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Cine

The Ring Two – La señal 2

No hay nada que me detenga cuando veo una peli de terror en la cartelera del cine. Es algo que no puedo evitar. Siento una necesidad imperiosa y perentoria de lanzarme hacia la taquilla y comprar mi entrada. Sin embargo, para ver The Ring Two, o La señal 2 que es el título por el que un desgraciado la ha traducido al español (¡aunque en el cartel mantienen el título original!) tuve que esperar una semana porque un colega al que le da mucho miedo ver solo películas de terror me había pedido porfa plis que fuera con él.

Así que cuando los astros estaban bien orientados, nos metimos en una sala, bien entrada la noche, a ver como continuaron la historia. Es curioso que aunque The Ring no fue dirigida por su director japonés en su versión americana, si han optado por el colega para la segunda, que tiene un guión propio y totalmente independiente de las secuelas japonesas. Hideo Nakata, uno de los hombres que me ha provocado más sustos en los últimos años y que ha conseguido levantar en occidente un género que parecía acabado, se ha prestado a ordeñar la vaca y sacar hasta la última gota de leche, que es lo mejor que saben hacer en los Estados Unidos. Resultaba muy difícil mantener el nivel y la calidad de la primera y siendo objetivos, han fracasado. La película es buena y está muy por encima de la media, pero ya no hay ese miedo que te entraba por los bajos y te iba subiendo por el cuerpo cuando estabas en el cine asistiendo a un pase de la primera parte. Ahora ya sabemos que es lo que va a pasar y no hay color. Han tratado de dar unas cuantas vueltas de tuerca, pero toda la historia se sujeta con pinzas que no aguantan tanto peso. Se echa de menos una buena historia y quizás el haber dejado en paz el tema y haberse gastado el dinero en algo nuevo y original.

Repitieron David Dorfman y Naomi Watts, que interpretan al niño y a la madre que lo parió, quienes parecen estar vinculados de alguna forma con Samara la mala, ese pedazo de niña con el pelo mal peinado que se mueve a golpe de break dance y que como te coja, te deja chupadito.

Lo mejor son las caras de los colegas que mata la Samara. Lo peor es la decepción por no haber salido del cine completamente cagado de miedo. A pesar de lo que he dicho, merece la pena el pasarse por un cine, ya que se puede ver y es altamente recomendable para los seguidores del cine de terror.
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El chino Otros mundos Reality sucks

Regalo de boda I

Siguiendo con la crónica de mi iterativa vida, falta de sobresaltos y aventuras, he de repetirme por enésima vez e involucrar a esos santos que me soportan habitualmente en estas latitudes. Lo que voy a contar hoy sucedió el lunes de Pascua, el pasado 28 de Marzo, primer día festivo de este año y primer día festivo en Holanda que cae entre semana desde Mayo del año pasado. Sí queridos, se os pone la lengua negra de criticar y quejaros, pero que sepáis que cuando una fiesta cae en sábado o en domingo en este país, nos jodemos y maldecimos en voz baja. Y como este es un estado laico, o lo que es lo mismo, una mierda pinchada en un palo, no tenemos casi ningún puto día festivo a lo largo del año. Me gustaría que a esos que se les infla el pecho alegando su ateismo se les obligara a trabajar cada vez que hay una fiesta religiosa, como me sucede a mí por estas tierras semisumergidas.

Después de pasarme la semana santa en el moro, llegué ardiendo en deseos de encontrarme con semejantes y mantener conversaciones superficiales y vulgares. El chino me informó que ese lunes teníamos reunión para celebrar que uno de los colegas se había casado en enero. Más que reunión, era nuestra vendetta. El desgraciado, después de padecerlo durante años no nos invitó a su puta boda en Indonesia, boda a la que por supuestísimo hubiera acudido, que todo el mundo sabe que yo me pierdo por un bodorrio en el tercer mundo. El individuo en cuestión es un colega sueco que se ha casado con una indonesia católica. Para un país en el que el noventa por ciento son musulmanes, el cabrón tuvo puntería. Los problemas vinieron más tarde, cuando después de ennoviarse se enteró que los católicos no follan antes del matrimonio. El me tanteó para verificar la verdad de ese dogma y le tuve que explicar con gran paciencia que yo soy católico de liga de Campeones, que nosotros los españoles nacemos tan bañados en catolicismo que podemos no seguir las reglas básicas sin ver nuestro asiento en el cielo en peligro. Su novia, sin embargo, es católica de un país de herejes, un lugar en el que hace cuatro días que llegamos a descubrirles la verdad y por tanto no está sujeta a nuestras excepciones y beneficios. Es por tanto normal que la aludida no folle. El pobre me miró tristemente y no dijo nada. Seis meses más tarde parecía el primo sueco de Popeye, con unos músculos en los brazos que ya los quisiera cualquier obrero de la construcción. Al principio sólo tenía músculos en un brazo, pero tras consultarlo con la autoridad competente, ensayó con éxito las maniobras usando la otra extremidad superior y fue capaz de igualar ambos músculos. La indonesia si se dio cuenta del aumento de envergadura muscular de su novio, no lo hizo evidente. Ella seguía a lo suyo, con sus rezos y demás.

