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  • 100 días con la Tata

    15 de enero de 2022

    Sigo comentando películas del año pasado aunque ahora son las que vi durante las semanas que pasé en Gran Canaria y me salto el orden por completo y comienzo por la última película que vi en el año 2021 y que es un documental. Aunque recuerdo haber leído algo sobre la historia de Miguel Angel Muñoz y su Tata, no sabía mucho más pero eso no me detuvo para ir a ver 100 días con la Tata el día del estreno en cines, que fue justito al final del año. Pensaba que estaría solo en la sala pero me sorprendió encontrarme con un nutrido grupo de espectadores que además, no parecían chichones y pellejas, sino gente normal.

    Un julay quiere hacer un puñado de cosas con la vieja que lo crió y entre medias le pilla la pandemia podemita-truscolana

    La idea de Miguel Ángel Muñoz era hacer una película documental con su Tata, la mujer más importante de su vida y que ya con noventa y cinco años le debían quedar pocas lunas. Eso es lo que vemos al comienzo del documental. La cosa es que estaban en ello cuando llegó la pandemia y acabó encerrado en el piso de ella, pequeñito, durante más de tres meses, viviendo juntos y cuidando de ellas igual que la mujer cuidó de él cuando era niño.

    Pocos documentales consiguen transmitir tantas emociones como este. La relación entre los dos protagonistas y prácticamente las dos únicas personas que salen en pantalla durante ochenta y dos minutos es espectacular y prácticamente lo mejor sucede durante la pandemia, cuando él descubre que cuidar de un anciano a tiempo completo no es nada sencillo y cuando además, la tiene que entretener y divertir para que no se le marchite y se muera. La película tiene momentos muy tiernos y en más de una ocasión te arranca una o varias lágrimas. No hay química alguna entre ellos dos, hay amor. Según vamos avanzando, le vas cogiendo más y más cariño a esta mujer que para cuando la película ha llegado a los cines, ya tiene noventa y siete años y una purriada de achaques.

    Por razones obvias, cualquier miembro del Clan de los Orcos que la vea podría perder la visión pero sí que es algo muy pero que muy interesante para sub-intelectuales con GafaPasta, Ancestrales y cualquiera que quiera pasar un buen rato con algo de calidad.

  • No digas que no hubo un comentario

    14 de enero de 2022

    Llegamos al cierre del año en la gran guerra que ha sucedido en la parte de abajo de las anotaciones del mejor blog sin premios en castellano. Hoy veremos lo que sucedió en el mes de diciembre y como afectó eso al total anual. El mes pasado estaba clarito que esto es La batalla de los culocochistas y en noviembre afirmamos que Definitivamente es cosa de dos o de uno y en agosto, que tenemos en La trola que nos metió el otro y si miramos más hacia atrás tenemos que en julio El ritmo baja cuando llega la caló, en junio nos veíamos Poniendo las íes bajo los puntos, en mayo, repasamos Entre navajeros, en abril hubo Un puñado de cotorras, en marzo Por la boca muere el pez, y en febrero sabíamos que Ellos nunca lo harían pero ya lo hicieron. Tras la dosis habitual de ombligismo, llegamos a lo interesante, los resultados del mes de diciembre y entre paréntesis, las variaciones respecto al mes anterior:

    ComentaristaNúmero de comentarios
    Genín88(+10)
    Virtuditas33(-24)
    Montse4 (-1)
    Burt2 (=)
    doverinto2(=)
    Luis1 (-2)

    Y fuera de la tabla pero presente en los comentarios, il Scelto que comentó más que Virtuditas. Tenemos que el Ancestral apretó el acelerador en diciembre mientras que Virtuditas aflojó un montón, claro, al primero lo descongelan con más frecuencia para los eventos navideños y la segunda como no le pagaban por comentar, no lo hacía. También comentar el patético resultado de aquel que fanfarroneaba y decía ir a por todas y al final fue a por ninguna.

    Y tenemos la lista de los comentarios del 2021, con el año cerrado y el mismito orden que en el mes anterior, que ahí no hubo sorpresas. Destacar que si sumamos los comentarios de todos, el resultado será inferior a la cantidad de susodichos que se curró Genín, por supuesto excluyéndome a mí que quedé en tercer lugar pero no aparezco en la tabla. La cantidad total que dejó Genín fue de 760 comentarios o algo más de dos diarios, que teniendo en cuenta que hay dos anotaciones al día (casi siempre), tiene muchísimo mérito.

