronas en Kuala Lumpur. La zona en la que se encuentran es conocida como el Triángulo de Oro y está llena de hoteles y edificios de oficinas. Entre ellos serpentea el monorail. Entre los edificios que se ven en la foto está el hotel Crowne Plaza en el que me he quedado un par de veces y a la izquierda uno de los edificios no muy grandes es el Impiana Kuala Lumpur en el que también estuve y que tiene unas vistas fantásticas de las torres. En esta parte de la ciudad hay varios centros comerciales gigantescos y los bares y la zona de marcha.

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