Ahora que se han casado, teníamos curiosidad por verlos. Como nos afrentó no invitándonos a ninguno, decidimos que se imponía un regalo barato y en conjunto y a ser posible, algo que le jodiera bastante y que tuviera que ver todos los días de su vida. Después de una visita fugaz a las tiendas del poblacho en el que vivo, sugerí una Philips Senseo, la super cafetera que está presente en más de la mitad de los hogares holandeses. No hay mayor marca de clase y estilo que tener una de ellas. Y lo malo es que el puto cacharro es caro, que nos costó la broma setenta euros, a repartir entre tres, porque el turco se negó a regalar por principios y por finales, que el hombre es más drástico y ya ha hecho cruz y raya. Como las tiendas cerraban el domingo nos vimos forzados a comprarla el lunes, en Amsterdam, que era la única ciudad del país en la que abrían las tiendas por ser festivo. Quedamos en encontrarnos un rato antes y comprarla entre el indonesio (Los que me siguen de toda la vida se acordarán de aquel gran éxito que fue mi vida con un indonesio), el chino y yo. El indonesio apareció con su hermana, la indonesia, a la que yo no tenía el disgusto de conocer, pero que después de conocerla me ha dejado en la más injusta de las indiferencias, porque la pobre casi que no abrió la boca y no hay nada que contar. Me recordaba al hermano de un cafre con el que estudié en informática al que siempre llevábamos a todos lados para que nos guardara las mochilas y los bolsos y del que aún ignoro si sabía hablar.

Volviendo al tema, entramos en unos grandes almacenes a comprar el dichoso trasto y a la hora de pagar me ofrecí a hacerlo con un billete de cien euros que me había dado al cambiar a Euros el dinero en Omán. El empleado rechazó el billete. En este país los billetes de cien, doscientos y quinientos euros están malditos y no los aceptan en ningún lado. Me tocó bastante los huevos porque si estos no lo cogen, que son como una especie de Corte inglés pero con empleados rubios auténticos, nadie lo va a aceptar y me veo teniendo que ir al banco a ingresarlo en mi cuenta. Después de pagar con tarjeta nos fuimos al encuentro del sueco y su indonesia, encuentro al que llegamos con quince minutos de retraso, lo cual espero les indicara que estábamos muy descontentos con ellos.

Esta historia continúa en Regalo de boda II

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American Tour 2004 Asuntos Varios

Plaza de Armas

La foto de hoy es de mi viaje del año pasado a Nueva Orleans. Me apetecía jugar un poco con los filtros, así que al final ha quedado con este aspecto tan exótico. Al frente unas flores aportando algo de color amarillo y tras ellas el General Jackson en su caballo con la catedral de San Luis al fondo, con un aspecto bastante lúgubre. Esta plaza se llamaba en los tiempos en que Nueva Orleans era colonia española la Plaza de Armas.

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Desvaríos El turco

Turkineitor

Antes de colgar el teléfono apuntó el código postal y el número al que tenía que ir. Cogió su organizador personal y metió los datos en el GPS. Lo enchufó en el coche y salió disparado, no sin antes llamarme para avisarme que estaba en camino.

Lo bueno del GPS es que nos lleva a donde queramos sin hacer apenas esfuerzo. La voz de la chica en inglés está muy bien, pero no hay nada como la voz de la que habla en flamenco. Tiene un tono de tonta calenturienta que nos pone a los dos, así que escuchamos las indicaciones en ese idioma mientras nos imaginamos a la chica que grabó las voces desnuda en la cabina de grabación, pasándose el micrófono por salvas sean las partes mientras repetía: “La próxima a la derecha”, “Coja la siguiente salida”, “Cambio de vía en cien metros” y similares. Es increíble lo que se puede uno imaginar sólo con escuchar una voz.

La chica continuó calentándonos durante casi una hora hasta que llegamos a nuestro destino, un descampado en medio de la nada holandesa. Un sólo edificio desafiaba al cielo. El resto estaba rodeado por árboles que no dejaban ver nada. Salió una mujer a recibirnos. Alta y fea como ella sola, con las caderas que se les ponen a las holandesas después de parir tres chiquillos y con el típico descuido de la mujer nórdica casada, que por aquí arriba hasta que firman el contrato se cuidan bastante, pero una vez hay firma, se dejan la barba, el pelo en la barriga y agarran los kilos que han tenido que sacrificar en los años anteriores. Su metamorfosis las transforma en machos sin atributos, pero machos al fin y al cabo.