    ComentaristaNúmero de comentarios
    Genín760
    Virtuditas453
    doverinto104
    Montse57
    Luis30
    Burt10
    Inés6
    Evelyne4
    corsaria2
    César1
    Marco1

    En el 2022 que ahora empieza, igual sigo con la supervisión de los comentarios, sobre todo porque la estrategia de cierto comentarista parece que ha cambiado y ahora deja montones de comentarios y en este momento está en segundo lugar del mes de enero.

  • Playa de arena blanca e islote

    14 de enero de 2022

    Ayer veíamos una vista aérea y hoy miramos hacia el islote desde el que hice la foto, en la zona central, arriba, es donde está el mirador y aquí se pueden ver las construcciones que hay en prácticamente todo ese islote. En el caminito que sube, hay varias bifurcaciones hacia esas cabañas y siempre había carteles pidiendo que no entres a menos que seas cliente. La playa por este lado no tenía gente porque aunque puede parecer espectacular, al entrar al agua te encontrabas que era más bien una charca de pocos centímetros de profundidad y con piedrolos, así que no molaba mucho. Del lado derecho de la imagen la playa estaba mucho mejor.

  • Hacia el norte

    13 de enero de 2022

    Es de injusticia que si hace unas semanas en Hacia el sur teníamos el relato del viaje pa’bajo, hoy hagamos la ruta inversa, que fue igual o más ajetreada. La subida es otra operación calibrada al milímetro y como el primer vuelo era a las dos de la tarde, por la mañana, a las ocho, me levantaba, soltaba mi último jiñote africano y salía por patas a despedirme de la basca del club de buceo y después a pelarme, que mi peluquero me esperaba afilando las tijeras para una cita que habíamos concretado el mismo día que llegué, que gracias a la pandemia podemita-truscolana, ahora funciona únicamente con cita previa y es maravilloso, sabes cuándo te toca y no esperas. Tras pelarme, hice los dos kilómetros a la keli de mi madre a velocidad ligera y al llegar, me duché y comencé a preparar la maleta y la bolsa, tarea épica porque siempre me paso comprando. Al final, en la maleta había veintiún kilos y medio de comida y en la bolsa casi diez y atrás se quedaron lentejas de lanzarote, garbanzos andaluces y una lata de pimientos del piquillo que ya es que se me iba el exceso de equipaje hasta el infinito. Puedo confirmar y confirmo que en todo mi equipaje no había ropa, que la ropa la llevaba puesta y que era comida, de todo tipo, productos que no encuentro en los Países Bajos y que subo pa’l norte. Con toda esa carga, salí para la estación de guaguas del parque Santa Catalina y desde allí pillé la guagua al aeropuerto. Comentar que el día anterior, por la tarde, cuando fui a la playa me hice el test de antígenos y me volvió a salir negativo. Para volar por Portugal también hay que dar una cantidad ingente de datos personales para conseguir un código QúeRre y por supuesto, fueron mayormente falsos, que no hay seguridad ninguna en esos sistema. Ya en el aeropuerto, algo tan sencillo como era el dejar el equipaje si ya habías hecho la facturación ondeline se convierte en una tarea titánica porque te tienen que mirar si tienes el test de antígenos o de PéCéeRre, si tienes el código ese portugués y en mi caso, el chamo me dijo que se la sudaba el código QúeRre de vacunación porque con el otro iba más que listo. Tras facturar, entré en la zona segura del aeropuerto y todavía había riesgo de que me quitaran algo de comida que técnicamente, tiene líquido en su interior, pero los profesionales del control estaban de conversación contándose algo super-hiper-mega interesante y ni miraron a la pantalla. Cuando llegó la hora del embarque, como me tocó la última fila a la izquierda, entré de los primeros. En Ancestral se alegrará de saber que hay vídeos de despegue y aterrizaje de ese vuelo, pero no del otro. El avión despegó en hora e iba petao de gente, pero hasta la bandera. A mi lado, una pareja holandesa que por supuesto, tardaron dos minutos en sacar una bolsa con bebida y comida para pasarse las dos horas comiendo y bebiendo y así no usar la mascarilla y la chama, que iba al lado mío, debía tener una minusvalía cerebral severa por chupar pollas de rubios viejos y se tiró por encima su primera lata de cerveza, con lo que hedía a cerveza que no veas. La tía hablaba neerlandés con acento rarísimo y pronto descubrí que el chamo, que debe estar ya jubilado, la compró en el libro de las zorrillas del este de Europa y ella por un pasaporte europeo, le come la mandinga al viejo cinco años y después lo deja y se trae a su marido y a toda su familia. Él le hablaba en neerlandés pero la mitad de las veces, ella no se enteraba de lo que estaba diciendo y se le movían los mofletes como comenzando la succión para acoplarse al cipote pero pronto se daba cuenta que aquello es un avión, un lugar público y detenía el movimiento. El vuelo transcurrió sin incidencias y el aterrizaje nos brindó una gloriosa vista de Lisboa.

