El domingo pasé la tarde en Amsterdam. Quedé con mi amigo el Niño y fuimos juntos a ver una película, después hicimos un almuerzo tardío o una cena temprana y continuamos con una segunda película. Nos encontramos en el vestíbulo del cine y cuando llegó no lo reconocí. Se había cortado el pelo tan corto que parecía otra persona. Se estuvo riendo de mi toda la tarde porque lo tenía delante de mis narices y yo seguía oteando el horizonte y buscando una cosa familiar, alta y rubia. Entre las dos películas y mientras comíamos tuvimos una de esas conversaciones extrañas que van saltando de tema en tema. Ambos llegamos al mismo punto por caminos distintos. Soltó su bomba, estaba preparando su currículo para cambiar de trabajo y yo lo miré incrédulo porque esa era también la mía. Nuestras razones son diferentes pero a muy bajo nivel, ambos tenemos el vaso lleno y creemos conveniente el cambiar.
Ya sé que he mantenido durante años que no me iría a menos que me echen pero me temo que eso ya no sucederá y en mi trabajo, con el cambio de dueño, la correa aprieta más que nunca y han tocado aquello que para mí supone la frontera entre lo admisible y lo inadmisible, mis vacaciones. A pesar de haber podido saltar a alguna otra compañía hace tiempo, siempre me ha dado pereza porque tengo un montón de días de vacaciones. Siempre he sido consciente que podría ganar más dinero en cualquier otro lado pero tampoco me preocupaba demasiado, no soy avaricioso y con lo que gano tengo más que suficiente y además consigo ahorrar una cantidad significativa cada mes. Por eso me dio igual cuando en los tres últimos años no hubo subidas significativas de salario, ni regalo navideño ni se nos permitió viajar como hacíamos antes. Me bastaba con mis días de vacaciones y la flexibilidad de ponerlos en donde yo quiero y cuando yo quiero. En el nuevo convenio colectivo que la empresa ha propuesto, un documento secreto que recibí menos de media hora después de que se filtrara y que todavía me tiene alucinando, nos quitan un montón de días y nos los cambian por una mierda de dinero y además nos fijan otros días (y es la empresa la que decide cada año en donde colocar esos días fijos). En la práctica supondría que o dejo de ir a las Canarias o dejo de tener días para otras vacaciones. Y ahí está el nivel en el que mi vaso se rebosa y la situación se vuelve inaceptable. La semana que viene haré un último intento para que me boten, una maniobra sucia y rastrera, aunque visto el convenio colectivo, está al nivel de lo que ellos proponen. A mi jefa se le van a caer los ovarios cuando vea lo que le tengo preparado. Dudo mucho que tenga éxito pero al menos sentará las bases de lo que está por venir.
Mientras tanto, algunos de mis amigos ya han recibido el toque y han comenzado a mirar para ver si hay algo por ahí que encaje conmigo. No tengo prisa pero tampoco creo que me tome demasiado tiempo encontrar un trabajo. En los Países Bajos el paro no llega al 5% y de esos, la mayoría son gente no cualificada así que es más que probable que tenga éxito en un corto periodo de tiempo. Intentaré encontrar algo que requiera viajar mucho, me apetece andar tirado por esos mundos, caminando por ciudades desconocidas y conociendo gente nueva. Mi amigo el Rubio es más de la idea de montar una empresa juntos pero para eso hace falta tener un plan de negocios y algo que ofrecer y aunque me he exprimido la cabeza en varias ocasiones, no se me ocurre nada.
En esta década holandesa he logrado crear un colchón de seguridad apreciable que hace que no me preocupe demasiado. Es lo bueno de ser previsor. Todas mis cuentas bancarias tienen una excelente salud y de provocar algo, sería envidia o la tentación de llamarme para ofrecerme esos nuevos productos increíbles con los que puedo conseguir mucho más. Por desgracia para los bancos, tienen mi número de teléfono antiguo y no me interesa que tengan el nuevo para ahorrarme el colgarles el teléfono cuando veo una llamada con número oculto.
En todos estos años he escrito un montón sobre los cambios y las mil y una formas en las que nos afectan. Cambiar es bueno y personalmente, no tengo ningún miedo al futuro. Seguro que las cosas se arreglan solas y encuentro un nuevo lugar en el que pasar las ocho horas diarias que me permiten pagarme mis vicios y mucho más.
Y hablando de cosas más serias y vasos llenos, llevo tres semanas intentando unas cuantas recetas que requieren el hacer masa de repostería y siempre son un desastre. Ya estoy hasta el moño así que he decidido comprarme una amasadora (o robot multifunción) para ver si consigo de una vez el hacer unos bollos suizos (Cristinas) como tienen que ser. Después de mirar todas las marcas que hay en el mercado y de compararlas hasta el infinito y más allá, creo que optaré por una de nombre raro pero con la legendaria calidad alemana, Clatronic. Veré si la compro el jueves para recibirla el sábado y así abusar de ella durante el largo fin de semana, que en los Países Bajos el único día festivo es el lunes de Pascua, conocido aquí como Tweede Paasdag.