Volviendo al asunto, la tipa nos acompañó a una oficina en la que el turco tuvo que pagar con su Visa. La transacción fue fría y profesional. La mujer nos dijo que teníamos que esperar unos minutos, hasta que todo estuviera listo. El turco era un manojo de nervios. Sudaba copiosamente y seguía tratando de convencerme. Yo me he negado desde el principio y si el pretendía que cambiara de opinión sólo porque estaba allí, estaba bien equivocado. La vertiente gallega de mi sangre me convierte en un morrudo incapaz de cambiar de opinión, aunque me demuestren que estaba equivocado. El turco, el pobre iluso, pensaba que al final daría el paso y me uniría a él, algo que yo sé que jamás sucederá. El colega trataba de mantener una conversación insubstancial y vulgar, pero con poco éxito ya que yo no podía quitar el ojo de las enormes tetas caídas de la holandesa, que se agitaban como una mar picada mientras ella se rascaba el pelo a la caza y captura de algún piojo perdido. El turco descubrió mi pasatiempo y fijó su atención en el mismo punto. ¿Cuántos litros de leche habrían en aquellos envases? ¿Será entera o semidesnatada? ¿Flotarán o son un peso muerto que la lanza al fondo de los océanos cuando se aventura en sus aguas?

Finalmente se abrió una puerta y alguien salió a saludarnos. El tipo parecía un profesor chiflado. Llevaba una gorra de béisbol que era incapaz de contener aquellos tentáculos que le salían de la cabeza, un pelo ensortijado y rebelde que supongo que llevaría varias décadas alejado del contacto con el agua. El hombre nos lanzó la mejor de sus sonrisas e inmediatamente supe que sus dientes eran falsos, porque aquel blanco niveo no podía ser normal. Su mano era rugosa y fuerte. Cuando comenzó a hablarnos lo hacía como si ambos fuéramos a tomar parte en el negocio, pero por no romperle su clase de recitación no lo corregí. El parecía encantado de la vida y de haberse conocido. Nos arrastró por la puerta por la que habíamos entrado. Después de pasar unas cuantas oficinas llegamos al otro lado. Una carretera surgía de allí, o más concretamente una pista. Una pequeña avioneta estaba aparcada a un lado. El avión era de risa. Parecía un pequeño utilitario. Daba la impresión de haber sido usado mucho más de lo aconsejable. Nada que ver con estos aeroplanos que salen en las películas. Aquello era una caricatura de avión. El turco no dijo nada, pero por la forma en la que movía las manos se notaba que la adrenalina ya circulaba a destajo por su cuerpo. Su cambio de color también era francamente visible. Estaba adquiriendo una tonalidad pálida propia de alguien que está a punto de sucumbir al pánico. Me miró con ojos de cordero degollado y le devolví la mirada sin inmutarme. Mi decisión estaba tomada y ahora más que nunca. Le expliqué al hombre que yo solo venía a mirar a mi amigo y a rezar por él. El turco esbozó una sonrisa de compromiso, pero se notaba que estaba por claudicar y quedarse conmigo. El hombre murmuraba monotonamente que aquello era muy seguro y que también era muy divertido. Yo pensaba en el BMW que teníamos en la puerta y en como el coche era mayor que aquel trasto. El turco se sacó sus gafas Ray-Ban, las mismas que usaba el Tom en Top Gun y se las puso. Este era uno de los momentos culminantes de su vida, su iniciación como piloto. Me aguanté la carcajada por aquello de la amistad.

Se fueron los dos juntos hacia el avioncito. Yo me quedé por allí. Las puertas eran como las de un coche y cuando la cerraron, tuvieron que repetir la maniobra varias veces porque aquello no parecía trancar bien. El turco me miraba desde la cabina y yo le decía adiós con la mano, con la más cruenta de mis sonrisas. El trasto aquel dio un respingo y después de varios estornudos arrancó el motor. Era jodidamente ruidoso. El turco se colocó unos cascos en la cabeza. El cacharro aquel parecía modular el sonido en diferentes frecuencias. A veces sonaba bien y a veces daba la impresión de que se calaba el motor allí mismo. Finalmente se comenzó a mover, al principio a trompicones y luego de forma más segura.

Visto y no visto. El avión cogió carrerilla y casi inmediatamente estaba en el aire, bamboleándose. No conseguía hacer una línea recta, subía y bajaba continuamente. Dieron la vuelta e hicieron una pasada por encima mío. Juraría que mi amigo estaba sufriendo un ataque agudo de pánico o al menos eso parecía. El trasto aquel siguió su camino. De vez en cuando los oía y los veía pasar por el cristalino cielo. El ruido que hacía el motor seguía su extraño ritmo. Después de unos veinte minutos pensé que se estrellaban. Aquel minúsculo mosquito venía directo hacia mí perdiendo altura por momentos. Después de unos segundos que me parecieron años se estampó contra el suelo y salió rebotado. Siguió rebotando unas cuantas veces más, mientras al mismo tiempo el viento lo agitaba y lo balanceaba. Llegaron hasta el sitio donde estaba aparcado el avión cuando comenzó todo y el motor, tras quejarse por última vez se paró. Se abrió la puerta y salió el piloto chiflado. Detrás de él venía mi amigo, aún más pálido. Se había quitado las gafas, o se le habían caído. Yo creo que ni él se creía que hubieran conseguido llegar sanos y salvos.

Se acercaron a mí. El piloto estaba muy excitado y no paraba de hablar. Yo le pasé un brazo por el hombro a mi colega y nos marchamos. No creo que se apunte para el curso. Con esta clase fue suficiente. El cielo no es para nosotros.