    Tenía dos horas de escala así que aproveché para cenar, para empetarme tres pasteles de nata y para comprarme tres cajas para tener una buena provisión para desayunos futuros, que se congelan de r-escándalo. En mi segundo vuelo tenía asiento de pasillo, con lo que el Ancestral ya se puede imaginar lo que no sucedió. El embarque era por zonas pero la gente está acarajotada y los de las zonas anteriores a la mía ni se enteraron así que fui de los primeros en acceder. Me tocaba en la zona central del avión. Este avión iba bastante lleno y aunque pude correr y pillar una ventana, algo me decía en las entrañas que no lo hiciera y no lo hice. De haberlo hecho, solo habría podido grabar el vídeo del despegue por circunstancias de la vida que contaré a continuación y todos sabemos que un vídeo de despegue sin el de aterrizaje es como una coja sin maracas, que ni es lo mismo ni es igual.

    Salimos pa’l norte en hora e íbamos bien y ya estábamos por aterrizar cuando el piloto nos dice que en diez minutos comenzará el aterrizaje, que hay una niebla chunguísima en Amsterdam y que por eso y siguiendo normas que excluyen a truscoluña, que no es nación, que tenemos que aterrizar usando solo el piloto automático, sin intervención humana y que por consiguiente, la normativa aérea exige que se apaguen por completo todos y cada uno de los dispositivos electrónicos y nos pidió que por la virgen de la Chapa que lo hiciéramos para no morir. Las azafatas comenzaron una campaña masiva, hablando con casi todo el mundo y haciendo que todos apagaran telefoninos, computadores, tabletas y hasta auriculares bluetú, todo, todo, todo y la campaña fue tal que consiguieron acojonar al personal, que cuando suponemos que el piloto automático ese estaba al control, cada vez que el avión daba un meneo, allí la gente aullaba y veía la luz al final del túnel, aunque tengo que decir y digo que el aterrizaje fue épico y el computador lo hizo muchísimo mejor que un piloto de carne y lefa, que ni nos enteramos, fue muy suave y confirma lo que todos sabemos, que los pilotos van en el avión para coger enfermedades venéreas y contribuir a la distribución universal de las ladillas porque no son en absoluto necesarios. El aterrizaje fue en la roñosa Polderbaan con lo que estuvimos veinte minutos desde el aterrizaje hasta que llegamos al aeropuerto, aunque en ese tiempo sí que nos dejaron usar los dispositivos electrónicos, salvo vibradores, que dijeron que esos mejor no los activaban hasta estar en sus casitas. Salimos del avión, fuimos a recoger el equipaje y yo mirando la hora, sabiendo que había un tren a las cuarenta y ocho y otro a las dieciocho para Utrecht. Por supuesto, mi maleta salió a las cuarenta y ocho, en el grupo final y cuando ya en la pantalla sobre la cinta de recogida de equipaje anunciaban que todo el equipaje estaba en la susodicha y por culpa de esto, estuve casi media hora esperando por el tren. Sabes que estás en casa cuando vas en un tren en el que todos los julays llevan la mascarilla protegiendo la garganta, que es el lugar por el que se contagia la pandemia podemita y truscolana. Yo tenía una efe-efe-pé-dos de esas.

    Al llegar a Utrecht, como me tocaba esperar quince minutos por la guagua, opté por pillar un tren de cercanías hasta mi barrio y hacer el kilómetro final arrastrando los treinta kilos, algo que hice también desde la keli de mi madre hasta la estación de guaguas. Entré en mi keli diez minutos después de la medianoche. La temperatura en el interior era de quince grados, así que metí la calefacción a piñon y me puse a ubicar los treinta kilos de comida en el congelador, en la nevera o en la despensa, según el producto. Cuando me acosté, dormí como un bellaco.

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