No hay nada que me haga hervir la sangre más que escuchar a alguien lamentarse porque al parecer han perdido el fin de semana sin hacer nada. Me puede. Cada día es una aventura única e irrepetible de la que tenemos que sacar el máximo provecho y si no eres capaz de verlo así, quizás ya estés muerto y aún no te lo han notificado.
Pongamos por ejemplo el sábado pasado. Me desperté alrededor de las nueve de la mañana y comencé el desayuno con un fantástico Bollos Suizos antes de culminarlo con unos English muffins con mermelada de frutas del bosque y queso canario. Después de ducharme y vestirme salí al trote para el centro de Utrecht y tras dejar mi bicicleta en uno de los aparcamientos gratuitos vigilados me acerqué a la oficina de correo para enviar un sobre a mi madre con fotos. Pensaba que habría una cola de escándalo pero el lugar estaba desierto y salí de allí prácticamente un minuto y medio después de entrar. Pasé por delante del Oudaen, ese castillo dentro de la ciudad y al llegar al mercado fui directo a la zona en la que están los puestos de pescadería. En el primero tenían pulpos y casi me corro de puro gusto mientras compraba tres de ellos para cocinarlos este próximo miércoles a la gallega y darme un homenaje con mi amiga la Chinita. Con el pálpito y la sangre aún en los bajos decidí curiosear en el puesto siguiente y cuando vi la red se me bajó y se me subió toda la sangre a cierto miembro. ¡Almejas! ¡Almejas! ¡Almejas! Cogí una de las dos preciosas redes que tenían y ahí sí que me corrí de gusto con el tiempo suficiente para sacar la puntita nada más y enlefar la frente de la pescadera, la cual agradeció enormemente mi muestra de amor por los productos que allí venden. Mi vida entera cambió sabiendo que en la bolsa llevaba almejas. Lo primero fue ir al puesto de las verduras y comprar cebollas, perejil y dos pepinos y aquí no quiero malos pensamientos ni de palabra ni de obra que los usaré mañana por la noche para hacer un Gazpacho blanco ya que se cruzaron en mi camino unas uvas blancas que no pude dejar pasar y aunque hace frío y no es la época, me apetece recordar el verano tomando primero una buena taza de Gazpacho blanco cuando la Chinita venga a cenar a mi casa el miércoles.
Con mi marisco y mis verduras en la bolsa, me pasé por el puesto de los frutos secos y compré almendras naturales para el gazpacho y no pude resistirme y me llevé medio kilo de Macadonia mix, seguramente, la mezcla más exquisita y deliciosa de frutos secos que se hace en todo el universo y que solo está disponible en un puesto del mercado de Utrecht en el que además te la dan calentita porque no dan abasto a preparar kilos y kilos.
Regresé al aparcamiento, recogí mi bicicleta, quizás la Milli o quizás la Vanilli, ya que a las dos bicis de dudosa procedencia que tengo hace años no les terminé de poner nombre y como cantan un güevo y desafinan que no veas con unos gritos y gemidos extrañísimos, las he terminado llamando como a cierto grupo musical famoso por sus gallos. Volví a mi casa, guardé el pulpo en el congelador para que no se rompiera la cadena de frío y puse a las almejas en remojo y en un par de minutos les hice fotos a las bicicletas ya mentadas porque una de ellas tiene su propia historia increíble que contaré mañana y tras hacerlo, cogí la otra bicicleta, quizás la Vanilli o puede que esa si fuera Milli y regresé al centro de la ciudad. Aparqué en la estación, compré mi billete y me marché a Amsterdam. Allí fui al cine, pero no a uno de los tres a los que acudo con regularidad sino a otro que han vuelto a reabrir después de tenerlo cerrado un par de años, el Pathé City. Siempre es un día especial cuando vas a un cine por primera vez, aunque sea en donde sea, para mí es como volver a casa ya que en los cines paso cientos de horas cada año.
Vi una sesión doble, en dos cines distintos y al ir de uno a otro aproveché para entrar en unos grandes almacenes y completar el número mágico de gallumbos que tengo y que no es otro que 21. En los últimos meses he hecho una limpiada brutal de mi armario y aunque me he propuesto no volver a las cantidades de ropa que tenía antes, 21 equivale a tres semanas y es un número bonito. Regresé primero en tranvía, después en metro, luego en tren y terminando el trayecto a mi casa en bicicleta. Nada más entrar, puse el sartén al fuego y cociné las almejas a la marinera:
Me comí yo solo todas y cada una de ellas. Eran almejas italianas, no tan grandes como las que se venden en España pero igual de ricas y salvo por dos que estaban rotas, se abrieron todas las demás y el festín fue apoteósico. Calculé mal las cantidades para la salsa y no me sobró para mojar pan, pero vamos, la próxima vez haré mucha más salsa y estoy convencido que habrá una próxima vez.
Fue un día único e irrepetible, con mi primera vez en el Pathé City, mi primera vez encontrando almejas en el mercado en Holanda y mi primera vez en un día que ya no volverá y que viví a tope.